lunes, 26 de enero de 2026

TEMA 328. TESIS 23 (2) FORMULACIÓN CONCILIAR Y TEOLÓGICA DE LA ENCARNACIÓN

 

TESIS 23 (2)

FORMULACIÓN CONCILIAR Y TEOLÓGICA  DE LA ENCARNACIÓN

 

1La Iglesia ha propuesto el Misterio del Hijo de Dios hecho hombre a partir de la Revelación y 2en diversos concilios lo ha formulado en términos de la única persona o hipóstasis divina del Verbo en dos naturalezas completas y perfectas, divina y humana, sin confusión y sin separación. 3La encarnación es una acción trinitaria salvífica, aunque la naturaleza humana de Cristo sólo está unida hipostáticamente al Verbo, lo que tiene una serie de consecuencias.

 

1.  sentido De los Dogmas sobre Cristo

1.1 Declaraciones apoyadas en la Escritura

1.2 Críticas hechas contra estos dogmas

2.  formulación Dogmática en los grandes Concilios

3.  Teología de la encarnación

3.1 La encarnación como acontecimiento trinitario salvífico

3.2 La persona divina de Jesucristo en sus dos naturalezas

3.3 La verdadera humanidad de Cristo

3.4 Conocimiento y voluntad de Cristo


CEC 456-483; Compendio 85-93

Concilio de Éfesoo, Anatematismos de Cirilo de Alejandría (12.430) DS 252-263

Concilio de Calcedonia, Definición (22.10.451) DS 300-302

Concilio II de Constantinopla, Anatematismos contra los Tres Capítulos

(2.6.553) 1-10 DS 421-432

Congregación  para la  Doctrina  DE  la  FE,  Declaración  Mysterium  Filii  Dei

(21.2.1972), 2-4 en Doc. 10,2-5

iD., Declaración Dominus Jesus (6.8.2000), 9-15 en Doc. 90,22-45

iD., Notificación Después de un primer examen (26.11.2006), 2-8 en Doc. 106,5-30 S.Th. III, qq.1-19 [1,2,7,9,15]

 TEOLOGÍA DE LA ENCARNACIÓN

 

3.1  La Encarnación como acontecimiento Trinitario salvífico

El misterio de la Encarnación y el misterio trinitario están en íntima y recíproca relación. La Trinidad encuentra en la Encarnación su expresión y su prolongación ad extra. El Hijo se ha encarnado por la acción común de toda la Trinidad (acción trinitaria indivisa), aunque la humanidad de Cristo sólo está  unida hipostáticamente al Hijo, no al Padre o al Espíritu Santo.

 

El Verbo se ha encarnado no porque Dios tenía que actuar así, sino porque Dios lo ha querido así. En abstracto, cualquiera de las Personas divinas podría haberse encarnado, pues cualquiera de Ellas podría hacer subsistir una naturaleza humana, aunque para el plan de salvación haya resultado más conveniente la   Encarnación del Hijo.

El centro del designio divino es Cristo; esta verdad se encuentra en todo el NT y de una manera particular en los himnos de Ef y Col y en el mismo prólogo de san Juan.

 

Al mismo tiempo hay una insistencia grande en que es nuestro redentor, de modo que parece que su venida depende del pecado, y en  ese sentido no sería ya el proyecto inicial de Dios. Todo esto se entiende mejor   si se advierte que la Providencia tiene en cuenta las deficiencias de las libertades  creadas para realizar su proyecto.

 

El conocimiento divino, que trasciende todo, y su voluntad, es capaz de incluir los pecados, que nunca son causados por Dios, en el plan de su providencia. De este modo para que toda la creación parta de Cristo y tienda hacia Cristo no es necesario que la Encarnación haya sido querida    y pensada independientemente del pecado: Dios no ha pensado en un Cristo abstracto, sino en Jesucristo, el Verbo encarnado que ha venido como salvador y    redentor del mundo.

 

El que Cristo sea el fin de la creación no quiere decir que no se deban distinguir diversos niveles con una cierta autonomía cada uno. Se suele distinguir el  orden de la creación o de la naturaleza, el orden de la gracia, que supone una    participación u orden especial a Dios en sí mismo y orden hipostático, que se da  en Cristo, con una unión del todo particular entre la humanidad y la divinidad. Cada uno de los órdenes referidos es una cierta comunicación de Dios, pero la máxima es la Encarnación. Evidentemente se trata de algo gratuito respecto a los otros dos, pues Dios no estaba obligado a encarnarse.

 

Al tratar de los motivos de la Encarnación se advierte mejor esta estructura de la actuación divina. Se puede decir que en el orden de la causa material, de  los acontecimientos, el pecado es previo a la Encarnación, pero en el orden de la causa final, en la intención divina, está ante todo la mayor comunicación de Dios, y en ese sentido la Encarnación es previa al pecado.

3.2        La Persona divina de Jesucristo en sus dos naturalezas: la unión hipostática

Para indicar la dualidad en Cristo se han empleado los términos «sustancia» y «naturaleza»; para indicar su unidad se empleó el concepto de «persona» o hipóstasis. Esta unión no supone confusión de las dos naturalezas (contra el monofisismo), ni unión extrínseca (contra el nestorianismo). Incluye la integridad de la naturaleza humana (contra el apolinarismo), la realidad de su naturaleza divina (contra el arrianismo), y una duplicidad de voluntades y operaciones naturales (contra el monoenergismo y monotelismo). Es una unión hipostática, se realiza en la persona (hypóstasis) divina del Verbo.

 

A la pregunta «qué es Jesucristo» se responde «es en dos naturalezas, humana y divina». A la pregunta «quién es Jesucristo» se responde «la persona divina del Hijo de Dios hecho hombre».

 

Con el término unión hipostática se designa la unión que se produce entre la   persona divina del Verbo y la naturaleza humana de Jesucristo. Toda la dificultad se encuentra en que nos hallamos ante una naturaleza humana que no subsiste   por una persona humana. Esto nos lleva a distinguir entre persona y naturaleza humana, distinción que de otro modo se nos escaparía.

 

Se trata pues de que en   Cristo esta naturaleza humana individual no tiene en misma el principio de   subsistencia, sino que subsiste en la persona eterna del Verbo, es decir, está en hipostasiada en la persona del Verbo. Esto no elimina la realidad de la naturaleza humana de Cristo, que es completa, con todas sus características.

 

En Cristo sólo hay una filiación, que es la del Hijo eterno, porque la única persona es la divina. Afirmar que en cuanto Dios es hijo natural y en cuanto hombre hijo adoptivo de Dios supone no reconocer la unión hipostática, porque la filiación se refiere a la única persona (la divina) que hay en Cristo.

 

Sobre su humanidad reposa el Espíritu de adopción y por ello, como veremos en el siguiente apartado, está lleno de la gracia santificante, pero dicha gracia, que en las personas humanas hace que sean hijas adoptivas de Dios (pues participan así de la naturaleza divina) en Cristo no da lugar a una filiación adoptiva, por cuanto su humanidad está unida hipostáticamente al Verbo y el único principio de subsistencia es el Verbo, Hijo natural del Padre.

 

Las afirmaciones sobre la unión hipostática se oponen a considerar a Cristo como si fuera una persona humana en la que Dios estaría presente de modo especial: la Iglesia ha rechazado esta explicación (Mysterium filii Dei). A veces lo que subyace en ese tipo de teorías es la idea de que en el fondo la esencia más   profunda del hombre es ser Dios, ya que el hombre sería como una manifestación o autoexpresión de Dios.

 

En ese caso Cristo sería verdadero Dios por ser   verdadero hombre, es decir, el hombre que ha captado la verdadera trascendencia  humana, pero tales explicaciones parecen caer en un cierto semipanteísmo o falta de distinción entre Dios y el hombre.

3.3              La verdadera humanidad de Cristo.

Cristo tiene verdadera naturaleza humana, es decir, un cuerpo y alma verdaderos, con todo lo que esto conlleva, aunque, al mismo tiempo, está unida  hipostáticamente al Verbo. No se puede olvidar que Cristo es nuestro mediador y salvador, y por ello es verdaderamente hombre.

 

Además de la unión hipostática, que es una gracia (no puede ser merecida), también hay que hablar en Cristo de gracia santificante, pues se trataba de una verdadera humanidad, que debía ser divinizada en su naturaleza mediante los    dones sobrenaturales como nosotros.

 

Por otra parte la misma gracia de Cristo se denomina capital, pues, en cuanto hombre es la cabeza del género humano que participa de esa vida de Dios y la comunica a la humanidad.

 

Aunque la naturaleza humana de Cristo no conocía el pecado ni las consecuencias del pecado original, sin embargo quiso asumir una naturaleza con la pasibilidad y debilidad que tiene la nuestra (sed, fatiga, sueño) y en el alma, con  los correspondientes afectos (tristeza, temor, amor, alegría).

 

En la humanidad de Cristo se daba un verdadero crecimiento en cuanto que los dones divinos podían alcanzar cada vez más aspectos de su naturaleza, especialmente en orden a la salvación, como cuando vemos que actúa movido por el Espíritu Santo.

 

La misma glorificación de la Resurrección conlleva el que   aparece ya con la gloria propia del Hijo eterno en su humanidad, lo cual, salvo excepciones, no sucedía en su vida terrena anterior. No obstante su identidad   fundamental: el ser el Hijo eterno de Dios encarnado es la misma desde su Encarnación.

3.4              Conocimiento y voluntad de Cristo.

En un tratamiento clásico se ha hablado de Cristo como poseedor de tres tipos de conocimiento: en primer lugar Visión de Dios o conocimiento inmediato de   Dios, contemplando la esencia divina (no la denominamos beatífica pues no extendía sus efectos beatificantes a toda la naturaleza humana de Cristo); en la esencia divina podía conocer toda una serie de realidades presentes y futuras.

Sin este tipo de conocimiento Cristo no podría saber con certeza, en cuanto hombre, cuál era su identidad divina más profunda, ni conocer perfectamente lo que tenía que revelar, de manera que sin él quedaría reducido a un mero profeta. Ciencia Infusa, conocimientos infundidos por Dios, como en los ángeles, o en los profetas. En tercer lugar ciencia adquirida, por su aprendizaje, como en el resto de los hombres. Nos resulta complejo imaginar cómo estos conocimientos podían estar a la vez en Cristo, pero esto no es extraño, pues no tenemos la experiencia de ser el Hijo eterno encarnado. Por lo demás el objeto de estos conocimientos son realidades distintas entre (por ejemplo, la Esencia divina y su Persona en el ser  más profundo sólo se puede conocer por la visión, mientras que conocimientos habituales en la vida ordinaria se pueden adquirir por el aprendizaje).

 

Algunos autores han acentuado la ignorancia de Cristo, hasta el punto de sostener que desconocía su identidad divina, el fin del mundo, y que nunca pretendió fundar una Iglesia. Una lectura atenta de los mismos datos bíblicos   da a entender que Cristo, como hombre, veía a su Padre, no tenía fe en él, pues de otra forma difícilmente podía haber sido más que un profeta.

 

La visión inmediata de Dios no es incompatible con el sufrimiento pues no se extendía a   toda su humanidad la felicidad que conlleva, sino que dicha gloria estaba como detenida hasta su Resurrección, y sólo se mostraba en algunos momentos (caso de la transfiguración). Por lo demás sabemos que en la experiencia de los místicos el conocimiento del pecado produce un gran dolor, precisamente porque su unión con Dios les permite captar la gravedad del pecado de la humanidad.

 

En Cristo hay verdadera voluntad humana y una gran libertad que consiste en su obediencia al Padre. La imposibilidad de pecar (impecabilidad) en razón de la unión hipostática, no quiere decir falta de libertad, sino más bien perfección de la misma voluntad, que se define por la tendencia al bien, no al mal.

 

Su ofrecimiento meritorio al Padre por nuestra salvación conlleva la libertad, y la    prueba a la que ha sido sometido Cristo, como muestra el episodio de Getsemaní o las tentaciones del desierto. En esos momentos aparece claramente la distinción entre la voluntad humana y la voluntad divina de Cristo, que actúan en comunión.

 

Conviene recordar que para su misión redentora debía conocer y amar a todos  los hombres de todos los tiempos, lo cual sólo es posible mediante ese tipo de conocimiento señalado antes. Las afirmaciones anteriores sobre el conocimiento y el amor de Cristo están en relación con la manera en que se ha producido nuestra Redención.