sábado, 21 de mayo de 2011

TEMA 35. FIELES LAICOS. LA NUEVA EVANGELIZACIÓN (I)

EXPOSICIÓN:
(extracto de la exhortación apostólica de SS Juan Pablo II: Christifideles laici)

IR A TRABAJAR EN MI VIÑA

"Hacia las nueve de la mañana salió otra vez y vio otros que estaban en la plaza, sin trabajo, y les dijo: "Id también vosotros a mi viña" ... (Mt 20, 3-4) Este llamamiento resuena constantemente en el transcurso de la historia se dirige a cada hombre que viene a este mundo. No se dirige sólo a los religiosos, los pastores y sacerdotes, sino que se dirige a todos.

Los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor para trabajar en la viña a favor de la Iglesia y del mundo. Los laicos son invitados a unirse más íntimamente al Señor y participar de su misión salvadora.

SECULARISMO Y NECESIDAD DE LO RELIGIOSO

Fascinado por el desarrollo científico-técnico y por la tentación más antigua y siempre nueva de querer llegar a ser como Dios, haciendo uso de su libertad, el hombre arranca las raíces religiosas que están en su corazón, se olvida de Dios, lo rechaza y se pone a adorar los más diversos ídolos.

"Crecientes multitudes se alejan prácticamente de la Religión" y una creciente descristianización aflige a pueblos de antigua tradición cristiana, reclamando, sin dilación, una nueva evangelización.

La necesidad y la aspiración de lo religioso no puede suprimirse totalmente del corazón del hombre. Su conciencia lo lleva a interrogarse sobre el sentido de la existencia, del sufrimiento y de la muerte, abriéndose a una búsqueda religiosa y el retorno al sentido de lo sagrado y de la oración.

LA PERSONA HUMANA: UNA DIGNIDAD DESPRECIADA Y EXALTADA

Cuando no se reconoce la dignidad del hombre como imagen viviente de Dios, el hombre queda expuesto a las formas más humillantes de instrumentalización que lo convierten en un esclavo del "más fuerte" (ideología, poder del dinero, poder mediático).

Los derechos fundamentales de las personas son violados: el derecho a la vida, la integridad física, a tener una vivienda, un trabajo, a tener una familia y una paternidad responsable, a participar en la vida pública, el derecho a la libertad de conciencia y de libertad religiosa.

Pero al tener un indestructible fundamento en Dios creador y padre, la sacralidad de la persona vuelve a imponerse, de nuevo y siempre. Se debe preservar el sentido de la dignidad personal de cada ser humano.

Vivimos también en los tiempos de los humanismos, unos alienadores y otros exaltadores del hombre llegando a una verdadera idolatría. También es un signo de los tiempos la participación de las personas en la toma de decisiones políticas, culturales y sociales, y un creciente papel participativo de la mujer y del mundo juvenil.




TIEMPO DE CONFLICTIVIDAD Y BÚSQUEDA DE LA PAZ

La conflictividad es un fenómeno que caracteriza el tiempo actual y que lleva a la nefasta confrontación entre personas, naciones y bloques de naciones, que muchas veces se traduce en injusticia, violencia, terrorismo y guerra. La paz en la justicia es un bien irrenunciable que pide la implicación y la participación de todos, especialmente de la participación de los fieles laicos.

JESUCRISTO, ESPERANZA PARA LA HUMANIDAD

Esta es la viña en la que están llamados los trabajadores, enviados por el Señor a predicar que Jesucristo es la respuesta plena a todas las dificultades del hombre. Sostenidos por el Espíritu Santo los fieles laicos, juntos con los pastores y toda la Iglesia, presentan con su testimonio de palabra y de obras a Jesucristo redentor del hombre y portador de la alegría y la esperanza en el mundo.

FIELES LAICOS

Los fieles laicos viven en el mundo, implicados en todas las ocupaciones y trabajos y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social. Estudian, trabajan, tienen relaciones de amistad, sociales, profesionales, culturales, etc.

En este ámbito desarrollan su vocación cristiana, llamados por Dios a contribuir desde dentro, como levadura, a la santificación del mundo, con su testimonio de vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad. Buscan el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios, llamados a vivir la santidad y ser sal de la tierra y luz del mundo.

Por el bautismo los fieles son integrados en el pueblo de Dios y participan a su manera del oficio sacerdotal, profético y de la realeza de Jesucristo y participan de la misión de la Iglesia formada por todo el pueblo cristiano. Insertados en Jesucristo, la verdadera vid, Cristo comunica vida y fecundidad a los sarmientos, los fieles laicos.

Sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida familiar y conyugal, el trabajo cotidiano, el descanso corporal y espiritual, si son hechos en el Espíritu, incluso las mismas pruebas de la vida, se convierten en sacrificios espirituales aceptables a Dios por Jesucristo. Es en este sentido que el fiel laico participa en el oficio sacerdotal de Cristo.

Cuando proclaman el reino de Dios con su testimonio de vida y con el poder de la palabra participan del oficio profético de Cristo.

Cuando con su entrega sirven a la justicia, practican la caridad y luchan espiritualmente para vencer el pecado forman parte de la realeza de Cristo Señor y Rey del universo.

VIVIR LA SANTIDAD PERSONAL PARA SANTIFICAR EL MUNDO

Los fieles laicos están llamados al seguimiento y a la imitación de Cristo, escuchando la palabra de Dios, viviendo las bienaventuranzas, participando de la oración personal, familiar y comunitaria y de la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia. Están interpelados a la unidad de vida, considerando las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándolos a la comunión con Dios en Cristo.

Los fieles laicos están llamados a vivir la vocación de la santidad como un signo luminoso del infinito amor que Dios les da. Esta vocación a la santidad está íntimamente ligada a la misión apostólica y a la impetuosidad misionera, sólo cuando los sarmiento están insertados en la viña es cuando dan frutos. Igualmente son interpelados a vivir la comunión de los santos, incorporados a la vida de Cristo y con una idéntica caridad entre todos los fieles, los de este mundo y del cielo.

Esta comunión es por definición "orgánica", análoga a la de un ser vivo, caracterizada por la diversidad y la complementariedad de los miembros, con diferentes vocaciones y condiciones de vida, de ministerios, de carismas y de responsabilidades, animados todos por el único e idéntico Espíritu.

PARA REFLEXIONAR

¿Me siento llamado a trabajar en la viña del Señor? ...

¿Soy consciente de mi dignidad de fiel laico ...de participar en el oficio sacerdotal, profético y real de Cristo? ...

¿Procuro tener unidad de vida entre mi fe y mi actividad cotidiana?

¿Me siento llamado a la santidad? ... procuro avanzar en su camino .....

Os animo a participar con vuestros comentarios, pensamientos o vivencias, que nos enriquecen a todos!

sábado, 7 de mayo de 2011

TEMA 34. LA VOCACIÓN MATRIMONIAL

EXPOSICIÓN: (Párrafos extraídos del "libro de la Fe" de los Obispos de Bélgica)

LLAMADOS POR DIOS EN EL AMOR CONYUGAL Y FAMILIAR

El amor forma parte de la naturaleza humana, porque Dios nuestro Señor, que es amor, así lo ha querido. Los hombres y las mujeres se atraen entre sí, de esta atracción nace el enamoramiento.

En un primer estadio el amor es "eros", atracción física y emocional por el amado o la amada: "me fascina, no puedo dejar de pensar en él, en ella, me hace feliz ....", es un sentimiento que tiene una raíz “egoísta”, estoy con el otro porque "me llena, me satisface, estoy bien "....

Pero el amor también es "ágapé", un estadio en el que dejo de mirarme a mí mismo para ver al otro: porque amo a otra persona quiero hacerla feliz, ya no pienso en mí, pienso en sus necesidades, en lo que le gusta.

Cuando confluyen el eros y el agapé entre los amantes, fluyendo en ambas direcciones el amor llega a su madurez.

PREPARACIÓN AL MATRIMONIO

Un paso natural en la relación de una pareja que se ama es el de querer poner la vida en común y fundar un hogar. La Iglesia desea acompañar ya desde el principio a los novios que forman parte de la comunidad cristiana, ayudándoles en la preparación de esta unión, instruyendo acerca de las dificultades del encuentro y la convivencia y descubriéndoles la joya del amor compartido.

El amor humano es una vocación que se vive en las alegrías y en las penas, en los conflictos y en el perdón y también en el fracaso. La vida en pareja es un descubrimiento constante del otro, una invitación a superar el egoísmo personal para hacer feliz al amado. Es una comunidad de fe y esperanza compartida, los futuros esposos son llamados a recurrir a menudo a la oración y a la vida de sacramentos. También es una comunidad abierta a la vida, pensando en los hijos que formarán parte de la familia.



EL MATRIMONIO


El matrimonio aporta a nuestra existencia una comunidad profunda de vida y amor. La unión de los esposos ha sido elevada por el mismo Cristo a la dignidad de sacramento. El matrimonio consiste esencialmente en el compromiso recíproco de los esposos de ayudarse y amarse en la felicidad y en la desgracia, y también el gozo y la disponibilidad de acoger a los hijos y educarlos.


Por eso en la liturgia del sacramento, el que casa a los esposos no es el sacerdote, son los mismos esposos los que se casan entre ellos con el intercambio de su consentimiento, se administran mutuamente el sacramento, en presencia del sacerdote que da a este compromiso la dimensión eclesial, y en presencia de unos testigos que representan a la sociedad.


La Iglesia recuerda a los esposos que para otorgarse el sacramento del matrimonio deben ser solteros, venir a contraerlo sin coacción y desearlo de todo corazón, con la disposición de amar y honrar al cónyuge durante toda la vida y de acoger con amor los hijos que recibirán de Dios y a educarlos según la ley de Cristo y de la Iglesia. Estas condiciones son indispensables para que la pareja se una realmente en matrimonio.


LA LITURGIA


La liturgia del sacramento del matrimonio se celebra normalmente dentro de la misa. Previamente se pide a los novios que reciban el sacramento de la reconciliación para poder participar también del sacramento eucarístico.

En un momento de la celebración eucarística el sacerdote llama a los novios para que se den la mano derecha y se den su consentimiento ante Dios y la Iglesia: "Yo te tomo por esposo / esposa y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad y amarte y honrarte toda la vida".



En este sacramento los dos contrayentes se convierten en una sola carne, Cristo les asiste y habla por boca de ellos. Cuando el novio habla, Cristo habla. Cuando la novia responde, responde Cristo. La palabra que se dan es palabra de amor, libre y pura. Uno la da al otro y es a la vez puro don de Dios.

Después del consentimiento el sacerdote extiende la mano derecha sobre los novios y dice: "Que el Señor confirme el consentimiento que se ha manifestado en la presencia de la Iglesia, y os conceda su bendición. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre ".

A continuación bendice los anillos, que son el símbolo de la fidelidad, y los esposos se los ponen el uno al otro. Los anillos reciben también el nombre de alianza, un nombre muy significativo y un bello símbolo del amor y la fidelidad. Entran en la Iglesia como novios y salen como marido y mujer.


CONSUMACIÓN DEL MATRIMONIO

El acto conyugal (unión sexual) consuma el matrimonio y le da un sentido definitivo. La disponibilidad que los esposos manifiestan el uno hacia el otro y el don que se hacen recíprocamente con su sexualidad, son exclusivos.

El vínculo conyugal entre bautizados es único e inalterable, no lo pueden disolver ni el divorcio ni el adulterio.

CRISTO ASISTE LOS ESPOSOS

No se puede comprender ni el celibato cristiano ni el matrimonio cristiano fuera de la fe.

La virginidad cristiana es siempre de cara al Reino, es un amor auténtico de Cristo; una virginidad sin amor es un desierto. Igualmente el matrimonio cristiano busca su fuerza y el ideal en el amor de Cristo a la Iglesia, un matrimonio cristiano se esfuerza en el compromiso de amor y de fidelidad conyugal asistido por el mismo Jesucristo.



LA FAMILIA, IGLESIA DOMÉSTICA EN MEDIO DEL MUNDO

Viviendo la vocación propia y sostenidos por un sacramento especial, los esposos se ayudan mutuamente en la vida conyugal y familiar. Los hijos son llamados a compartir la fe de los padres y convertirse en miembros del pueblo de Dios.

Es dentro de la familia que los esposos y los hijos se santifican y santifican a otros hogares con su testimonio. Por eso la familia es llamada "Iglesia doméstica", llamada a vivir la comunión y la reconciliación, y a llevar la misión de toda la Iglesia con vistas a la construcción y santificación del mundo.

PARA REFLEXIONAR:

La sociedad actual banaliza la sexualidad y el amor .... ¿es un avance esto ?....¿ son más felices?

La sociedad actual "moderna" equipara "nuevos modelos" de convivencia dándoles también el nombre de matrimonio ....

En la sociedad actual conviven diferentes modelos de familia: monoparentales, divorciados, divorciados vueltos a casar, conviviendo con hijos de otra pareja; parejas del mismo sexo, con hijos o sin hijos ,...... ¿Es un bien para la sociedad ?....

¿Damos los creyentes un testimonio creíble del modelo de familia cristiana ?.... ¿Hacemos de nuestro hogar una Iglesia doméstica ?.....

¿Tenemos presencia en la sociedad cuando se toman decisiones que afectan a la familia ?....

Os animo a participar con vuestros comentarios!

lunes, 25 de abril de 2011

TEMA 33. ORDEN SACERDOTAL Y VIDA RELIGIOSA

EXPOSICIÓN: (Párrafos extraídos del "libro de la Fe" de los Obispos de Bélgica)

CONSAGRARSE A DIOS EN EL CELIBATO

Entre los consejos evangélicos, "destaca entre todos el don valioso de la divina gracia, que a algunos hace el Padre, de la virginidad o el celibato para consagrarse a Dios exclusivamente" (Lumen Gentium, 42).

La Iglesia, desde los primeros tiempos, ha concedido a las vírgenes un reconocimiento especial, quería animar a los cristianos a permitir que sus hijas no se casaran. Esta opción de la virginidad por causa del Reino de Dios no ha estado exenta de persecuciones. La Iglesia celebra la memoria de vírgenes mártires que han dado la vida como testimonio de su amor al Esposo.

Pablo escogió el celibato al servicio del Evangelio "Pero cada uno ha recibido de Dios un don particular ..." ( 1Co 7,7). Sabe que su vocación no es la de todos y en esto sólo aconseja: La virginidad libera el corazón para el amor del Señor sin divisiones.

Son muchas y diversas las llamadas. Algunos expresan el cariño al Señor de forma contemplativa. Cantan las alabanzas de Dios y el lamento de los hombres, en su comunidad, en la soledad, o también en medio del mundo. Se preocupan del Cuerpo de Cristo y se consagran totalmente a los hermanos, en la oración o en la acción.

Uno puede hacer el voto de virginidad o celibato sea en privado o sea a título público según la forma aprobada por la Iglesia y siempre dirigido en su discernimiento por un consejero espiritual.

SI QUIERES SER DISCÍPULO MIO, SÍGUEME.

Signo de espera en el Reino de Dios es también la pobreza. La disponibilidad a ser pobre con Cristo es una llamada constante a la Iglesia ya sus miembros. Esta llamada a vivir con Él no debe practicar solamente la pobreza del compartir, en la que todos lo ponen todo en común, sino que también pide seguir a Cristo en su despojamiento hasta una muerte de cruz, bien convencidos de que con él también resucitaremos. Cristo fue obediente hasta la muerte, no quiso hacer su voluntad sino la del Padre.

También la Iglesia pide el voto de obediencia a aquellos que expresan el deseo de seguir al Hijo de Dios. Los que hacen voto de obediencia aprenden la voluntad de Dios sobre su vida obedeciendo a la Iglesia.

LOS CONSEJOS EVANGÉLICOS SE DIRIGE A TODOS

La virginidad no disminuye la dignidad del matrimonio, ni la pobreza quita dignidad a los que tienen bienes terrenales, tampoco la obediencia disminuye la dignidad de aquellos que asumen responsabilidades de acuerdo con la voluntad del Señor.

Todos debemos vivir "como si no tuviéramos nada", pero ante este consejo, algunos tienen la vocación de vivirlo radicalmente, como signos del Reino que ha de venir. Su vida diaria es una expresión de la oración de toda la Iglesia: "Ven Señor Jesús". (Ap 22,20). Reciben la gracia de la renuncia para amar al Señor con un corazón totalmente libre.



LA VIDA RELIGIOSA

Los consejos evangélicos toman una forma más estable dentro de la vida religiosa. Los fieles, laicos y sacerdotes, se ligan con votos o con otros compromisos a fin de practicar los consejos en el cuadro de una congregación o según una espiritualidad determinada.

Los ritos de la profesión religiosa o de la renovación de los votos no son sacramentos. Tienen su raíz en la consagración bautismal y asocian toda la persona en el sacrificio eucarístico.


RECIBIR EL SACRAMENTO DEL ORDEN

Todos los bautizados participan del sacerdocio de Cristo. Laicos, obispos y sacerdotes son "piedras vivas", templos del Espíritu Santo, asociados a la misión de los Doce y de la Iglesia de dar a conocer el evangelio, participar en la celebración de los sacramentos y de la liturgia y llevar la responsabilidad del conjunto del Cuerpo de Cristo. Ejercemos este sacerdocio con todo lo que hacemos con amor, ofreciendonos a Dios como "víctima viva", sea ofreciendo el sacrificio eucarístico o dando testimonio de Cristo en nuestras familias o en los puestos de trabajo o recreo.

Todos participamos del único sacerdocio de Cristo, pero el sacerdocio de los obispos y los presbíteros se diferencia del resto de bautizados. De una manera personal Jesús escogió a los doce discípulos con los que se mantuvo unido de una manera particular. "Los llamó y les puso el nombre de apóstoles para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar demonios" (Mc 3, 13-15).

Como el Padre envía al Hijo, los apóstoles son enviados para que guíen al pueblo de Dios y conduzcan a los fieles por el camino del Hijo al Padre. Forman un colegio al frente del cual Jesús puso a Pedro como cabeza. Llenos del Espíritu Santo reciben una triple misión: La de evangelizar, la de santificar a los fieles reuniendolos en la oración y la liturgia, sobre todo en la eucaristía, y la de guiar como buenos pastores el rebaño.

Conforme las necesidades crecientes de la Iglesia que se iba expandiendo, los Apóstoles fueron nombrando sucesores agrandando el colegio apostólico. "Pedid, pues, al dueño de la mies que envíe trabajadores a su mies" (Mt 9, 37-38). Los obispos tienen una misión con referencia a todo el mundo: unidos al sucesor de Pedro, garantizan la unidad, la apostolicidad y la catolicidad de la Iglesia.

En cada Iglesia local, hay unos sacerdotes o "presbíteros" que son los colaboradores de los obispos. Juntos forman los "presbiterium" y ejercen el sacerdocio ministerial. "El sacerdote ministerial, en virtud de su poder sagrado (que recibe en la ordenación) crea y gobierna el pueblo sacerdotal, celebra la eucaristía como representante personal de Cristo y la ofrece a Dios en nombre del pueblo" (Lumen Gentium, 10).

Los diáconos ayudan al Obispo y a los presbíteros en su misión pero no pueden consagrar ni perdonar los pecados.



EL SIGNO SACRAMENTAL

El signo sacramental de los tres órdenes -obispo, presbítero y diácono- es la imposición de las manos y la oración consacratoria que confiere el Espíritu Santo con vistas al ministerio y que imprime una marca imborrable en quienes reciben este sacramento.

El futuro obispo recibe en su catedral la plenitud del sacerdocio por la imposición de las manos de otros obispos, recibe la unción en la cabeza; le dan el libro de los evangelios y las insignias de su misión: el anillo, símbolo de fidelidad y el báculo de pastor, símbolo del cargo. Desde ese momento, el obispo se sienta en la silla episcopal y preside la eucaristía en medio del pueblo.

Los sacerdotes reciben el sacramento por la imposición de las manos del Obispo, que unge las manos del consagrado para que santifique el pueblo y ofrezca a Dios el sacrificio eucarístico y le entrega las insignias de su misión: el cáliz lleno de vino y la patena con el pan. El nuevo sacerdote concelebra entonces por primera vez con el obispo y otros sacerdotes.


El diaconado lo reciben quienes se preparan para el sacerdocio y también se puede conferir a laicos que no tienen esta vocación sacerdotal, y que pueden ser solteros o casados. El diácono soltero se obliga al celibato y el casado precisa del consentimiento de la esposa.

Por la imposición de las manos del obispo el candidato se compromete a vivir en comunión con el obispo, con respeto y obediencia y a cumplir las obligaciones de su ministerio.

PARA REFLEXIONAR:
¿Me he planteado alguna vez cuál es mi vocación ?....


¿He pensado en la vocación religiosa?


Ante el descenso de las vocaciones religiosas ... ¿cuál es mi actitud ?....


¿Rezo por las vocaciones ?....


¿Vivo mi vocación, religiosa o laica, como una ofrenda a Dios? ....


¿Soy consciente como bautizado de mi "sacerdocio "?....


¿Colaboro con mi Obispo y con los sacerdotes en la misión de la Iglesia?


Os animo a participar con vuestros, pensamientos, vivencias o testimonios!

viernes, 1 de abril de 2011

TEMA 32 EL DOLOR Y LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS (II)

EXPOSICIÓN: Párrafos extraídos de la Encíclica "Salvifici doloris" DE JUAN PABLO II continuación): cccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccc EL SUFRIMIENTO LLAMADA AL AMOR ccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccc La parábola del buen Samaritano pertenece al Evangelio del sufrimiento. Indica, en efecto, cuál debe ser la relación de cada uno de nosotros con el prójimo que sufre. No nos está permitido "pasar de largo”, con indiferencia, sino que debemos "pararnos" a su lado. ccccccccccccccccccccccCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCccc Buen Samaritano es todo hombre, que se para junto al sufrimiento de otro hombre de cualquier género que éste sea. Buen Samaritano es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno, el hombre que «se conmueve» ante la desgracia del prójimo. Por lo tanto, es en definitiva buen Samaritano el que ofrece ayuda en el sufrimiento, de cualquier clase que sea. xxxxxxxxxxxxxCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCxxxxxxxxxx El hombre no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás, Buen Samaritano es el hombre capaz precisamente de ese don de sí mismo. Se podría decir que el mundo del sufrimiento humano invoca sin pausa otro mundo: el del amor humano. Aquel amor desinteresado, que brota en su corazón y en sus obras, el hombre lo debe de algún modo al sufrimiento. xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCCCCCCCCCCCCCxxxxxxxxxxxxxxxx La parábola del buen samaritano atestigua que la revelación por parte de Cristo del sentido salvífico del sufrimiento no se identifica de ningún modo con una actitud de pasividad. Es todo lo contrario. El Evangelio es la negación de la pasividad ante el sufrimiento. xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCCCxxxCCCXXXXXXXCCCCCx xxxxxxx En el programa mesiánico de Cristo, que es a la vez el programa del Reino de Dios, el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la «civilización del amor». XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX
LLAMADOS A COMPLETAR LA PASIÓN DE CRISTO XXXXXXXXXXX Todos los que sufren han sido llamados de una vez para siempre a ser partícipes "de los sufrimientos de Cristo”. Así como todos son llamados a completar con el propio sufrimiento "lo que falta a los padecimientos de Cristo”. Cristo al mismo tiempo ha enseñado al hombre a hacer bien con el sufrimiento y a hacer bien a quien sufre. XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXccXXX Es necesario pues que en la cruz del Calvario acudan idealmente todos los creyentes que sufren en Cristo, vayan también allí los hombres de buena voluntad, porque en la cruz está el «Redentor del hombre», el Hombre de dolores, que ha asumido en sí mismo los sufrimientos físicos y morales de los hombres de todos los tiempos, porque en el amor puedan encontrar el sentido salvífico de su dolor y las respuestas válidas a todas sus preguntas. XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX Con María, Madre de Cristo, que estaba al lado de la Cruz, nos detenemos ante todas las cruces del hombre de hoy.
EL SACRAMENTO DE LA UNCIÓN DE ENFERMOS (Catecismo puntos de 1499 a 1532) XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX Con la sagrada Unción de enfermos y la oración de los presbíteros toda la Iglesia encomienda al Señor sufriente y glorificado a los que la enfermedad ha postrado, para que los alivie y los salve, más aún, les exhorta a asociarse libremente a la pasión y muerte de Cristo para que así contribuyan al bien del Pueblo de Dios. XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX La enfermedad puede conducir a la angustia, a veces incluso a la desesperación o la rebelión contra Dios. También puede volver a la persona más madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para descubrir lo que sí lo es. A menudo la enfermedad provoca una búsqueda de Dios, un retorno a Él, se convierte en camino de conversión. XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX El rito del sacramento es atestiguado por el apóstol Santiago: "Si alguien está enfermo, que los presbíteros le unjan con óleo en el nombre del Señor y oren por él. Y la oración con fe, le será saludable: el Señor hará que se levante y le perdonará los pecados que haya cometido "(St 5). La Iglesia administra este sacramento especialmente destinado a reconfortar a los que están probados con la enfermedad. Se da a los enfermos que están en un peligro serio, ungiendo en la frente y en las manos con aceite, debidamente bendecido, diciendo estas palabras: "Por esta santa Unción y por su gran misericordia, el Señor te ayude con la gracia del Espíritu Santo, para que libre de pecado, te conceda la salvación y alivie tus sufrimientos". XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX Este sacramento no es únicamente para los que están en peligro de muerte, también se administra a los que están debilitados por la vejez, o antes de una operación importante. Se puede recibir más de una vez. El ministro del sacramento es el obispo o el presbítero. La Unción de los enfermos es una celebración litúrgica y comunitaria, tanto si se administra en casa, en el hospital o en la Iglesia, como si se administra a un solo enfermo o a todo un grupo de enfermos. XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX Es conveniente que se celebre dentro de la misa, si es posible, y puede ir precedida del sacramento de la Penitencia y seguida del de la Eucaristía. La liturgia de la Palabra, precedida de un acto de penitencia abre la celebración, en la que el sacerdote impone las manos sobre el enfermo, ruega por él y le unge con el aceite bendito.
EFECTOS DE RECIBIR EL SACRAMENTO DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

Es un don particular del Espíritu Santo que da la gracia del consuelo, de la paz y del coraje para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de fragilidad de la vejez.

Renueva la confianza y la fe en Dios y da fuerzas contra las tentaciones del maligno, tentaciones de desánimo y de angustia ante la muerte. La fuerza del Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también del cuerpo, si esta es la voluntad de Dios.

Es una unión a la pasión de Cristo. De alguna manera, el sufrimiento, secuela del pecado original, recibe un sentido nuevo: se convierte en participación en la obra salvadora de Jesús. Es una gracia eclesial, ya que los enfermos que lo reciben, asociándose libremente a la pasión y muerte de Cristo, contribuyen al bien del Pueblo de Dios y a la santificación de sus miembros.

Es una preparación para el último paso, fortalece el fin de nuestra vida terrena con una sólida defensa de cara a las últimas luchas antes de entrar en la casa del Padre.

PARA REFLEXIONAR:

¿Que tenemos de buen samaritano ?.......

el amor es todo lo contrario que la pasividad .....


Colaboradores en la obra de la redención desde el propio sufrimiento ..... ¿así lo creemos ?........

El sacramento de la unción, un sacramento para los vivos ......

Proponemos a los enfermos de nuestro entorno que reciban este sacramento ......


Os animo a participar con vuestros, pensamientos, vivencias o testimonios!


viernes, 18 de marzo de 2011

TEMA 31. EL DOLOR Y LA UNCION DE LOS ENFERMOS (I)

EXPOSICIÓN: (párrafos extraidos de la encíclica “Salvificis Doloris” de JUAN PABLO II)

EL SUFRIMIENTO
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El hombre sufre de modos diversos, no siempre considerados por la medicina, ni siquiera en sus más avanzadas ramificaciones. El sufrimiento es algo todavía más amplio que la enfermedad, más complejo y a la vez aún más profundamente enraizado en la humanidad misma.

Una cierta idea de este problema nos viene de la distinción entre sufrimiento físico y sufrimiento moral; el sufrimiento físico se da cuando de cualquier manera « duele el cuerpo », mientras que el sufrimiento moral es « dolor del alma ».

Dentro de cada sufrimiento experimentado por el hombre, y también en lo profundo del mundo del sufrimiento, aparece inevitablemente la pregunta: ¿por qué?. Es una pregunta acerca de la causa, la razón; y una pregunta acerca de la finalidad ¿para qué?, en definitiva, acerca del sentido.

Obviamente el dolor, sobre todo el físico, está ampliamente difundido en el mundo de los animales. Pero solamente el hombre, cuando sufre, sabe que sufre y se pregunta por qué; y sufre de manera humanamente aún más profunda, si no encuentra una respuesta satisfactoria.

Esta es una pregunta difícil, como lo es otra, muy afín, es decir, la que se refiere al mal: ¿Por qué el mal? ¿Por qué el mal en el mundo? Cuando ponemos la pregunta de esta manera, hacemos siempre, al menos en cierta medida, una pregunta también sobre el sufrimiento.



EL SENTIDO DEL SUFRIMIENTO


Y es bien sabido que en la línea de esta pregunta se llega no sólo a múltiples frustraciones y conflictos en la relación del hombre con Dios, sino que sucede incluso que se llega a la negación misma de Dios.

El sufrimiento tiene carácter de prueba. El sufrimiento debe servir para la conversión, es decir, para la reconstrucción del bien en el sujeto, que puede reconocer la misericordia divina en esta llamada a la penitencia. La penitencia tiene como finalidad superar el mal, que bajo diversas formas está latente en el hombre, y consolidar el bien tanto en uno mismo como en su relación con los demás y, sobre todo, con Dios.

Para hallar el sentido profundo del sufrimiento hay que acoger la luz de la Revelación, no sólo en cuanto expresa el orden transcendente de la justicia, sino en cuanto ilumina este orden con el Amor como fuente definitiva de todo lo que existe. El Amor es también la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Esta respuesta ha sido dada por Dios al hombre en la cruz de Jesucristo.

CRISTO Y EL SUFRIMIENTO

En su actividad mesiánica en medio de Israel, Cristo se acercó incesantemente al mundo del sufrimiento humano. «Pasó haciendo bien », y este obrar suyo se dirigía, ante todo, a los enfermos y a quienes esperaban ayuda. Curaba los enfermos, consolaba a los afligidos, alimentaba a los hambrientos, liberaba a los hombres de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas disminuciones físicas; tres veces devolvió la vida a los muertos. Era sensible a todo sufrimiento humano, tanto al del cuerpo como al del alma.

Cristo va hacia su pasión y muerte con toda la conciencia de la misión que ha de realizar de este modo. Precisamente por medio de este sufrimiento suyo hace posible « que eI hombre no muera, sino que tenga la vida eterna ». Precisamente por medio de su cruz debe tocar las raíces del mal, plantadas en la historia del hombre y en las almas humanas. Precisamente por medio de su cruz debe cumplir la obra de la salvación. Esta obra, en el designio del amor eterno, tiene un carácter redentor.


Cristo sufre voluntariamente y sufre inocentemente. Cristo da la respuesta al interrogante sobre el sufrimiento y sobre el sentido del mismo, no sólo con sus enseñanzas, es decir, con la Buena Nueva, sino ante todo con su propio sufrimiento, el cual está integrado de una manera orgánica e indisoluble con las enseñanzas de la Buena Nueva. Esta es la palabra última y sintetica de esta enseñanza: « la doctrina de la Cruz », como dirá un día San Pablo.

El sufrimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo. La cruz de Cristo se ha convertido en una fuente de la que brotan ríos de agua viva. En ella debemos plantearnos también el interrogante sobre el sentido del sufrimiento, y leer hasta el final la respuesta a tal interrogante.

LA CRUZ NOS HACE PARTÍCIPES DE LA REDENCIÓN

El Redentor ha sufrido en vez del hombre y por el hombre. Todo hombre tiene su participación en la redención. Cada uno está llamado también a participar en ese sufrimiento mediante el cual se ha llevado a cabo la redención. Está llamado a participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido.


Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo. La cruz de Cristo arroja de modo muy penetrante luz salvífica sobre la vida del hombre y, concretamente, sobre su sufrimiento, porque mediante la fe lo alcanza junto con la resurrección: el misterio de la pasión está incluido en el misterio pascual.

El sufrimiento, en efecto, es siempre una prueba —a veces una prueba bastante dura—, a la que es sometida la humanidad. En el sufrimiento está como contenida una particular llamada a la virtud, que el hombre debe ejercitar por su parte. Esta es la virtud de la perseverancia al soportar lo que molesta y hace daño.

Haciendo esto, el hombre hace brotar la esperanza, que mantiene en él la convicción de que el sufrimiento no prevalecerá sobre él, no lo privará de su propia dignidad unida a la conciencia del sentido de la vida.

Y así, este sentido se manifiesta junto con la acción del amor de Dios, que es el don supremo del Espíritu Santo. A medida que participa de este amor, el hombre se encuentra hasta el fondo en el sufrimiento: reencuentra « el alma », que le parecía haber « perdido » a causa del sufrimiento.
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Ante el hermano o la hermana que sufren, Cristo abre y despliega gradualmente los horizontes del Reino de Dios, de un mundo convertido al Creador, de un mundo liberado del pecado, que se está edificando sobre el poder salvífico del amor. Y, de una forma lenta pero eficaz, Cristo introduce en este mundo, en este Reino del Padre al hombre que sufre, en cierto modo a través de lo íntimo de su sufrimiento.

Cristo, mediante su propio sufrimiento salvífico, se encuentra muy dentro de todo sufrimiento humano, y puede actuar desde el interior del mismo con el poder de su Espíritu de Verdad, de su Espíritu Consolador.

Se puede sin embargo decir que casi siempre cada uno entra en el sufrimiento con una protesta típicamente humana y con la pregunta del « por qué ». Cristo no responde directamente ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento.
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El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo. A medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espiritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento. Entonces el hombre encuentra en su sufrimiento la paz interior e incluso la alegría espiritual.
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PARA REFLEXIONAR:
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¿Qué sentido doy a mi sufrimiento?....
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¿Y al sufrimiento de los que tengo a mi lado?.....
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¿Tomo mi cruz como una prueba?...
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¿Uno mi cruz al sufrimiento redentor de Cristo?.....

Os invito a participar con vuestras reflexiones, vivencias o testimonios que seguro nos enriquecerán a todos
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jueves, 3 de marzo de 2011

TEMA 30. EL PERDON Y EL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN (II)

EXPOSICIÓN: (Catecismo 1425-1470)

LA CONVERSIÓN

Jesús llama a la conversión: "Se ha cumplido el tiempo, y está cerca el Reino de Dios, convertíos y creed en la buena nueva". Por la fe en la Buena Nueva y por el bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.

La llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos después del bautismo. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida, porque el bautismo no ha suprimido la fragilidad la debilidad humana, ni la inclinación al pecado. Llevamos la vida nueva "en vasos de barro".

DIOS NOS ASISTE CON SU GRACIA

En esta tarea, no estamos solos, nos asiste la gracia de Dios y su misericordia que atrae a los corazones afligidos y les ayuda a ponerse en camino y volver a la casa del Padre. La segunda conversión, además de ser un acto personal, también tiene una dimensión comunitaria. El Señor llama a su Iglesia a la conversión: "En la Iglesia hay el agua y las lágrimas: el agua del bautismo y las lágrimas de la penitencia" (San Ambrosio).

EL PROCESO DEL PERDÓN

Un camino que requiere de nuestra voluntad, del uso de nuestra libertad ... y de la misericordia de Dios. Siguiendo la parábola del hijo pródigo: (L 15, 11-31)

- El pecado del hijo pequeño: "Malversó su patrimonio en una vida de desenfreno". Libertad ilusoria, abandono de la casa paterna, miseria extrema, humillación profunda ....

- El examen de conciencia: Reflexionando se dijo a sí mismo ...... reflexión sobre los bienes perdidos .. - El arrepentimiento: "ya no merezco llamarme hijo tuyo "....

- El propósito: "Me pondré en camino adonde está mi padre" (el camino de retorno) - La petición de perdón: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti ...."

- La reconciliación: su padre lo vio venir ... se le echó al cuello y le besó .. Festejémoslo con un banquete ....


SOLO DIOS PUEDE PERDONAR LOS PECADOS

Porque Jesús es el Hijo de Dios afirma de sí mismo: "El hijo del Hombre tiene potestad en la tierra de perdonar los pecados" (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: "tus pecados te son perdonados" ( Lc 7,48).

CRISTO HA CONFIADO A LA IGLESIA EL PERDÓN Y LA RECONCILIACIÓN

Cristo ha confiado a su Iglesia que sea el signo y el instrumento del perdón y la reconciliación que Él ha ganado con el precio de su Sangre y le ha confiado el ejercicio del poder de absolución a través del ministerio apostólico.

El apóstol es enviado "en nombre de Cristo" y "es Dios mismo" quien, a través de él, exhorta y suplica: "reconciliaos con Dios". "Te daré las llaves del Reino de los cielos, y lo que ates en la tierra será atado en el cielo, y lo que desates en la tierra será desatado en el cielo" (Mt 16,19).

Al igual que Jesús perdona los pecados y reintegra a los pecadores al Pueblo de Dios, el Señor da a los apóstoles la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios.

EL SACRAMENTO DEL PERDÓN

Cristo ha instituido el sacramento de la penitencia para todos los miembros pecadores de su Iglesia, sobre todo para los que, después del Bautismo han caído en pecado grave y así han perdido la gracia bautismal y han herido la comunión eclesial.

Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como "la segunda tabla de salvación después del naufragio que es la pérdida de la gracia". Ofrece la posibilidad de convertirse y de reencontrar la gracia de la justificación.

FORMAS DEL SACRAMENTO

A lo largo de los siglos, la forma concreta en la que se ha ejercido este poder recibido del Señor ha variado mucho. En los primeros siglos, la reconciliación de los que habían cometido pecados graves estaba ligada a una disciplina muy rigurosa y una penitencia pública que podía durar años.

En el siglo VII, inspirada en la tradición monástica de Oriente se introdujo la práctica privada de la penitencia. Desde entonces se realiza el sacramento de una manera más secreta entre penitente y sacerdote. Al tiempo que abre la posibilidad de la reiteración y se abra el camino de una frecuentación regular de este sacramento.
ESTRUCTURA DEL SACRAMENTO

Por la parte del penitente que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo intervienen los siguientes elementos:

- La contrición. Es un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no pecar nunca más y nos dispone a obtener el perdón en el sacramento de la reconciliación. Conviene preparar la recepción del sacramento con un examen de conciencia hecho a la luz de la palabra de Dios.

- La confesión de los pecados. Incluso desde un punto de vista humano la confesión de los pecados nos libera y facilita la reconciliación con los demás. La persona mira cara a cara sus pecados y los confiesa al sacerdote enumerando todos los pecados de que tenga conciencia, sin esconder nada venciendo la vergüenza. Es Dios que nos perdona!. El mandamiento de la Iglesia es que al menos una vez al año se confiesen los pecados (por pascua).

- La satisfacción. Muchos pecados causan perjuicio al prójimo, hay que hacer lo posible para repararlo. (robos, calumnias, injusticias). Además para recobrar la salud espiritual debilitada por el pecado, el pecador debe expiar sus culpas. Esta satisfacción se llama penitencia. El confesor impone una penitencia teniendo en cuenta la situación personal del pecador, puede ser una ofrenda, una oración, una obra de misericordia, un servicio al prójimo, un sacrificio, incluso la aceptación de la Cruz que debemos llevar.

Por la otra parte, la acción de Dios por la intervención de la Iglesia. La Iglesia, por medio del obispo y sus sacerdotes, da en nombre de Jesucristo el perdón de los pecados y fija la modalidad de la satisfacción, ora también por el pecador y hace penitencia con él.

Dada la delicadeza y la dignidad de este ministerio y el respeto debido a las personas, la Iglesia declara que todo sacerdote que oyen confesiones está obligado a guardar un secreto absoluto en cuanto a los pecados que los penitentes le han confesado; se llama "el secreto de confesión ".

EFECTOS DEL SACRAMENTO

El sacramento de la penitencia nos restablece en la gracia de Dios y nos une a Él en una suprema amistad. Aquellos que reciben este sacramento con el corazón contrito y una buena disposición religiosa reciben como fruto la paz interior, la tranquilidad de conciencia, acompañadas de un gran consuelo espiritual.

El sacramento de la reconciliación restituye la dignidad y los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más preciado de los cuales es la amistad de Dios. Es una verdadera "resurrección espiritual".

PARA REFLEXIONAR:

El sacramento de la penitencia es un buen termómetro de la vida espiritual. Ayuda en el combate espiritual, da fuerzas y hace avanzar en el camino de la salvación .... ¿Lo frecuentamos ?....
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Os invito a participar con vuestros comentarios, vivencias o pensamientos que os haya sugerido el tema.
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viernes, 18 de febrero de 2011

TEMA 29. EL PECADO (I)

EXPOSICIÓN
(Catecismo de la Iglesia Católica puntos del 385 al 421 y de 1846 al 1876)

EL MAL
Dios es infinitamente bueno y todas sus obras son buenas. Pero nadie se escapa de la experiencia del sufrimiento, de los males de la naturaleza y sobre todo, de la cuestión del mal moral.

El pecado está presente en la historia de la humanidad: sería inútil querer ignorar o dar otros nombres a esta realidad oscura. Sólo desde la perspectiva del "vínculo profundo del hombre con Dios" se puede tratar de comprender que es el pecado. Sin esta relación no se puede desenmascarar la verdadera identidad del mal del pecado como rechazo y oposición frontal del hombre hacia Dios.

En su Revelación, en el Génesis, Dios da luz sobre la realidad del pecado, y más particularmente del pecado de los orígenes. Pero es en el progreso de la revelación, a la luz de la muerte y Resurrección de Jesús, donde se aclara la realidad del pecado. Hay que reconocer a Cristo como la fuente de la gracia para reconocer a Adán como la fuente del pecado.

EL DIABLO

El pecado de desobediencia de los primeros padres tiene detrás a una voz seductora opuesta a Dios, la del ángel caído, el diablo, Satanás. Estas criaturas celestiales haciendo uso de su libre elección rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y a su Reino.

El carácter irrevocable de esta elección no puede conseguir el perdón a pesar de la infinita misericordia de Dios.

En la historia de la humanidad Satanás busca enfrentar al hombre contra Dios, actúa por odio contra Dios y su Reino en Jesucristo, pero sin embargo su poder no es infinito. No puede impedir la edificación del Reino de Dios, aunque su actuación causa daños terribles de naturaleza espiritual.

La permisión divina de la actividad diabólica es un gran misterio, pero sabemos que Dios colabora en todo para el bien de aquellos que le aman. (Rm 8,28)



EL PRIMER PECADO DEL HOMBRE

El hombre tentado por el diablo deja morir en su corazón la confianza hacia el Creador y abusando de su libertad desobedece el mandato de Dios. Todo pecado, después de eso, será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad.

"Si comes el fruto del árbol del bien y el mal, serás como Dios". En este pecado, el hombre se prefirió a si mismo y despreció a Dios: hizo la elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias de su estado de criatura y en definitiva contra su propio bien.

Creado en estado de santidad, las consecuencias dramáticas del pecado son que Adán y Eva pierden inmediatamente la gracia de la santidad original, se rompe la armonía del hombre con la creación visible que se hace extranjera y hostil.

A causa del hombre, la creación es sometida a la servidumbre de la corrupción y finalmente, como consecuencia explícitamente anunciada, entró la muerte en la historia de la humanidad.


CONSECUENCIAS DEL PECADO DE ADÁN PARA LA HUMANIDAD

Todos los hombres se encuentran implicados en el pecado de Adán. Por la desobediencia de un solo hombre, la multitud fue constituida pecadora (Rm 5,19).

A la universalidad del pecado y de la muerte, San Pablo opone la universalidad de la salvación por Cristo. "Feliz la culpa que mereció un Redentor tan grande".

La Iglesia ha enseñado desde siempre que la miseria inmensa que abruma a los hombres y su inclinación al mal y a la muerte tienen relación con el pecado de Adán que nos ha transmitido y con el que todos nacemos. Por eso la Iglesia administra el bautismo para el perdón de los pecados incluso a los recién nacidos.

Por el pecado original la naturaleza humana ha sido privada de la santidad y la justicia originales. El bautismo, que nos da la gracia de Cristo, borra el pecado original y vuelve a decantar al hombre hacia Dios. Pero las consecuencias del pecado persisten en la naturaleza humana, debilitada e inclinada al mal, y llaman al hombre a la lucha espiritual.

DIOS NO ABANDONA AL HOMBRE EN EL DOMINIO DE LA MUERTE

Tras la caída, Dios no abandona al hombre. Al contrario lo llama y le anuncia de modo misterioso la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída.

Dios anuncia a su pueblo la venida de un nuevo Adán, el cual, por su obediencia hasta la muerte y muerte de cruz, repara con creces la desobediencia de Adán. "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia".

DEFINICIÓN DEL PECADO

El pecado es un acto personal. El pecado es una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna, es una falta de amor verdadero hacia Dios y hacia el prójimo a causa de una adhesión perversa a ciertos bienes.

El pecado es una ofensa a Dios, es amor a uno mismo hasta el desprecio de Dios. Es una desobediencia, una rebelión contra Dios. Con esta exultación orgullosa de uno mismo, el pecado se opone diametralmente a la obediencia de Jesús que lleva a cabo la salvación.

En la pasión, Cristo vence al pecado que se le enfrenta con su violencia múltiple: incredulidad, odio asesino, rechazo y mofa por parte de los dirigentes y del pueblo, cobardía de Pilato, crueldad de los soldados, traición de Judas, negación de Pedro y abandono de los discípulos. Pero en aquella hora de las tinieblas, el sacrificio de Cristo se convierte secretamente en fuente inagotable de donde brota el perdón de nuestros pecados.

LOS PECADOS

Larga y variada es la lista de los pecados, y pueden ser definidos por las virtudes que contrarían (humildad, generosidad, castidad, paciencia, templanza, caridad y diligencia), o directamente por los mandamientos de la Ley de Dios que incumplen.

San Gregorio Magno indica que hay siete pecados capitales que son: la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza. Se llaman capitales porque engendran otros pecados.

San Pablo en la carta a los Gálatas opone a los frutos del Espíritu las obras de la carne: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, magia, enemistades, discordias, celos, indignaciones, disputas, disensiones, divisiones, envidias, embriaguez, orgías y otras cosas similares. "Os prevengo que quienes cometen tales cosas no heredarán el Reino de Dios".

EL PECADO MORTAL

El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre con una infracción grave de la Ley de Dios; desvía al hombre de Dios, prefiriendo un bien inferior. El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana, al igual que el amor. Si no es rescatado con el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la condenación eterna.

Para que un pecado sea mortal se deben cumplir al mismo tiempo tres condiciones: que la materia sea grave (contra los 10 mandamientos), que se cometa con plena conciencia y con propósito deliberado. El pecado por malicia, por elección deliberada del mal es el más grave.

Los pecados, aunque no sean mortales, debilitan la caridad: revelan una afección desordenada a los bienes creados, impiden la progresión del alma en el ejercicio de las virtudes y la práctica del bien moral.

PARA REFLEXIONAR:

Siendo el pecado un acto personal, se puede cooperar en los pecados de otros. El pecado hace que los hombres sean cómplices unos de otros y que reinen entre ellos la concupiscencia, la violencia y la injusticia.

Los pecados provocan situaciones sociales e instituciones contrarias a la Bondad divina. "Las estructuras de pecado" son la expresión y el efecto de los pecados personales. Inducen a las víctimas a cometer el mal individualmente, pero son un "pecado social".

Os invito a participar con vuestros comentarios, vivencias o pensamientos que os haya sugerido el tema.