TEMA 341 MAGNIFICA HUMANITAS (1-16)
INTRODUCCIÓN
(1-3)
Las
“res novae” de nuestro tiempo (4-6)
Dos
imágenes bíblicas (7-10)
Edificar
en el bien (11-14)
Permanecer
siendo humanos (15-16)
1. La magnífica humanidad que Dios ha creado
se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel
o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. Cada generación
recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la
historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se
promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se
cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto. Allí donde la
humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos,
alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que «el misterio del
hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado». [1] En Jesucristo, esta magnífica
humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros
la vía para crecer hacia la plenitud.
2. Cimentados en Cristo, la piedra viva,
experimentamos la acción poderosa y misteriosa del Espíritu Santo, y creemos
que todo esfuerzo humano auténtico por cooperar con Él en pro del bien será
bendecido por el Padre celestial, en quien ponemos nuestra esperanza. Por este
motivo, podemos contribuir con determinación a todas aquellas iniciativas que
construyen un mundo más justo, y podemos invitar a otros a colaborar con
nosotros en la promoción del desarrollo integral de cada ser humano. Deseamos
entrar en diálogo con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con
quienes participamos juntos en los acontecimientos, las preguntas y las
aspiraciones de la humanidad. [2] Queremos identificar, junto con
ellos, nuevos caminos para el bien común y la promoción de una vida digna para
todos. Esta actitud de diálogo es parte integrante de la vocación de la
Iglesia, ya que ella, constituida «en Cristo como un sacramento, […] de la
unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano», [3] reconoce en la historia el lugar
donde el Evangelio interpela y acompaña la experiencia humana.
3. Con este espíritu, en 1891 León
XIII publicó la Encíclica Rerum
novarum, cuyo 135° aniversario celebramos este año con profunda
gratitud. Con ese documento, mi querido Predecesor impulsó aquella reflexión
sobre la sociedad, la economía y la política que hoy llamamos “Doctrina social
de la Iglesia”. Y cuando algunos objetaban que la Iglesia no debía desperdiciar
energías en cuestiones mundanas, sino preocuparse por comunicar un mensaje de
vida eterna, él respondía con realismo y sabiduría que el anuncio del Evangelio
no puede olvidar la vida concreta de los pueblos. [4] Han pasado muchas décadas desde
entonces, y el Magisterio, los pastores, los teólogos y los fieles han seguido
reflexionando sobre las cuestiones sociales a la luz del Evangelio. Hoy, la
Doctrina social de la Iglesia es un patrimonio de sabiduría, en el que
encontramos principios para pensar, criterios para discernir y juzgar, y
orientaciones concretas para actuar. Se fundamenta en la Sagrada Escritura y en
la Tradición y, en diálogo con las ciencias, nos ayuda a leer con lucidez los
desafíos del presente, identificando caminos adecuados para vivir un testimonio
cristiano límpido, con alegría y al servicio del mundo. No es un conjunto
estático de conceptos, sino un corpus vivo de verdades, que custodia e
interpreta la vocación de la humanidad a una vida plena y justa. A esta
tradición viva deseo, por tanto, sumar mi voz, invocando la asistencia del
Espíritu de sabiduría, que habita en el mundo desde su creación (cf. Pr 8,22-31).
Las “res
novae” de nuestro tiempo
4. Si en su momento León
XIII hablaba de “nuevos asuntos” ( rerum novarum), hoy no
podemos limitarnos simplemente a repetir sus valiosas enseñanzas, sino que
debemos pedirle a Dios la sabiduría para interpretar las grandes tendencias de
nuestro tiempo, en particular los avances de la técnica. En los últimos años se
ha hecho cada vez más evidente cuán rápida y profundamente la digitalización,
la inteligencia artificial (IA) y la robótica están transformando nuestro
mundo. La técnica no debe considerarse, en sí misma, como una fuerza antagónica
respecto a la persona; por el contrario, está arraigada en nuestra historia
desde el principio, en cuanto es «un hecho profundamente humano, vinculado a la
autonomía y libertad del hombre». [5] A lo largo de los siglos, el
desarrollo tecnológico ha contribuido a una mejora significativa de las
condiciones de vida de la humanidad; al mismo tiempo, cada etapa del progreso
también ha puesto de manifiesto el lado ambiguo de instrumentos capaces de
causar daño cuando no se orientan hacia el bien. Hoy, sin embargo, nos
encontramos ante una situación nueva, en la que el poder y la omnipresencia de
las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana,
moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el
imaginario colectivo: «Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí
misma». [6]Las nuevas tecnologías abren un horizonte
que se extiende en direcciones que, aunque intuibles, aún no podemos prever por
completo. Esto hace que sea más complejo evaluar su impacto y sus efectos a
largo plazo sobre la dignidad de las personas y el bien común.
5. Ahora nos corresponde asumir con lucidez y
responsabilidad los retos de nuestro tiempo. Es necesario adoptar instrumentos
normativos adecuados, capaces de salvaguardar la justicia y de contener los
efectos distorsionadores del poder tecnológico. Pero la cuestión no se limita a
la regulación. Como advertía el Papa
Francisco, debemos preguntarnos con realismo quién detenta hoy ese poder y
hacia qué fines lo orienta: «No podemos ignorar que la energía nuclear, la
biotecnología, la informática, el conocimiento de nuestro propio ADN y otras
capacidades que hemos adquirido […] dan a quienes tienen el conocimiento, y
sobre todo el poder económico para explotarlo, un dominio impresionante sobre
el conjunto de la humanidad y del mundo entero». [7] En el pasado, eran principalmente
los estados los que impulsaban y orientaban la innovación. Hoy, en cambio, los
principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo
transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de
muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito,
predominantemente “privado”, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar
y orientar hacia el bien común.
6. Por esta razón es preciso iniciar un
discernimiento compartido capaz de profundizar en las raíces espirituales y
culturales de las transformaciones que se están produciendo. Si nos limitamos a
las circunstancias contingentes, corremos el riesgo de dejar que la sucesión de
emergencias decida por nosotros la dirección del camino. Estamos viviendo una
rápida fase de transición, un “cambio de época” en el que —mientras algunos se
disputan el futuro de las nuevas tecnologías y otros se dedican a reflexionar sobre
ellas— la mayoría de las personas permanece a la espera, observa desde lejos y
simplemente aguarda a que todo salga bien. Precisamente por eso se imponen en
nuestra conciencia preguntas decisivas, que ya no pueden eludirse: ¿Hacia dónde
vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como
comunidad humana y como pueblos?
7. Para responder a estas preguntas y
discernir cómo vivir con responsabilidad en la era de la IA, me gustaría evocar
dos imágenes bíblicas: la construcción de la torre de Babel (cf. Gn 11,1-9)
y la reconstrucción de los muros de Jerusalén (cf. Ne 2-6). En
el libro del Génesis, el relato de Babel se sitúa en los orígenes de la
humanidad, inmediatamente después de las genealogías de los hijos de Noé. Los
seres humanos, habiéndose establecido en la llanura de Senaar, deciden
construir una ciudad y una torre «cuya cúspide llegue hasta el cielo» (Gn 11,4).
Quieren así asegurarse estabilidad y poder, y sobre todo “perpetuarse un
nombre”, temiendo ser dispersados por la tierra. La empresa parece imponente:
una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección. Sin embargo, el
proyecto esconde un profundo engaño: es una obra concebida sin referencia a
Dios, sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar
de la comunión, elige la homogeneización. Cuando la ciudad se edifica sobre el
orgullo y la pretensión de bastarse a sí misma, la comunicación se rompe, las
lenguas se confunden y los seres humanos ya no se comprenden. El resultado no
es la unidad, sino la dispersión. Babel revela así el límite de toda
construcción que, por grandiosa que sea, surge de la absolutización de lo
humano y de su pretensión de autosuficiencia, sacrifica la dignidad de las
personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición
de Dios.
8. El libro de Nehemías, a su vez, comienza en
un momento de gran vulnerabilidad en la historia del antiguo Israel. Tras el
exilio babilónico, una parte del pueblo ha regresado a Jerusalén, pero la
ciudad sigue en ruinas, las murallas se han derrumbado y las puertas han sido
quemadas (cf. Ne 1-2). Nehemías, un judío al servicio del rey
persa Artajerjes, recibe la noticia del desastroso estado de la ciudad de sus
padres. Antes de actuar, ayuna, reza e intercede por el pueblo; luego pide
permiso al rey para regresar a Jerusalén y, una vez allí, examina en silencio
los lugares destruidos. No impone soluciones desde lo alto. Convoca a las
familias, confía a cada una un tramo de muralla para reconstruir, escucha los
temores, coordina los esfuerzos y hace frente a las oposiciones. El relato
muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona,
sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes,
artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes. Es una obra que tiene a Dios en
el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras. La antigua
Jerusalén recupera así un lenguaje común, no el de la uniformidad, sino el de
la comunión: la armonía que nace cuando cada uno asume su parte y todo el
pueblo reconoce que su fuerza viene del Señor.
9. A la luz de estas dos imágenes, el Espíritu
Santo hoy nos interpela acerca de nuestra relación con la tecnología y con la
revolución digital en curso. Los descubrimientos científicos son un talento
entregado a la humanidad para que lo haga fructificar (cf. Mt 25,14-30).
La tecnología puede curar, conectar, educar, cuidar la Casa común; pero también
puede dividir, descartar, generar nuevas injusticias. En abstracto, esta, en sí
misma, no es una solución a los problemas de la humanidad, como tampoco es un mal
en sí; pero, concretamente, no es neutral, porque toma el rostro de quien la
concibe, la financia, la regula, la utiliza. Por eso, la primera elección no es
entre un “sí” o un “no” a la tecnología, sino entre construir Babel o
reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo
que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las
murallas de la convivencia fraterna.
10. Evitemos, por tanto, el “síndrome de
Babel”: la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que
aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital—
capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y
rendimientos. Este es el riesgo de la deshumanización —construir el futuro
excluyendo a Dios y reduciendo al otro a un medio—, una tentación antigua y
siempre nueva, que hoy también toma un rostro técnico. Elijamos, en cambio, el
“camino de Nehemías”, que pone de relieve el valor del trabajo compartido para
hacer que la ciudad de Dios sea un lugar seguro para los exiliados que
regresaron. Hoy, reconstruir significa reconocer que, en la pluralidad de voces
y visiones que a veces recuerda la dispersión de las lenguas, existe, sin
embargo, una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la
diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno
común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad. Y, en esta obra
compartida, los cristianos encuentran su propia forma de construir: orientar la
acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el
desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el
espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último.
En el Apocalipsis, Juan ve la nueva Jerusalén «que descendía del cielo y venía
de Dios» (Ap 21,2) como un regalo para toda la humanidad. Y esta
visión de gracia es para nosotros, los cristianos, una llamada a trabajar
juntos, cultivando una vida común pacífica, justa y digna en las “ciudades” de
hoy.
11. Edificar una ciudad centrada en el bien
común exige, ante todo, edificar sobre la roca de la relación con Dios.
Significa reconocer que la verdad de su amor nos llama a una vida «en
abundancia» ( Jn 10,10) y a la comunión con Él. Junto con san
Agustín, también nosotros podemos decir: «Porque nos has hecho para ti y
nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». [8] En efecto, Dios ha inscrito en
nuestro corazón un deseo de felicidad que abraza todas las dimensiones de la
vida; y la Iglesia, en el diálogo con los hombres y las mujeres de nuestro
tiempo, siente la urgencia de custodiar y orientar esa aspiración hacia su
verdad más profunda.
12. En segundo lugar, edificar en el bien
significa aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos
un error que haya que corregir. Hoy en día, el deseo de plenitud del ser humano
corre el riesgo de desviarse hacia metas engañosas: la ilusión de una
tecnología que promete liberarnos de toda fragilidad o modelos de bienestar que
“dejan atrás” a pueblos enteros. No es raro que pongamos nuestra esperanza en
un potencial ilimitado, en formas de progreso que pueden agudizar las desigualdades,
en soluciones inmediatas incapaces de sanar las heridas de los pueblos. Así,
mientras algunos persiguen la quimera de una autoafirmación ilimitada, muchos
carecen de lo necesario. La Iglesia recuerda, con voz humilde pero firme, que
la verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de
un crecimiento armonioso: allí donde la libertad y la responsabilidad se
entrelazan con el cuidado recíproco y la verdadera solidaridad, y donde el
progreso se mide por la dignidad de cada uno y por el bien de los pueblos.
13. En tercer lugar, edificar un mundo en el
que todos puedan “florecer” exige una corresponsabilidad valiente. Ninguna
mano, por sí sola, basta para sostener el peso de los desafíos que atraviesa el
mundo; y ninguna es tan débil como para no poder ofrecer su contribución: «Mi
poder triunfa en la debilidad» (2 Co 12,9). A cada uno corresponde
su tramo de muralla: científicos e investigadores, empresarios y trabajadores,
educadores y legisladores, sociedad civil, movimientos populares y comunidades
de fe. Esta es la lógica de la subsidiariedad, que valora la cooperación entre
generaciones, entre pueblos, entre disciplinas y culturas como el camino
privilegiado para hacer crecer la estabilidad, la prosperidad y la paz. Las
tensiones y las diferencias no deben intimidar; pueden convertirse en energías
creativas cuando están orientadas por una responsabilidad compartida.
14. Por último, edificar en el bien requiere
un lenguaje evangélico. Evitemos las palabras que humillan o enfrentan. Optemos
por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos. No bendigamos
entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles. Más bien, indiquemos
criterios de discernimiento —la dignidad de la persona, el destino universal de
los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la Casa común, la paz— y
traduzcámoslos en prácticas: planificación responsable, evaluaciones del impacto
humano y social, inclusión de los más frágiles, alfabetización digital,
investigación e industria orientadas a la justicia y la paz.
15. En el reciente Jubileo ordinario del
2025, hemos caminado como peregrinos de la esperanza y hemos sido colmados de
gracias. Fortalecidos por estos dones, podemos avanzar con ánimo confiado ante
las arduas tareas y los exigentes desafíos que se perfilan en nuestro futuro.
En la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el
riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el
deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica
humanidad que se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo, y que ninguna
máquina podrá jamás sustituir en su esplendor. El verdadero progreso nace
siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a
escuchar, de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa.
16. A todos los fieles católicos, a todos los
cristianos, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad les dirijo un
vehemente llamamiento: no temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro
tiempo. Como Nehemías, oremos, proyectemos con sabiduría, trabajemos con
perseverancia, poniendo a Dios en el horizonte de nuestro actuar y al ser
humano en el centro de nuestras decisiones. Entonces las piedras desechadas
—los pobres, los enfermos, los migrantes, los pequeños— se convertirán en
piedras angulares, y sobre la tierra surgirá un hogar común sólido y
hospitalario, donde el amor y la verdad finalmente se encontrarán, y la
justicia y la paz se besarán (cf. Sal 85,11). Esta es la
bendición que imploramos a Dios y la tarea que tenemos por delante: ser
constructores de comunión, no arquitectos de Babel; siervos del Reino que
viene, no dueños de torres destinadas a derrumbarse. Y, con ánimo de pastor y
de padre, pido a todos que detengan la construcción de la enésima Babel y que
unan fuerzas para edificar en el bien, para que la humanidad nunca pierda su
propia belleza y el mundo pueda reconocer una vez más, en el corazón del ser
humano, el lugar donde Dios desea habitar.
[1] Conc.
Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium
et spes, 22: AAS 58 (1966), 1042.
[2] Cf. ibíd., 11: AAS 58
(1966), 1033-1034.
[3] Id.,
Const. dogm. Lumen
gentium, 1: AAS 57 (1965), 5.
[4] Cf.
León XIII,Carta enc. Rerum
novarum (15 mayo 1891), 22: ASS 23 (1890-1891),
653.
[5] Benedicto
XVI, Carta enc. Caritas
in veritate (29 junio 2009), 69: AAS 101
(2009), 702.
[6] Francisco,
Carta enc. Laudato
si’ (24 mayo 2015), 104: AAS 107 (2015),
888.
[8] S.
Agustín, Confesiones, I, 1, 1: CCSL 27,
Turnhout 1981, 1.