CAPITULO 2. Dios opta por los pobres
18-23
Jesús, Mesias pobre
24-34
La Misericordia hacia los pobre en la Bíblia
CAPÍTULO SEGUNDO
DIOS OPTA POR LOS POBRES
La opción por los pobres
16. Dios es amor
misericordioso y su proyecto de amor, que se extiende y se realiza en la
historia, es ante todo su descenso y su venida entre nosotros para liberarnos
de la esclavitud, de los miedos, del pecado y del poder de la muerte. Con una
mirada misericordiosa y el corazón lleno de amor, Él se dirigió a sus
criaturas, haciéndose cargo de su condición humana y, por tanto, de su pobreza.
Precisamente para
compartir los límites y las fragilidades de nuestra naturaleza humana, Él mismo
se hizo pobre, nació en carne como nosotros, lo hemos conocido en la pequeñez
de un niño colocado en un pesebre y en la extrema humillación de la cruz, allí
compartió nuestra pobreza radical, que es la muerte.
Se comprende bien,
entonces, por qué se puede hablar también teológicamente de una opción preferencial
de Dios por los pobres, una expresión nacida en el contexto del continente
latinoamericano y en particular en la Asamblea de Puebla, pero que ha sido bien
integrada en el magisterio de la Iglesia sucesivo. [12]
Esta “preferencia” no
indica nunca un exclusivismo o una discriminación hacia otros grupos, que en
Dios serían imposibles; esta desea subrayar la acción de Dios que se compadece
ante la pobreza y la debilidad de toda la humanidad y, queriendo inaugurar un
Reino de justicia, fraternidad y solidaridad, se preocupa particularmente de
aquellos que son discriminados y oprimidos, pidiéndonos también a nosotros, su
Iglesia, una opción firme y radical en favor de los más débiles.
17. Se comprenden en
esta perspectiva las numerosas páginas del Antiguo Testamento en las que Dios es
presentado como amigo y liberador de los pobres, Aquel que escucha el grito del
pobre e interviene para liberarlo (cf. Sal 34,7). Dios,
refugio del pobre, por medio de los profetas —recordemos en particular a Amós e
Isaías— denuncia las iniquidades en perjuicio de los más débiles y dirige a Israel
la exhortación a renovar también el culto desde dentro, porque no se puede
rezar ni ofrecer sacrificios mientras se oprime a los más débiles y a los más
pobres.
Desde el comienzo, la
Escritura manifiesta con mucha intensidad el amor de Dios a través de la
protección de los débiles y de los que menos tienen, hasta el punto de poder
hablar de una auténtica “debilidad” de Dios para con ellos. «El corazón de Dios
tiene un sitio preferencial para los pobres […]. Todo el camino de nuestra
redención está signado por los pobres». [13]
Jesús, Mesías pobre
18. Toda la historia
veterotestamentaria de la predilección de Dios por los pobres y el deseo divino
de escuchar su grito —que he evocado brevemente— encuentra en Jesús de Nazaret
su plena realización. [14]
En su encarnación, Él
«se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante
a los hombres. Y presentándose con aspecto humano» ( Flp 2,7),
de esa forma nos trajo la salvación.
Se trata de una pobreza
radical, fundada sobre su misión de revelar el verdadero rostro del amor divino
(cf. Jn 1,18; 1 Jn 4,9). Por tanto, con una
de sus admirables síntesis, san Pablo puede afirmar: «Ya conocen la generosidad
de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin
de enriquecernos con su pobreza» ( 2 Co 8,9).
19. En efecto, el
Evangelio muestra que esta pobreza incidió en cada aspecto de su vida. Desde su
llegada al mundo, Jesús experimentó las dificultades relativas al rechazo.
El evangelista Lucas,
narrando la llegada a Belén de José y María, ya próxima a dar a luz, observa
con amargura: «No había lugar para ellos en el albergue» (Lc 2,7).
Jesús nació en condiciones humildes; recién nacido fue colocado en un pesebre
y, muy pronto, para salvarlo de la muerte, sus padres huyeron a Egipto
(cf. Mt 2,13-15).
Al inicio de la vida
pública, fue expulsado de Nazaret después de haber anunciado que en Él se
cumple el año de gracia del que se alegran los pobres (cf. Lc 4,14-30).
No hubo un lugar acogedor ni siquiera a la hora de su muerte, ya que lo
condujeron fuera de Jerusalén para crucificarlo (cf. Mc 15,22).
En esta condición se
puede resumir claramente la pobreza de Jesús. Se trata de la misma exclusión
que caracteriza la definición de los pobres: ellos son los excluidos de la
sociedad. Jesús es la revelación de este privilegium pauperum. Él
se presenta al mundo no sólo como Mesías pobre sino como Mesías de los pobres y
para los pobres.
20. Hay algunos indicios
a propósito de la condición social de Jesús. En primer lugar, Él realizaba el oficio
de artesano o carpintero, téktōn (cf. Mc 6,3).
Se trata de una categoría de personas que vivían de su trabajo manual. Además,
al no poseer tierras, eran considerados inferiores respecto a los campesinos.
Cuando el pequeño Jesús fue presentado en el Templo por José y María, sus
progenitores ofrecieron una pareja de tórtolas o de pichones (cf. Lc 2,22-24),
que según las prescripciones del libro del Levítico (cf. 12,8) era la ofrenda
de los pobres.
Un episodio evangélico
significativo es el que relata cómo Jesús, junto con sus discípulos, arrancaban
espigas para comer mientras atravesaban los campos (cf. Mc 2,23-28),
y esto —espigar los sembrados— sólo le era permitido a los pobres. Jesús mismo,
luego, dice de sí: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus
nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20; Lc 9,58).
Él, en efecto, es un
maestro itinerante, cuya pobreza y precariedad es signo de su vínculo con el
Padre y es lo que se le pide también a quien quiere seguirlo en el camino del
discipulado, precisamente para que la renuncia a los bienes, a las riquezas y a
las seguridades de este mundo sean signo visible de la confianza en Dios y en
su providencia.
21. Al comienzo de su
ministerio público, Jesús se presenta en la sinagoga de Nazaret leyendo el
libro del profeta Isaías y aplicándose a sí mismo la palabra del profeta: «El
Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me
envió a llevar la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4,18; cf. Is 61,1).
Él, por tanto, se
presenta como Aquel que viene a manifestar en el hoy de la historia la cercanía
amorosa de Dios, que es ante todo obra de liberación para quienes son
prisioneros del mal, para los débiles y los pobres.
Los signos que acompañan
la predicación de Jesús son manifestación del amor y de la compasión con la que
Dios mira a los enfermos, a los pobres y a los pecadores que, en virtud de su
condición, eran marginados por la sociedad, pero también por la religión. Él
abre los ojos a los ciegos, cura a los leprosos, resucita a los muertos y
anuncia la buena noticia a los pobres; Dios se acerca, Dios los ama (cf. Lc 7,22).
Esto explica por qué Él proclama: «¡Felices ustedes, los pobres, porque el
Reino de Dios les pertenece!» (Lc 6,20).
En efecto, Dios muestra
predilección hacia los pobres, a ellos se dirige la palabra de esperanza y de
liberación del Señor y, por eso, aun en la condición de pobreza o debilidad, ya
ninguno debe sentirse abandonado. Y la Iglesia, si quiere ser de Cristo, debe
ser la Iglesia de las Bienaventuranzas, una Iglesia que hace espacio a los
pequeños y camina pobre con los pobres, un lugar en el que los pobres tienen un
sitio privilegiado (cf. St 2,2-4).
22. Los indigentes y
enfermos, incapaces de procurarse lo necesario para vivir, se encontraban
muchas veces obligados a la mendicidad. A esto se añadía el peso de la
vergüenza social, alimentado por la convicción de que la enfermedad y la
pobreza estuvieran vinculadas a algún pecado personal. Jesús se opuso con
firmeza a ese modo de pensar, afirmando que Dios «hace salir el sol sobre malos
y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos» (Mt 5,45).
Es más, dio un vuelco completo a esa concepción, como queda bien ejemplificado
en la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro: «Hijo mío, […] recuerda que
has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él
encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento» (Lc 16,25).
23. Entonces es claro
que «de nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y
excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más
abandonados de la sociedad». [15]
Muchas veces me pregunto
por qué, aun cuando las Sagradas Escrituras son tan precisas a propósito de los
pobres, muchos continúan pensando que pueden excluir a los pobres de sus
atenciones.
Por el momento, sigamos
aún en el ámbito bíblico e intentando reflexionar sobre nuestra relación con
los últimos de la sociedad y su lugar fundamental en el pueblo de Dios.
La misericordia hacia
los pobres en la Biblia
24. El apóstol Juan
escribe: «¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a
quien ve?» (1 Jn 4,20). Del mismo modo, en su réplica al doctor de
la ley, Jesús retoma los dos antiguos mandamientos: «Amarás al Señor, tu Dios,
con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,5)
y «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19,18) fundiéndolos en
un único mandamiento.
El evangelista Marcos
recoge la respuesta de Jesús en estos términos: «El primero es: Escucha,
Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios,
con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus
fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro
mandamiento más grande que estos» (Mc 12,29-31).
25. El pasaje citado del
Levítico exhorta a honrar al conciudadano, mientras en otros textos
se encuentra una enseñanza que también invita al respeto —por no decir incluso
al amor— del enemigo: «Si encuentras perdido el buey o el asno de tu enemigo,
se los llevarás inmediatamente. Si ves al asno del que te aborrece, caído bajo
el peso de su carga, no lo dejarás abandonado; más aún, acudirás a auxiliarlo
junto con su dueño» (Ex 23,4-5). De todo esto se trasluce el valor
intrínseco del respeto a la persona: cualquiera, incluso el enemigo, si se
encuentra en dificultad, merece siempre nuestra ayuda.
26. Es innegable que el
primado de Dios en la enseñanza de Jesús va acompañado de otro punto fijo: no
se puede amar a Dios sin extender el propio amor a los pobres. El amor al
prójimo representa la prueba tangible de la autenticidad del amor a Dios, como
asevera el apóstol Juan: «Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a
los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su
plenitud en nosotros. […]
Dios es amor, y el que permanece
en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él» (1 Jn 4,12.16).
Son dos amores distintos, pero inseparables. Incluso en los casos en los que la
relación con Dios no es explícita, el Señor mismo nos enseña que todo acto de
amor hacia el prójimo es de algún modo un reflejo de la caridad divina: «Les
aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo
hicieron conmigo» (Mt 25,40).
27. Por esta razón se
recomiendan las obras de misericordia, como signo de la autenticidad del culto
que, mientras alaba a Dios, tiene la tarea de disponernos a la transformación
que el Espíritu puede realizar en nosotros, para que seamos todos imagen de
Cristo y de su misericordia hacia los más débiles.
En este sentido, la
relación con el Señor, que se expresa en el culto, pretende también liberarnos
del riesgo de vivir nuestras relaciones en la lógica del cálculo y del interés,
para abrirnos a la gratuidad que circula entre aquellos que se aman y que, por
eso, ponen todo en común.
A este respecto, Jesús
aconseja: «Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus
hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te
inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un
banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos.
¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte!» (Lc 14,12-14).
28. La llamada del Señor
a la misericordia para con los pobres ha encontrado una expresión plena en la
gran parábola del juicio final (cf. Mt 25,31-46), que es
también una descripción gráfica de la bienaventuranza de los misericordiosos.
Allí el Señor nos ofrece
la clave para alcanzar nuestra plenitud, porque «si buscamos esa santidad que
agrada a los ojos de Dios, en este texto hallamos precisamente un protocolo
sobre el cual seremos juzgados». [16] Las
palabras fuertes y claras del Evangelio deberían ser vividas «sin comentario,
sin elucubraciones y excusas que les quiten fuerza. El Señor nos dejó bien
claro que la santidad no puede entenderse ni vivirse al margen de estas
exigencias suyas». [17]
29. En la primera
comunidad cristiana el programa de caridad no derivaba de análisis o de
proyectos, sino directamente del ejemplo de Jesús, de las mismas palabras del
Evangelio. La Carta de Santiago dedica mucho espacio al problema de
la relación entre ricos y pobres, lanzando a los creyentes dos enérgicos
llamados que cuestionan su fe: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir
que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo?
¿De qué sirve si uno de
ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento
necesario, les dice: “Vayan en paz, caliéntense y coman”, y no les da lo que
necesitan para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las
obras, está completamente muerta» (St 2,14-17).
30. «Su oro y su plata
se han herrumbrado, y esa herrumbre dará testimonio contra ustedes y devorará
sus cuerpos como un fuego. ¡Ustedes han amontonado riquezas, ahora que es el
tiempo final! Sepan que el salario que han retenido a los que trabajaron en sus
campos está clamando, y el clamor de los cosechadores ha llegado a los oídos
del Señor del universo.
Ustedes llevaron en este
mundo una vida de lujo y de placer, y se han cebado a sí mismos para el día de
la matanza» (St 5,3-5). ¡Qué fuerza tienen estas palabras, aunque
prefiramos hacernos los sordos! En la Primera Carta de san Juan encontramos
una exhortación parecida: «Si alguien vive en la abundancia, y viendo a su
hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor
de Dios?» (1 Jn 3,17).
31. Lo que dice la
Palabra revelada «es un mensaje tan claro, tan directo, tan simple y elocuente,
que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo. La reflexión
de la Iglesia sobre estos textos no debería oscurecer o debilitar su sentido
exhortativo, sino más bien ayudar a asumirlos con valentía y fervor. ¿Para qué
complicar lo que es tan simple? Los aparatos conceptuales están para favorecer
el contacto con la realidad que pretenden explicar, y no para alejarnos de
ella». [18]
32. Por otra parte, un
claro ejemplo eclesial de compartir los bienes y asistir a los pobres lo
encontramos en la vida cotidiana y en el estilo de la primera comunidad
cristiana. Podemos recordar en particular el modo en el que fue resuelta la
cuestión de la distribución cotidiana de ayuda a las viudas (cf. Hch 6,1-6).
Se trataba de un problema
difícil de resolver, porque algunas de estas viudas, que provenían de otros
países, eran desatendidas por ser extranjeras. De hecho, el episodio relatado
por los Hechos de los Apóstoles pone de manifiesto un cierto descontento por
parte de los helenistas, que eran judíos de cultura griega.
Los apóstoles no
responden con un discurso doctrinal abstracto, sino que, volviendo a poner en
el centro la caridad hacia todos, reorganizan la asistencia a las viudas
pidiendo a la comunidad que busquen personas sabias y estimadas a quienes
confiar el servicio de las mesas, mientras ellos se ocupaban de la predicación
de la Palabra.
33. Cuando Pablo fue a
Jerusalén a consultar a los apóstoles para asegurarse de «que no corría o no
había corrido en vano» (Ga 2,2), le pidieron que no se olvidase de
los pobres (cf. Ga 2,10). Por esta razón, organizó varias
colectas para ayudar a las comunidades necesitadas. Entre las motivaciones que
ofrece para este gesto se debe resaltar la siguiente: «Dios ama al que da con
alegría» (2 Co 9,7).
A aquellos entre
nosotros que somos poco propensos a gestos gratuitos, sin ningún interés, la
Palabra de Dios nos indica que la generosidad para con los pobres es un
verdadero bien para quien la practica; de hecho, comportándonos así, somos
amados por Dios de modo especial.
En efecto, las promesas
bíblicas dirigidas a quien da con generosidad son muchas: «El que se apiada del
pobre presta al Señor, y él le devolverá el bien que hizo» (Pr 19,17).
«Den, y se les dará. […] Porque la medida con que ustedes midan también se
usará para ustedes» (Lc 6,38). «Entonces despuntará tu luz como la
aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar» (Is 58,8). Los primeros
cristianos estaban convencidos de ello.
34. La vida de las
primeras comunidades eclesiales, narrada en el canon bíblico y que ha llegado a
nosotros como Palabra revelada, se nos ofrece como ejemplo a imitar y como
testimonio de la fe que obra por medio de la caridad, y que continúa como
exhortación permanente para las generaciones venideras. A lo largo de los
siglos, estas páginas han interpelado los corazones de los cristianos a amar y
a realizar obras de caridad, como semillas fecundas que no cesan de producir
fruto.
Notas a pie de pàgina:
[12] Cf. S. Juan Pablo II, Catequesis (27 octubre 1999): L’Osservatore Romano,
ed. semanal en lengua española, 29 octubre 1999, 3.
[13] Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24
noviembre 2013), 197: AAS 105 (2013),
1102.
[14] Cf. id., Mensaje para la V Jornada Mundial de los Pobres (13 junio
2021), 3: AAS 113 (2021), 691:
«Jesús no sólo está de parte de los pobres, sino que comparte con ellos la
misma suerte. Esta es una importante lección también para sus discípulos de
todos los tiempos».
[15] Id., Exhort. ap. Evangelii gaudium (24
noviembre 2013), 186: AAS 105 (2013),
1098.
[16] Id., Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19
marzo 2018), 95: AAS 110 (2018),
1137.
[17] Ibíd., 97: AAS 110
(2018), 1137.
[18] Id., Exhort. ap. Evangelii gaudium (24
noviembre 2013), 194: AAS 105 (2013),
1101.