Tema
336
CAPITULO
5. Un desafio permanente
103-104
Un desafio permanente
105-107
El buen samaritano de nuevo
108-114
Un desafío ineludible para la Iglesia de hoy
115-121 Aún hoy, dar
CAPÍTULO QUINTO
UN DESAFÍO PERMANENTE
103. He decidido
recordar esta bimilenaria historia de atención eclesial a los pobres y con los
pobres para mostrar que ésta forma parte esencial del camino ininterrumpido de
la Iglesia.
El cuidado de los pobres
forma parte de la gran Tradición de la Iglesia, como un faro de luz que, desde
el Evangelio, ha iluminado los corazones y los pasos de los cristianos de todos
los tiempos. Por tanto, debemos sentir la urgencia de invitar a todos a
sumergirse en este río de luz y de vida que proviene del reconocimiento de
Cristo en el rostro de los necesitados y de los que sufren.
El amor a los pobres es
un elemento esencial de la historia de Dios con nosotros y, desde el corazón de
la Iglesia, prorrumpe como una llamada continua en los corazones de los
creyentes, tanto en las comunidades como en cada uno de los fieles.
La Iglesia, en cuanto
Cuerpo de Cristo, siente como su propia “carne” la vida de los pobres, que son
parte privilegiada del pueblo que va en camino. Por esta razón, el amor a los
que son pobres —en cualquier modo en que se manifieste dicha pobreza— es la
garantía evangélica de una Iglesia fiel al corazón de Dios.
De hecho, cada
renovación eclesial ha tenido siempre como prioridad la atención preferencial
por los pobres, que se diferencia, tanto en las motivaciones como en el estilo,
de las actividades de cualquier otra organización humanitaria.
104. El cristiano no
puede considerar a los pobres sólo como un problema social; estos son una
“cuestión familiar”, son “de los nuestros”. Nuestra relación con ellos no se
puede reducir a una actividad o a una oficina de la Iglesia.
Como enseña la
Conferencia de Aparecida, «se nos pide dedicar tiempo a los pobres, prestarles
una amable atención, escucharlos con interés, acompañarlos en los momentos más
difíciles, eligiéndolos para compartir horas, semanas o años de nuestra vida, y
buscando, desde ellos, la transformación de su situación. No podemos olvidar
que el mismo Jesús lo propuso con su modo de actuar y con sus palabras». [114]
El buen samaritano de
nuevo
105. La cultura
dominante de los inicios de este milenio instiga a abandonar a los pobres a su
propio destino, a no juzgarlos dignos de atención y mucho menos de aprecio.
En la encíclica Fratelli tutti el Papa Francisco nos invitaba a reflexionar sobre la
parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,25-37), precisamente
para profundizar en este punto. En dicha parábola vemos que, frente a aquel
hombre herido y abandonado en el camino, las actitudes de aquellos que pasan
son distintas.
Sólo el buen samaritano
se ocupa de cuidarlo. Entonces vuelve la pregunta que interpela a cada uno en
primera persona: «¿Con quién te identificas? Esta pregunta es cruda, directa y
determinante. ¿A cuál de ellos te pareces? Nos hace falta reconocer la
tentación que nos circunda de desentendernos de los demás; especialmente de los
más débiles.
Digámoslo, hemos crecido
en muchos aspectos, aunque somos analfabetos en acompañar, cuidar y sostener a
los más frágiles y débiles de nuestras sociedades desarrolladas. Nos
acostumbramos a mirar para el costado, a pasar de lado, a ignorar las
situaciones hasta que estas nos golpean directamente». [115]
106. Y nos hace mucho
bien descubrir que aquella escena del buen samaritano se repite también hoy.
Recordemos esta situación de nuestros días: «Cuando encuentro a una persona
durmiendo a la intemperie, en una noche fría, puedo sentir que ese bulto es un
imprevisto que me interrumpe, un delincuente ocioso, un estorbo en mi camino,
un aguijón molesto para mi conciencia, un problema que deben resolver los
políticos, y quizá hasta una basura que ensucia el espacio público.
O puedo reaccionar desde
la fe y la caridad, y reconocer en él a un ser humano con mi misma dignidad, a
una creatura infinitamente amada por el Padre, a una imagen de Dios, a un
hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos! ¿O acaso puede
entenderse la santidad al margen de este reconocimiento vivo de la dignidad de
todo ser humano?». [116] ¿Qué
hizo el buen samaritano?
107. La pregunta se vuelve
urgente, porque nos ayuda a darnos cuenta de una grave falta en nuestras
sociedades y también en nuestras comunidades cristianas.
El hecho es que muchas
formas de indiferencia que hoy encontramos «son signos de un estilo de vida
generalizado, que se manifiesta de diversas maneras, quizás más sutiles.
Además, como todos estamos muy concentrados en nuestras propias necesidades,
ver a alguien sufriendo nos molesta, nos perturba, porque no queremos perder
nuestro tiempo por culpa de los problemas ajenos.
Estos son síntomas de
una sociedad enferma, porque busca construirse de espaldas al dolor. Mejor no
caer en esa miseria. Miremos el modelo del buen samaritano». [117] Las
últimas palabras de la parábola evangélica —«Ve, y procede tú de la misma
manera» ( Lc 10,37)— son un mandamiento que un cristiano debe
oír resonar cada día en su corazón.
Un desafío ineludible
para la Iglesia de hoy
108. En una época
particularmente difícil para la Iglesia de Roma, cuando las instituciones
imperiales estaban colapsando bajo la presión de los bárbaros, san Gregorio
Magno amonestaba a sus fieles de este modo: «Todos los días, si lo buscamos,
hallamos a Lázaro, y, aunque no lo busquemos, le tenemos a la vista. Ved que a
todas horas se presentan los pobres y que ahora nos piden ellos, que luego
vendrán como intercesores nuestros. [...] No perdáis el tiempo de la
misericordia; no hagáis caso omiso de los remedios que habéis recibido». [118]
No sin valentía, él
desafiaba los prejuicios generalizados hacia los pobres, como los de quienes
los consideraban responsables de su propia miseria: «Cuando veis que algunos
pobres hacen algunas cosas reprensibles: no los despreciéis, no desconfiéis,
porque tal vez la fragua de la pobreza purifica el exceso de alguna maldad
pequeñísima que los mancha». [119]
No pocas veces, la
riqueza nos vuelve ciegos, hasta el punto de pensar que nuestra felicidad sólo
puede realizarse si logramos prescindir de los demás. En esto, los pobres
pueden ser para nosotros como maestros silenciosos, devolviendo nuestro orgullo
y arrogancia a una justa humildad.
109. Si es verdad que
los pobres son sostenidos por quienes tienen medios económicos, también se
puede afirmar con certeza lo contrario. Esta es una sorprendente experiencia
corroborada por la misma tradición cristiana y que se vuelve un verdadero punto
de inflexión en nuestra vida personal, cuando caemos en la cuenta de que
justamente los pobres son quienes nos evangelizan.
¿De qué manera? Los
pobres, en el silencio de su misma condición, nos colocan frente a la realidad
de nuestra debilidad. El anciano, por ejemplo, con la debilidad de su cuerpo,
nos recuerda nuestra vulnerabilidad, aun cuando buscamos esconderla detrás del
bienestar o de la apariencia.
Además, los pobres nos
hacen reflexionar sobre la precariedad de aquel orgullo agresivo con el que
frecuentemente afrontamos las dificultades de la vida. En esencia, ellos
revelan nuestra fragilidad y el vacío de una vida aparentemente protegida y
segura.
Al respecto, volvemos a
escuchar estas palabras de san Gregorio Magno: «Nadie, pues, se cuente seguro
diciendo: Ea, yo no robo lo ajeno, sino que disfruto buenamente de los bienes
que he recibido; porque este rico no fue castigado precisamente por robar lo
ajeno, sino porque malamente reservó para sí solo los bienes que había
recibido. También le llevó al infierno esto: el no vivir temeroso en medio de
su felicidad, el hacer servir a su arrogancia los dones recibidos, el no tener
entrañas de caridad». [120]
110. Para nosotros
cristianos, la cuestión de los pobres conduce a lo esencial de nuestra fe. La
opción preferencial por los pobres, es decir, el amor de la Iglesia hacia
ellos, como enseñaba san Juan Pablo II, «es determinante y
pertenece a su constante tradición, la impulsa a dirigirse al mundo en el cual,
no obstante el progreso técnico-económico, la pobreza amenaza con alcanzar
formas gigantescas». [121]
La realidad es que los
pobres para los cristianos no son una categoría sociológica, sino la misma
carne de Cristo. En efecto, no es suficiente limitarse a enunciar en modo
general la doctrina de la encarnación de Dios; para adentrarse en serio en este
misterio, en cambio, es necesario especificar que el Señor se hace carne, carne
que tiene hambre, que tiene sed, que está enferma, encarcelada. «Una Iglesia
pobre para los pobres empieza con ir hacia la carne de Cristo. Si vamos hacia la
carne de Cristo, comenzamos a entender algo, a entender qué es esta pobreza, la
pobreza del Señor. Y esto no es fácil». [122]
111. El corazón de la
Iglesia, por su misma naturaleza, es solidario con aquellos que son pobres,
excluidos y marginados, con aquellos que son considerados un “descarte” de la
sociedad. Los pobres están en el centro de la Iglesia, porque es desde la «fe
en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, [que] brota
la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la
sociedad». [123]
En el corazón de cada
fiel se encuentra «la exigencia de escuchar este clamor [que] brota de la misma
obra liberadora de la gracia en cada uno de nosotros, por lo cual no se trata
de una misión reservada sólo a algunos». [124]
112. A veces se percibe
en algunos movimientos o grupos cristianos la carencia o incluso la ausencia
del compromiso por el bien común de la sociedad y, en particular, por la
defensa y la promoción de los más débiles y desfavorecidos. A este respecto, es
necesario recordar que la religión, especialmente la cristiana, no puede
limitarse al ámbito privado, como si los fieles no tuvieran que preocuparse
también de los problemas relativos a la sociedad civil y de los acontecimientos
que afectan a los ciudadanos. [125]
113. En realidad,
«cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir
tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficiencia para que los
pobres vivan con dignidad y para incluir a todos, también correrá el riesgo de
la disolución, aunque hable de temas sociales o critique a los gobiernos.
Fácilmente terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con
prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con discursos vacíos». [126]
114. No estamos hablando
sólo de la asistencia y del necesario compromiso por la justicia. Los creyentes
deben darse cuenta de otra forma de incoherencia respecto a los pobres. En
verdad, «la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención
espiritual […]. La opción preferencial por los pobres debe traducirse
principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria». [127]
No obstante, esta
atención espiritual hacia los pobres es puesta en discusión por ciertos
prejuicios, también por parte de cristianos, porque nos sentimos más a gusto
sin los pobres. Hay quienes siguen diciendo: “Nuestra tarea es rezar y enseñar
la verdadera doctrina”. Pero, desvinculando este aspecto religioso de la
promoción integral, agregan que sólo el gobierno debería encargarse de ellos, o
que sería mejor dejarlos en la miseria, para que aprendan a trabajar.
A veces, sin embargo, se
asumen criterios pseudocientíficos para decir que la libertad de mercado traerá
espontáneamente la solución al problema de la pobreza. O incluso, se opta por
una pastoral de las llamadas élites, argumentando que, en vez de perder el
tiempo con los pobres, es mejor ocuparse de los ricos, de los poderosos y de
los profesionales, para que, por medio de ellos, se puedan alcanzar soluciones
más eficaces.
Es fácil percibir la
mundanidad que se esconde detrás de estas opiniones; estas nos llevan a
observar la realidad con criterios superficiales y desprovistos de cualquier
luz sobrenatural, prefiriendo círculos sociales que nos tranquilizan o buscando
privilegios que nos acomodan.
Aún hoy, dar
115. Es bueno dedicar
una última palabra a la limosna, que hoy no goza de buena fama, a menudo
incluso entre los creyentes. No sólo no se practica, sino que además se
desprecia. Por un lado, confirmo que la ayuda más importante para una persona
pobre es promoverla a tener un buen trabajo, para que pueda ganarse una vida
más acorde a su dignidad, desarrollando sus capacidades y ofreciendo su
esfuerzo personal.
El hecho es que «la
falta de trabajo es mucho más que la falta de una fuente de ingresos para poder
vivir. El trabajo es también esto, pero es mucho, mucho más. Trabajando
nosotros nos hacemos más persona, nuestra humanidad florece, los jóvenes se
convierten en adultos solamente trabajando.
La Doctrina Social de la Iglesia ha visto siempre
el trabajo humano como participación en la creación que continúa cada día,
también gracias a las manos, a la mente y al corazón de los
trabajadores». [128] Por
otro lado, si aún no existe esta posibilidad concreta, no podemos correr el
riesgo de dejar a una persona abandonada a su suerte, sin lo indispensable para
vivir dignamente. Y, por tanto, la limosna sigue siendo un momento necesario de
contacto, de encuentro y de identificación con la situación de los demás.
116. Es evidente, para
quien ama de verdad, que la limosna no exime de sus responsabilidades a las
autoridades competentes, ni elimina el compromiso organizado de las
instituciones, y mucho menos sustituye la lucha legítima por la justicia. Sin
embargo, invita al menos a detenerse y a mirar al pobre a la cara, a tocarle y
compartir con él algo de lo suyo.
De cualquier manera, la
limosna, por pequeña que sea, infunde pietas en una vida
social en la que todos se preocupan de su propio interés personal. Dice el
libro de los Proverbios: «El hombre generoso será bendecido, porque comparte su
pan con el pobre» (Pr 22,9).
117. Tanto el Antiguo
como el Nuevo Testamento contienen auténticos himnos a la limosna: «Pero tú sé
indulgente con el humilde y no le hagas esperar tu limosna, […] que el tesoro
encerrado en tus graneros sea la limosna, y ella te preservará de todo mal» (Si 29,8.12).
Y Jesús retoma esta enseñanza: «Vendan sus bienes y denlos como limosna.
Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo»
(Lc 12,33).
118. A san Juan
Crisóstomo se le atribuía esta exhortación: «La limosna es el ala de la
oración; si no le das alas a la oración, no volará». [129] Y
san Gregorio Nacianceno concluía una de sus célebres oraciones con estas
palabras: «En verdad, si en algo confiáis en mí, siervos de Cristo, hermanos y
coherederos, mientras llega el momento, visitemos a Cristo, curemos a Cristo,
alimentemos a Cristo, vistamos a Cristo, hospedemos a Cristo, honremos a
Cristo; no sólo en la mesa, como algunos; ni con perfumes, como María; no sólo
en el sepulcro, como José de Arimatea; ni con lo relativo a la sepultura, como
Nicodemo, que amaba a Cristo a medias; ni con oro, incienso y mirra, como los
Magos, anteriores a los mencionados;
sino puesto que el Señor
del universo quiere misericordia y no sacrificio […], ofrezcámosle esa
compasión por medio de los necesitados y de los que ahora se encuentran
arrojados por tierra, para que, cuando salgamos de aquí abajo, seamos recibidos
en las moradas eternas». [130]
119. Hay que alimentar
el amor y las convicciones más profundas, y eso se hace con gestos. Permanecer
en el mundo de las ideas y las discusiones, sin gestos personales, asiduos y
sinceros, sería la perdición de nuestros sueños más preciados. Por esta
sencilla razón, como cristianos, no renunciamos a la limosna. Es un gesto que
se puede hacer de diferentes formas, y que podemos intentar hacer de la manera
más eficaz, pero es preciso hacerlo. Y siempre será mejor hacer algo que no
hacer nada. En todo caso nos llegará al corazón.
No será la solución a la pobreza mundial, que
hay que buscar con inteligencia, tenacidad y compromiso social. Pero
necesitamos practicar la limosna para tocar la carne sufriente de los pobres.
120. El amor cristiano
supera cualquier barrera, acerca a los lejanos, reúne a los extraños,
familiariza a los enemigos, atraviesa abismos humanamente insuperables, penetra
en los rincones más ocultos de la sociedad. Por su naturaleza, el amor
cristiano es profético, hace milagros, no tiene límites: es para lo imposible.
El amor es ante todo un modo de concebir la vida, un modo de vivirla. Pues
bien, una Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que
combatir, sino sólo hombres y mujeres a los que amar, es la Iglesia que el
mundo necesita hoy.
121. Ya sea a través del
trabajo que ustedes realizan, o de su compromiso por cambiar las estructuras
sociales injustas, o por medio de esos gestos sencillos de ayuda, muy cercanos
y personales, será posible para aquel pobre sentir que las palabras de Jesús
son para él: «Yo te he amado» (Ap 3,9).
Dado en Roma, junto a
San Pedro, el 4 de octubre, memoria de san Francisco de Asís, del año 2025,
primero de mi Pontificado. LEÓN PP. XIV
Notas a pie de pàgina:
[114] V Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de
Aparecida (29 junio 2007), n. 397, p. 182.
[115] Francisco, Carta
enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 64: AAS 112
(2020), 992.
[116] Id., Exhort.
ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 98: AAS 110
(2018), 1137.
[117] Id., Carta
enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 65-66: AAS 112
(2020), 992.
[118] S. Gregorio
Magno, Homilía 40, 10: SCh 522, París 2008,
552-554.
[119] Ibíd.,
6: SCh 522, 546.
[120] Ibíd.,
3: SCh 522, 536.
[121] S. Juan Pablo II,
Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 57: AAS 83
(1991) 862-863.
[122] Francisco, Vigilia de Pentecostés con los movimientos eclesiales (18
mayo 2013): L’Osservatore Romano, ed.
semanal en lengua española, 24 mayo 2013, 6.
[123] Id., Exhort.
ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 186: AAS 105
(2013), 1098.
[124] Ibíd.,
188: AAS 105 (2013), 1099.
[125] Cf. ibíd.,
182-183: AAS 105 (2013), 1096-1097.
[126] Ibíd.,
207: AAS 105 (2013), 1107.
[127] Ibíd.,
200: AAS 105 (2013), 1104.
[128] Id., Discurso en ocasión del encuentro con el mundo del trabajo
en el establecimiento siderúrgico ILVA en Génova (27 mayo 2017): AAS 109
(2017), 613.
[129] Pseudocrisóstomo, Homilia
de jejunio et eleemosyna: PG 48, 1060.
[130] S. Gregorio
Nacianceno, Oratio XIV, 40: PG 35, París
1886, 910.