miércoles, 18 de marzo de 2026

Tema 332 EXHORTACIÓN APOSTOLICA PAPA LEON XIV: "DILEXIT TE" (TE HE AMADO) .CAPÍTULO 2. Dios opta por los pob res

 CAPITULO 2.  Dios opta por los pobres

 16-17 La opción por los pobres

18-23 Jesús, Mesias pobre

24-34 La Misericordia hacia los pobre en la Bíblia

 

CAPÍTULO SEGUNDO

DIOS OPTA POR LOS POBRES

La opción por los pobres

16. Dios es amor misericordioso y su proyecto de amor, que se extiende y se realiza en la historia, es ante todo su descenso y su venida entre nosotros para liberarnos de la esclavitud, de los miedos, del pecado y del poder de la muerte. Con una mirada misericordiosa y el corazón lleno de amor, Él se dirigió a sus criaturas, haciéndose cargo de su condición humana y, por tanto, de su pobreza.

Precisamente para compartir los límites y las fragilidades de nuestra naturaleza humana, Él mismo se hizo pobre, nació en carne como nosotros, lo hemos conocido en la pequeñez de un niño colocado en un pesebre y en la extrema humillación de la cruz, allí compartió nuestra pobreza radical, que es la muerte.

Se comprende bien, entonces, por qué se puede hablar también teológicamente de una opción preferencial de Dios por los pobres, una expresión nacida en el contexto del continente latinoamericano y en particular en la Asamblea de Puebla, pero que ha sido bien integrada en el magisterio de la Iglesia sucesivo. [12] 

Esta “preferencia” no indica nunca un exclusivismo o una discriminación hacia otros grupos, que en Dios serían imposibles; esta desea subrayar la acción de Dios que se compadece ante la pobreza y la debilidad de toda la humanidad y, queriendo inaugurar un Reino de justicia, fraternidad y solidaridad, se preocupa particularmente de aquellos que son discriminados y oprimidos, pidiéndonos también a nosotros, su Iglesia, una opción firme y radical en favor de los más débiles.

17. Se comprenden en esta perspectiva las numerosas páginas del Antiguo Testamento en las que Dios es presentado como amigo y liberador de los pobres, Aquel que escucha el grito del pobre e interviene para liberarlo (cf. Sal 34,7). Dios, refugio del pobre, por medio de los profetas —recordemos en particular a Amós e Isaías— denuncia las iniquidades en perjuicio de los más débiles y dirige a Israel la exhortación a renovar también el culto desde dentro, porque no se puede rezar ni ofrecer sacrificios mientras se oprime a los más débiles y a los más pobres.

Desde el comienzo, la Escritura manifiesta con mucha intensidad el amor de Dios a través de la protección de los débiles y de los que menos tienen, hasta el punto de poder hablar de una auténtica “debilidad” de Dios para con ellos. «El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres […]. Todo el camino de nuestra redención está signado por los pobres». [13]

Jesús, Mesías pobre

18. Toda la historia veterotestamentaria de la predilección de Dios por los pobres y el deseo divino de escuchar su grito —que he evocado brevemente— encuentra en Jesús de Nazaret su plena realización. [14] 

En su encarnación, Él «se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano» ( Flp 2,7), de esa forma nos trajo la salvación.

Se trata de una pobreza radical, fundada sobre su misión de revelar el verdadero rostro del amor divino (cf. Jn 1,18; 1 Jn 4,9). Por tanto, con una de sus admirables síntesis, san Pablo puede afirmar: «Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza» ( 2 Co 8,9).

19. En efecto, el Evangelio muestra que esta pobreza incidió en cada aspecto de su vida. Desde su llegada al mundo, Jesús experimentó las dificultades relativas al rechazo.

El evangelista Lucas, narrando la llegada a Belén de José y María, ya próxima a dar a luz, observa con amargura: «No había lugar para ellos en el albergue» (Lc 2,7). Jesús nació en condiciones humildes; recién nacido fue colocado en un pesebre y, muy pronto, para salvarlo de la muerte, sus padres huyeron a Egipto (cf. Mt 2,13-15).

Al inicio de la vida pública, fue expulsado de Nazaret después de haber anunciado que en Él se cumple el año de gracia del que se alegran los pobres (cf. Lc 4,14-30). No hubo un lugar acogedor ni siquiera a la hora de su muerte, ya que lo condujeron fuera de Jerusalén para crucificarlo (cf. Mc 15,22).

En esta condición se puede resumir claramente la pobreza de Jesús. Se trata de la misma exclusión que caracteriza la definición de los pobres: ellos son los excluidos de la sociedad. Jesús es la revelación de este privilegium pauperum. Él se presenta al mundo no sólo como Mesías pobre sino como Mesías de los pobres y para los pobres.

20. Hay algunos indicios a propósito de la condición social de Jesús. En primer lugar, Él realizaba el oficio de artesano o carpintero, téktōn (cf. Mc 6,3). Se trata de una categoría de personas que vivían de su trabajo manual. Además, al no poseer tierras, eran considerados inferiores respecto a los campesinos. Cuando el pequeño Jesús fue presentado en el Templo por José y María, sus progenitores ofrecieron una pareja de tórtolas o de pichones (cf. Lc 2,22-24), que según las prescripciones del libro del Levítico (cf. 12,8) era la ofrenda de los pobres.

Un episodio evangélico significativo es el que relata cómo Jesús, junto con sus discípulos, arrancaban espigas para comer mientras atravesaban los campos (cf. Mc 2,23-28), y esto —espigar los sembrados— sólo le era permitido a los pobres. Jesús mismo, luego, dice de sí: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20; Lc 9,58).

Él, en efecto, es un maestro itinerante, cuya pobreza y precariedad es signo de su vínculo con el Padre y es lo que se le pide también a quien quiere seguirlo en el camino del discipulado, precisamente para que la renuncia a los bienes, a las riquezas y a las seguridades de este mundo sean signo visible de la confianza en Dios y en su providencia.

21. Al comienzo de su ministerio público, Jesús se presenta en la sinagoga de Nazaret leyendo el libro del profeta Isaías y aplicándose a sí mismo la palabra del profeta: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4,18; cf. Is 61,1).

Él, por tanto, se presenta como Aquel que viene a manifestar en el hoy de la historia la cercanía amorosa de Dios, que es ante todo obra de liberación para quienes son prisioneros del mal, para los débiles y los pobres.

Los signos que acompañan la predicación de Jesús son manifestación del amor y de la compasión con la que Dios mira a los enfermos, a los pobres y a los pecadores que, en virtud de su condición, eran marginados por la sociedad, pero también por la religión. Él abre los ojos a los ciegos, cura a los leprosos, resucita a los muertos y anuncia la buena noticia a los pobres; Dios se acerca, Dios los ama (cf. Lc 7,22). Esto explica por qué Él proclama: «¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!» (Lc 6,20).

En efecto, Dios muestra predilección hacia los pobres, a ellos se dirige la palabra de esperanza y de liberación del Señor y, por eso, aun en la condición de pobreza o debilidad, ya ninguno debe sentirse abandonado. Y la Iglesia, si quiere ser de Cristo, debe ser la Iglesia de las Bienaventuranzas, una Iglesia que hace espacio a los pequeños y camina pobre con los pobres, un lugar en el que los pobres tienen un sitio privilegiado (cf. St 2,2-4).

22. Los indigentes y enfermos, incapaces de procurarse lo necesario para vivir, se encontraban muchas veces obligados a la mendicidad. A esto se añadía el peso de la vergüenza social, alimentado por la convicción de que la enfermedad y la pobreza estuvieran vinculadas a algún pecado personal. Jesús se opuso con firmeza a ese modo de pensar, afirmando que Dios «hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos» (Mt 5,45). Es más, dio un vuelco completo a esa concepción, como queda bien ejemplificado en la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro: «Hijo mío, […] recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento» (Lc 16,25).

23. Entonces es claro que «de nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad». [15] 

Muchas veces me pregunto por qué, aun cuando las Sagradas Escrituras son tan precisas a propósito de los pobres, muchos continúan pensando que pueden excluir a los pobres de sus atenciones.

Por el momento, sigamos aún en el ámbito bíblico e intentando reflexionar sobre nuestra relación con los últimos de la sociedad y su lugar fundamental en el pueblo de Dios.

La misericordia hacia los pobres en la Biblia

24. El apóstol Juan escribe: «¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?» (1 Jn 4,20). Del mismo modo, en su réplica al doctor de la ley, Jesús retoma los dos antiguos mandamientos: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,5) y «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19,18) fundiéndolos en un único mandamiento.

El evangelista Marcos recoge la respuesta de Jesús en estos términos: «El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos» (Mc 12,29-31).

25. El pasaje citado del Levítico exhorta a honrar al conciudadano, mientras en otros textos se encuentra una enseñanza que también invita al respeto —por no decir incluso al amor— del enemigo: «Si encuentras perdido el buey o el asno de tu enemigo, se los llevarás inmediatamente. Si ves al asno del que te aborrece, caído bajo el peso de su carga, no lo dejarás abandonado; más aún, acudirás a auxiliarlo junto con su dueño» (Ex 23,4-5). De todo esto se trasluce el valor intrínseco del respeto a la persona: cualquiera, incluso el enemigo, si se encuentra en dificultad, merece siempre nuestra ayuda.

26. Es innegable que el primado de Dios en la enseñanza de Jesús va acompañado de otro punto fijo: no se puede amar a Dios sin extender el propio amor a los pobres. El amor al prójimo representa la prueba tangible de la autenticidad del amor a Dios, como asevera el apóstol Juan: «Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros. […]

Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él» (1 Jn 4,12.16). Son dos amores distintos, pero inseparables. Incluso en los casos en los que la relación con Dios no es explícita, el Señor mismo nos enseña que todo acto de amor hacia el prójimo es de algún modo un reflejo de la caridad divina: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).

27. Por esta razón se recomiendan las obras de misericordia, como signo de la autenticidad del culto que, mientras alaba a Dios, tiene la tarea de disponernos a la transformación que el Espíritu puede realizar en nosotros, para que seamos todos imagen de Cristo y de su misericordia hacia los más débiles.

En este sentido, la relación con el Señor, que se expresa en el culto, pretende también liberarnos del riesgo de vivir nuestras relaciones en la lógica del cálculo y del interés, para abrirnos a la gratuidad que circula entre aquellos que se aman y que, por eso, ponen todo en común.

A este respecto, Jesús aconseja: «Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte!» (Lc 14,12-14).   

28. La llamada del Señor a la misericordia para con los pobres ha encontrado una expresión plena en la gran parábola del juicio final (cf. Mt 25,31-46), que es también una descripción gráfica de la bienaventuranza de los misericordiosos.

Allí el Señor nos ofrece la clave para alcanzar nuestra plenitud, porque «si buscamos esa santidad que agrada a los ojos de Dios, en este texto hallamos precisamente un protocolo sobre el cual seremos juzgados». [16] Las palabras fuertes y claras del Evangelio deberían ser vividas «sin comentario, sin elucubraciones y excusas que les quiten fuerza. El Señor nos dejó bien claro que la santidad no puede entenderse ni vivirse al margen de estas exigencias suyas». [17]

29. En la primera comunidad cristiana el programa de caridad no derivaba de análisis o de proyectos, sino directamente del ejemplo de Jesús, de las mismas palabras del Evangelio. La Carta de Santiago dedica mucho espacio al problema de la relación entre ricos y pobres, lanzando a los creyentes dos enérgicos llamados que cuestionan su fe: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo?

¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: “Vayan en paz, caliéntense y coman”, y no les da lo que necesitan para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta» (St 2,14-17).

30. «Su oro y su plata se han herrumbrado, y esa herrumbre dará testimonio contra ustedes y devorará sus cuerpos como un fuego. ¡Ustedes han amontonado riquezas, ahora que es el tiempo final! Sepan que el salario que han retenido a los que trabajaron en sus campos está clamando, y el clamor de los cosechadores ha llegado a los oídos del Señor del universo.

Ustedes llevaron en este mundo una vida de lujo y de placer, y se han cebado a sí mismos para el día de la matanza» (St 5,3-5). ¡Qué fuerza tienen estas palabras, aunque prefiramos hacernos los sordos! En la Primera Carta de san Juan encontramos una exhortación parecida: «Si alguien vive en la abundancia, y viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios?» (1 Jn 3,17).

31. Lo que dice la Palabra revelada «es un mensaje tan claro, tan directo, tan simple y elocuente, que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo. La reflexión de la Iglesia sobre estos textos no debería oscurecer o debilitar su sentido exhortativo, sino más bien ayudar a asumirlos con valentía y fervor. ¿Para qué complicar lo que es tan simple? Los aparatos conceptuales están para favorecer el contacto con la realidad que pretenden explicar, y no para alejarnos de ella». [18]

32. Por otra parte, un claro ejemplo eclesial de compartir los bienes y asistir a los pobres lo encontramos en la vida cotidiana y en el estilo de la primera comunidad cristiana. Podemos recordar en particular el modo en el que fue resuelta la cuestión de la distribución cotidiana de ayuda a las viudas (cf. Hch 6,1-6).

Se trataba de un problema difícil de resolver, porque algunas de estas viudas, que provenían de otros países, eran desatendidas por ser extranjeras. De hecho, el episodio relatado por los Hechos de los Apóstoles pone de manifiesto un cierto descontento por parte de los helenistas, que eran judíos de cultura griega.

Los apóstoles no responden con un discurso doctrinal abstracto, sino que, volviendo a poner en el centro la caridad hacia todos, reorganizan la asistencia a las viudas pidiendo a la comunidad que busquen personas sabias y estimadas a quienes confiar el servicio de las mesas, mientras ellos se ocupaban de la predicación de la Palabra.

33. Cuando Pablo fue a Jerusalén a consultar a los apóstoles para asegurarse de «que no corría o no había corrido en vano» (Ga 2,2), le pidieron que no se olvidase de los pobres (cf. Ga 2,10). Por esta razón, organizó varias colectas para ayudar a las comunidades necesitadas. Entre las motivaciones que ofrece para este gesto se debe resaltar la siguiente: «Dios ama al que da con alegría» (2 Co 9,7).

A aquellos entre nosotros que somos poco propensos a gestos gratuitos, sin ningún interés, la Palabra de Dios nos indica que la generosidad para con los pobres es un verdadero bien para quien la practica; de hecho, comportándonos así, somos amados por Dios de modo especial.

En efecto, las promesas bíblicas dirigidas a quien da con generosidad son muchas: «El que se apiada del pobre presta al Señor, y él le devolverá el bien que hizo» (Pr 19,17). «Den, y se les dará. […] Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes» (Lc 6,38). «Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar» (Is 58,8). Los primeros cristianos estaban convencidos de ello.

34. La vida de las primeras comunidades eclesiales, narrada en el canon bíblico y que ha llegado a nosotros como Palabra revelada, se nos ofrece como ejemplo a imitar y como testimonio de la fe que obra por medio de la caridad, y que continúa como exhortación permanente para las generaciones venideras. A lo largo de los siglos, estas páginas han interpelado los corazones de los cristianos a amar y a realizar obras de caridad, como semillas fecundas que no cesan de producir fruto.

Notas a pie de pàgina:

[12] Cf. S. Juan Pablo II, Catequesis (27 octubre 1999)L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 29 octubre 1999, 3.

[13] Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 197: AAS 105 (2013), 1102.

[14] Cf. id., Mensaje para la V Jornada Mundial de los Pobres (13 junio 2021), 3: AAS 113 (2021), 691: «Jesús no sólo está de parte de los pobres, sino que comparte con ellos la misma suerte. Esta es una importante lección también para sus discípulos de todos los tiempos».

[15] Id., Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 186: AAS 105 (2013), 1098.

[16] Id., Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 95: AAS 110 (2018), 1137.

[17] Ibíd., 97: AAS 110 (2018), 1137.

[18] Id., Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 194: AAS 105 (2013), 1101.

 

martes, 3 de marzo de 2026

Tema 331 EXHORTACIÓN APOSTOLICA PAPA LEON XIV: "DILEXIT TE" (TE HE AMADO) .CAPÍTULO 1. Algunas palabras indispensables

 

TEMA 331

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA DILEXI TE (“Te he amado”)

 

INTRODUCCIÓN

1-3 Introducción

 

CAPITULO 1. Algunas palabras indispensables

 

4-5 Algunas palabras indispensables
6-7 San Franscisco

8-12 El grito de los pobres

13-15  Prejuicios ideológicos

 

1. «Te he amado» (Ap 3,9), dice el Señor a una comunidad cristiana que, a diferencia de otras, no tenía ninguna relevancia ni recursos y estaba expuesta a la violencia y al desprecio: «A pesar de tu debilidad […] obligaré […] a que se postren delante de ti» (Ap 3,8-9). Este texto evoca las palabras del cántico de María: «Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías» (Lc 1,52-53).

2. La declaración de amor del Apocalipsis remite al misterio inextinguible que el Papa Francisco ha profundizado en la encíclica Dilexit nos sobre el amor divino y humano del Corazón de Cristo. En ella hemos admirado el modo en el que Jesús se identifica «con los más pequeños de la sociedad» y cómo con su amor, entregado hasta el final, muestra la dignidad de cada ser humano, sobre todo cuando es «más débil, miserable y sufriente». [1] Contemplar el amor de Cristo «nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a las carencias de los demás, nos hace fuertes para participar en su obra de liberación, como instrumentos para la difusión de su amor». [2]

3. Por esta razón, en continuidad con la encíclica Dilexit nos, el Papa Francisco estaba preparando, en los últimos meses de su vida, una exhortación apostólica sobre el cuidado de la Iglesia por los pobres y con los pobres, titulada Dilexi te, imaginando que Cristo se dirigiera a cada uno de ellos diciendo: no tienes poder ni fuerza, pero «yo te he amado» ( Ap 3,9). Habiendo recibido como herencia este proyecto, me alegra hacerlo mío —añadiendo algunas reflexiones— y proponerlo al comienzo de mi pontificado, compartiendo el deseo de mi amado predecesor de que todos los cristianos puedan percibir la fuerte conexión que existe entre el amor de Cristo y su llamada a acercarnos a los pobres.

De hecho, también yo considero necesario insistir sobre este camino de santificación, porque en el «llamado a reconocerlo en los pobres y sufrientes se revela el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales todo santo intenta configurarse». [3]

 

CAPÍTULO PRIMERO

ALGUNAS PALABRAS INDISPENSABLES

4. Los discípulos de Jesús criticaron a la mujer que le había derramado un perfume muy valioso sobre su cabeza: «¿Para qué este derroche? —decían— Se hubiera podido vender el perfume a buen precio para repartir el dinero entre los pobres». Pero el Señor les dijo: «A los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre» (Mt 26,8-9.11). Aquella mujer había comprendido que Jesús era el Mesías humilde y sufriente sobre el que debía derramar su amor. ¡Qué consuelo ese ungüento sobre aquella cabeza que algunos días después sería atormentada por las espinas! Era un gesto insignificante, ciertamente, pero quien sufre sabe cuán importante es un pequeño gesto de afecto y cuánto alivio puede causar. Jesús lo comprende y sanciona su perennidad: «Allí donde se proclame esta Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella hizo» (Mt 26,13). La sencillez de este gesto revela algo grande. Ningún gesto de afecto, ni siquiera el más pequeño, será olvidado, especialmente si está dirigido a quien vive en el dolor, en la soledad o en la necesidad, como se encontraba el Señor en aquel momento.

5. Y es precisamente en esta perspectiva que el afecto por el Señor se une al afecto por los pobres. Aquel Jesús que dice: «A los pobres los tendrán siempre con ustedes» (Mt 26,11) expresa el mismo concepto que cuando promete a los discípulos: «Yo estaré siempre con ustedes» (Mt 28,20). Y al mismo tiempo nos vienen a la mente aquellas palabras del Señor: «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40). No estamos en el horizonte de la beneficencia, sino de la Revelación; el contacto con quien no tiene poder ni grandeza es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la historia. En los pobres Él sigue teniendo algo que decirnos.

San Francisco

6. El Papa Francisco, recordando la elección de su nombre, contó que, después de haber sido elegido, un cardenal amigo lo abrazó, lo besó y le dijo: «¡No te olvides de los pobres!». [4] Se trata de la misma recomendación hecha a san Pablo por las autoridades de la Iglesia cuando subió a Jerusalén para confirmar su misión (cf. Ga 2,1-10). Años más tarde, el Apóstol pudo afirmar que fue esto lo que siempre había tratado de hacer (cf. v. 10). Y fue también la opción de san Francisco de Asís: en el leproso fue Cristo mismo quien lo abrazó, cambiándole la vida. La figura luminosa del Poverello nunca dejará de inspirarnos.

7. Fue él, hace ocho siglos, quien provocó un renacimiento evangélico entre los cristianos y en la sociedad de su tiempo. Al joven Francisco, antes rico y arrogante, le impactó encontrarse con la realidad de los marginados. El impulso que provocó no cesa de movilizar el ánimo de los creyentes y de muchos no creyentes, y «ha cambiado la historia». [5] El mismo Concilio Vaticano II, según las palabras de san Pablo VI, se encuentra en este camino: «la antigua historia del buen samaritano ha sido el paradigma de la espiritualidad del Concilio». [6] Estoy convencido de que la opción preferencial por los pobres genera una renovación extraordinaria tanto en la Iglesia como en la sociedad, cuando somos capaces de liberarnos de la autorreferencialidad y conseguimos escuchar su grito.

El grito de los pobres

8. A este respecto, hay un texto de la Sagrada Escritura al que siempre es necesario volver. Se trata de la revelación de Dios a Moisés junto a la zarza ardiente: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo […]. Ahora ve, yo te envío» ( Ex 3,7-8.10). [7] Dios se muestra solícito hacia la necesidad de los pobres: «clamaron al Señor, y él hizo surgir un salvador» ( Jc 3,15). Por eso, escuchando el grito del pobre, estamos llamados a identificarnos con el corazón de Dios, que es premuroso con las necesidades de sus hijos y especialmente de los más necesitados. Permaneciendo, por el contrario, indiferentes a este grito, el pobre apelaría al Señor contra nosotros y seríamos culpables de un pecado (cf. Dt 15,9), alejándonos del corazón mismo de Dios.

9. La condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia. En el rostro herido de los pobres encontramos impreso el sufrimiento de los inocentes y, por tanto, el mismo sufrimiento de Cristo. Al mismo tiempo, deberíamos hablar quizás más correctamente de los numerosos rostros de los pobres y de la pobreza, porque se trata de un fenómeno variado; en efecto, existen muchas formas de pobreza: aquella de los que no tienen medios de sustento material, la pobreza del que está marginado socialmente y no tiene instrumentos para dar voz a su dignidad y a sus capacidades, la pobreza moral y espiritual, la pobreza cultural, la del que se encuentra en una condición de debilidad o fragilidad personal o social, la pobreza del que no tiene derechos, ni espacio, ni libertad.

10. En este sentido, se puede decir que el compromiso en favor de los pobres y con el fin de remover las causas sociales y estructurales de la pobreza, aun siendo importante en los últimos decenios, sigue siendo insuficiente. Esto también porque vivimos en una sociedad que a menudo privilegia algunos criterios de orientación de la existencia y de la política marcados por numerosas desigualdades y, por tanto, a las viejas pobrezas de las que hemos tomado conciencia y que se intenta contrastar, se agregan otras nuevas, en ocasiones más sutiles y peligrosas. Desde este punto de vista, es encomiable el hecho de que las Naciones Unidas hayan puesto la erradicación de la pobreza como uno de los objetivos del Milenio.

11. Al compromiso concreto por los pobres también es necesario asociar un cambio de mentalidad que pueda incidir en la transformación cultural. En efecto, la ilusión de una felicidad que deriva de una vida acomodada mueve a muchas personas a tener una visión de la existencia basada en la acumulación de la riqueza y del éxito social a toda costa, que se ha de conseguir también en detrimento de los demás y beneficiándose de ideales sociales y sistemas políticos y económicos injustos, que favorecen a los más fuertes. De ese modo, en un mundo donde los pobres son cada vez más numerosos, paradójicamente, también vemos crecer algunas élites de ricos, que viven en una burbuja muy confortable y lujosa, casi en otro mundo respecto a la gente común. Eso significa que todavía persiste —a veces bien enmascarada— una cultura que descarta a los demás sin advertirlo siquiera y tolera con indiferencia que millones de personas mueran de hambre o sobrevivan en condiciones indignas del ser humano. Hace algunos años, la foto de un niño tendido sin vida en una playa del Mediterráneo provocó un gran impacto y, lamentablemente, aparte de alguna emoción momentánea, hechos similares se están volviendo cada vez más irrelevantes, reduciéndose a noticias marginales. 

12. No debemos bajar la guardia respecto a la pobreza. Nos preocupan particularmente las graves condiciones en las que se encuentran muchísimas personas a causa de la falta de comida y de agua. Cada día mueren varios miles de personas por causas vinculadas a la malnutrición. En los países ricos las cifras relativas al número de pobres tampoco son menos preocupantes. En Europa hay cada vez más familias que no logran llegar a fin de mes. En general, se percibe que han aumentado las distintas manifestaciones de la pobreza. Esta ya no se configura como una única condición homogénea, más bien se traduce en múltiples formas de empobrecimiento económico y social, reflejando el fenómeno de las crecientes desigualdades también en contextos generalmente acomodados. Recordemos que «doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores posibilidades de defender sus derechos. Sin embargo, también entre ellas encontramos constantemente los más admirables gestos de heroísmo cotidiano en la defensa y el cuidado de la fragilidad de sus familias». [8] Si bien en algunos países se observan cambios importantes, «la organización de las sociedades en todo el mundo todavía está lejos de reflejar con claridad que las mujeres tienen exactamente la misma dignidad e idénticos derechos que los varones. Se afirma algo con las palabras, pero las decisiones y la realidad gritan otro mensaje», [9] sobre todo si pensamos en las mujeres más pobres.

Prejuicios ideológicos

13. Más allá de los datos —que a veces son “interpretados” en modo tal de convencernos que la situación de los pobres no es tan grave—, la realidad general es bastante clara: «Hay reglas económicas que resultaron eficaces para el crecimiento, pero no así para el desarrollo humano integral. Aumentó la riqueza, pero con inequidad, y así lo que ocurre es que “nacen nuevas pobrezas”. Cuando dicen que el mundo moderno redujo la pobreza, lo hacen midiéndola con criterios de otras épocas no comparables con la realidad actual. Porque en otros tiempos, por ejemplo, no tener acceso a la energía eléctrica no era considerado un signo de pobreza ni generaba angustia. La pobreza siempre se analiza y se entiende en el contexto de las posibilidades reales de un momento histórico concreto». [10] Sin embargo, más allá de las situaciones específicas y contextuales, en un documento de la Comunidad Europea, en 1984, se afirmaba que «se entiende por personas pobres los individuos, las familias y los grupos de personas cuyos recursos (materiales, culturales y sociales) son tan escasos que no tienen acceso a las condiciones de vida mínimas aceptables en el Estado miembro en que viven». [11] Pero si reconocemos que todos los seres humanos tienen la misma dignidad, independientemente del lugar de nacimiento, no se deben ignorar las grandes diferencias que existen entre los países y las regiones.

14. Los pobres no están por casualidad o por un ciego y amargo destino. Menos aún la pobreza, para la mayor parte de ellos, es una elección. Y, sin embargo, todavía hay algunos que se atreven a afirmarlo, mostrando ceguera y crueldad. Obviamente entre los pobres hay también quien no quiere trabajar, quizás porque sus antepasados, que han trabajado toda la vida, han muerto pobres. Pero hay muchos —hombres y mujeres— que de todas maneras trabajan desde la mañana hasta la noche, a veces recogiendo cartones o haciendo otras actividades de ese tipo, aunque este esfuerzo sólo les sirva para sobrevivir y nunca para mejorar verdaderamente su vida. No podemos decir que la mayor parte de los pobres lo son porque no hayan obtenido “méritos”, según esa falsa visión de la meritocracia en la que parecería que sólo tienen méritos aquellos que han tenido éxito en la vida.

15. También los cristianos, en muchas ocasiones, se dejan contagiar por actitudes marcadas por ideologías mundanas o por posicionamientos políticos y económicos que llevan a injustas generalizaciones y a conclusiones engañosas. El hecho de que el ejercicio de la caridad resulte despreciado o ridiculizado, como si se tratase de la fijación de algunos y no del núcleo incandescente de la misión eclesial, me hace pensar que siempre es necesario volver a leer el Evangelio, para no correr el riesgo de sustituirlo con la mentalidad mundana. No es posible olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la corriente viva de la Iglesia que brota del Evangelio y fecunda todo momento histórico.

Notas a pie de pàgina:

[1] Francisco, Carta enc. Dilexit nos (24 octubre 2024), 170: AAS 116 (2024), 1422.

[2] Ibíd., 171: AAS 116 (2024), 1422-1423.

[3] Id., Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 96: AAS 110 (2018), 1137.

[4] Francisco, Encuentro con los representantes de los medios de comunicación (16 marzo 2013): AAS 105 (2013), 381.

[5] J. Bergoglio – A. Skorka, Sobre el cielo y la tierra, Buenos Aires 2013, 214.

[6] S. Pablo VI, Homilía en la Santa Misa concelebrada durante la última sesión pública del Concilio Ecuménico Vaticano II (7 diciembre 1965): AAS 58 (1966), 55-56.

[7] Cf. Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 187: AAS 105 (2013), 1098.

[8] Ibíd., 212: AAS 105 (2013), 1108.

[9] Id., Carta. enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 23: AAS 112 (2020), 977.

[10] Ibíd., 21: AAS 112 (2020), 976.

[11] Consejo de las Comunidades Europeas, Decisión (85/8/CEE) relativa a una acción comunitaria específica de lucha contra la pobreza (19 diciembre 1984), art. 1, par. 2: Diario Oficial de las Comunidades Europeas, N. L 2/24.

 

sábado, 21 de febrero de 2026

tema 330. TESIS 30 (2). LOS SACRAMENTOS EN GENERAL

 1Los siete sacramentos que la Iglesia ha reconocido instituidos por el Salvador, 2como signos sensibles para comunicar a la humanidad el misterio redentor de Cristo, 3tienen eficacia ex opere operato gracias a la fuerza del Espíritu Santo que actúa mediante el ministro, dispensan la vida divina de la gracia cuando se reciben en la fe y comunión de la Iglesia, a la que dan consistencia y estructuran por los     caracteres sacramentales.

 

1.             el septenario sacramental

1.1                            Fijación del septenario sacramental

1.2                            Institución de los sacramentos por Cristo

 

2.             los sacramentos como signos sensibles del misterio de Cristo

2.1                            Naturaleza de los sacramentos

2.2                            Estructura de los sacramentos

 

3.             la eficacia de los sacramenTos

3.1                            Sentido de la eficacia ex opere operato

3.2                            Doble efecto de los sacramentos: gracia y carácter sacramental

3.3                            Fe, gracia y sacramentos

  

 

 

1.   

 

3.LA EFICACIA DE LOS SACRAMENTOS

 

3.1   Sentido de la eficacia ex opere operato

Lo característico de los sacramentos es que efectúan lo que significan, mediante una causalidad instrumental. A lo largo de la historia se han tratado de dar diversas explicaciones, pero con frecuencia sólo han servido para disminuir la idea de eficacia, y de la verdadera actuación de la criatura como instrumento de Dios.

 

La expresión ex opere operato indica que la eficacia de los sacramentos no depende ni de la santidad del ministro, ni de los actos del beneficiario, sino de Cristo, aunque, evidentemente, si el sujeto positivamente no quiere recibirlo, está claro que no habrá sacramento; otra cosa sería que no tuviera las disposiciones adecuadas (ausencia de pecado) en cuyo caso el sacramento reviviría (en razón del carácter) cuando se dieran esas disposiciones.

 

También en la medida que son un acto humano es preciso hablar de un ministro, que debe tener en su intención lo que quiere hacer la Iglesia. Se entiende la intención objetiva del ministro, no las intenciones subjetivas a las cuales quiera él ordenar esa acción. Al entrar la figura del ministro en la realización del sacramento se puede decir que, en la medida que lo realiza, también él es algo sacramental, y este es el sentido del sacramento del orden: sacralizar la figura del ministro. Sin esta condición no se da, en bastantes sacramentos, el mismo sacramento, aunque se realizaran los otros ritos (excepción del bautismo y del matrimonio).

 

3.2   Doble efecto de los sacramentos: gracia y carácter sacramental

Los sacramentos se orientan tanto a la vida eterna, por la gracia que confieren, pero también a asegurar la pertenencia eclesial a quienes los reciben, es decir, mantenerse en una situación estable de santificación: dicha situación se manifiesta especialmente en los caracteres sacramentales.

 

Precisamente por ello hay un doble efecto de los sacramentos: lo que se ha denominado sacramentum et res, que es el efecto interno inmediato de los sacramentos, y la res, o gracia propiamente sacramental, que se consigue mediante  el anterior.

 

Los caracteres sacramentales son el caso más claro del sacramentum et res. A raíz de la controversia donatista y de la conciencia de la Iglesia de que no se podían reiterar determinados sacramentos se desarrolló la reflexión sobre el carácter sacramental. El carácter es una transformación real en el alma del que recibe determinados sacramentos (bautismo, confirmación y orden) y que lo habilita para el culto divino, en sentido amplio de participar en la alabanza a Dios.

 

También los caracteres sacramentales contribuyen de manera muy clara a la estructuración jerárquica de la Iglesia. Tienen una característica de estabilidad mucho mayor que la vida de la gracia, porque la gracia y la caridad, al tratarse de una amistad con Dios, pueden perderse por el pecado mortal, mientras que el carácter, como signo ontológico permanente e interno no se pierde por el pecado mortal.

 

3.3   Fe, gracia y sacramentos

Los sacramentos no se deben separar de la fe, pues la salvación viene por la fe, y los sacramentos son los signos de la fe: en primer lugar de la fe del que los recibe, de la fe de la Iglesia, que los administra, y que hace de mediadora entre Cristo, autor siempre de los sacramentos, y el receptor. La misma realidad visible y material de los sacramentos pone de relieve que nuestra salvación se ha realizado mediante la Encarnación redentora, y esa eficacia permanece en signos sensibles y visibles, como sensible y visible fue la humanidad de Cristo en este mundo, que, glorificada, sigue siendo el instrumento unido al Verbo para nuestra salvación.

 

Tampoco se pueden separar los sacramentos de la Palabra de Dios. Dios se  comunica a los hombres mediante su Palabra, suscita la fe, y esta vida nueva se comunica por los sacramentos, que prolongan la acción de Cristo en la tierra.  Consiguientemente la celebración de los sacramentos suele estar unida a la de la  Palabra de Dios.

 

Una de las cuestiones más complejas de este tema es la relación entre gracia y sacramento, no porque haya dudas de que los sacramentos producen la gracia, sino porque la gracia también puede ser concedida sin recibir el sacramento. Conviene recordar que al hablar de gracia nos estamos refiriendo a la transformación real que se produce en el hombre como consecuencia de su nueva relación con Dios a partir de la justificación; la gracia conlleva la amistad con Dios, pero  también una transformación ontológica interior.

 

Es Cristo quien, mediante su       humanidad glorificada nos salva, pero para ello emplea los sacramentos, que      son signos eficaces de la gracia. Ante todo, respecto a cada sacramento, más que  decir que hay siete gracias sacramentales porque hay siete sacramentos, más bien  deberíamos decir lo contrario: hay siete sacramentos porque hay siete aspectos de la gracia, que es una: la participación de la vida de Cristo.

 

Conforme al plan de Dios la gracia se comunica de manera sacramental: la gracia es la res a la que se ordena la res et sacramentum, es decir, ese carácter o       efecto estable de los sacramentos. Ahora bien, dicha res et sacramentum puede darse físicamente o simplemente in voto, en el deseo. Así, Dios puede suplir ese intermedio, pero cuando se carece de él es evidente que la gracia está mucho menos radicada en el hombre. Por ejemplo, se puede recibir la justificación y la gracia antes de recibir físicamente el bautismo, cuando se lo desea movido por el Espíritu Santo, pero en ese caso no se recibiría el carácter sacramental; cuando tal catecúmeno fuera bautizado lo recibiría, así como un aumento de gracia.

 

 También hemos dicho que esa res et sacramentum tiene mucho que ver con la estructura de la Iglesia, de ahí que en el caso del sacramento del orden no se      pueda dar ni la gracia correspondiente ni la suplencia in voto de ese carácter porque supondría hacer desaparecer la misma estructura sacramental de la Iglesia.

 

De esta manera, aunque cabe que Dios otorgue la gracia sin la recepción física de los sacramentos, toda la gracia está relacionada con ellos, y mueve hacia ellos. La presencia de la Iglesia requiere, pues, la presencia de los sacramentos. En el caso de aquellas personas que no han podido conocer la Iglesia, si alcanzan la justificación de Dios por la gracia, ese mismo impulso interior, si verdaderamente están justificados, les moverá hacia la Iglesia y sus sacramentos cuando se les presente la oportunidad. Lo que no tiene sentido es que alguien reciba la gracia del Espíritu Santo oponiéndose a la economía sacramental, pues en ese caso no se podría hablar ni de recepción del sacramento ni de deseo o voto del mismo.

 

 

APÉNDICE: LOS SACRAMENTALES


Según el CIC 1166, que recoge las afirmaciones de SC 60 se describe a los sacramentales «como signos sagrados, por los que, a imitación en cierto modo de los sacramentos, se significan y se obtienen por intercesión de la Iglesia unos efectos principalmente espirituales». En SC 60 se añadía que es disponer a recibir el efecto principal de los sacramentos y santificar las diversas circunstancias de la vida. La característica que les diferencia fundamentalmente de los sacramentos es que su institución es eclesiástica y que gozan de una eficacia ex opere operantis Ecclesiae: la oración de la Iglesia obtiene de Dios que el sacramental vaya unido al efecto espiritual por el que fue instituido.

 

Se podría decir que la Iglesia, en la medida que prolonga la acción de Cristo, marca o señala determinadas personas (al orar sobre ellas) para que puedan recibir mejor cierta acción divina, o reserva determinados objetos para que ayuden a una finalidad espiritual. Siempre se  ordenan, de una manera u otra, a preparar una gracia recibida mediante los sacramentos y se podrían ver como núcleos, por así decir, en los que reposa la acción de la Iglesia en orden a los sacramentos.

 

Se suele distinguir entre tres grandes grupos de sacramentales: a) las consagraciones, por las que determinadas personas y cosas quedan sustraídas a la libre disponibilidad del hombre y quedan confiadas a Dios (consagración de vírgenes, profesión religiosa, consagración de una Iglesia o de un cáliz, etc); b) bendiciones, que ponen a personas o cosas bajo la protección divina, aunque de una manera menos estable y más ocasional que los anteriores; c) exorcismos, mediante los que la oración de la Iglesia, en nombre de Cristo, expulsa a los demonios del alma de los posesos, e incluso se ha empleado sobre criaturas irracionales para que no sean instrumento del demonio.

 

En este último caso se advierte con más claridad que su efecto no tiene la eficacia ex opere operato de los sacramentos, y de ahí que a veces tengan que ser reiterados y no siempre obtengan su objetivo. En cualquier caso, los exorcismos son una muestra más de la fe de la Iglesia en la existencia de los demonios, e incluso en la posibilidad de su acción, hasta física, sobre el género humano en casos excepcionales. Poner en duda esta cuestión no es compatible con la fe católica.