TESIS 23 (2)
FORMULACIÓN CONCILIAR
Y TEOLÓGICA DE LA ENCARNACIÓN
1La Iglesia ha propuesto el Misterio del Hijo
de Dios hecho hombre a partir de la Revelación y 2en diversos
concilios lo ha formulado en términos de la única
persona o hipóstasis divina del Verbo en dos naturalezas completas y
perfectas, divina y humana, sin
confusión y sin separación. 3La encarnación es una acción trinitaria salvífica, aunque la
naturaleza humana de Cristo sólo está unida hipostáticamente al Verbo, lo que tiene una serie de consecuencias.
1. sentido De los Dogmas sobre Cristo
1.1 Declaraciones apoyadas
en la Escritura
1.2 Críticas hechas contra estos dogmas
2. formulación Dogmática
en los grandes Concilios
3. Teología de la encarnación
3.1 La encarnación como acontecimiento trinitario salvífico
3.2 La persona divina de Jesucristo en sus dos naturalezas
3.3 La verdadera
humanidad de Cristo
3.4 Conocimiento y voluntad de Cristo
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CEC 456-483; Compendio 85-93
Concilio de Éfesoo, Anatematismos de Cirilo de Alejandría (12.430) DS 252-263
Concilio de Calcedonia, Definición (22.10.451) DS 300-302
Concilio II de Constantinopla, Anatematismos contra los Tres Capítulos
(2.6.553) 1-10 DS 421-432
Congregación para la
Doctrina DE la FE, Declaración Mysterium
Filii Dei
(21.2.1972), 2-4 en Doc. 10,2-5
iD.,
Declaración Dominus Jesus (6.8.2000),
9-15 en Doc. 90,22-45
iD., Notificación Después de un primer examen (26.11.2006), 2-8 en Doc. 106,5-30 S.Th. III, qq.1-19
[1,2,7,9,15]
3.1 La Encarnación como acontecimiento Trinitario salvífico
El misterio de la Encarnación y el misterio trinitario están en
íntima y recíproca relación.
La Trinidad encuentra en la Encarnación su expresión y su prolongación ad extra. El Hijo se ha encarnado por la acción
común de toda la Trinidad (acción trinitaria indivisa), aunque la humanidad
de Cristo sólo está
unida hipostáticamente al Hijo, no al Padre
o al Espíritu Santo.
El Verbo se ha encarnado no porque Dios tenía que actuar
así, sino porque Dios lo ha querido así. En abstracto,
cualquiera de las Personas divinas podría haberse encarnado, pues cualquiera de Ellas podría
hacer subsistir una naturaleza humana, aunque para el plan de salvación haya resultado más conveniente la Encarnación del Hijo.
El centro del designio divino es Cristo; esta verdad se
encuentra en todo el NT y de una
manera particular en los himnos de Ef y Col y en el mismo prólogo de san Juan.
Al mismo tiempo hay una insistencia grande en que es nuestro
redentor, de modo que parece
que su venida depende del pecado, y en
ese sentido no sería ya el proyecto
inicial de Dios. Todo
esto se entiende mejor si
se advierte que la Providencia tiene en cuenta las deficiencias de las
libertades creadas para realizar su proyecto.
El conocimiento divino,
que trasciende todo, y su voluntad, es capaz de incluir los
pecados, que nunca son causados por Dios, en el plan de su providencia. De este modo para que toda la creación parta de Cristo y tienda hacia Cristo no es necesario
que la Encarnación haya sido querida y
pensada independientemente del pecado: Dios no ha pensado en un Cristo abstracto,
sino en Jesucristo, el Verbo encarnado que ha venido como salvador y redentor del mundo.
El que Cristo sea el fin de la creación no
quiere decir que no se deban distinguir diversos niveles con una cierta autonomía cada uno. Se suele distinguir el orden
de la creación o de la naturaleza, el orden de la gracia,
que supone una participación
u orden especial a Dios en sí mismo y orden hipostático, que se da en Cristo,
con una unión del todo particular entre
la humanidad y la divinidad. Cada uno de los órdenes
referidos es una cierta comunicación de Dios, pero la máxima es la Encarnación. Evidentemente se trata de algo gratuito respecto
a los otros dos, pues Dios no estaba
obligado a encarnarse.
Al tratar de los motivos de la Encarnación se advierte mejor esta estructura de la actuación
divina. Se puede decir que en el orden de la causa material, de los
acontecimientos, el pecado
es previo a la Encarnación, pero en el orden de la causa final, en la intención divina,
está ante todo la mayor comunicación de Dios, y en ese sentido la Encarnación es previa al pecado.
3.2
La Persona divina de Jesucristo en sus dos naturalezas: la unión hipostática
Para indicar la dualidad en Cristo se han empleado
los términos «sustancia» y
«naturaleza»; para indicar su unidad se empleó el concepto de «persona» o hipóstasis.
Esta unión no supone confusión de las dos naturalezas (contra el monofisismo),
ni unión extrínseca (contra el nestorianismo). Incluye la integridad de la naturaleza humana (contra el
apolinarismo), la realidad de su naturaleza divina (contra el arrianismo), y una duplicidad de voluntades y
operaciones naturales (contra el
monoenergismo y monotelismo). Es una unión hipostática, se realiza en la persona (hypóstasis) divina
del Verbo.
A la pregunta
«qué es Jesucristo» se responde «es en dos naturalezas, humana
y divina». A la pregunta
«quién es Jesucristo» se responde «la persona divina
del Hijo de Dios hecho hombre».
Con el término unión hipostática se
designa la unión que se produce entre la persona divina del Verbo y la naturaleza humana de Jesucristo. Toda la dificultad se encuentra en que nos hallamos
ante una naturaleza humana que no subsiste por una persona humana. Esto nos lleva a distinguir
entre persona y naturaleza humana, distinción que de otro modo se nos escaparía.
Se trata pues de que en Cristo esta naturaleza humana
individual no tiene
en sí misma el principio de subsistencia, sino que subsiste
en la persona eterna del Verbo, es decir, está en
hipostasiada en la persona del Verbo. Esto no elimina la realidad de la
naturaleza humana de Cristo, que es completa, con todas sus características.
En Cristo sólo hay una filiación, que es la del Hijo eterno, porque
la única persona es la divina. Afirmar que en
cuanto Dios es hijo natural y en cuanto hombre hijo adoptivo de Dios supone no reconocer la
unión hipostática, porque la
filiación se refiere a la única persona (la divina) que hay en Cristo.
Sobre su humanidad
reposa el Espíritu de adopción y por ello, como veremos en el siguiente
apartado, está lleno de la gracia santificante, pero dicha gracia, que en las personas humanas hace que sean hijas adoptivas de Dios (pues participan así de la naturaleza divina)
en Cristo no da lugar a una filiación adoptiva,
por cuanto su humanidad está unida hipostáticamente al Verbo y el único
principio de subsistencia es el Verbo, Hijo natural
del Padre.
Las afirmaciones sobre la unión hipostática
se oponen a considerar a Cristo como si fuera una persona humana en la que Dios estaría presente
de modo especial: la Iglesia
ha rechazado esta explicación (Mysterium filii Dei). A veces lo que subyace en ese tipo de teorías
es la idea de que en el fondo la esencia más profunda del hombre es ser Dios,
ya que el hombre sería como una manifestación o autoexpresión de Dios.
En ese caso Cristo sería verdadero Dios por ser verdadero hombre,
es decir, el hombre que ha captado
la verdadera trascendencia humana, pero tales explicaciones parecen caer en un cierto
semipanteísmo o falta
de distinción entre Dios y el hombre.
3.3
La verdadera humanidad
de Cristo.
Cristo tiene verdadera
naturaleza humana, es decir, un cuerpo y alma verdaderos, con todo lo que esto conlleva,
aunque, al mismo tiempo, está unida hipostáticamente al Verbo. No se puede olvidar que Cristo es nuestro mediador
y salvador, y por ello es verdaderamente hombre.
Además de la unión hipostática, que es una gracia (no puede ser merecida), también
hay que hablar en Cristo de gracia
santificante, pues se trataba de una verdadera humanidad, que debía ser divinizada en su naturaleza mediante los dones sobrenaturales como nosotros.
Por otra parte la misma gracia de Cristo se denomina capital, pues, en cuanto hombre
es la cabeza del género humano que participa de esa vida de Dios y la comunica
a la humanidad.
Aunque la naturaleza humana de Cristo
no conocía el pecado ni las consecuencias del pecado original,
sin embargo quiso asumir una naturaleza con la pasibilidad
y debilidad que tiene la nuestra (sed, fatiga, sueño) y en el alma, con los correspondientes afectos (tristeza, temor, amor, alegría).
En la humanidad de Cristo se daba un verdadero crecimiento en
cuanto que los dones divinos podían alcanzar cada vez más aspectos de su
naturaleza, especialmente en orden a la salvación, como cuando vemos que actúa movido por el
Espíritu Santo.
La misma glorificación de la Resurrección
conlleva el que aparece ya con la gloria propia
del Hijo eterno
en su humanidad, lo cual,
salvo excepciones, no sucedía en su vida terrena anterior. No obstante su identidad fundamental:
el ser el Hijo eterno de Dios encarnado es la misma desde su Encarnación.
3.4
Conocimiento
y voluntad de Cristo.
En un tratamiento clásico se ha hablado de Cristo como poseedor de tres tipos
de conocimiento: en primer lugar Visión
de Dios o conocimiento inmediato de Dios, contemplando la esencia divina (no la denominamos beatífica
pues no extendía sus efectos beatificantes a toda la naturaleza humana de Cristo);
en la esencia divina podía conocer
toda una serie de realidades presentes y futuras.
Sin este
tipo de conocimiento Cristo no podría saber con certeza, en cuanto hombre, cuál era su identidad divina
más profunda, ni conocer perfectamente lo que tenía que revelar, de manera que sin él
quedaría reducido a un mero profeta. Ciencia Infusa, conocimientos infundidos por
Dios, como en los ángeles, o en los profetas.
En tercer lugar ciencia
adquirida, por su aprendizaje, como en el resto de los hombres. Nos resulta complejo imaginar
cómo estos conocimientos podían estar a la vez en Cristo,
pero esto no es extraño,
pues no tenemos
la experiencia de ser el Hijo eterno encarnado. Por lo demás el objeto
de estos conocimientos son realidades distintas
entre sí (por ejemplo, la Esencia divina
y su Persona en el ser
más
profundo sólo se puede conocer por la visión, mientras que conocimientos habituales en la vida ordinaria se pueden adquirir
por el aprendizaje).
Algunos autores han acentuado la ignorancia de Cristo, hasta el
punto de sostener que desconocía su
identidad divina, el fin del mundo, y que nunca pretendió fundar una Iglesia. Una lectura atenta
de los mismos datos bíblicos
da a entender que Cristo, como
hombre, veía a su Padre, no tenía fe en él, pues de otra forma difícilmente podía haber sido más que un profeta.
La visión inmediata de Dios no es incompatible con el sufrimiento pues no se extendía a toda
su humanidad la felicidad que conlleva, sino que dicha gloria estaba como detenida hasta su Resurrección, y sólo se
mostraba en algunos momentos (caso de la transfiguración). Por lo demás sabemos que en la experiencia de los místicos
el conocimiento del pecado produce un gran dolor, precisamente
porque su unión con Dios les permite captar
la gravedad del pecado de la humanidad.
En Cristo hay verdadera voluntad humana y una gran libertad que consiste en su obediencia al Padre. La imposibilidad de pecar (impecabilidad) en razón de la
unión hipostática, no quiere decir falta de libertad, sino más bien perfección de la
misma voluntad, que se define por la tendencia al bien, no al mal.
Su ofrecimiento meritorio al Padre por nuestra salvación conlleva
la libertad, y la prueba
a la que ha sido sometido Cristo, como muestra el episodio de Getsemaní o las tentaciones del desierto. En esos momentos
aparece claramente la distinción entre
la voluntad humana
y la voluntad divina de Cristo, que actúan en comunión.
Conviene recordar que para su misión redentora debía conocer y amar a todos
los hombres de todos los tiempos, lo cual sólo es posible
mediante ese tipo de conocimiento
señalado antes. Las afirmaciones anteriores sobre el conocimiento y el amor de Cristo están en
relación con la manera en que se ha producido
nuestra Redención.