sábado, 21 de febrero de 2026

tema 330. TESIS 30 (2). LOS SACRAMENTOS EN GENERAL

 1Los siete sacramentos que la Iglesia ha reconocido instituidos por el Salvador, 2como signos sensibles para comunicar a la humanidad el misterio redentor de Cristo, 3tienen eficacia ex opere operato gracias a la fuerza del Espíritu Santo que actúa mediante el ministro, dispensan la vida divina de la gracia cuando se reciben en la fe y comunión de la Iglesia, a la que dan consistencia y estructuran por los     caracteres sacramentales.

 

1.             el septenario sacramental

1.1                            Fijación del septenario sacramental

1.2                            Institución de los sacramentos por Cristo

 

2.             los sacramentos como signos sensibles del misterio de Cristo

2.1                            Naturaleza de los sacramentos

2.2                            Estructura de los sacramentos

 

3.             la eficacia de los sacramenTos

3.1                            Sentido de la eficacia ex opere operato

3.2                            Doble efecto de los sacramentos: gracia y carácter sacramental

3.3                            Fe, gracia y sacramentos

  

 

 

1.   

 

3.LA EFICACIA DE LOS SACRAMENTOS

 

3.1   Sentido de la eficacia ex opere operato

Lo característico de los sacramentos es que efectúan lo que significan, mediante una causalidad instrumental. A lo largo de la historia se han tratado de dar diversas explicaciones, pero con frecuencia sólo han servido para disminuir la idea de eficacia, y de la verdadera actuación de la criatura como instrumento de Dios.

 

La expresión ex opere operato indica que la eficacia de los sacramentos no depende ni de la santidad del ministro, ni de los actos del beneficiario, sino de Cristo, aunque, evidentemente, si el sujeto positivamente no quiere recibirlo, está claro que no habrá sacramento; otra cosa sería que no tuviera las disposiciones adecuadas (ausencia de pecado) en cuyo caso el sacramento reviviría (en razón del carácter) cuando se dieran esas disposiciones.

 

También en la medida que son un acto humano es preciso hablar de un ministro, que debe tener en su intención lo que quiere hacer la Iglesia. Se entiende la intención objetiva del ministro, no las intenciones subjetivas a las cuales quiera él ordenar esa acción. Al entrar la figura del ministro en la realización del sacramento se puede decir que, en la medida que lo realiza, también él es algo sacramental, y este es el sentido del sacramento del orden: sacralizar la figura del ministro. Sin esta condición no se da, en bastantes sacramentos, el mismo sacramento, aunque se realizaran los otros ritos (excepción del bautismo y del matrimonio).

 

3.2   Doble efecto de los sacramentos: gracia y carácter sacramental

Los sacramentos se orientan tanto a la vida eterna, por la gracia que confieren, pero también a asegurar la pertenencia eclesial a quienes los reciben, es decir, mantenerse en una situación estable de santificación: dicha situación se manifiesta especialmente en los caracteres sacramentales.

 

Precisamente por ello hay un doble efecto de los sacramentos: lo que se ha denominado sacramentum et res, que es el efecto interno inmediato de los sacramentos, y la res, o gracia propiamente sacramental, que se consigue mediante  el anterior.

 

Los caracteres sacramentales son el caso más claro del sacramentum et res. A raíz de la controversia donatista y de la conciencia de la Iglesia de que no se podían reiterar determinados sacramentos se desarrolló la reflexión sobre el carácter sacramental. El carácter es una transformación real en el alma del que recibe determinados sacramentos (bautismo, confirmación y orden) y que lo habilita para el culto divino, en sentido amplio de participar en la alabanza a Dios.

 

También los caracteres sacramentales contribuyen de manera muy clara a la estructuración jerárquica de la Iglesia. Tienen una característica de estabilidad mucho mayor que la vida de la gracia, porque la gracia y la caridad, al tratarse de una amistad con Dios, pueden perderse por el pecado mortal, mientras que el carácter, como signo ontológico permanente e interno no se pierde por el pecado mortal.

 

3.3   Fe, gracia y sacramentos

Los sacramentos no se deben separar de la fe, pues la salvación viene por la fe, y los sacramentos son los signos de la fe: en primer lugar de la fe del que los recibe, de la fe de la Iglesia, que los administra, y que hace de mediadora entre Cristo, autor siempre de los sacramentos, y el receptor. La misma realidad visible y material de los sacramentos pone de relieve que nuestra salvación se ha realizado mediante la Encarnación redentora, y esa eficacia permanece en signos sensibles y visibles, como sensible y visible fue la humanidad de Cristo en este mundo, que, glorificada, sigue siendo el instrumento unido al Verbo para nuestra salvación.

 

Tampoco se pueden separar los sacramentos de la Palabra de Dios. Dios se  comunica a los hombres mediante su Palabra, suscita la fe, y esta vida nueva se comunica por los sacramentos, que prolongan la acción de Cristo en la tierra.  Consiguientemente la celebración de los sacramentos suele estar unida a la de la  Palabra de Dios.

 

Una de las cuestiones más complejas de este tema es la relación entre gracia y sacramento, no porque haya dudas de que los sacramentos producen la gracia, sino porque la gracia también puede ser concedida sin recibir el sacramento. Conviene recordar que al hablar de gracia nos estamos refiriendo a la transformación real que se produce en el hombre como consecuencia de su nueva relación con Dios a partir de la justificación; la gracia conlleva la amistad con Dios, pero  también una transformación ontológica interior.

 

Es Cristo quien, mediante su       humanidad glorificada nos salva, pero para ello emplea los sacramentos, que      son signos eficaces de la gracia. Ante todo, respecto a cada sacramento, más que  decir que hay siete gracias sacramentales porque hay siete sacramentos, más bien  deberíamos decir lo contrario: hay siete sacramentos porque hay siete aspectos de la gracia, que es una: la participación de la vida de Cristo.

 

Conforme al plan de Dios la gracia se comunica de manera sacramental: la gracia es la res a la que se ordena la res et sacramentum, es decir, ese carácter o       efecto estable de los sacramentos. Ahora bien, dicha res et sacramentum puede darse físicamente o simplemente in voto, en el deseo. Así, Dios puede suplir ese intermedio, pero cuando se carece de él es evidente que la gracia está mucho menos radicada en el hombre. Por ejemplo, se puede recibir la justificación y la gracia antes de recibir físicamente el bautismo, cuando se lo desea movido por el Espíritu Santo, pero en ese caso no se recibiría el carácter sacramental; cuando tal catecúmeno fuera bautizado lo recibiría, así como un aumento de gracia.

 

 También hemos dicho que esa res et sacramentum tiene mucho que ver con la estructura de la Iglesia, de ahí que en el caso del sacramento del orden no se      pueda dar ni la gracia correspondiente ni la suplencia in voto de ese carácter porque supondría hacer desaparecer la misma estructura sacramental de la Iglesia.

 

De esta manera, aunque cabe que Dios otorgue la gracia sin la recepción física de los sacramentos, toda la gracia está relacionada con ellos, y mueve hacia ellos. La presencia de la Iglesia requiere, pues, la presencia de los sacramentos. En el caso de aquellas personas que no han podido conocer la Iglesia, si alcanzan la justificación de Dios por la gracia, ese mismo impulso interior, si verdaderamente están justificados, les moverá hacia la Iglesia y sus sacramentos cuando se les presente la oportunidad. Lo que no tiene sentido es que alguien reciba la gracia del Espíritu Santo oponiéndose a la economía sacramental, pues en ese caso no se podría hablar ni de recepción del sacramento ni de deseo o voto del mismo.

 

 

APÉNDICE: LOS SACRAMENTALES


Según el CIC 1166, que recoge las afirmaciones de SC 60 se describe a los sacramentales «como signos sagrados, por los que, a imitación en cierto modo de los sacramentos, se significan y se obtienen por intercesión de la Iglesia unos efectos principalmente espirituales». En SC 60 se añadía que es disponer a recibir el efecto principal de los sacramentos y santificar las diversas circunstancias de la vida. La característica que les diferencia fundamentalmente de los sacramentos es que su institución es eclesiástica y que gozan de una eficacia ex opere operantis Ecclesiae: la oración de la Iglesia obtiene de Dios que el sacramental vaya unido al efecto espiritual por el que fue instituido.

 

Se podría decir que la Iglesia, en la medida que prolonga la acción de Cristo, marca o señala determinadas personas (al orar sobre ellas) para que puedan recibir mejor cierta acción divina, o reserva determinados objetos para que ayuden a una finalidad espiritual. Siempre se  ordenan, de una manera u otra, a preparar una gracia recibida mediante los sacramentos y se podrían ver como núcleos, por así decir, en los que reposa la acción de la Iglesia en orden a los sacramentos.

 

Se suele distinguir entre tres grandes grupos de sacramentales: a) las consagraciones, por las que determinadas personas y cosas quedan sustraídas a la libre disponibilidad del hombre y quedan confiadas a Dios (consagración de vírgenes, profesión religiosa, consagración de una Iglesia o de un cáliz, etc); b) bendiciones, que ponen a personas o cosas bajo la protección divina, aunque de una manera menos estable y más ocasional que los anteriores; c) exorcismos, mediante los que la oración de la Iglesia, en nombre de Cristo, expulsa a los demonios del alma de los posesos, e incluso se ha empleado sobre criaturas irracionales para que no sean instrumento del demonio.

 

En este último caso se advierte con más claridad que su efecto no tiene la eficacia ex opere operato de los sacramentos, y de ahí que a veces tengan que ser reiterados y no siempre obtengan su objetivo. En cualquier caso, los exorcismos son una muestra más de la fe de la Iglesia en la existencia de los demonios, e incluso en la posibilidad de su acción, hasta física, sobre el género humano en casos excepcionales. Poner en duda esta cuestión no es compatible con la fe católica.

martes, 10 de febrero de 2026

tema 329. TESIS 30 (1). LOS SACRAMENTOS EN GENERAL

1Los siete sacramentos que la Iglesia ha reconocido instituidos por el Salvador, 2como signos sensibles para comunicar a la humanidad el misterio redentor de Cristo, 3tienen eficacia ex opere operato gracias a la fuerza del Espíritu Santo que actúa mediante el ministro, dispensan la vida divina de la gracia cuando se reciben en la fe y comunión de la Iglesia, a la que dan consistencia y estructuran por los     caracteres sacramentales.

 

1.             el septenario sacramental

1.1                            Fijación del septenario sacramental

1.2                            Institución de los sacramentos por Cristo

 

2.             los sacramentos como signos sensibles del misterio de Cristo

2.1                            Naturaleza de los sacramentos

2.2                            Estructura de los sacramentos

 

3.             la eficacia de los sacramenTos

3.1                            Sentido de la eficacia ex opere operato

3.2                            Doble efecto de los sacramentos: gracia y carácter sacramental

3.3                            Fe, gracia y sacramentos

  




 


CEC 1113-1134; Compendio 224-232; CIC 840-848

 

Concilio de Trento, Decreto sobre los sacramentos (3.3.1547) DS 1600-1613 S.Th. III, qq.60-65 [62;64]

 

 

 

1.EL SEPTENARIO SACRAMENTAL

 

1.1   1.1 Fijación del septenario sacramental


En la noción general de sacramento hay dos aspectos que siempre deben estar presentes: el aspecto de signo y el hacer presente ese don de Dios, es decir, su  eficacia. Consiguientemente el sacramento es signo eficaz del don de Dios. Esta noción amplia de sacramento puede aplicarse a Cristo: pues en su naturaleza  humana se manifiesta a los hombres, y a la vez Él es el Verbo. No sólo envía a la realidad invisible que significa, sino que contiene esa misma realidad. De ahí el uso de misterio, que aparece en la Escritura referido a Cristo: (Mc 4,11; Col 1,25-27; Ef 3,3).

 

Sin embargo ya en las epístolas paulinas aparece que el misterio de Cristo tiene una dimensión eclesial. Cristo es la cabeza del cuerpo, de la Iglesia (Col l,18; Ef 3,8-10). Cristo no actúa separadamente de la Iglesia en la que se manifiesta y     se da. Es cierto que la Iglesia no se identifica del todo con Cristo, igual que un sacramento no se identifica del todo con la realidad que significa, pero eso no elimina la eficacia de la Iglesia para comunicar a los hombres la vida divina que trae Cristo.

 

En el NT aparece la íntima relación entre determinados ritos y signos y la  fe, en concreto en Jn 3 (bautismo). Lo mismo podríamos decir de la Eucaristía, que tiene que ver con la salvación y con la comunidad cristiana. Se trata de ritos exteriores pero que tienen un efecto interior determinante para la salvación. El término sacramentum procede del griego mysterion, que en san Pablo suele referirse al designio escondido en Dios, pero ya en Clemente y en Orígenes pasó a significar el conjunto de verdades y prácticas cristianas. Cada vez se acentúa más que estos sacramentos actúan en fuerza de Cristo y de su cruz.

 

Un momento determinante en la evolución del término y de su significado lo tenemos en san Agustín. Este autor, en controversia con los donatistas tuvo que precisar que el autor de los sacramentos es Cristo, de manera que su eficacia no depende de la santidad del ministro. Los donatistas subrayaban la relación entre el sacramento y la Iglesia, de manera que sólo en la Iglesia verdadera se podían administrar los sacramentos; si alguien había sido un traditor o se había separado de la Iglesia, en él ya no estaba el Espíritu Santo, y por ello no podría administrar los sacramentos.

 

Esta perspectiva parecía sostener que el ministro comunicaba la      gracia que poseía en la Iglesia; se puede advertir que había problemas tanto de    tipo eclesiológico (cualquier pecado excluye de la Iglesia y no cabe el perdón de  determinados pecados) y sacramentales, pues no tenían claro que quien actúa      realmente en los sacramentos es Cristo. San Agustín recordó este papel esencial de Cristo como auctor de los sacramentos, aunque reconocía a la vez que sólo tenían  eficacia plena en la Iglesia, pues si alguien se separaba de la Iglesia, se separaba del amor de Cristo, y por ello no podía recibir el fruto pleno de los sacramentos.

 

 La doctrina sacramental de san Agustín se podría presentar en cuatro afirmaciones: a) San Agustín designa sacramentum a todos los signos sagrados, es decir, realidades visibles que por institución divina conducen al espíritu hacia una rea lidad invisible. b) Estos signos significan a Cristo, el único salvador; incluso los     sacramentos de la Antigua Alianza le preanunciaban. c) Los sacramentos no sólo significan la salvación del que los recibe, sino que la producen. d) Esta eficacia  tiene que ver con la Palabra.

 

Sobre este punto hay que hacer precisiones, pues     algunos, como Calvino, lo recondujeron al sentido de que eran algo así como  predicaciones en acto, de modo que se perdía la eficacia propiamente sacramen tal. Esto es incompatible con el pensamiento de san Agustín, pues él mismo  reconocía la eficacia de estos sacramentos aún fuera de la Iglesia verdadera. San Agustín aplicó esta noción de sacramento expresamente al Bautismo, la Eucaristía, y al rito por el que se constituye a alguien dispensator verbi et sacramentorum es decir, el orden.

 

La primera escolástica medieval, de los siglos XI-XII profundizó en todas estas cuestiones y se construyó el tratado de los sacramentos en general, a partir, sobre todo, de las afirmaciones de san Agustín sobre el Bautismo. Asimismo se fijó  el septenario sacramental, ya con claridad en Pedro Lombardo, distinguiendo         del amplio conjunto de signos que empleaba la Iglesia, siete, de particular trascendencia y eficacia, que denomina propiamente sacramentos. Los concilios de Lyon II (DS 860) y de Florencia (DS 1310) lo formularon de manera autorizada. También en esta época se desarrolla la teoría del hilemorfismo sacramental, es decir la composición forma/materia, que respondía, en terminología Aristotélica, a la antigua distinción verbum-elementum.

 

El gran momento de crisis de los sacramentos se dio a partir de la Reforma de Lutero. Su noción de justificación como una relación entre Dios y la criatura excluía cualquier mediación de tipo sacramental, y a lo más se consideraba la cena y el bautismo como predicaciones realizadas con signos, pero olvidando cualquier tipo de eficacia en ese signo. En el fondo se olvidaba la misma actuación de Cristo en cuanto hombre, y toda la estructura sacramental de la salvación quedaba preterida en aras de un cierto gnosticismo escriturístico.

 

Conviene  recordar que para Lutero y Calvino Cristo nos salvó en cuanto que padeció la  pena que merecían los pecadores, es decir, se dio una sustitución penal, no una satisfacción vicaria; en esta última explicación Cristo nos salva en la medida que       ofrece, activamente, algo al Padre, de modo que su humanidad causa realmente nuestra salvación. En un planteamiento protestante parecía que nada del ámbito creado podía ser útil para llegar a Dios: no es una casualidad que los mismos que rechazaron la analogía rechazaran la estructura sacramental de la salvación; evidentemente se trata de cuestiones distintas, pero en ambos temas se esconde el rechazo de la bondad de la creación y de su relación con Dios.

 

El Concilio de Trento recordó el septenario sacramental y los elementos esenciales de los sacramentos, especialmente su eficacia, distinción de los signos de la antigua Ley y papel de los ministros. En la actualidad uno de los principales problemas es haber olvidado precisamente ese aspecto de eficacia y causalidad de los sacramentos, considerándolos como una simple manifestación de una comunicación de Dios que ya está ahí.

 

1.1  1.2  Institución de los sacramentos por Cristo

Sólo Cristo pudo instituir los sacramentos, en cuanto que en ellos se hace presente su muerte y Resurrección que nos salva. En el periodo de su predicación se describen diversas acciones simbólicas como bautizar, tocar e imponer las manos, ungir con barro, lavar los pies, o la última cena. El concepto de institución no quiere decir que Cristo haya determinados todos y cada uno de los detalles (Doc 92,19).

 

Sin embargo es necesario conservar aquello que ha   instituido el Señor, porque el sacramento no es una evocación general de grandes    momentos o de realidades esenciales del ser humano (como puede ser la comida, o la purificación), sino un signo concreto, del mismo modo que Cristo no es    una persona humana en la que Dios está especialmente presente, sino el Verbo eterno de Dios, que se ha encarnado en esta humanidad concreta e individual, la de Cristo.

 

Por ello, para que este signo posea la eficacia que Cristo ha querido debe emplearse tal como lo instituyó; e.c. la Eucaristía no puede celebrarse con la comida típica de un lugar determinado, porque no es la evocación del comer ante Dios, sino con el pan y el vino, tal como hizo Cristo, en la última cena y como sacrificio de la Nueva Alianza.

 

La Iglesia conservando tales signos y bajo la guía del Espíritu Santo ha comprendido cuáles de estas acciones estaban arraigadas en la voluntad del Señor  y respondían a la esencia de su misión. De este modo, en el amplio campo  de los sacramenta o signos sagrados, ha distinguido los siete esenciales que se remontan al mismo Señor y tienen una eficacia particular. De hecho conocemos y conservamos otros signos establecidos por Cristo, como el lavatorio de los pies, a los que no se les ha reconocido eficacia sacramental.

 

El momento relativamente tardío de la fijación autorizada de este septenario simplemente indica que antes no se habían producido negaciones importantes de algunos de estos signos y por ello no hacía falta definirlos como tales. La Iglesia, dotada por el Espíritu Santo, ha podido intervenir en precisar algunos elementos que no son esenciales, pero lo que se denomina la sustancia de los sacramentos dependen de Cristo. En este caso debemos hacer referencia a la importancia de la Tradición apostólica, y a que se trata de realidades que pertenecían a la práctica y costumbre de la Iglesia, de manera que no todas aparecen con claridad en las primeras fuentes.

 

2.    2 LOS SACRAMENTOS COMO SIGNOS SENSIBLES DEL MISTERIO DE CRISTO

2.1  2.1 Naturaleza de los sacramentos

Lo característico de los sacramentos es que son signos del misterio redentor en acción, consiguientemente: a) son signos; b) son signos convencionales; c) son signos prácticos; d) son signos de la salvación actualmente realizada por Cristo en el que los recibe.

 

Es importante señalar que los sacramentos no son meros símbolos que evoquen cierta realidad universal que se pueda aplicar a la salvación: e.c. el bautismo  no es un mero símbolo general de la purificación por el agua, sino que son signos  determinados por su misma estructura conforme a la voluntad de Cristo para  significar y causar una realidad de gracia concreta.

 

El catecismo ofrece la siguiente definición de sacramento: «Los sacramentos son signos eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia, por los cuales nos es dispensada la vida divina. Los ritos visibles bajo los cuales    los sacramentos son celebrados significan y realizan las gracias propias de cada sacramento. Dan fruto en quienes los reciben con las disposiciones requeridas» CEC 1131.

 

Al mismo tiempo, en cuanto que los sacramentos hacen presente la acción redentora de Cristo son una acción de culto y de glorificación a Dios, pues la salvación del hombre se apoya en el sacrificio de Cristo, que es el acto de culto a Dios del que participa la Iglesia.

 

2.2  2.2 Estructura de los sacramentos

Se suele hablar respecto a los sacramentos de una composición entre materia y forma: materia es la realidad corporal que queda santificada por las palabras sacramentales (la forma). Es evidente que no se trata de una composición física, sino de una composición intencional, en su ser de signo, es decir, una composición en orden a significar. Para entender esto mejor debemos recordar que los sacramentos, con excepción de la Eucaristía, que contiene al autor de los sacramentos son acciones, no cosas, es decir, significan en cuanto que están realizando algo.

 

La parte denominada materia de por posee una multitud de significados (podemos pensar en el agua), pero la forma, es decir, las palabras, concretan esa amplitud en un significado determinado querido por Cristo. Por    ese motivo, si no se mantiene la materia concreta que ha querido Cristo, según     nos transmite la Iglesia, no se da el sacramento. El mismo contexto litúrgico de los sacramentos ayuda a precisar todo esto, aunque los elementos esenciales, que     nunca pueden faltar, son la materia y la forma.

 

Se suele distinguir en todo sacramento el aspecto de sacramentum tantum (realidad exterior), sacramentum et res (termino intermedio, interno y estable de la significación sacramental) y la res tantum (gracia comunicada). El sacramentum tantum conlleva los ritos esenciales sin los cuales no sería un sacramento válido, aunque en la celebración de la Iglesia los signos esenciales se rodean de otros que los explicitan y sirven para comunicarlos mejor.