Tema 335
CAPÍTULO
4. Una historia que continua
82-89
El siglo de la Doctrina
Social de la Iglesia
90-98
Estructuras de pecado que causan pobreza y desigualdades extremes
99-102
Los pobres como sujetos
CAPÍTULO CUARTO
UNA HISTORIA QUE
CONTINÚA
El siglo de la Doctrina Social de la Iglesia
82. La aceleración de
las transformaciones tecnológicas y sociales de los últimos dos siglos, llena
de trágicas contradicciones, no sólo ha sido sufrida, sino también afrontada y pensada
por los pobres. Los movimientos de trabajadores, de mujeres y de jóvenes, así
como la lucha contra la discriminación racial, han dado lugar a una nueva
conciencia de la dignidad de los marginados.
También el aporte de
la Doctrina Social de la Iglesia tiene en sí esta
raíz popular que no se debe olvidar; sería inimaginable su relectura de la
revelación cristiana en las modernas circunstancias sociales, laborales,
económicas y culturales sin los laicos cristianos lidiando con los desafíos de
su tiempo. A su lado trabajaron religiosas y religiosos, testigos de una
Iglesia en salida de los caminos ya recorridos.
El cambio de época que
estamos afrontando hace hoy aún más necesaria la continua interacción entre los
bautizados y el Magisterio, entre los ciudadanos y los expertos, entre el
pueblo y las instituciones. En particular, se reconoce nuevamente que la realidad
se ve mejor desde los márgenes y que los pobres son sujetos de una inteligencia
específica, indispensable para la Iglesia y la humanidad.
83. El Magisterio de los
últimos ciento cincuenta años ofrece una auténtica fuente de enseñanzas
referidas a los pobres. De ese modo, los Obispos de Roma se han hecho voz de
nuevas conciencias, tomadas en consideración para el discernimiento eclesial.
Por ejemplo, en la carta encíclica Rerum novarum (1891), León XIII afrontó la
cuestión del trabajo, poniendo al descubierto la situación intolerable de
muchos obreros de la industria, proponiendo la instauración de un orden social
justo. Otros pontífices también se han expresado en esta misma línea.
Con la encíclica Mater et Magistra (1961) san Juan XXIII se hizo promotor
de una justicia de dimensiones mundiales: los países ricos no podían permanecer
indiferentes ante los países oprimidos por el hambre y la miseria, sino que
estaban llamados a socorrerlos generosamente con todos sus recursos.
84. El Concilio Vaticano II representa una
etapa fundamental en el discernimiento eclesial en relación a los pobres, a la
luz de la Revelación. Si bien en los documentos preparatorios este tema fue
marginal, desde el radiomensaje del 11 de septiembre de 1962, a un mes de la apertura
del Concilio, san Juan XXIII centró la atención
sobre el mismo con palabras inolvidables: «La Iglesia se presenta como es y
como quiere ser, como Iglesia de todos, en particular como la Iglesia de los
pobres». [76]
Fue pues el gran trabajo
de obispos, teólogos y expertos preocupados por la renovación de la Iglesia
―con el apoyo del mismo san Juan XXIII― lo que reorientó el Concilio. Es
fundamental la naturaleza cristocéntrica, es decir, doctrinal y no sólo social,
de tal fermento.
Numerosos padres
conciliares, en efecto, favorecieron la consolidación de la conciencia, bien
expresada por el cardenal Lercaro en su memorable intervención del 6 de
diciembre de 1962, de que «el misterio de Cristo en la Iglesia es siempre, pero
sobre todo hoy, el misterio de Cristo en los pobres», [77] y
de que «no se trata de un tema más, sino que en cierto sentido es el único tema
de todo el Vaticano II». [78]
El arzobispo de Bolonia,
preparando el texto de esta intervención, anotaba: «Esta es la hora de los
pobres, de los millones de pobres que están en toda la tierra, esta es la hora
del misterio de la Iglesia madre de los pobres, esta es la hora del misterio de
Cristo sobre todo en el pobre». [79]
Se perfilaba de ese modo
la necesidad de una nueva forma eclesial, más sencilla y sobria, que implicase
a todo el pueblo de Dios y a su figura histórica. Una Iglesia más semejante a
su Señor que a las potencias mundanas, dirigida a estimular en toda la
humanidad un compromiso concreto para resolver el gran problema de la pobreza
en el mundo.
85. San
Pablo VI, con ocasión de la apertura de la segunda sesión del
Concilio, retomó el tema planteado por su predecesor respecto a la Iglesia que
mira con particular interés «a los pobres, a los necesitados, a los afligidos,
a los hambrientos, a los enfermos, a los encarcelados, es decir, mira a toda la
humanidad que sufre y que llora; ésta le pertenece por derecho
evangélico». [80]
En la Audiencia general del 11 de noviembre de 1964, subrayó que «el pobre
es representante de Cristo» y, acercando la imagen del Señor en los últimos a
la que se manifiesta en el Papa, afirmó: «La representación de Cristo en el
pobre es universal, todo pobre refleja a Cristo; la del Papa es personal. […]
El pobre y Pedro pueden coincidir, pueden ser la misma persona, revestida de
una doble representación: la de la pobreza y la de la autoridad». [81] De
ese modo, el vínculo intrínseco entre la Iglesia y los pobres era expresado
simbólicamente con una original claridad.
86. En la constitución pastoral Gaudium et spes, actualizando la
herencia de los Padres de la Iglesia , el Concilio afirmó con
fuerza el destino universal de los bienes de la tierra y la función social de
la propiedad que deriva de ello:
«Dios ha destinado la tierra y cuanto ella
contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes
creados deben llegar a todos […]. Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe
tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas,
sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él
solamente, sino también a los demás. Por lo demás, el derecho a poseer una
parte de bienes suficiente para sí mismos y para sus familias es un derecho que
a todos corresponde. […] Quien se halla en situación de necesidad extrema tiene
derecho a tomar de la riqueza ajena lo necesario para sí. […] La misma
propiedad privada tiene también, por su misma naturaleza, una índole social,
cuyo fundamento reside en el destino común de los bienes. Cuando esta índole
social es descuidada, la propiedad muchas veces se convierte en ocasión de
ambiciones y graves desórdenes». [82]
Esta convicción fue
impulsada nuevamente por san Pablo VI en la encíclica Populorum progressio, donde leemos que nadie
puede considerarse autorizado a «reservarse en uso exclusivo lo que supera a la
propia necesidad cuando a los demás les falta lo necesario». [83] En
su intervención en las Naciones Unidas, el Papa Montini se presentó como el
abogado de los pueblos pobres, [84] solicitando
a la comunidad internacional la edificación de un mundo solidario.
87. Con san Juan Pablo II se consolida, al
menos en el ámbito doctrinal, la relación preferencial de la Iglesia con los
pobres. Su magisterio ha reconocido, en efecto, que la opción por los pobres es
una «forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana,
de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia». [85]
En la encíclica Sollicitudo rei socialis escribe también
que hoy, vista la dimensión mundial que ha adquirido la cuestión social, «este
amor preferencial, con las decisiones que nos inspira, no puede dejar de
abarcar a las inmensas muchedumbres de hambrientos, mendigos, sin techo, sin
cuidados médicos y, sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor: no se puede
olvidar la existencia de esta realidad. Ignorarlo significaría parecernos al
“rico epulón” que fingía no conocer al mendigo Lázaro, postrado a su puerta
(cf. Lc 16,19-31)». [86]
Su enseñanza sobre el
trabajo adquiere importancia cuando queremos pensar en el rol activo de los
pobres en la renovación de la Iglesia y de la sociedad, dejando atrás el
paternalismo de la mera asistencia de sus necesidades inmediatas. En la encíclica Laborem exercens afirma que «el
trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión
social». [87]
88. Frente a las
múltiples crisis que han caracterizado el comienzo del tercer milenio, la
lectura de Benedicto XVI se hace más
marcadamente política. Así, en la carta encíclica Caritas in veritate afirma que «se ama
al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común que
responda también a sus necesidades reales». [88]
Además, observa que «el
hambre no depende tanto de la escasez material, cuanto de la insuficiencia de
recursos sociales, el más importante de los cuales es de tipo institucional. Es
decir, falta un sistema de instituciones económicas capaces, tanto de asegurar
que se tenga acceso al agua y a la comida de manera regular y adecuada desde el
punto de vista nutricional, como de afrontar las exigencias relacionadas con
las necesidades primarias y con las emergencias de crisis alimentarias reales,
provocadas por causas naturales o por la irresponsabilidad política nacional e
internacional». [89]
89. El Papa Francisco ha reconocido cómo, además del
magisterio de los Obispos de Roma, en los últimos decenios se han hecho cada
vez más frecuentes los posicionamientos adoptados por las Conferencias
episcopales nacionales y regionales al respecto.
Por ejemplo, él pudo
testimoniar en primera persona el compromiso particular del episcopado
latinoamericano al reflexionar sobre la relación de la Iglesia con los pobres.
En el período postconciliar, en casi todos los países de América Latina se
sintió fuertemente la identificación de la Iglesia con los pobres y la
participación activa en su rescate.
Fue el corazón mismo de
la Iglesia el que se conmovió ante tanta gente pobre que sufría desempleo,
subempleo, salarios inicuos y estaba obligada a vivir en condiciones
miserables. El martirio de san Óscar Romero, arzobispo de San Salvador, fue al
mismo tiempo un testimonio y una exhortación viva para la Iglesia. Él sintió
como propio el drama de la gran mayoría de sus fieles y los hizo el centro de
su opción pastoral.
Las Conferencias del
Episcopado Latinoamericano en Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida
constituyen etapas significativas también para toda la Iglesia. Yo mismo,
misionero durante largos años en Perú, debo mucho a este camino de
discernimiento eclesial, que el Papa Francisco ha sabido unir sabiamente al de
otras Iglesias particulares, especialmente las del Sur global. Ahora quisiera
referirme a dos temas específicos de este magisterio episcopal.
Estructuras de pecado
que causan pobreza y desigualdades extremas
90. En Medellín, los
obispos se pronunciaron en favor de la opción preferencial por los pobres:
«Cristo nuestro Salvador, no sólo amó a los pobres, sino que “siendo rico se
hizo pobre”, vivió en la pobreza, centró su misión en el anuncio a los pobres
de su liberación y fundó su Iglesia como signo de esa pobreza entre los
hombres. [...] La pobreza de tantos hermanos clama justicia, solidaridad,
testimonio, compromiso, esfuerzo y superación para el cumplimiento pleno de la
misión salvífica encomendada por Cristo». [90]
Los obispos afirmaron
con fuerza que la Iglesia, para ser plenamente fiel a su vocación, no sólo debe
compartir la condición de los pobres, sino también ponerse de su lado,
comprometiéndose diligentemente en su promoción integral. La Conferencia de
Puebla, ante el agravamiento de la pobreza en América Latina, confirmó la
decisión de Medellín con una opción franca y profética en favor de los pobres,
y calificó las estructuras de injusticia como “pecado social”.
91. La caridad es una
fuerza que cambia la realidad, una auténtica potencia histórica de cambio. Es
la fuente a la que debe hacer referencia todo compromiso para «resolver las
causas estructurales de la pobreza», [91] y
llevarlo a cabo urgentemente. Hago votos, por lo tanto, para «que crezca el
número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que se oriente
eficazmente a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de
nuestro mundo», [92] porque
«se trata de escuchar el clamor de pueblos enteros, de los pueblos más pobres
de la tierra». [93]
92. Por lo tanto, es
preciso seguir denunciando la “dictadura de una economía que mata” y reconocer
que «mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la
mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz.
Este desequilibrio
proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la
especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los
Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía
invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus
leyes y sus reglas». [94]
Aunque no faltan
diferentes teorías que intentan justificar el estado actual de las cosas, o
explicar que la racionalidad económica nos exige que esperemos a que las
fuerzas invisibles del mercado resuelvan todo, la dignidad de cada persona
humana debe ser respetada ahora, no mañana, y la situación de miseria de muchas
personas a quienes esta dignidad se niega debe ser una llamada constante para
nuestra conciencia.
93. En la encíclica Dilexit nos, el Papa Francisco ha recordado cómo el pecado social
toma la forma de “estructura de pecado” en la sociedad, que «muchas veces […]
se inserta en una mentalidad dominante que considera normal o racional lo que
no es más que egoísmo e indiferencia. Este fenómeno se puede definir
“alienación social”». [95]
Se vuelve normal ignorar
a los pobres y vivir como si no existieran. Se presenta como elección racional
organizar la economía pidiendo sacrificios al pueblo, para alcanzar ciertos
objetivos que interesan a los poderosos; mientras que a los pobres sólo les
quedan promesas de “gotas” que caerán, hasta que una nueva crisis global los
lleve de regreso a la situación anterior. Es una auténtica alienación aquella
que lleva sólo a encontrar excusas teóricas y no a tratar de resolver hoy los
problemas concretos de los que sufren.
Lo decía ya san Juan Pablo II: «Está alienada una
sociedad que, en sus formas de organización social, de producción y consumo,
hace más difícil la realización de esta donación y la formación de esa
solidaridad interhumana». [96]
94. Debemos
comprometernos cada vez más para resolver las causas estructurales de la
pobreza. Es una urgencia que «no puede esperar, no sólo por una exigencia
pragmática de obtener resultados y de ordenar la sociedad, sino para sanarla de
una enfermedad que la vuelve frágil e indigna y que sólo podrá llevarla a
nuevas crisis. Los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo
deberían pensarse como respuestas pasajeras». [97] La
falta de equidad «es raíz de los males sociales». [98] En
efecto, «muchas veces se percibe que, de hecho, los derechos humanos no son
iguales para todos». [99]
95. Resulta que «en el
vigente modelo “exitista” y “privatista” no parece tener sentido invertir para
que los lentos, débiles o menos dotados puedan abrirse camino en la
vida». [100] La
pregunta recurrente es siempre la misma: ¿los menos dotados no son personas
humanas? ¿Los débiles no tienen nuestra misma dignidad? ¿Los que nacieron con
menos posibilidades valen menos como seres humanos, y sólo deben limitarse a
sobrevivir?
De nuestra respuesta a
estos interrogantes depende el valor de nuestras sociedades y también nuestro
futuro. O reconquistamos nuestra dignidad moral y espiritual, o caemos como en
un pozo de suciedad.
Si no nos detenemos a
tomar las cosas en serio continuaremos así, de manera explícita o disimulada,
legitimando «el modelo distributivo actual, donde una minoría se cree con el
derecho de consumir en una proporción que sería imposible generalizar, porque
el planeta no podría ni siquiera contener los residuos de semejante
consumo». [101]
96. Entre las cuestiones
estructurales —que no es posible imaginar que se resuelvan de lo alto y que
requieren ser asumidas lo antes posible— está el tema de los lugares, los
espacios, las casas y las ciudades donde los pobres viven y transitan.
Lo sabemos, «¡qué
hermosas son las ciudades que superan la desconfianza enfermiza e integran a
los diferentes, y que hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo!
¡Qué lindas son las ciudades que, aun en su diseño arquitectónico, están llenas
de espacios que conectan, relacionan, favorecen el reconocimiento del
otro!». [102]
Al mismo tiempo, «no
podemos dejar de considerar los efectos de la degradación ambiental, del actual
modelo de desarrollo y de la cultura del descarte en la vida de las
personas». [103] De
hecho, «el deterioro del ambiente y el de la sociedad afectan de un modo
especial a los más débiles del planeta». [104]
97. Por consiguiente, es
responsabilidad de todos los miembros del pueblo de Dios hacer oír, de
diferentes maneras, una voz que despierte, que denuncie y que se exponga, aun a
costo de parecer “estúpidos”. Las estructuras de injusticia deben ser
reconocidas y destruidas con la fuerza del bien, a través de un cambio de
mentalidad, pero también con la ayuda de las ciencias y la técnica, mediante el
desarrollo de políticas eficaces en la transformación de la sociedad.
Siempre debe recordarse
que la propuesta del Evangelio no es sólo la de una relación individual e
íntima con el Señor. La propuesta es más amplia: «es el Reino de
Dios (cf. Lc 4,43); se trata de amar a Dios que reina en
el mundo. En la medida en que Él logre reinar entre nosotros, la vida social
será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos.
Entonces, tanto el anuncio como la experiencia cristiana tienden a provocar
consecuencias sociales. Buscamos su Reino». [105]
98. En fin, un documento
que al principio no fue bien acogido por algunos, nos ofrece una reflexión
siempre actual: «A los defensores de “la ortodoxia”, se dirige a veces el
reproche de pasividad, de indulgencia o de complicidad culpables respecto a
situaciones de injusticia intolerables y de los regímenes políticos que las
mantienen. La conversión espiritual, la intensidad del amor a Dios y al
prójimo, el celo por la justicia y la paz, el sentido evangélico de los pobres
y de la pobreza, son requeridos a todos, y especialmente a los pastores y a los
responsables. La preocupación por la pureza de la fe ha de ir unida a la
preocupación por aportar, con una vida teologal integral, la respuesta de un
testimonio eficaz de servicio al prójimo, y particularmente al pobre y al
oprimido». [106]
Los pobres como sujetos
99. Un don fundamental
para el camino de la Iglesia universal está representado por el discernimiento
de la Conferencia de Aparecida, donde los obispos latinoamericanos explicitaron
que la opción preferencial de la Iglesia por los pobres «está implícita en la
fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para
enriquecernos con su pobreza». [107]
En el documento se
contextualiza la misión en la actual situación del mundo globalizado, con sus
nuevos y dramáticos desequilibrios, [108] y
los obispos, en el mensaje final, escriben: «Las agudas diferencias entre ricos
y pobres nos invitan a trabajar con mayor empeño en ser discípulos que saben
compartir la mesa de la vida, mesa de todos los hijos e hijas del Padre, mesa
abierta, incluyente, en la que no falte nadie. Por eso reafirmamos nuestra
opción preferencial y evangélica por los pobres». [109]
100. Al mismo tiempo, el
documento —profundizando un tema ya presente en las Conferencias precedentes
del episcopado de América Latina— insiste en la necesidad de considerar a las
comunidades marginadas como sujetos capaces de crear su propia
cultura, más que como objetos de beneficencia. Esto implica
que dichas comunidades tienen el derecho de vivir el Evangelio, de celebrar y
comunicar la fe según los valores presentes en su cultura.
La experiencia de la
pobreza les da la capacidad para reconocer aspectos de la realidad que otros no
son capaces de ver, y por esta razón la sociedad necesita escucharlos. Lo mismo
vale para la Iglesia, que debe valorizar positivamente la manera “popular” que
ellos tienen de vivir la fe.
Un hermoso texto del
documento final de Aparecida nos ayuda a reflexionar sobre este punto, para
encontrar la actitud correcta: «Sólo la cercanía que nos hace amigos nos
permite apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy, sus legítimos
anhelos y su modo propio de vivir la fe. [...] Día a día, los pobres se
hacen sujetos de la evangelización y de la promoción humana integral: educan a
sus hijos en la fe, viven una constante solidaridad entre parientes y vecinos,
buscan constantemente a Dios y dan vida al peregrinar de la Iglesia. A la luz
del Evangelio reconocemos su inmensa dignidad y su valor sagrado a los ojos de
Cristo, pobre como ellos y excluido entre ellos. Desde esta experiencia
creyente, compartiremos con ellos la defensa de sus derechos». [110]
101. Todo esto comporta
la presencia de un aspecto en la opción por los pobres que debemos recordar
constantemente: esta opción, en efecto, exige de nuestra parte «una atención
puesta en el otro […]. Esta atención amante es el inicio de una verdadera
preocupación por su persona, a partir de la cual deseo buscar efectivamente su
bien. Esto implica valorar al pobre en su bondad propia, con su forma de ser,
con su cultura, con su modo de vivir la fe. El verdadero amor siempre es
contemplativo, nos permite servir al otro no por necesidad o por vanidad, sino
porque él es bello, más allá de su apariencia. […] Sólo desde esta cercanía
real y cordial podemos acompañarlos adecuadamente en su camino de
liberación». [111] Por
esta razón, dirijo un sincero agradecimiento a todos los que han escogido vivir
entre los pobres; es decir, a aquellos que no van a visitarlos de vez en
cuando, sino que viven con ellos y como ellos. Esta es una opción que debe
encontrar lugar entre las formas más altas de vida evangélica.
102. En esta
perspectiva, aparece claramente la necesidad de que «todos nos dejemos
evangelizar» [112] por
los pobres, y que todos reconozcamos «la misteriosa sabiduría que Dios quiere
comunicarnos a través de ellos». [113] Crecidos
en la extrema precariedad, aprendiendo a sobrevivir en medio de las condiciones
más difíciles, confiando en Dios con la certeza de que nadie más los toma en
serio, ayudándose mutuamente en los momentos más oscuros, los pobres han
aprendido muchas cosas que conservan en el misterio de su corazón.
Aquellos entre nosotros
que no han experimentado situaciones similares, de una vida vivida en el
límite, seguramente tienen mucho que recibir de esa fuente de sabiduría que
constituye la experiencia de los pobres. Sólo comparando nuestras quejas con
sus sufrimientos y privaciones, es posible recibir un reproche que nos invite a
simplificar nuestra vida.
Notas a pie de pàgina:
[76] S. Juan XXIII, Radiomensaje a todos los fieles del mundo un mes antes de
la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II (11 septiembre 1962): AAS 54
(1962), 682.
[77] G. Lercaro, Intervención en
la XXXV Congregación general del Concilio Ecuménico Vaticano II (6
diciembre 1962), 2: AS I/IV, 327-328.
[78] Ibíd., 4: AS I/IV,
329.
[79] Istituto per le Scienze Religiose
(ed.), Per la forza dello Spirito. Discorsi conciliari del Card.
Giacomo Lercaro, Bolonia 1984, 115.
[80] S. Pablo VI, Alocución en la solemne apertura de la segunda sesión del
Concilio Ecuménico Vaticano II (29 septiembre 1963): AAS 55
(1963), 857.
[81] Id., Catequesis (11 noviembre 1964): Insegnamenti
di Paolo VI, II (1964), 984.
[82] Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. Gaudium et spes, 69. 71.
[83] S. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967),
23: AAS 59 (1967), 269.
[84] Cf. ibíd., 4: AAS 59
(1967), 259.
[85] S. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 42: AAS 80
(1988), 572.
[86] Ibíd.: AAS 80
(1988), 573.
[87] Id., Carta enc. Laborem exercens (14 septiembre 1981), 3: AAS 73
(1981), 584.
[88] Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 7: AAS 101
(2009), 645.
[89] Ibíd., 27: AAS 101
(2009), 661.
[90] II Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano, Documento de Medellín (24 octubre
1968), 14, n. 7: CELAM, Medellín. Conclusiones, Lima 2005, 131-132.
[91] Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 202: AAS 105
(2013), 1105.
[92] Ibíd., 205: AAS 105
(2013), 1106.
[93] Ibíd., 190: AAS 105
(2013), 1099.
[94] Ibíd., 56: AAS 105
(2013), 1043.
[95] Id., Carta enc. Dilexit nos (24 octubre 2024), 183: AAS 116
(2024), 1427.
[96] S. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 41: AAS 83
(1991), 844-845.
[97] Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 202: AAS 105
(2013), 1105.
[98] Ibíd.
[99] Id., Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 22: AAS 112
(2020), 976.
[100] Id., Exhort.
ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 209: AAS 105
(2013), 1107.
[101] Id., Carta
enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 50: AAS 107
(2015), 866.
[102] Id., Exhort.
ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 210: AAS 105
(2013), 1107.
[103] Id., Carta
enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 43: AAS 107
(2015), 863.
[104] Ibíd., 48: AAS 107
(2015), 865.
[105] Id., Exhort.
ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 180: AAS 105
(2013), 1095.
[106] Congregación para
la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la
liberación” (6 agosto 1984), XI, 18: AAS 76
(1984), 907-908.
[107] V Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de
Aparecida (29 junio 2007), n. 392, Bogotá 2007, pp. 179-180. Cf.
Benedicto XVI, Discurso en la sesión inaugural de los trabajos de la V
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (13 mayo 2007), 3: AAS 99
(2007), 450.
[108] Cf. V Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de
Aparecida (29 junio 2007), nn. 43-87, pp. 31-47.
[109] Id., Mensaje
final (29 mayo 2007), n. 4, Bogotá 2007, p. 275.
[110] Id., Documento
de Aparecida (29 junio 2007), n. 398, p. 182.
[111] Francisco, Exhort.
ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 199: AAS 105
(2013), 1103-1104.
[112] Ibíd.,
198: AAS 105 (2013), 1103.
[113] Ibíd.
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