CAPITULO
3 (2) Una Iglesia para los pobres
59-63
Liberar a los cautivos
64-67 Testigos de la pobreza evangélica
68-72
La Iglesia y la educación de los pobres
73-75
Acompañar a los migrantes
76-79
Al lado de los últimos
80-81
Movimientos Populares
Liberar a los cautivos
59. Desde los tiempos
apostólicos, la Iglesia ha visto en la liberación de los oprimidos un signo del
Reino de Dios. Jesús mismo, al iniciar su misión pública, proclamó: «El
Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me
envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los
cautivos» (Lc 4,18). Los primeros cristianos, incluso en
condiciones precarias, rezaban y asistían a los hermanos y hermanas
encarcelados, como atestiguan los Hechos de los Apóstoles (cf. 12,5; 24,23) y
diversos escritos de los Padres. Esta misión liberadora se prolongó a lo largo
de los siglos mediante acciones concretas, especialmente cuando el drama de la
esclavitud y el cautiverio marcó sociedades enteras.
60. Entre finales del
siglo XII y principios del XIII, cuando muchos cristianos eran capturados en el
Mediterráneo o esclavizados en las guerras, surgieron dos Órdenes religiosas:
la Orden de la Santísima Trinidad, Redención de Cautivos (trinitarios), fundada
por san Juan de Mata y san Félix de Valois, y la Orden de la Bienaventurada
Virgen María de la Merced (mercedarios), fundada por san Pedro Nolasco con el
apoyo de san Raimundo de Peñafort, dominico.
Estas comunidades de
consagrados nacieron con el carisma específico de liberar a los cristianos
esclavizados, poniendo a disposición sus bienes [46] y a
menudo ofreciendo su propia vida a cambio. Los trinitarios, con el lema Gloria
Tibi Trinitas et captivis libertas (Gloria a Ti, Trinidad, y a los
cautivos libertad), y los mercedarios, que añaden un cuarto voto [47] a
los votos religiosos de pobreza, obediencia y castidad, dieron testimonio de
que la caridad puede ser heroica.
La liberación de los
cautivos era expresión del amor trinitario: un Dios que libera no sólo de la
esclavitud espiritual, sino también de la opresión concreta. El gesto de
rescatar de la esclavitud y de la prisión se considera una prolongación del
sacrificio redentor de Cristo, cuya sangre es el precio de nuestro rescate
(cf. 1 Co 6,20).
61. La espiritualidad
original de estas Órdenes estaba profundamente arraigada en la contemplación de
la cruz. Cristo es el Redentor de los cautivos por excelencia, y la Iglesia, su
cuerpo, prolonga este misterio en el tiempo. [48] Los
religiosos no veían en el rescate una acción política o económica, sino un acto
casi litúrgico, una ofrenda sacramental de sí mismos. Muchos entregaron sus
propios cuerpos para sustituir a los prisioneros, cumpliendo literalmente el
mandamiento: «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos» ( Jn 15,13).
La tradición de estas
Órdenes no cesó. Al contrario, inspiró nuevas formas de acción frente a las
esclavitudes modernas: la trata de personas, el trabajo forzoso, la explotación
sexual, las distintas adicciones. [49]
La caridad cristiana,
cuando se encarna, se convierte en liberadora. Y la misión de la Iglesia,
cuando es fiel a su Señor, es siempre proclamar la liberación. Aún en nuestros
días, en los que existen «millones de personas —niños, hombres y mujeres de todas
las edades— privados de su libertad y obligados a vivir en condiciones
similares a la esclavitud», [50] dicha
herencia es continuada por estas Órdenes y por otras Instituciones y
Congregaciones que actúan en las periferias urbanas, las zonas de conflicto y
los corredores migratorios. Cuando la Iglesia se arrodilla para romper las
nuevas cadenas que aprisionan a los pobres, se convierte en signo de la Pascua.
62. No se puede concluir
esta reflexión sobre las personas privadas de libertad sin mencionar a los
reclusos que se encuentran en los distintos centros penitenciarios de
preventivos y de penados. A este respecto, cabe recordar las palabras que el
Papa Francisco dirigió a un grupo de ellos: «Para mí, entrar en una cárcel es
siempre un momento importante, porque la cárcel es un lugar de gran humanidad
[…]. De humanidad probada, a veces fatigada por dificultades, sentimientos de
culpa, juicios, incomprensiones, sufrimientos, pero al mismo tiempo cargada de
fuerza, de deseo de perdón, de deseo de rescate». [51]
Este deseo, entre otros,
también fue asumido por las Órdenes redentoras como un servicio preferencial a
la Iglesia. Como proclamaba san Pablo: «Esta es la libertad que nos ha dado
Cristo» ( Ga 5,1). Y esa libertad no es sólo interior: se
manifiesta en la historia como amor que cuida y libera de todas las ataduras.
Testigos de la pobreza
evangélica
63. En el siglo XIII,
ante el crecimiento de las ciudades, la concentración de riquezas y la
aparición de nuevas formas de pobreza, el Espíritu Santo suscitó en la Iglesia
un nuevo tipo de consagración: las Órdenes mendicantes.
A diferencia del modelo
monástico estable, los mendicantes adoptaron una vida itinerante, sin
propiedades personales ni comunitarias, confiando plenamente en la Providencia.
No sólo servían a los pobres: se hacían pobres con ellos. Consideraban la
ciudad como un nuevo desierto y a los marginados como nuevos maestros
espirituales.
Estas Órdenes, como los
franciscanos, los dominicos, los agustinos y los carmelitas, representaron una
revolución evangélica, en la que el estilo de vida sencillo y pobre se
convierte en un signo profético para la misión, reviviendo la experiencia de la
primera comunidad cristiana (cf. Hch 4,32). El testimonio de
los mendicantes desafiaba tanto la opulencia clerical como la frialdad de la
sociedad urbana.
64. San Francisco de
Asís se convirtió en el icono de esta primavera espiritual. Tomando la pobreza
como esposa, quiso imitar al Cristo pobre, desnudo y crucificado. En su Regla,
pide a los hermanos que de «nada se apropien, ni casa, ni lugar, ni cosa alguna.
Y como peregrinos y forasteros en este siglo, sirviendo al Señor en pobreza y
humildad, vayan por limosna confiadamente, y no deben avergonzarse, porque el
Señor se hizo pobre por nosotros en este mundo». [52]
Su vida fue un continuo
despojarse: del palacio al leproso, de la elocuencia al silencio, de la
posesión al don total. Francisco no fundó un servicio social, sino una
fraternidad evangélica. Entre los pobres veía hermanos e imágenes vivas del
Señor. Su misión era estar con ellos, por una solidaridad que superaba las
distancias, por un amor compasivo. Su pobreza era relacional: lo llevaba a
hacerse cercano, igual, más aún, menor. Su santidad brotaba de la convicción de
que sólo se recibe verdaderamente a Cristo en la entrega generosa de sí mismo a
los hermanos.
65. Santa Clara de Asís,
inspirada por Francisco, fundó la Orden de las Damas Pobres, más tarde llamadas
clarisas. Su lucha espiritual consistió en mantener fielmente el ideal de la
pobreza radical. Rechazó los privilegios pontificios que podrían garantizar la
seguridad material de su monasterio y, con firmeza, obtuvo del Papa Gregorio IX
el llamado Privilegium Paupertatis, que garantizaba el derecho a
vivir sin poseer ningún bien material. [53]
Esta opción expresaba la
confianza total en Dios y la conciencia de que la pobreza voluntaria era una
forma de libertad y de profecía. Clara enseñaba a sus hermanas que Cristo era
su única herencia y que nada debía oscurecer la comunión con Él. Su vida orante
y oculta fue un grito contra la mundanidad y una defensa silenciosa de los
pobres y olvidados.
66. Santo Domingo de
Guzmán, contemporáneo de Francisco, fundó la Orden de Predicadores con otro
carisma, pero con la misma radicalidad. Deseaba anunciar el Evangelio con la
autoridad que brota de una vida pobre, convencido de que la Verdad necesita
testigos coherentes. El ejemplo de la pobreza de vida acompañaba la Palabra
predicada.
Libres del peso de los
bienes terrenos, los frailes dominicos podían dedicarse mejor a la obra
principal, es decir, a la predicación. Iban a las ciudades, sobre todo a
aquellas universitarias, para enseñar la verdad de Dios. [54] Al
depender de los demás, demostraban que la fe no se impone, sino que se ofrece.
Y, al vivir entre los pobres, aprendían la verdad del Evangelio “desde abajo”,
como discípulos del Cristo humillado.
67. Las Órdenes
mendicantes fueron, así, una respuesta viva a la exclusión y la indiferencia.
No propusieron expresamente reformas sociales, sino una conversión personal y
comunitaria a la lógica del Reino. La pobreza, en ellos, no era consecuencia de
la escasez de bienes, sino una elección libre: hacerse pequeños para acoger a
los pequeños. Como dijo Tomás de Celano sobre Francisco: «Se deja ver en él el
primer amador de los pobres, [...] despojándose de sus vestidos, viste con
ellos a los pobres, a quienes, si no todavía de hecho, sí de todo corazón
intenta asemejarse». [55]
Los mendicantes se han
convertido en un signo de una Iglesia peregrina, humilde y fraterna, que vive
entre los pobres no por estrategia proselitista, sino por identidad. Enseñan
que la Iglesia es luz sólo cuando se despoja de todo, y que la santidad pasa
por un corazón humilde y volcado en los pequeños.
La Iglesia y la
educación de los pobres
68. Dirigiéndose a
algunos educadores, el Papa Francisco recordó que la
educación ha sido siempre una de las expresiones más altas de la caridad
cristiana: «La vuestra es una misión llena de obstáculos pero también de
alegrías. […] Una misión de amor, porque no se puede enseñar sin amar». [56]
En este sentido, desde
los primeros tiempos, los cristianos se dieron cuenta de que el saber libera,
dignifica y acerca a la verdad. Para la Iglesia, enseñar a los pobres era un
acto de justicia y de fe. Inspirada en el ejemplo del Maestro, que enseñaba a
la gente las verdades divinas y humanas, la Iglesia asumió la misión de formar
a los niños y a los jóvenes, especialmente a los más pobres, en la verdad y el
amor. Esta misión tomó forma con la fundación de Congregaciones dedicadas a la
educación popular.
69. En el siglo XVI, san
José de Calasanz, impresionado por la falta de instrucción y formación de los
jóvenes pobres de la ciudad de Roma, en unas salas anejas a la iglesia de Santa
Dorotea en el Trastevere, creó la primera escuela pública popular gratuita de
Europa. Era la simiente de la que después se desarrollaría, no sin
dificultades, la Orden de Clérigos Regulares Pobres de la Madre de Dios de las
Escuelas Pías, llamados escolapios, con el fin de transmitir a los jóvenes «la
ciencia profana, al igual que la sabiduría del Evangelio, enseñándoles a
descubrir en sus acontecimientos personales y en la historia la acción amorosa
de Dios creador y redentor». [57] De
hecho, podemos considerar a este valiente sacerdote como «el verdadero fundador
de la escuela católica moderna, que busca la formación integral del hombre y
está abierta a todos». [58]
Animado por la misma
sensibilidad, en el siglo XVII san Juan Bautista de La Salle, dándose cuenta de
la injusticia causada por la exclusión de los hijos de obreros y campesinos del
sistema educativo de Francia en aquel tiempo, fundó los Hermanos de las Escuelas
Cristianas, con el ideal de ofrecerles educación gratuita, una sólida formación
y un ambiente fraternal. La Salle veía el aula como un lugar para el desarrollo
humano, pero también para la conversión. Sus escuelas combinaban la oración, el
método, la disciplina y el compartir. Cada niño era considerado un don único de
Dios y el acto de enseñar un servicio al Reino de Dios.
70. Ya en el siglo XIX,
también en Francia, san Marcelino Champagnat fundó el Instituto de los Hermanos
Maristas de las Escuelas, «sensible a las necesidades espirituales y educativas
de su época, especialmente a la ignorancia religiosa y a las situaciones de
abandono que vivía particularmente la juventud», [59] dedicándose
de lleno, en una época en la que el acceso a la educación era todavía
privilegio de unos pocos, a la misión de educar y evangelizar a los niños y
jóvenes, sobre todo a los más necesitados.
Con el mismo espíritu,
en Turín, san Juan Bosco inició la obra salesiana, basada en los tres
principios del “sistema preventivo” —razón, religión y amor— [60] y
el beato Antonio Rosmini fundó el Instituto de la Caridad, en el que la
“caridad intelectual” —junto con la “material” y, en la cúspide, la
“espiritual-pastoral”— se presentaba como una dimensión indispensable para
cualquier acción caritativa que mirase al bien y al desarrollo integral de la
persona. [61]
71. Muchas
Congregaciones femeninas fueron también protagonistas de esta revolución
pedagógica. Las ursulinas, las monjas de la Orden de la Compañía de María
Nuestra Señora, las Maestras Pías y muchas otras fundadas especialmente en los
siglos XVIII y XIX ocuparon espacios donde el Estado estaba ausente. Crearon
escuelas en pequeños pueblos, en los suburbios y en los barrios obreros. La
educación de las niñas, en particular, se convirtió en una prioridad.
Las religiosas
alfabetizaban, evangelizaban, trataban de cuestiones prácticas de la vida
cotidiana, elevaban el espíritu a través del cultivo de las artes y, sobre
todo, formaban conciencias. Su pedagogía era sencilla: cercanía, paciencia,
dulzura. Enseñaban a través de la vida, antes que con palabras. En tiempos de
analfabetismo generalizado y de exclusión estructural, estas mujeres
consagradas eran faros de esperanza. Su misión era formar el corazón, enseñar a
pensar, promover la dignidad. Combinando una vida de piedad y dedicación al
prójimo, combatieron el abandono con la ternura de quien educa en nombre de
Cristo.
72. Para la fe
cristiana, la educación de los pobres no es un favor, sino un deber. Los
pequeños tienen derecho a la sabiduría, como exigencia básica para el
reconocimiento de la dignidad humana. Enseñarles es afirmar su valor, darles
las herramientas para transformar su realidad. La tradición cristiana entiende
que el conocimiento es un don de Dios y una responsabilidad comunitaria.
La educación cristiana
forma no sólo profesionales, sino personas abiertas al bien, a la belleza y a
la verdad. Por eso, la escuela católica, cuando es fiel a su nombre, se
convierte en un espacio de inclusión, formación integral y promoción humana.
Así, conjugando fe y cultura, se siembra futuro, se honra la imagen de Dios y
se construye una sociedad mejor.
Acompañar a los
migrantes
73. La experiencia de la
migración acompaña la historia del pueblo de Dios. Abraham parte sin saber
adónde va; Moisés conduce a un pueblo peregrino por el desierto; María y José
huyen con el Niño a Egipto. El mismo Cristo, que «vino a los suyos, y los suyos
no lo recibieron» (Jn 1,11), vivió entre nosotros como extranjero.
Por eso, la Iglesia siempre ha reconocido en los migrantes una presencia viva
del Señor, que en el día del juicio dirá a los que estén a su derecha: «Estaba
de paso, y me alojaron» (Mt 25,35).
74. En el siglo XIX,
cuando millones de europeos emigraban en busca de mejores condiciones de vida,
dos grandes santos se destacaron en la atención pastoral de los migrantes: san
Juan Bautista Scalabrini y santa Francisca Javier Cabrini. Scalabrini, obispo
de Piacenza, fundó los Misioneros de San Carlos para acompañar a los migrantes
en sus comunidades de destino, ofreciéndoles asistencia espiritual, jurídica y
material. Veía en los migrantes destinatarios de una nueva evangelización,
alertando sobre los riesgos de la explotación y la pérdida de la fe en tierra
extranjera. Respondiendo con generosidad al carisma que el Señor le había
concedido, «Scalabrini miraba más allá, miraba hacia el futuro, hacia un mundo
y una Iglesia sin barreras, sin extranjeros». [62]
Santa Francisca Cabrini,
nacida en Italia y naturalizada estadounidense, se convirtió en la primera
ciudadana de los Estados Unidos en ser canonizada. Para cumplir su misión de
atender a los emigrantes, cruzó el Atlántico varias veces e «impulsada por una
singular audacia, empezó de la nada la construcción de escuelas, hospitales y
orfanatos para multitud de desheredados que se aventuraban a buscar trabajo en
el nuevo mundo, sin conocer la lengua y sin medios que les permitieran una
inserción digna en la sociedad norteamericana, en la que a menudo eran víctimas
de personas sin escrúpulos. Su corazón materno, que no se resignaba jamás,
llegaba a ellos dondequiera que se encontraran: en los tugurios, en las
cárceles y en las minas». [63] En
el Año Santo de 1950, el Papa Pío XII la proclamó
patrona de todos los migrantes. [64]
75. La tradición de la
actividad de la Iglesia con y para los migrantes continúa y hoy ese servicio se
expresa en iniciativas como los centros de acogida para refugiados, las
misiones en las fronteras y los esfuerzos de Cáritas Internacional y otras instituciones.
El Magisterio contemporáneo reafirma claramente este compromiso.
El Papa Francisco recordaba que la
misión de la Iglesia junto a los migrantes y refugiados es aún más amplia,
insistiendo en que «la respuesta al desafío planteado por las migraciones
contemporáneas se puede resumir en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e
integrar.
Pero estos verbos no se
aplican sólo a los migrantes y a los refugiados. Expresan la misión de la
Iglesia en relación a todos los habitantes de las periferias existenciales, que
deben ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados». [65] Y
añadía: «Cada ser humano es hijo de Dios. En él está impresa la imagen de
Cristo.
Se trata, entonces, de
que nosotros seamos los primeros en verlo y así podamos ayudar a los otros a
ver en el emigrante y en el refugiado no sólo un problema que debe ser
afrontado, sino un hermano y una hermana que deben ser acogidos, respetados y
amados, una ocasión que la Providencia nos ofrece para contribuir a la
construcción de una sociedad más justa, una democracia más plena, un país más
solidario, un mundo más fraterno y una comunidad cristiana más abierta, de
acuerdo con el Evangelio». [66]
La Iglesia, como madre,
camina con los que caminan. Donde el mundo ve una amenaza, ella ve hijos; donde
se levantan muros, ella construye puentes. Sabe que el anuncio del Evangelio
sólo es creíble cuando se traduce en gestos de cercanía y de acogida; y que en
cada migrante rechazado, es Cristo mismo quien llama a las puertas de la
comunidad.
Al lado de los últimos
76. La santidad
cristiana florece, con frecuencia, en los lugares más olvidados y heridos de la
humanidad. Los más pobres entre los pobres —los que no sólo carecen de bienes,
sino también de voz y de reconocimiento de su dignidad— ocupan un lugar especial
en el corazón de Dios. Son los preferidos del Evangelio, los herederos del
Reino (cf. Lc 6,20). Es en ellos donde Cristo sigue sufriendo
y resucitando. Es en ellos donde la Iglesia redescubre la llamada a mostrar su
realidad más auténtica.
77. Santa Teresa de
Calcuta, canonizada en 2016, se convirtió en un icono universal de la caridad
vivida hasta el extremo en favor de los más indigentes, descartados por la
sociedad. Fundadora de las Misioneras de la Caridad, dedicó su vida a los
moribundos abandonados en las calles de la India.
Recogía a los
rechazados, lavaba sus heridas y los acompañaba hasta el momento de la muerte
con una ternura que era oración. Su amor por los más pobres entre los pobres la
llevaba no sólo a atender sus necesidades materiales, sino también a
anunciarles la buena noticia del Evangelio: «Queremos proclamar la buena nueva
a los pobres de que Dios les ama, de que nosotros les amamos, de que ellos son
alguien para nosotros, de que ellos también han sido creados por la misma mano
amorosa de Dios, para amar y ser amados. Nuestros pobres son grandes personas,
son personas muy queribles, no necesitan nuestra lástima y simpatía, necesitan
nuestro amor comprensivo. Necesitan nuestro respeto, necesitan que les tratemos
con dignidad». [67]
Todo esto nacía de una
profunda espiritualidad que veía el servicio a los más pobres como fruto de la
oración y del amor, que generan la verdadera paz, como recordaba el Papa Juan Pablo II a los peregrinos
que habían acudido a Roma para su beatificación: «¿Dónde encontró la madre
Teresa la fuerza para ponerse completamente al servicio de los demás? La
encontró en la oración y en la contemplación silenciosa de Jesucristo, de su
santo Rostro y de su Sagrado Corazón.
Lo dijo ella misma: “El
fruto del silencio es la oración; el fruto de la oración es la fe; el fruto de
la fe es el amor; el fruto del amor es el servicio; y el fruto del servicio es
la paz” [...]. La oración colmó su corazón de la paz de Cristo y le permitió
irradiarla a los demás». [68] Teresa
no se consideraba una filántropa ni una activista, sino esposa de Cristo
crucificado, a quien servía con amor total en los hermanos que sufrían.
78. En Brasil, santa
Dulce de los Pobres, conocida como “el ángel bueno de Bahía”, encarnó el mismo
espíritu evangélico con rasgos brasileños. Refiriéndose a ella y a otras dos
religiosas canonizadas en la misma celebración, el Papa Francisco recordó el amor
que profesaban a los más marginados de la sociedad y afirmó que las nuevas
santas «nos muestran que la vida consagrada es un camino de amor en las
periferias existenciales del mundo». [69]
La hermana Dulce
enfrentó la precariedad con creatividad, los obstáculos con ternura, la
carencia con fe inquebrantable. Comenzó acogiendo a enfermos en un gallinero, y
desde allí fundó una de las mayores obras sociales del país. Atendía a miles de
personas al día, sin perder nunca su dulzura. Se hizo pobre con los pobres por
amor al sumamente Pobre. Vivía con poco, rezaba con fervor y servía con
alegría. Su fe no la alejaba del mundo, sino que la sumía aún más profundamente
en los dolores de los últimos.
79. Se podría recordar
también a san Benito Menni y las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de
Jesús, junto a las personas con discapacidades; a san Carlos de Foucauld entre
las comunidades del Sahara; a santa Katharine Drexel, junto a los grupos más
desfavorecidos de Norteamérica; a la hermana Emmanuelle con los recolectores de
basura en el barrio de Ezbet El Nakhl, en la ciudad de El Cairo; y a muchísimos
más.
Cada uno a su manera
descubrió que los más pobres no son meros objetos de compasión, sino maestros
del Evangelio. No se trata de “llevarles a Dios”, sino de encontrarlo entre
ellos. Todos estos ejemplos enseñan que servir a los pobres no es un gesto de arriba
hacia abajo, sino un encuentro entre iguales, donde Cristo se revela y es
adorado. San Juan Pablo II nos recordaba que
«en la persona de los pobres hay una presencia especial [de Cristo], que impone
a la Iglesia una opción preferencial por ellos». [70] Por
lo tanto, cuando la Iglesia se inclina hasta el suelo para cuidar de los
pobres, asume su postura más elevada.
Movimientos populares
80. Debemos reconocer
también que, a lo largo de la historia cristiana, la ayuda a los pobres y la
lucha por sus derechos no han implicado sólo a los individuos, a algunas
familias, a las instituciones o a las comunidades religiosas. Han existido, y
existen, varios movimientos populares, integrados por laicos y guiados por
líderes populares, muchas veces bajo sospecha o incluso perseguidos. Me refiero
a un «conjunto de personas que no caminan como individuos sino como el
entramado de una comunidad de todos y para todos, que no puede dejar que los
más pobres y débiles se queden atrás. […] Los líderes populares, entonces, son
aquellos que tienen la capacidad de incorporar a todos. […] No les tienen asco
ni miedo a los jóvenes lastimados y crucificados». [71]
81. Estos líderes
populares saben que la solidaridad «también es luchar contra las causas
estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, la tierra y
la vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales. Es enfrentar los
destructores efectos del imperio del dinero […]. La solidaridad, entendida en
su sentido más hondo, es un modo de hacer historia y eso es lo que hacen los
movimientos populares». [72] Por
esta razón, cuando las distintas instituciones piensan en las necesidades de
los pobres se requiere «que incluyan a los movimientos populares y animen las
estructuras de gobierno locales, nacionales e internacionales con ese torrente
de energía moral que surge de la incorporación de los excluidos en la
construcción del destino común». [73]
Los movimientos
populares, efectivamente, nos invitan a superar «esa idea de las políticas
sociales concebidas como una política hacia los pobres pero
nunca con los pobres, nunca de los pobres y
mucho menos inserta en un proyecto que reunifique a los pueblos». [74] Si
los políticos y los profesionales no los escuchan, «la democracia se atrofia,
se convierte en un nominalismo, una formalidad, pierde representatividad, se va
desencarnando porque deja afuera al pueblo en su lucha cotidiana por la
dignidad, en la construcción de su destino». [75] Lo
mismo se debe decir de las instituciones de la Iglesia.
Notas a pie de pàgina:
[46] Cf. Inocencio III,
Bula Operante divinae dispositionis – Regla Primitiva
de los Trinitarios (17 diciembre 1198), 2: J. L. Aurrecoechea – A.
Moldón (eds.), Fuentes históricas de la Orden Trinitaria (s. XII-XV),
Córdoba 2003, 6-7: «Todos los bienes, de dondequiera que lícitamente provengan,
los dividan en tres partes iguales; y en la medida en que dos partes sean
suficientes, se lleven a cabo con ellas obras de misericordia, junto con un
moderado sustento de sí mismos y de los que por necesidad están a su servicio.
En cambio, la tercera parte se reserve para la redención de los cautivos a
causa de su fe en Cristo».
[47] Cf. Constituciones
de la Orden de los Mercedarios, n. 14: Orden de la Bienaventurada Virgen
María de la Merced, Regla y Constituciones, Roma 2014, 53: «Para
cumplir esta misión, impulsados por la caridad, nos consagramos a Dios con un
voto particular, llamado de Redención, en virtud del cual prometemos dar la
vida como Cristo la dio por nosotros, si fuere necesario, para salvar a los cristianos
que se encuentran en extremo peligro de perder su fe, en las nuevas formas de
cautividad».
[48] Cf. S. Juan
Bautista de la Concepción, La regla de la Orden de la Santísima
Trinidad, XX, 1: BAC Maior 60, Madrid 1999, 90: «Y en esto
son los pobres y cautivos semejantes a Cristo, en quien el mundo arroja sus
penas […]. A éstos esta santa Religión de la Santísima Trinidad llama y convida
que vengan a beber del agua del Salvador, que es decir que, por haberse Cristo
puesto en la cruz a ser salud y salvador de los hombres, ella ha cogido de
aquella salud y la quiere dar y repartir a los pobres y salvar y librar a los
cautivos».
[49] Cf. id., El
recogimiento interior, XL, 4: BAC Maior 48, Madrid 1995,
689: «El libre albedrío al hombre le hace señor y libre entre todas las
criaturas, pero ¡ay, buen Dios!, cuántos más son los que por ese camino son
esclavos y cautivos del demonio, presos y aherrojados de sus pasiones y
apetitos desordenados».
[50] Francisco, Mensaje para la XLVIII
Jornada Mundial de la Paz (8 diciembre 2014), 3: AAS 107
(2015), 69.
[51] Id., Encuentro con los
agentes de la policía penitenciaria, los detenidos y los voluntarios de la
cárcel de Montorio (Verona, 18 de mayo de 2024): AAS 116
(2024), 766.
[52] Honorio III,
Bula Solet annuere – Regla bulada (29
noviembre 1223), cap. VI: SCh 285, París 1981, 192.
[53] Cf. Gregorio IX,
Bula Sicut manifestum est (17 septiembre 1228), 7: SCh 325,
París 1985, 200: «Sicut igitur supplicastis, altissimae paupertatis propositum
vestrum favore apostolico roboramus, auctoritate vobis praesentium indulgentes,
ut recipere possessiones a nullo compelli possitis».
[54] Cf. S. C. Tugwell
(ed.), Early Dominicans. Selected Writings, Mahwah 1982, 16-19.
[55] Tomás de
Celano, Vita Secunda – pars prima, cap. IV,
8: AnalFranc 10, Florencia 1941, 135.
[56] Francisco, Discurso después de la
visita a la tumba de don Lorenzo Milani (Barbiana, 20 de junio de 2017), 2: AAS 109
(2017), 745.
[57] S. Juan Pablo
II, Discurso a los
participantes en el Capítulo General de los Clérigos Regulares Pobres de la
Madre de Dios de las Escuelas Pías – Escolapios (5 julio 1997), 2: L’Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española, 11 julio 1997, 2.
[58] Ibíd.
[59] Id., Homilía durante la
Santa Misa de canonización (18 abril 1999): AAS 91
(1999), 930.
[60] Cf. id., Carta Iuvenum
Patris (31 enero 1988), 9: AAS 80
(1988), 976.
[61] Cf.
Francisco, Discurso a los
participantes en el Capítulo General del Instituto de la Caridad
– Rosminianos (1 octubre 2018): L’Osservatore
Romano, 1-2 octubre 2018, 7.
[62] Id., Homilía durante la
Santa Misa de canonización (9 octubre 2022): AAS 114
(2022), 1338.
[63] S. Juan Pablo
II, Mensaje a la
Congregación de Misioneras del Sagrado Corazón (31 mayo 2000), 3: L’Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española, 28 julio 2000, 5.
[64] Cf. Pío XII, Breve
ap. Superiore iam aetate
(8 septiembre 1950): AAS 43 (1951), 455-456.
[65] Francisco, Mensaje para la CV
Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado (27 mayo 2019): AAS 111
(2019), 911.
[66] Id., Mensaje para la C
Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado (5 agosto 2013): AAS 105
(2013), 930.
[67] Sta. Teresa de
Calcuta, Discurso al recibir el Premio Nobel de la Paz (Oslo,
10 de diciembre de 1979): Id., Aimer jusqu’à en avoir mal, Lyon
2017, 19-20.
[68] S. Juan Pablo
II, Discurso a los
peregrinos venidos a Roma para la beatificación de la Madre Teresa de Calcuta
(20 octubre 2003), 3: L’Osservatore Romano, ed.
semanal en lengua española, 31 octubre 2003, 7.
[69] Francisco, Homilía durante la
Santa Misa de canonización (13 octubre 2019): AAS 111
(2019), 1712.
[70] S. Juan Pablo
II, Carta ap. Novo
millennio ineunte (6 enero 2001), 49: AAS 93
(2001), 302.
[71] Francisco, Exhort. ap. Christus
vivit (25 marzo 2019), 231: AAS 111 (2019),
458.
[72] Id., Discurso a los
participantes en el Encuentro mundial de los movimientos populares (28 octubre
2014): AAS 106 (2014), 851-852.
[73] Ibíd.: AAS 106
(2014), 859.
[74] Id., Discurso a los
participantes en el Encuentro mundial de los movimientos populares (5 noviembre
2016): L’Osservatore Romano, ed. semanal en
lengua española, 11 noviembre 2016, 8.
[75] Ibíd.
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