Mujeres y hombres (49)
Fundamentos antropológicos y teológicos (50)
Misión en la Iglesia y en el mundo (51)
Copresencia y colaboración de los hombres y de las mujeres (52)
Los enfermos y los que sufren (53)
Mujeres y hombres
49. Los Padres sinodales han dedicado una atención particular a la
condición y al papel de la mujer, con una doble intención: reconocer, e invitar
a reconocer por parte de todos y una vez más, la indispensable contribución de
la mujer a la edificación de la Iglesia y al desarrollo de la sociedad; y
además, analizar más específicamente la participación de la mujer en la vida y
en la misión de la Iglesia.
Refiriéndose a Juan XXIII, que vió un signo de nuestro tiempo en la
conciencia que tiene la mujer de su propia dignidad y en el ingreso de la mujer
en la vida pública[176],
los Padres sinodales —frente a las más variadas formas de discriminación y de
marginación a las que está sometida por el simple hecho de ser mujer— han
afirmado repetidamente y con fuerza la urgencia de defender y promover la
dignidad personal de la mujer y, por tanto, su igualdad con el varon.
Si es éste un deber de todos en la Iglesia y en la sociedad, lo es de modo
particular de las mujeres, las cuales deben sentirse comprometidas como protagonistas
en primera línea. Todavía queda mucho por hacer en bastantes partes del mundo y
en diversos ámbitos, para destruir aquella injusta y demoledora mentalidad que
considera al ser humano como una cosa, como un objeto de compraventa, como un
instrumento del interés egoísta o del solo placer; tanto más cuanto la mujer
misma es precisamente la primera víctima de tal mentalidad. Al contrario, sólo
el abierto reconocimiento de la dignidad personal de la mujer constituye el
primer paso a realizar para promover su plena participación tanto en la vida
eclesial como en aquella social y pública. Se debe dar más amplia y decisiva
respuesta a la petición hecha por la Exhortación Familiares
consortio en relación con las múltiples discriminaciones de las que
son víctimas las mujeres: «que por parte de todos se desarrolle una acción
pastoral específica, más enérgica e incisiva, a fin de que estas situaciones
sean vencidas definitivamente, de tal modo que se alcance la plena estima de la
imagen de Dios que se refleja en todos los seres humanos sin excepción alguna»[177].
En la misma línea han afirmado los Padres sinodales: «La Iglesia, como
expresión de su misión, debe oponerse con firmeza a todas las formas de
discriminación y de abuso de la mujer»[178],
y también señalaron que «la dignidad de la mujer —gravemente vulnerada en la
opinión pública— debe ser recuperada mediante el efectivo respeto de los
derechos de la persona humana y por medio de la práctica de la doctrina de la
Iglesia»[179].
Concretamente, y en relación con la participación activa y
responsable en la vida y en la misión de la Iglesia, se ha de hacer
notar que ya el Concilio Vaticano II fue muy explícito en demandarla: «Ya que
en nuestros días las mujeres toman cada vez más parte activa en toda la vida de
la sociedad, es de gran importancia una mayor participación suya también en los
varios campos del apostolado de la Iglesia»[180].
La conciencia de que la mujer —con sus dones y responsabilidades propias—
tiene una específica vocación, ha ido creciendo y haciéndose
más profunda en el período posconciliar, volviendo a encontrar su inspiración
más original en el Evangelio y en la historia de la Iglesia. En efecto, para el
creyente, el Evangelio —o sea, la palabra y el ejemplo de Jesucristo— permanece
como el necesario y decisivo punto de referencia, y es fecundo e innovador al
máximo, también en el actual momento histórico.
Aunque no hayan sido llamadas al apostolado de los Doce y por tanto al
sacerdocio ministerial, muchas mujeres acompañan a Jesús en su ministerio y
asisten al grupo de los Apóstoles (cf. Lc 8, 2-3 ); están
presentes al pie de la Cruz (cf. Lc 23, 49); ayudan al
entierro de Jesús (cf. Lc 23, 55) y la mañana de Pascua
reciben y transmiten el anuncio de la resurrección (cf. Lc 24,
1-10); rezan con los Apóstoles en el Cenáculo a la espera de Pentecostés
(cf. Hch 1, 14).
Siguiendo el rumbo trazado por el Evangelio, la Iglesia de los orígenes se
separa de la cultura de la época y llama a la mujer a desempeñar tareas
conectadas con la evangelización. En sus Cartas, Pablo recuerda, también por su
propio nombre, a numerosas mujeres por sus varias funciones dentro y al
servicio de las primeras comunidades eclesiales (cf. Rm 16,
1-15; Flp 4, 2-3; Col 4, 15; 1
Co 11, 5; 1 Tm 5, 16). «Si el testimonio de los
Apóstoles funda la Iglesia —ha dicho Pablo VI—, el de las mujeres contribuye en
gran manera a nutrir la fe de las comunidades cristianas»[181].
Y, como en los orígenes, así también en su desarrollo sucesivo la Iglesia
siempre ha conocido —si bien en modos diversos y con distintos acentos— mujeres
que han desempeñado un papel quizá decisivo y que han ejercido funciones de
considerable valor para la misma Iglesia. Es una historia de inmensa
laboriosidad, humilde y escondida la mayor parte de las veces, pero no por eso
menos decisiva para el crecimiento y para la santidad de la Iglesia. Es
necesario que esta historia se continúe, es más que se amplíe e intensifique
ante la acrecentada y universal conciencia de la dignidad personal de la mujer
y de su vocación, y ante la urgencia de una «nueva evangelización» y de una
mayor «humanización» de las relaciones sociales.
Recogiendo la consigna del Concilio Vaticano II —en la que se refleja el
mensaje del Evangelio y de la historia de la Iglesia—, los Padres del Sínodo
han formulado, entre otras, esta precisa «recomendación»: «Para su vida y su
misión, es necesario que la Iglesia reconozca todos los dones de las mujeres y
de los hombres, y los traduzca en vida concreta»[182].
Y más adelante agregaron: «Este Sínodo proclama que la Iglesia exige el
reconocimiento y la utilización de estos dones, experiencias y aptitudes de los
hombres y de las mujeres, para que su misión se haga más eficaz (cf.
Congregación para la Doctrina de la Fe, Instructio de libertate
christiana et liberatione, 72)»[183].
Fundamentos antropológicos y teológicos
50. La condición para asegurar la justa presencia de la mujer en la Iglesia
y en la sociedad es una más penetrante y cuidadosa consideración de los fundamentos
antropológicos de la condición masculina y femenina, destinada a
precisar la identidad personal propia de la mujer en su relación de diversidad
y de recíproca complementariedad con el hombre, no sólo por lo que se refiere a
los papeles a asumir y las funciones a desempeñar, sino también, y más
profundamente, por lo que se refiere a su estructura y a su significado personal.
Los Padres sinodales han sentido vivamente esta exigencia, afirmando que «los
fundamentos antropológicos y teológicos tienen necesidad de profundos estudios
para resolver los problemas relativos al verdadero significado y a la dignidad
de los dos sexos»[184].
Empeñándose en la reflexión sobre los fundamentos antropológicos y
teológicos de la condición femenina, la Iglesia se hace presente en el proceso
histórico de los distintos movimientos de promoción de la mujer y, calando en
las raíces mismas del ser personal de la mujer, aporta a ese proceso su más
valiosa contribución. Pero antes, y más todavía, la Iglesia quiere obedecer a
Dios, quien, creando al hombre «a imagen suya», «varón y mujer los creó» (Gn 1,
27); así como también quiere acoger la llamada de Dios a conocer, a admirar y a
vivir su designio. Es un designio que «al principio» ha sido impreso de modo
indeleble en el mismo ser de la persona humana —varón y mujer— y, por tanto, en
sus estructuras significativas y en sus profundos dinamismos. Precisamente este
designio, sapientísimo y amoroso, exige ser explorado en toda la riqueza de su
contenido: es la riqueza que desde el «principio» se ha ido manifestando
progresivamente y realizando a lo largo de la entera historia de la salvación,
y ha culminado en la «plenitud del tiempo», cuando «Dios mandó su Hijo, nacido
de mujer» (Ga 4, 4). Aquella «plenitud» continúa en la historia: la
lectura del designio de Dios acerca de la mujer se realiza incesantemente y se
ha de llevar a cabo en la fe de la Iglesia, también gracias a la existencia
concreta de tantas mujeres cristianas; sin olvidar la ayuda que pueda provenir
de las diversas ciencias humanas y de las distintas culturas. Éstas, gracias a
un luminoso discernimiento, podrán ayudar a captar y precisar los valores y
exigencias que pertenecen a la esencia perenne de la mujer, y aquéllos que
están ligados a la evolución histórica de las mismas culturas. Como nos
recuerda el Concilio Vaticano II, «la Iglesia afirma que, bajo todos los
cambios, hay muchas cosas que no cambian; éstas encuentran su fundamento último
en Cristo, que es siempre el mismo: ayer, hoy y para siempre (cf. Hb 13,
8)»[185].
La Carta Apostólica sobre la dignidad y la vocación de la mujer se detiene
en los fundamentos antropológicos y teológicos de la dignidad personal de la
mujer. El documento —que vuelve a asumir, proseguir y especificar las reflexiones
de la catequesis de los miércoles dedicada por largo tiempo a la «teología del
cuerpo»— quiere ser, a la vez, el cumplimiento de una promesa hecha en la
Encíclica Redemptoris Mater[186] y también la respuesta a la petición de los Padres sinodales.
La lectura de la Carta Mulieris dignitatem, también por su carácter de meditación
bíblico-teológica, podrá estimular a todos, hombres y mujeres, y en particular
a los cultores de las ciencias humanas y de las disciplinas teológicas, a que
prosigan el estudio crítico, de modo que profundicen siempre mejor —sobre la
base de la dignidad personal del varón y de la mujer y de su recíproca
relación— los valores y las dotes específicas de la femineidad y de la
masculinidad, no sólo en el ámbito del vivir social, sino también y sobre todo
en el de la existencia cristiana y eclesial.
La meditación sobre los fundamentos antropológicos y teológicos de la mujer
debe iluminar y guiar la respuesta cristiana a la pregunta, tan frecuente, y a
veces tan aguda, acerca del espacio que la mujer puede y debe ocupar en
la Iglesia y en la sociedad.
De la palabra y de la actitud de Jesús —que son normativos para la Iglesia—
resulta con gran claridad que no existe ninguna discriminación en el plano de
la relación con Cristo, en quien «no existe más varón y mujer, porque todos
vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28); ni tampoco en el
plano de la participación en la vida y en la santidad de la Iglesia, como
testifica espléndidamente la profecía de Joel, que se cumplió en Pentecostés:
«Yo derramaré mi espíritu sobre cada hombre y vuestros hijos y vuestras hijas
se convertirán en profetas» (Jl 3, 1; cf. Hch 2,
17 ss.). Como se lee en la Carta Apostólica sobre la dignidad y la vocación de
la mujer, «uno y otro —tanto la mujer como el varón— (...) son capaces, en
igual medida, de recibir el don de la verdad divina y del amor en el Espíritu
Santo. Los dos acogen sus "visitaciones" salvíficas y santificantes»[187].
Misión en la Iglesia y en el mundo
51. Después, acerca de la participación en la misión apostólica de la
Iglesia, es indudable que —en virtud del Bautismo y de la Confirmación— la
mujer, lo mismo que el varón, es hecha partícipe del triple oficio de
Jesucristo Sacerdote, Profeta, Rey; y, por tanto, está habilitada y
comprometida en el apostolado fundamental de la Iglesia: la evangelización. Por
otra parte, precisamente en la realización de este apostolado, la mujer está
llamada a ejercitar sus propios «dones»: en primer lugar, el don de su misma
dignidad personal, mediante la palabra y el testimonio de vida; y después los
dones relacionados con su vocación femenina.
En la participación en la vida y en la misión de la Iglesia, la mujer no
puede recibir el sacramento del Orden; ni, por tanto, puede
realizar las funciones propias del sacerdocio ministerial. Es ésta una
disposición que la Iglesia ha comprobado siempre en la voluntad precisa
—totalmente libre y soberana— de Jesucristo, el cual ha llamado solamente a
varones para ser sus apóstoles[188];
una disposición que puede ser iluminada desde la relación entre Cristo Esposo y
la Iglesia Esposa[189].
Nos encontramos en el ámbito de la función, no de la dignidad ni
de la santidad.
En realidad, se debe afirmar que, «aunque la Iglesia posee una estructura
"jerárquica", sin embargo esta estructura está totalmente ordenada a
la santidad de los miembros de Cristo»[190].
Pero, como ya decía Pablo VI, si «nosotros no podemos cambiar el
comportamiento de nuestro Señor ni la llamada por Él dirigida a las mujeres,
sin embargo debemos reconocer y promover el papel de la mujer en la misión
evangelizadora y en la vida de la comunidad cristiana»[191].
Es del todo necesario, entonces, pasar del reconocimiento
teórico de la presencia activa y responsable de la mujer en la Iglesia
a la realización práctica. Y en este preciso sentido debe
leerse la presente Exhortación, la cual se dirige a los fieles laicos con
deliberada y repetida especificación «hombres y mujeres». Además, el nuevo
Código de Derecho Canónico contiene múltiples disposiciones acerca de la
participación de la mujer en la vida y en la misión de la Iglesia. Son
disposiciones que exigen ser más ampliamente conocidas, y puestas en práctica
con mayor tempestividad y determinación, si bien teniendo en cuenta las
diversas sensibilidades culturales y oportunidades pastorales.
Ha de pensarse, por ejemplo, en la participación de las mujeres en los
Consejos pastorales diocesanos y parroquiales, como también en los Sínodos
diocesanos y en los Concilios particulares. En este sentido, los Padres
sinodales han escrito: «Participen las mujeres en la vida de la Iglesia sin
ninguna discriminación, también en las consultaciones y en la elaboración de
las decisiones»[192].
Y además han dicho: «Las mujeres—las cuales tienen ya una gran importancia en
la transmisión de la fe y en la prestación de servicios de todo tipo en la vida
de la Iglesia— deben ser asociadas a la preparación de los documentos
pastorales y de las iniciativas misioneras, y deben ser reconocidas como
cooperadoras de la misión de la Iglesia en la familia, en la profesión y en la
comunidad civil»[193].
En el ámbito más específico de la evangelización y de la catequesis hay que
promover con más fuerza la responsabilidad particular que tiene la mujer en la
transmisión de la fe, no sólo en la familia sino también en los más diversos
lugares educativos y, en términos más amplios, en todo aquello que se refiere a
la recepción de la Palabra de Dios, su comprensión y su comunicación, también
mediante el estudio, la investigación y la docencia teológica.
Mientras lleve a cabo su compromiso de evangelizar, la mujer sentirá más
vivamente la necesidad de ser evangelizada. Así, con los ojos iluminados por la
fe (cf. Ef 1, 18), la mujer podrá distinguir lo que
verdaderamente responde a su dignidad personal y a su vocación, de todo aquello
que —quizás con el pretexto de esta «dignidad» y en nombre de la «libertad» y
del «progreso»— hace que la mujer no sirva a la consolidación de los verdaderos
valores, sino que, al contrario, se haga responsable de la degradación moral de
las personas, de los ambientes y de la sociedad. Llevar a cabo un
«discernimiento» semejante es una urgencia histórica impostergable; y, al mismo
tiempo, es una posibilidad y una exigencia que derivan de la participación, por
parte de la mujer cristiana, en el oficio profético de Cristo y de su Iglesia.
El «discernimiento», del que habla muchas veces el apóstol Pablo, no consiste
sólo en la ponderación de las realidades y de los acontecimientos a la luz de
la fe; es también decisión concreta y compromiso operativo, no sólo en el
ámbito de la Iglesia, sino también en aquél otro de la sociedad humana.
Se puede decir que todos los problemas del mundo actual —de los que ya
hablaba la segunda parte de la Constitución conciliar Gaudium et spes, y que el tiempo no ha resuelto en absoluto, ni los ha atenuado— deben
ver a las mujeres presentes y comprometidas, y precisamente con su aportación
típica e insustituible.
En particular, dos grandes tareas confiadas a la mujer merecen ser
propuestas a la atención de todos.
En primer lugar, la responsabilidad de dar plena dignidad a la vida
matrimonial y a la maternidad. Nuevas posibilidades se abren hoy a la
mujer en orden a una comprensión más profunda y a una más rica realización de
los valores humanos y cristianos implicados en la vida conyugal y en la
experiencia de la maternidad. El mismo varón —el marido y el padre— puede
superar formas de ausencia o presencia episódica y parcial, es más, puede
involucrarse en nuevas y significativas relaciones de comunión interpersonal,
gracias precisamente al hacer inteligente, amoroso y decisivo de la mujer.
Después, la tarea de asegurar la dimensión moral de la
cultura, esto es, de una cultura digna del hombre, de
su vida personal y social. El Concilio Vaticano II parece relacionar la
dimensión moral de la cultura con la participación de los laicos en la misión
real de Cristo. «Los laicos —dice—, también asociando fuerzas, purifiquen las instituciones
y las condiciones de vida en el mundo, si se dieran aquéllas que empujan las
costumbres al pecado, de modo que todas sean hechas conformes con las normas de
la justicia y, en vez de obstaculizar, favorezcan el ejercicio de las virtudes.
Obrando de este modo, impregnarán de valor moral la cultura y los trabajos del
hombre»[194].
A medida que la mujer participa activa y responsablemente en la función de
aquellas instituciones de las que depende la salvaguardia del primado que se ha
de dar a los valores humanos en la vida de las comunidades políticas, las
palabras recién citadas del Concilio señalan un importante campo de apostolado
femenino. En todas las dimensiones de la vida de estas comunidades, desde la
dimensión socioeconómica a la socio-política, deben ser respetadas y promovidas
la dignidad personal de la mujer y su específica vocación: no sólo en el ámbito
individual, sino también en el comunitario; no sólo en las formas dejadas a la
libertad responsable de las personas, sino también en las formas garantizadas
por las justas leyes civiles.
«No es bueno que el hombre esté solo; quiero hacerle una ayuda semejante a
él» (Gn 2, 18). Dios creador ha confiado el hombre a la
mujer. Es cierto que el hombre ha sido confiado a cada hombre, pero lo
ha sido en modo particular a la mujer, porque precisamente la mujer parece
tener una específica sensibilidad —gracias a su especial
experiencia de su maternidad— por el hombre y por todo aquello
que constituye su verdadero bien, comenzando por el valor fundamental de la
vida. ¡Qué grandes son las posibilidades y las responsabilidades de la mujer en
este campo!; especialmente en una época en la que el desarrollo de la ciencia y
de la técnica no está siempre inspirado ni medido por la verdadera sabiduría,
con el riesgo inevitable de «deshumanizar» la vida humana, sobre todo cuando
ella está exigiendo un amor más intenso y una más generosa acogida.
La participación de la mujer en la vida de la Iglesia y de la sociedad,
mediante sus dones, constituye el camino necesario de su realización personal
—sobre la que hoy tanto se insiste con justa razón— y, a la vez, la aportación
original de la mujer al enriquecimiento de la comunión eclesial y al dinamismo
apostólico del Pueblo de Dios.
En esta perspectiva se debe considerar también la presencia del varón,
junto con la mujer.
Copresencia y colaboración de los hombres y de las mujeres
52. En el aula sinodal no ha faltado la voz de los que han expresado el
temor de que una excesiva insistencia centrada sobre la condición y el papel de
las mujeres pudiera desembocar en un inaceptable olvido: el referente a los
hombres. En realidad, diversas situaciones eclesiales tienen que
lamentar la ausencia o escasísima presencia de los hombres, de los que una
parte abdica de las propias responsabilidades eclesiales, dejando que sean
asumidas sólo por las mujeres, como, por ejemplo, la participación en la
oración litúrgica en la iglesia, la educación y concretamente la catequesis de
los propios hijos y de otros niños, la presencia en encuentros religiosos y
culturales, la colaboración en iniciativas caritativas y misioneras.
Se ha de urgir pastoralmente la presencia coordinada de los hombres y de
las mujeres para hacer más completa, armónica y rica la participación de los
fieles laicos en la misión salvífica de la Iglesia.
La razón fundamental que exige y explica la simultánea presencia y la
colaboración de los hombres y de las mujeres no es sólo, como se ha hecho
notar, la mayor significatividad y eficacia de la acción pastoral de la
Iglesia; ni mucho menos el simple dato sociológico de una convivencia humana,
que está naturalmente hecha de hombres y de mujeres. Es, más bien, el designio
originario del Creador que desde el «principio» ha querido al ser humano como
«unidad de los dos»; ha querido al hombre y a la mujer como primera comunidad
de personas, raíz de cualquier otra comunidad y, al mismo tiempo, como «signo»
de aquella comunión interpersonal de amor que constituye la misteriosa vida
íntima de Dios Uno y Trino.
Precisamente por esto, el modo más común y capilar, y al mismo tiempo
fundamental, para asegurar esta presencia coordinada y armónica de hombres y
mujeres en la vida y en la misión de la Iglesia, es el ejercicio de los deberes
y responsabilidades del matrimonio y de la familia cristiana, en el que se
transparenta y comunica la variedad de las diversas formas de amor y de vida:
la forma conyugal, paterna y materna, filial y fraterna. Leemos en la
Exhortación Familiaris consortio: «Si la familia cristiana es esa comunidad cuyos
vínculos son renovados por Cristo mediante la fe y los sacramentos, su
participación en la misión de la Iglesia debe realizarse según una
modalidad comunitaria. Juntos, por tanto, los cónyuges en
cuanto matrimonio, y los padres e hijos en cuanto
familia, han de vivir su servicio a la Iglesia y al mundo (...). La
familia cristiana edifica además el Reino de Dios en la historia mediante esas
mismas realidades cotidianas que hacen relación y singularizan su condición
de vida. Es entonces en el amor conyugal y familiar —vivido
en su extraordinaria riqueza de valores y exigencias de totalidad, unicidad,
fidelidad y fecundidad— donde se expresa y realiza la participación de la
familia cristiana en la misión profética, sacerdotal y real de Jesucristo y de
su Iglesia»[195].
Situándose en esta perspectiva, los Padres sinodales han reafirmado el
significado que el sacramento del Matrimonio debe asumir en la Iglesia y en la
sociedad, para iluminar e inspirar todas las relaciones entre el hombre y la
mujer. En tal sentido, han afirmado «la urgente necesidad de que cada cristiano
viva y anuncie el mensaje de esperanza contenido en la relación entre hombre y
mujer. El sacramento del Matrimonio, que consagra esta relación en su forma
conyugal y la revela como signo de la relación de Cristo con su Iglesia,
contiene una enseñanza de gran importancia para la vida de la Iglesia. Esta
enseñanza debe llegar por medio de la Iglesia al mundo de hoy; todas las
relaciones entre el hombre y la mujer han de inspirarse en este espíritu. La
Iglesia debe utilizar esta riqueza todavía más plenamente»[196].
Los mismos Padres sinodales han hecho notar justamente que «han de ser
recuperadas la estima de la virginidad y el respeto por la maternidad»[197]:
una vez más, para el desarrollo de vocaciones diversas y complementarias en el
contexto vivo de la comunión eclesial y al servicio de su continuo crecimiento.
Los enfermos y los que sufren
53. El hombre está llamado a la alegría, pero experimenta diariamente
tantísimas formas de sufrimiento y de dolor. En su Mensaje final,
los Padres sinodales se han dirigido con estas palabras a los hombres y mujeres
afectados de las más diversas formas de sufrimiento y de dolor, con estas
palabras: «Vosotros, los abandonados y marginados por nuestra sociedad
consumista; vosotros, enfermos, minusválidos, pobres, hambrientos, emigrantes,
prófugos, prisioneros, desocupados, ancianos, niños abandonados y personas
solas; vosotros, víctimas de la guerra y de toda violencia que emana de nuestra
sociedad permisiva: la Iglesia participa de vuestro sufrimiento que conduce al
Señor, el cual os asocia a su Pasión redentora y os hace vivir a la luz de su
Redención. Contamos con vosotros para enseñar al mundo entero qué es el amor.
Haremos todo lo posible para que encontréis el lugar al que tenéis derecho en
la sociedad y en la Iglesia»[198].
En el contexto de un mundo sin confines, como es el del sufrimiento humano,
dirijamos ahora la atención a los aquejados por la enfermedad en sus más
diversas formas. Los enfermos, en efecto, son la expresión más frecuente y más
común del sufrir humano.
A todos y a cada uno se dirige el llamamiento del Señor: también
los enfermos son enviados como obreros a su viña. El peso que oprime
los miembros del cuerpo y menoscaba la serenidad del alma, lejos de retraerles
del trabajar en la viña, los llama a vivir su vocación humana y cristiana y a
participar en el crecimiento del Reino de Dios con nuevas modalidades,
incluso más valiosas. Las palabras del apóstol Pablo han de
convertirse en su programa de vida y, antes todavía, son luz que hace
resplandecer a sus ojos el significado de gracia de su misma situación:
«Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de
su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24). Precisamente haciendo
este descubrimiento, el apóstol arribó a la alegría: «Ahora me alegro por los
padecimientos que soporto por vosotros» (Col 1, 24). Del mismo
modo, muchos enfermos pueden convertirse en portadores del «gozo del Espíritu
Santo en medio de muchas tribulaciones» (1 Ts 1, 6) y ser testigos
de la Resurrección de Jesús. Como ha manifestado un minusválido en su
intervención en el aula sinodal, «es de gran importancia aclarar el hecho de
que los cristianos que viven en situaciones de enfermedad, de dolor y de vejez,
no están invitados por Dios solamente a unir su dolor a la Pasión de Cristo,
sino también a acoger ya ahora en sí mismos y a transmitir a los demás la
fuerza de la renovación y la alegría de Cristo resucitado (cf. 2 Co 4,
10-11; 1 P 4, 13; Rm 8, 18 ss.)»[199].
Por su parte —como se lee en la Carta Apostólica Salvifici doloris— «la Iglesia que nace del misterio de la redención en la Cruz de
Cristo, está obligada a buscar el encuentro con el hombre, de
modo particular, en el camino de su sufrimiento. En un encuentro de tal índole
el hombre "constituye el camino de la Iglesia", y es éste uno de los
caminos más importantes»[200]. El
hombre que sufre es camino de la Iglesia porque, antes que nada, es
camino del mismo Cristo, el buen Samaritano que «no pasó de largo», sino que
«tuvo compasión y acercándose, vendó sus heridas (...) y cuidó de él» (Lc 10,
32-34).
A lo largo de los siglos, la comunidad cristiana ha vuelto a copiar la
parábola evangélica del buen Samaritano en la inmensa multitud de personas
enfermas y que sufren, revelando y comunicando el amor de curación y
consolación de Jesucristo. Esto ha tenido lugar mediante el testimonio de la
vida religiosa consagrada al servicio de los enfermos y mediante el infatigable
esfuerzo de todo el personal sanitario. Además hoy, incluso en los mismos
hospitales y nosocomios católicos, se hace cada vez más numerosa, y quizá
también total y exclusiva, la presencia de fieles laicos, hombres y mujeres.
Precisamente ellos, médicos, enfermeros, otros miembros del personal sanitario,
voluntarios, están llamados a ser la imagen viva de Cristo y de su Iglesia en
el amor a los enfermos y los que sufren.
Notas a pie de página:
[177] Juan Pablo II, Exh. Ap. Familiaris consortio, 24: AAS 74 (1982)
109-110.
[178] Propositio 46.
[179] Propositio 47.
[180] Conc. Ecum. Vat. II, Dec. sobre el apostolado de los laicos Apostolicam actuositatem, 9.
[181] Pablo VI, Discurso al Comité de organización del Año Internacional de
la Mujer (18 Abril 1975): AAS 67 (1975) 266.
[182] Propositio 46.
[183] Propositio 47.
[184] Ibid.
[185] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 10.
[186] La Encíclica Redemptoris Mater, después de haber recordado que la
"dimensión mariana de la vida cristiana adquiere una peculiar acentuación,
en relación con la mujer y su condición", escribe: "En efecto, la
femineidad se encuentra en una relación singular con la Madre del Redentor,
tema que podrá ser profundizado en otro lugar. Aquí deseo solamente hacer notar
que la figura de María de Nazareth proyecta su luz sobre la mujer en cuanto tal
por el hecho mismo de que Dios, en el sublime acontecimiento de la encarnación
del Hijo, se ha confiado al ministerio, libre y activo, de una mujer. Por
tanto, se puede afirmar que la mujer, mirando a María, encuentra en Ella el
secreto para vivir dignamente su femineidad y llevar a cabo su propia
promoción. A la luz de María, la Iglesia percibe en el rostro de la mujer los
reflejos de una belleza que es espejo de los más elevados sentimientos de que
es capaz el corazón humano: la ofrenda total del amor; la fuerza que sabe
resistir a los más grandes dolores; la fidelidad ilimitada y la laboriosidad
infatigable; la capacidad de conjugar la intuición penetrante con la palabra de
apoyo y de estímulo" (Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, 46: AAS 79 [1987]
424-425).
[187] Juan Pablo II, Carta Ap. Mulieris dignitatem, 16.
[188] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre la
cuestión de la admisión de la mujer al sacerdocio ministerial Inter insigniores (15 Octubre 1976): AAS 69
(1977) 98-116.
[189] Cf Juan Pablo II, Carta Ap. Mulieris dignitatem, 26.
[190] Ibid., 27. «La Iglesia es un cuerpo diferenciado, en el que cada uno
tiene su función; las tareas son distintas y no deben ser confundidas. Estas no
dan lugar a la superioridad de los unos sobre los otros; no suministran ningún
pretexto a la envidia. El único carisma superior -que puede y debe ser deseado-
es la caridad (cf 1 Cor 12-13). Los más grandes en el Reino de
los cielos no son los ministros, sino los santos" (Congregación para la
Doctrina de la Fe, Declaración sobre la cuestión de la admisión de la mujer al
sacerdocio ministerial Inter insigniores (15 Octubre 1976): AAS 69
(1977) 115.
[191] Pablo VI, Discurso al Comité de organización del Año Internacional de
la Mujer (18 Abril 1975): AAS 67 (1975) 266.
[192] Propositio 47.
[193] Ibid.
[194] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 36.
[195] Juan Pablo II, Exh. Ap. Familiaris consortio, 50: AAS 74 (1982)
141-142.
[196] Propositio 46.
[197] Propositio 47.
[198] VII Asam. Gen. Ord. Sinodo de los Obispos (1987), Per Concili
semitas ad Populum Dei Nuntius, 12.
[199] Propositio 53.
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