TEMA 343 MAGNIFICA HUMANITAS (33-45)
CAPÍTULO
PRIMERO (2)
UN PENSAMIENTO DINÁMICO FIEL AL EVANGELIO
Los
años del Concilio Vaticano II
(33-36)
El
Magisterio reciente (37-44)
Una
lectura de la historia a la luz de la fe (45)
Los años del Concilio Vaticano II
33. Con san
Juan XXIII se abre una nueva etapa del Magisterio social, marcada por
una atención más explícita a la dimensión mundial de las cuestiones sociales y
al lenguaje de los derechos. En Mater
et magistra presenta la fe cristiana como una luz capaz de unir el
cielo y la tierra, recordando que la Iglesia, aunque tiene como misión
principal la santificación y el anuncio de los bienes eternos, no por ello
descuida las necesidades concretas de la vida cotidiana de las personas, sino
que se interesa por todo auténtico bien humano. [27]
Partiendo de esta visión unitaria del ser humano, subraya
que la vida social exige un equilibrio entre la iniciativa de los ciudadanos y
de los grupos, llamados a autoorganizarse y colaborar, y la acción del Estado,
que debe coordinar y sostener sin sofocar la libertad y la responsabilidad de
los sujetos; por ello, presta atención a la justa remuneración del trabajo, a
la participación de los trabajadores y a las crecientes disparidades entre los
países.
Pocos años después, con Pacem
in terris, dirigiéndose por primera vez no sólo a los fieles sino a
todos los hombres de buena voluntad, san
Juan XXIII vincula de manera orgánica la dignidad de la persona con el
reconocimiento de los derechos y deberes fundamentales y propone un orden de
convivencia —también en el plano internacional— fundado en la verdad, la
justicia, el amor y la libertad. [28]
En nuestra época, marcada por conflictos generalizados y
nuevas formas de interdependencia global, siguen siendo especialmente
significativos el alcance universal de su llamamiento, la referencia a los
derechos humanos como lengua común y la convicción de que una paz duradera
requiere instituciones y relaciones entre los pueblos inspiradas en la dignidad
de cada persona.
34. El Concilio
Vaticano II marcó un punto de inflexión en la forma en que la Iglesia
se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo. En la Constitución
pastoral Gaudium
et spes nos presentó la imagen de una Iglesia cercana a la
humanidad, comprometida con el mundo y dedicada a reflexionar no a partir de
esquemas abstractos, sino de la realidad concreta de las situaciones
históricas.
El texto aborda las grandes cuestiones del matrimonio y la
familia, de la vida económica y social, de la comunidad política, de la guerra
y la paz, insistiendo en que las estructuras económicas e institucionales son
justas sólo en la medida en que sirven al desarrollo integral de la persona y
favorecen la participación responsable de todos. [29]
La importancia de este documento conciliar para la Doctrina
social de la Iglesia radica no sólo en haber abierto perspectivas de reflexión
temática, sino también en haber proporcionado un método de discernimiento que
invita a interpretar las transformaciones históricas con una mirada evangélica
y competencia humana.
Este estilo muestra que el diálogo con el mundo no es para
la Iglesia una opción táctica, sino una forma concreta de su misión, porque el
Evangelio, como levadura, puede transformar desde dentro las estructuras de la
convivencia y abrir caminos hacia una mayor humanidad.
En este horizonte se inscribe también la Declaración Dignitatis
humanae, en la que el Concilio reconoce que la libertad religiosa es un
derecho fundamental arraigado en la dignidad de la persona, que debe ser
garantizado por el ordenamiento jurídico para que nadie sea obligado a actuar
en contra de su conciencia ni impedido de buscar y profesar la verdad en
privado y en público. [30] Este principio, de gran relevancia
para nuestro tiempo, sigue ofreciendo a la Doctrina social criterios decisivos
para la protección de la persona y para la construcción de sociedades
pluralistas y pacíficas.
35. En el Pontificado de san Pablo
VI surge una concepción de la paz que no se reduce a la ausencia de
guerra, sino que se concreta en el camino hacia un desarrollo humano integral.
En Populorum
progressio, describe el desarrollo como el paso de condiciones de vida
menos humanas a condiciones más humanas y lo entiende como un proceso que atañe
a «todos los hombres y a todo el hombre», [31] es decir, a todas las dimensiones
de la persona y a todos los pueblos, sin excepción.
Sobre esta base, Pablo
VI puede afirmar que un desarrollo así concebido es, en realidad, «el
nuevo nombre de la paz», [32] porque tiene como objetivo eliminar
las raíces de la injusticia y el conflicto y abrir espacios para una vida más
digna para todos.
También la creación de la Pontificia Comisión Iustitia
et Pax debe interpretarse en este sentido, como un intento de dar una
forma estable, a nivel eclesial e internacional, a esta intuición, manteniendo
viva la conciencia sobre la brecha creciente entre países ricos y países pobres
y sobre la necesidad de políticas que promuevan condiciones de vida realmente
más humanas para todos.
36. Con la Octogesima
adveniens, escrita con motivo del 80° aniversario de la Rerum
novarum, Pablo
VI traslada esta perspectiva a la sociedad postindustrial, marcada por
transformaciones urbanas, nuevas formas de pobreza, cambios en el mundo laboral
y rápidos cambios culturales que ponen en tela de juicio el futuro de las
personas y las comunidades.
Para Pablo
VI, el Evangelio, a pesar de haber sido anunciado, escrito y vivido en un
contexto histórico-cultural muy diferente al nuestro, no se trata de un mensaje
“superado”, sino de una visión de la persona humana, de las relaciones, de la
autoridad y del bien común capaz de orientar también hoy las decisiones
económicas, políticas y culturales. [33]
En otras palabras, el Evangelio
sigue siendo actual porque proporciona los criterios para reconocer lo que
humaniza o deshumaniza, lo que libera u oprime, en situaciones siempre nuevas.
Para la Doctrina social de la Iglesia, el legado más exigente de Pablo
VI es precisamente este: mientras en el mundo haya pueblos excluidos
de un desarrollo digno del ser humano, la comunidad cristiana no podrá
contentarse con proclamar la paz en abstracto, sino que deberá dejar que el
Evangelio juzgue, a partir de quienes quedan al margen, aquellas estructuras
económicas y políticas que, como recordaría Juan Pablo II, pueden convertirse
en auténticas «estructuras de pecado», [34] para que ninguna persona ni ningún
pueblo sea tratado como prescindible en los procesos de desarrollo.
37. El fecundo Magisterio social de san
Juan Pablo II se sitúa en la encrucijada entre la crisis de los
grandes sistemas ideológicos del siglo XX y el inicio de la globalización
económica. En la Encíclica Laborem
exercens, escrita noventa años después de la publicación de Rerum
novarum, se abre una nueva vía de reflexión sobre el trabajo. El
salario justo se presenta en ella como una prueba concreta de la equidad de
todo el sistema socioeconómico, ya que muestra si al trabajador se le trata
como persona o como un simple costo de producción. [35]
El trabajo no es considerado sólo un
problema que hay que gestionar o un medio para obtener ingresos, sino un bien
fundamental para la persona, principio de la actividad económica y clave de
toda la cuestión social. En él, el ser humano pone en juego su libertad, su
creatividad y su capacidad de cooperar, contribuyendo a la elevación cultural y
moral de la sociedad. [36]
En vista de ello, las diversas formas de precariedad, la
fragmentación de las trayectorias profesionales y la automatización no pueden
evaluarse únicamente en términos de eficiencia, sino partiendo de la dignidad
del trabajador, del derecho a una remuneración suficiente y de la posibilidad
efectiva de participar en la vida social.
38. En el 20º aniversario de la Populorum
progressio, con la Encíclica Sollicitudo
rei socialis, Juan Pablo II vuelve a abordar la lacra del subdesarrollo
y reconoce el fracaso de muchos intentos por reducir el retraso económico de
los pueblos pobres y acompañar su industrialización, constatando la
persistencia y, en ocasiones, la ampliación de la brecha entre el Norte y el
Sur del mundo. [37]
Denuncia, además, los mecanismos económicos, financieros y
comerciales que, gestionados por los países más fuertes, favorecen
estructuralmente sus intereses y asfixian a las economías más débiles, y pide
que sean sometidos también a un juicio ético riguroso, y no sólo técnico. [38] En este contexto, la solidaridad se entiende como una corresponsabilidad
concreta entre personas, pueblos y naciones, una forma de amistad social o
caridad política orientada hacia la “civilización del amor” invocada
por Pablo
VI. [39]
39. En el centenario de Rerum
novarum, la Encíclica Centesimus
annus ofrece, por último, una reflexión sobre el colapso del
sistema soviético y el afianzamiento de la democracia y la economía de mercado.
San Juan Pablo II retoma el mensaje de Pío XII según
el cual la Iglesia puede valorar la democracia en la medida en que garantiza la
participación efectiva de los ciudadanos, permite elegir y sustituir
pacíficamente a los gobernantes e impide que el poder sea monopolizado por
élites reducidas movidas por intereses particulares o ideológicos. [40]
Del mismo modo, reconoce el potencial positivo del mercado y
de la iniciativa privada sólo si se mantienen subordinados a la ley moral y
guiados por el principio de solidaridad, sin sacrificar a los más débiles en
aras de la lógica del lucro. [41]
Para la Doctrina
social de la Iglesia esto supone un legado de especial actualidad: la
afirmación del vínculo entre la dignidad del trabajo, la solidaridad entre los
pueblos y la evaluación crítica de la democracia y la economía de mercado sigue
ofreciendo criterios para juzgar las nuevas formas de explotación, exclusión y
crisis de la representación política.
40. El Papa Benedicto
XVI, en su Encíclica social Caritas
in veritate, quiso retomar y profundizar en el concepto de desarrollo
presentado en Populorum
progressio, reinterpretándolo en el contexto de la globalización.
Recuerda que dicho desarrollo debería traducirse en «un crecimiento real,
extensible a todos y concretamente sostenible», [42] es decir, en un progreso económico
verdaderamente inclusivo y respetuoso con los límites de la creación.
Constata, sin embargo, que en los países ricos surgen nuevas
categorías de pobres y se multiplican formas inéditas de exclusión, mientras
que en las regiones más pobres pequeños grupos viven en un bienestar consumista
que convive con situaciones de miseria deshumanizante. [43]
Observa, además, que el nuevo sistema económico-financiero
mundial, caracterizado por una gran movilidad de los capitales y los medios de
producción, ha reducido el poder político de los estados y su capacidad para
orientar los procesos económicos. [44]
Por eso reitera que la actividad económica no puede
pretender resolver los problemas sociales simplemente ampliando la lógica del
mercado, sino que debe estar orientada al bien común, respecto al cual la
comunidad política tiene una responsabilidad propia e insustituible. [45]
41. En el centro de esta
reinterpretación, Benedicto
XVI sitúa la caridad, afirmando que esta «es la vía maestra de la
doctrina social de la Iglesia», [46] siempre que vaya unida a la verdad;
y observa con preocupación que, precisamente en los ámbitos social, jurídico,
político y económico, se tiende a declarar su irrelevancia moral.
La novedad de su aportación radica en mostrar que el
desarrollo, la justicia, las instituciones y el mercado no son realidades
neutras, sino espacios en los que la caridad en la verdad debe tomar forma
histórica. En la actualidad ―marcada por crecientes desigualdades, la presión
de los mercados financieros, la crisis medioambiental y la desconfianza en la
política―, esta enseñanza sigue vigente porque exige juzgar cada modelo de
desarrollo por su capacidad de ser inclusivo y sostenible, recomponer la relación
entre economía y política en torno al bien común y reconocer a la caridad un
papel crítico y generativo en la vida pública.
42. El Magisterio social del Papa
Francisco se desarrolla en la línea de Gaudium
et spes, que invita a contemplar la historia partiendo de las heridas y
las esperanzas de las personas y a ponerlas en diálogo con el Evangelio. Esta
orientación se pone de manifiesto con especial claridad en Evangelii
gaudium, donde se afirma que el anuncio cristiano tiene una dimensión
social intrínseca y hace referencia a una Iglesia capaz de escuchar el clamor
de los pobres, de los migrantes y de las víctimas de las nuevas formas de
esclavitud.
En esta perspectiva se inscribe también la insistencia
de Francisco en
una Iglesia sinodal, una Iglesia en la que se “camina juntos”, que busca leer
los signos de los tiempos a la luz del Evangelio y se deja evangelizar por los
pobres con quienes comparte la historia. [47]
43. En Laudato
si’, Francisco ofrece
el primer gran análisis sistemático de la crisis medioambiental en una
Encíclica social, demostrando que no se trata de una cuestión sectorial, sino
del aspecto ecológico de la crisis socioeconómica contemporánea.
Su propuesta de «ecología integral» aúna el cuidado de la
Casa común y la opción preferencial por los pobres, y afirma con determinación
que «tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» [48] no pueden separarse.
En este sentido, vuelven a cobrar protagonismo el destino
universal de los bienes, la crítica a un paradigma tecnocrático que pretende
reducirlo todo a un objeto de dominio, la defensa del trabajo humano amenazado
por la lógica del descarte, la exigencia de una justicia intergeneracional y el
llamamiento a un diálogo auténtico entre política y economía, para que ninguna
de las dos se encierre en su propia autorreferencialidad.
44. Ante la desintegración del tejido social, la “guerra
mundial a pedazos”, la globalización individualista y las consecuencias de la
pandemia sobre los lazos comunitarios, Francisco relanza
en Fratelli
tutti el sueño de una humanidad capaz de optar por la amistad
social y la fraternidad universal.
Propone la cultura del encuentro, una “mejor política” capaz
de buscar el bien común, caminos de reconciliación y un mundo que garantice
«tierra, techo y trabajo para todos». [49]
Con Dilexit
nos, por último, muestra que estos grandes compromisos sociales no
pueden separarse de la relación personal con Cristo: al volver a la Palabra de
Dios, recuerda que la respuesta más auténtica al amor del Corazón de Jesús es
el amor concreto hacia los hermanos y afirma que «no hay mayor gesto que
podamos ofrecerle para devolver amor por amor». [50]
Una lectura de la historia a la luz de la fe
45. Al contemplar este recorrido en su
conjunto, se comprende que la Doctrina social de la
Iglesia no es fruto de un proyecto elaborado en un escritorio, sino el
resultado de un proceso paciente, en el que cada Pontífice —junto con el Concilio Vaticano II— ha aportado una contribución original a la
luz de los “nuevos asuntos” de su tiempo.
Cada uno, asumiendo los retos de su época e interpretando
los cambios históricos a la luz del Evangelio, ha puesto de relieve diferentes
aspectos de un patrimonio único: la dignidad de la persona, el valor del
trabajo, el destino universal de los bienes, la solidaridad y la
subsidiariedad, el cuidado de la creación, la centralidad de la paz y la
fraternidad.
El resultado es un desarrollo armonioso, aunque no siempre
lineal, marcado por diferentes acentos, por profundizaciones progresivas y, a
veces, por cambios de perspectiva que no rompen con lo anterior, sino que hacen
madurar sus implicaciones.
Si hoy podemos hablar de un corpus de principios y criterios
compartidos, es porque esta lectura de la historia a la luz de la fe nunca se
ha interrumpido y ha sabido dejarse interpelar por las preguntas de cada
generación.
Es a este núcleo fundamental —los grandes principios de la
Doctrina social que orientan el discernimiento de los creyentes en la vida
personal y pública— al que deseo ahora dirigir la atención, para captar mejor
su coherencia interna y su fuerza generadora para nuestro tiempo.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
[27] Cf.
S. Juan XXIII, Carta enc. Mater
et magistra (15 mayo 1961), 2-3: AAS 53
(1961), 402.
[28] Cf.
id ., Carta enc. Pacem
in terris (11 abril 1963), 163: AAS 55
(1963), 301.
[29] Cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium
et spes, 26: AAS 58 (1966), 1046-1047.
[30] Cf.
id., Decl. Dignitatis
humanae, 2: AAS 58 (1966), 930-931.
[31] S. Pablo
VI, Carta enc. Populorum
progressio (26 marzo 1967), 14: AAS 59 (1967),
264.
[32] Ibíd.,
87: AAS 59 (1967), 299.
[33] Cf.
id., Carta ap. Octogesima
adveniens (14 mayo 1971), 4-7: AAS 63
(1971), 404-406.
[34] S.
Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo
rei socialis (30 diciembre 1987), 36: AAS 80
(1988), 561.
[35] Cf.
id., Carta enc. Laborem
exercens (14 septiembre 1981), 19: AAS 73 (1981),
625-629.
[36] Cf. ibíd.,
10: AAS 73 (1981), 600-602.
[37] Cf.
id., Carta enc. Sollicitudo
rei socialis (30 diciembre 1987), 14: AAS 80
(1988), 526-528.
[38] Cf. ibíd.,
16: AAS 80 (1988), 531.
[39] Cf. ibíd.,
31-33: AAS 80 (1988), 555-559.
[40] Cf.
id., Carta enc. Centesimus
annus (1 mayo 1991), 46: AAS 83 (1991), 850-851.
[41] Cf. ibíd.,
42: AAS 83 (1991), 845-846.
[42] Benedicto XVI,
Carta enc. Caritas
in veritate (29 junio 2009), 21: AAS 101
(2009), 656.
[43] Cf. ibíd.,
22: AAS 101 (2009), 657.
[44] Cf. ibíd.,
24: AAS 101 (2009), 658-659.
[45] Cf. ibíd., 36: AAS 101
(2009), 671-672.
[46] Ibíd., 2: AAS 101
(2009), 642.
[47] Cf.
Francisco, Exhort. ap. Evangelii
gaudium (24 noviembre 2013), 198: AAS 105 (2013),
1103.
[48] Id.,
Carta enc. Laudato
si’ (24 mayo 2015), 49: AAS 107 (2015), 866.
[49] Id.,
Carta enc. Fratelli
tutti (3 octubre 2020), 127: AAS 112
(2020), 1013.
[50] Id.,
Carta enc. Dilexit
nos (24 octubre 2024), 167: AAS 116 (2024),
1421.