CAPITULO
3 (1) Una Iglesia para los pobres
35-36
Una Iglesia para los pobres
37-38
La verdadera riqueza de la Iglesia
39-40
Los Padres de la Iglesia y los pobres
41-42
San Juan Crisóstomo
43-48
San Agustín
49-52
Cuidar a los enfermos
53-58
El cuidado de los pobres en la vida monàstica
CAPÍTULO TERCERO
UNA IGLESIA PARA LOS
POBRES
35. Tres días después de
su elección, mi predecesor expresó a los representantes de los medios de
comunicación su deseo de que la Iglesia mostrara más claramente su cuidado y
atención hacia los pobres: «¡Ah, cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!». [19]
36. Este deseo refleja
la conciencia de que la Iglesia «reconoce en los pobres y en los que sufren la
imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades
y procura servir en ellos a Cristo». [20] En
efecto, habiendo sido llamada a configurarse con los últimos, en ella «no deben
quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten este mensaje tan claro [...].
Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y
los pobres». [21] A
este respecto, tenemos abundantes testimonios a lo largo de los casi dos mil
años de historia de los discípulos de Jesús. [22]
La verdadera riqueza de
la Iglesia
37. San Pablo refiere
que entre los fieles de la naciente comunidad cristiana no había «muchos
sabios, ni muchos poderosos, ni muchos nobles» (1 Co 1,26). Sin
embargo, a pesar de su propia pobreza, los primeros cristianos tienen clara
conciencia de la necesidad de acudir a aquellos que sufren mayores privaciones.
Ya en los albores del cristianismo los apóstoles impusieron las manos sobre
siete hombres elegidos por la comunidad y, en cierta medida, los integraron en
su propio ministerio, instituyéndolos para el servicio —en griego, diakonía—
de los más pobres (cf. Hch 6,1-5).
Es significativo que el
primer discípulo en dar testimonio de su fe en Cristo con el derramamiento de
su propia sangre fuera san Esteban, que formaba parte de este grupo. En él se
unen el testimonio de vida en la atención a los necesitados y el martirio.
38. Poco más de dos
siglos después, otro diácono manifestará su adhesión a Jesucristo en modo
semejante, uniendo en su vida el servicio a los pobres y el martirio: san
Lorenzo. [23] Del
relato de san Ambrosio comprendemos que Lorenzo, diácono en Roma en el
pontificado del Papa Sixto II, al ser obligado por
las autoridades romanas a entregar los tesoros de la Iglesia, «al día siguiente
trajo consigo a los pobres. Cuando le preguntaron dónde estaban los tesoros que
había prometido, les mostró a los pobres, diciendo: “Estos son los tesoros de
la Iglesia”». [24]
Al narrar este episodio,
Ambrosio pregunta: «¿Qué mejores tesoros tendría Cristo que aquellos en los que
él mismo dijo que estaba?». [25] Y,
recordando que los ministros de la Iglesia nunca deben descuidar el cuidado de
los pobres y, menos aún, acumular bienes en beneficio propio, afirma: «Es
necesario que cada uno de nosotros cumpla con esta obligación con fe sincera y
providencia perspicaz. Sin duda, si alguien desvía algo para su propio
beneficio, eso es un delito; pero si lo da a los pobres, si rescata al cautivo,
eso es misericordia». [26]
Los Padres de la Iglesia
y los pobres
39. Desde los primeros
siglos, los Padres de la Iglesia reconocieron en el pobre un acceso
privilegiado a Dios, un modo especial para encontrarlo. La caridad hacia los
necesitados no se entendía como una simple virtud moral, sino como expresión
concreta de la fe en el Verbo encarnado. La comunidad de fieles, sostenida por
la fuerza del Espíritu Santo, se encuentra arraigada en la cercanía a los
pobres, que en ella no son un apéndice, sino parte esencial de su cuerpo vivo.
San Ignacio de
Antioquía, por ejemplo, camino del martirio, exhortaba a los fieles de la
comunidad de Esmirna a no descuidar el deber de la caridad para con los más
necesitados, advirtiéndoles que no procedieran como los que se oponían a Dios:
«Considerad a los que tienen una opinión diferente sobre la gracia de
Jesucristo, que vino a nosotros: ¡cómo se oponen al pensamiento de Dios! No se
preocupan por el amor, ni por la viuda, ni por el huérfano, ni por el oprimido,
ni por el prisionero o el liberto, ni por el hambriento o el sediento». [27]
El obispo de Esmirna,
Policarpo, recomendaba precisamente a los ministros de la Iglesia que cuidaran
de los pobres: «Los presbíteros también sean compasivos, misericordiosos con
todos. Traigan de vuelta a los descarriados, visiten a todos los enfermos, no
descuiden a la viuda, al huérfano y al pobre, sino que sean siempre solícitos
en el bien ante Dios y los hombres». [28] A
partir de estos dos testimonios, constatamos que la Iglesia aparece como madre
de los pobres, lugar de acogida y de justicia.
40. San Justino, por su
parte, en su primera Apología, dirigida al emperador Adriano, al Senado y al
pueblo romano, explicaba que los cristianos llevaban a los necesitados todo lo
que podían, porque veían en ellos hermanos y hermanas en Cristo. Al escribir
sobre la asamblea de oración del primer día de la semana, destacaba que, en el
centro de la liturgia cristiana, no se puede separar el culto a Dios de la
atención a los pobres. En efecto, en un momento determinado de la celebración,
«los que tienen algo y quieren, cada uno según su libre voluntad, dan lo que
les parece bien, y lo que se ha recogido se entrega al presidente. Él lo
distribuye a los huérfanos y viudas, a los que por enfermedad u otra causa
están necesitados, a los que están en las cárceles, a los extranjeros de paso,
en una palabra, se convierte en el proveedor de todos los que se encuentran
indigentes». [29]
Así, se da testimonio de
que la Iglesia naciente no separaba el creer de la acción social: la fe que no
iba acompañada del testimonio de las obras, como había enseñado Santiago, se
consideraba muerta (cf. St 2,17).
San Juan Crisóstomo
41. Entre los Padres
orientales, quizá el predicador más ardiente de la justicia social sea san Juan
Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla entre los siglos IV y V.
En sus homilías,
exhortaba a los fieles a reconocer a Cristo en los necesitados: «¿Quieres
honrar el Cuerpo de Cristo? No permitas que sea despreciado en sus miembros, es
decir, en los pobres que no tienen qué vestir, ni lo honres aquí en el templo
con vestiduras de seda, mientras fuera lo abandonas al frío y a la desnudez
[...]. En el templo, el Cuerpo de Cristo no necesita mantos, sino almas puras;
pero en la persona de los pobres, Él necesita todo nuestro cuidado. Aprendamos,
pues, a reflexionar y a honrar a Cristo como Él quiere. Cuando queremos honrar
a alguien, debemos prestarle el honor que él prefiere y no el que más nos gusta
[...]. Así también tú debes prestarle el honor que Él mismo ha ordenado,
distribuyendo tus riquezas entre los pobres. Dios no necesita vasos de oro,
sino almas de oro». [30]
Afirmando con claridad
meridiana que si los fieles no encuentran a Cristo en los pobres a su puerta,
tampoco lo encontrarán en el altar, continúa: «¿De qué serviría, al fin y al
cabo, adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si Él muere de hambre en la
persona de los pobres? Primero da de comer al que tiene hambre y luego adorna
su mesa con lo que sobra». [31] Entendía
la Eucaristía, por tanto, también como una expresión sacramental de la caridad
y la justicia que la precedían, la acompañaban y debían darle continuidad en el
amor y la atención a los pobres.
42. Así pues, la caridad
no es una vía opcional, sino el criterio del verdadero culto. Crisóstomo
denunciaba con vehemencia el lujo exacerbado, que convivía con la indiferencia
hacia los pobres. La atención que se les debe prestar, más que una mera exigencia
social, es una condición para la salvación, lo que atribuye a la riqueza
injusta un peso de condena:
«Hace mucho frío y el
pobre yace en harapos, moribundo y helado, castañeteando los dientes, con un
aspecto y un atuendo que deberían conmoverte. Tú, sin embargo, calentito y
ebrio, pasas de largo. ¿Y cómo quieres que Dios te libre de la infelicidad?
[...] A menudo adornas con muchas vestiduras variadas y doradas un cadáver
insensible, que ya no percibe el honor. Sin embargo, desprecias a aquel que
siente dolor, que está desgarrado, torturado, atormentado por el hambre y el
frío, y te preocupa más la vanagloria que el temor de Dios». [32]
Este profundo sentido de
la justicia social le lleva a afirmar que «no dar a los pobres es robarles, es
defraudarles la vida, porque lo que poseemos les pertenece». [33]
San Agustín
43. Agustín tuvo como
maestro espiritual a san Ambrosio, que insistía en la exigencia ética de
compartir los bienes: «Lo que das al pobre no es tuyo, es suyo. Porque te has
apropiado de lo que fue dado para uso común». [34] Para
el obispo de Milán, la limosna es justicia restaurada, no un gesto
paternalista. En sus sermones, la misericordia adquiere un carácter profético:
denuncia las estructuras de acumulación y reafirma la comunión como vocación
eclesial.
44. Formado en esta
tradición, el santo obispo de Hipona enseñó a su vez el amor preferencial por
los pobres. Pastor vigilante y teólogo de rara clarividencia, comprendió que la
verdadera comunión eclesial se expresa también en la comunión de los bienes. En
sus Comentarios a los Salmos, recuerda que los verdaderos cristianos no dejan
de lado el amor a los más necesitados: «Atended a vuestros hermanos, si
necesitan algo; dad, si Cristo está en vosotros, incluso a los
extranjeros». [35] Este
compartir los bienes brota, por tanto, de la caridad teologal y tiene como fin
último el amor a Cristo. Para Agustín, el pobre no es sólo alguien a quien se
ayuda, sino la presencia sacramental del Señor.
45. El Doctor de la
Gracia veía en el cuidado a los pobres una prueba concreta de la sinceridad de
la fe. Quien dice amar a Dios y no se compadece de los necesitados, miente
(cf. 1 Jn 4,20). Al comentar el encuentro de Jesús con el
joven rico y el «tesoro en el cielo» que está reservado a quienes dan sus
bienes a los pobres (cf. Mt 19,21), Agustín pone en boca del
Señor las siguientes palabras: «Recibí tierra y daré el cielo. Recibí cosas
temporales y daré a cambio bienes eternos. Recibí pan, daré la vida. […] He
recibido alojamiento y daré una casa. He sido visitado en la enfermedad y daré
salud. Fui visitado en la cárcel y daré libertad. El pan que se dio a mis
pobres se consumió; el pan que yo daré restaura las fuerzas, sin acabarse
nunca». [36] El
Altísimo no se deja vencer en generosidad por aquellos que le sirven en los más
necesitados; cuanto mayor es el amor a los pobres, mayor es la recompensa por
parte de Dios.
46. Esta mirada
cristocéntrica y profundamente eclesial lleva a sostener que las ofrendas,
cuando nacen del amor, no sólo alivian la necesidad del hermano, sino que
también purifican el corazón de quien da y está dispuesto a la conversión,
«pues las limosnas pueden servirte para redimir los pecados de la vida pasada,
si cambias de vida». [37] Son,
por así decirlo, el camino ordinario de conversión de quien desea seguir a
Cristo con corazón indiviso.
47. En una Iglesia que
reconoce en los pobres el rostro de Cristo y en los bienes el instrumento de la
caridad, el pensamiento agustiniano sigue siendo una luz segura. Hoy, la
fidelidad a las enseñanzas de Agustín exige no sólo el estudio de sus obras, sino
la disposición a vivir con radicalidad su llamada a la conversión, que incluye
necesariamente el servicio de la caridad.
48. Muchos otros Padres
de la Iglesia, tanto orientales como occidentales, se pronunciaron sobre la
primacía de la atención a los pobres en la vida y misión de cada fiel
cristiano. Sobre este aspecto, en resumen, se puede afirmar que la teología
patrística fue práctica, apuntando a una Iglesia pobre y para los pobres,
recordando que el Evangelio sólo se anuncia bien cuando llega a tocar la carne
de los últimos, y advirtiendo que el rigor doctrinal sin misericordia es una
palabra vacía.
Cuidar a los enfermos
49. La compasión
cristiana se ha manifestado de manera peculiar en el cuidado de los enfermos y
los que sufren. A partir de los signos presentes en el ministerio público de
Jesús —que curaba a ciegos, leprosos y paralíticos—, la Iglesia entiende como
parte importante de su misión el cuidado de los enfermos, en los que con
facilidad reconoce al Señor crucificado. San Cipriano, durante una peste en la
ciudad de Cartago, donde era obispo, recordaba a los cristianos la importancia
del cuidado de los infectados al afirmar: «Esta epidemia que parece tan
horrible y funesta pone a prueba la justicia de cada uno y examina el espíritu
de los hombres, verificando si los sanos sirven a los enfermos, si los
parientes se aman sinceramente, si los señores tienen piedad de los siervos
enfermos, si los médicos no abandonan a los enfermos que imploran». [38]
La tradición cristiana
de visitar a los enfermos, de lavar sus heridas, de consolar a los afligidos no
se reduce a una mera obra de filantropía, sino que es una acción eclesial a
través de la cual, en los enfermos, los miembros de la Iglesia «tocan la carne
sufriente de Cristo». [39]
50. En el siglo XVI, san
Juan de Dios, al fundar la Orden Hospitalaria que lleva su nombre, creó
hospitales modelo que acogían a todos, independientemente de su condición
social o económica. Su famosa expresión “¡Haced el bien, hermanos!” se
convirtió en el lema de la caridad activa con los enfermos.
Contemporáneamente, san
Camilo de Lelis fundó la Orden de los Ministros de los Enfermos —los camilos—,
asumiendo como misión servir a los enfermos con total dedicación. Su regla
ordena que «cada uno solicite al Señor la gracia de tener un afecto maternal
hacia su prójimo para poderlo servir con todo amor caritativo, en el alma y el
cuerpo; porque deseamos —con la gracia de Dios— servir a todos los enfermos con
el mismo afecto que una madre amorosa suele asistir a su único hijo
enfermo». [40] En
hospitales, campos de batalla, prisiones y calles, los camilos encarnaron la
misericordia de Cristo Médico.
51. Cuidando a los
enfermos con cariño maternal, como una madre cuida de su hijo, muchas mujeres
consagradas desempeñaron un papel aún más difundido en la atención sanitaria de
los pobres. Las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, las Hermanas Hospitalarias,
las Pequeñas Siervas de la Divina Providencia y tantas otras Congregaciones
femeninas se convirtieron en una presencia maternal y discreta en los
hospitales, asilos y residencias de ancianos. Llevaban medicinas, escucha,
presencia y, sobre todo, ternura.
Construyeron, a menudo
con sus propias manos, estructuras sanitarias en zonas sin asistencia médica.
Enseñaban higiene, atendían partos, medicaban con sabiduría natural y fe
profunda. Sus casas se convertían en oasis de dignidad donde nadie era
excluido. El toque de la compasión era el primer remedio. Santa Luisa de
Marillac escribía a sus hermanas, las Hijas de la Caridad, recordándoles que
habían «recibido una bendición especial de Dios para servir a los pobres
enfermos en los hospitales». [41]
52. Hoy, ese legado
continúa en los hospitales católicos, los puestos de salud en las regiones
periféricas, las misiones sanitarias en las selvas, los centros de acogida para
toxicómanos y los hospitales de campaña en las zonas de guerra.
La presencia cristiana
junto a los enfermos revela que la salvación no es una idea abstracta, sino una
acción concreta. En el gesto de limpiar una herida, la Iglesia proclama que el
Reino de Dios comienza entre los más vulnerables. Y, al hacerlo, permanece fiel
a Aquel que dijo: «Estaba […] enfermo, y me visitaron» (Mt 25,35.36).
Cuando la Iglesia se arrodilla junto a un leproso, a un niño desnutrido o a un
moribundo anónimo, realiza su vocación más profunda: amar al Señor allí donde
Él está más desfigurado.
El cuidado de los pobres
en la vida monástica
53. La vida monástica,
nacida en el silencio de los desiertos, fue desde sus inicios un testimonio de
solidaridad. Los monjes lo dejaban todo —riqueza, prestigio, familia— no sólo
por despreciar las riquezas del mundo — contemptus mundi—, sino
para encontrar, en este despojo radical, al Cristo pobre. San Basilio Magno, en
su Regla, no veía contradicción entre la vida de oración y recogimiento de los
monjes y la acción en favor de los pobres.
Para él, la hospitalidad
y el cuidado de los necesitados eran parte integrante de la espiritualidad
monástica, y los monjes, incluso después de haberlo dejado todo para abrazar la
pobreza, debían ayudar a los más pobres con su trabajo, ya que «para poder
socorrer a los necesitados, es evidente que debemos trabajar con diligencia
[...]. Este modo de vida es provechoso no sólo para someter el cuerpo, sino
también por la caridad hacia el prójimo, para que, por medio de nosotros, Dios
provea lo suficiente a los hermanos más débiles». [42]
54. Construyó en
Cesarea, donde era obispo, un lugar conocido como Basilíades, que incluía
alojamientos, hospitales y escuelas para los pobres y los enfermos. El monje,
por lo tanto, no era sólo un asceta, sino un servidor. Basilio demostraba así
que para estar cerca de Dios hay que estar cerca de los pobres. El amor
concreto era criterio de santidad. Orar y cuidar, contemplar y curar, escribir
y acoger: todo era expresión del mismo amor a Cristo.
55. En Occidente, san
Benito de Nursia elaboró una Regla que se convertiría en la columna vertebral
de la espiritualidad monástica europea. En ella, la acogida de los pobres y los
peregrinos ocupa un lugar de honor: «Mostrad sobre todo un cuidado solícito en
la recepción de los pobres y los peregrinos, porque sobre todo en ellos se
recibe a Cristo». [43]
No se trataba sólo de
palabras: los monasterios benedictinos fueron, durante siglos, lugares de
refugio para viudas, niños abandonados, peregrinos y mendigos. Para Benito, la
vida comunitaria era una escuela de caridad. El trabajo manual no sólo tenía una
función práctica, sino que también formaba el corazón para el servicio. El
compartir entre los monjes, la atención a los enfermos y la escucha de los más
frágiles preparaban para acoger a Cristo, que llega en la persona del pobre y
el extranjero.
La hospitalidad
monástica benedictina permanece hasta hoy como signo de una Iglesia que abre
las puertas, que acoge sin preguntar, que cura sin exigir nada a cambio.
56. Los monasterios
benedictinos, con el tiempo, se convirtieron en lugares que contrastaban la
cultura de la exclusión. Los monjes cultivaban la tierra, producían alimentos,
preparaban medicinas y los ofrecían, con sencillez, a los más necesitados. Su trabajo
silencioso fue fermento de una nueva civilización, donde los pobres no eran un
problema que resolver, sino hermanos y hermanas que acoger. La regla del
compartir, del trabajo común y de la asistencia a los vulnerables estructuraba
una economía solidaria, en contraste con la lógica de la acumulación.
El testimonio de los
monjes mostraba que la pobreza voluntaria, lejos de ser miseria, es camino de
libertad y comunión. No sólo ayudaban a los pobres: se hacían cercanos a ellos,
hermanos en el mismo Señor. En las celdas y claustros se formaba una mística de
la presencia de Dios en los pequeños.
57. Además de la
asistencia material, los monasterios desempeñaron un papel fundamental en la
formación cultural y espiritual de los más humildes. En tiempos de peste,
guerra o hambre, eran lugares donde el necesitado encontraba pan y remedios,
pero también dignidad y palabra.
Allí se educaba a los
huérfanos, se formaba a los aprendices y se instruía a los campesinos en
técnicas agrícolas y en la lectura. El saber se compartía como don y
responsabilidad. El abad era a la vez maestro y padre, y la escuela monástica
era un lugar de liberación por la verdad. Porque, como escribe Juan Casiano, el
monje debe caracterizarse por «la humildad de corazón […], que no conduce a la
ciencia que hincha, sino a la que ilumina por medio de la plenitud de la
caridad». [44]
Al formar conciencias y
transmitir sabiduría, los monjes contribuyeron a una pedagogía cristiana de
inclusión. La cultura, marcada por la fe, se compartía con sencillez. El saber,
cuando está iluminado por la caridad, se convierte en servicio. De ese modo, la
vida monástica se revelaba como un estilo de santidad y una forma concreta de
transformación de la sociedad.
58. La tradición
monástica enseña, por tanto, que la oración y la caridad, el silencio y el
servicio, las celdas y los hospitales, forman un único tejido espiritual. El
monasterio es lugar de escucha y de acción, de adoración y de compartir. San
Bernardo de Claraval, gran reformador de la Orden Cisterciense, «reclamó con
decisión la necesidad de una vida sobria y moderada, tanto en la mesa como en
la indumentaria y en los edificios monásticos, recomendando la sustentación y
la solicitud por los pobres». [45] Para
él, la compasión no era una opción accesoria, sino el camino real para seguir a
Cristo.
La vida monástica, por
lo tanto, cuando es fiel a su vocación original, muestra que la Iglesia sólo
será plenamente esposa del Señor cuando sea también hermana de los pobres. El
claustro no es un mero refugio del mundo, sino una escuela en la que se aprende
a servirlo mejor. Allí donde los monjes abrieron sus puertas a los pobres, la
Iglesia reveló con humildad y firmeza que la contemplación no excluye la
misericordia, sino que la exige como su fruto más puro.
Notas a pie de pàgina:
[19] Francisco, Encuentro con los
representantes de los medios de comunicación (16 marzo 2013): AAS 105
(2013), 381.
[20] Conc. Ecum.
Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, 8.
[21] Francisco, Exhort. ap. Evangelii
gaudium (24 noviembre 2013), 48: AAS 105
(2013), 1040.
[22] En este capítulo
propondremos algunos de estos ejemplos de santidad, que no pretenden ser
exhaustivos, sino indicativos del cuidado de los pobres que siempre ha
caracterizado la presencia de la Iglesia en el mundo. Una reflexión detallada
sobre la historia de esta atención eclesial a los más pobres se encuentra en el
libro de V. Paglia, Storia della povertà, Milán 2014.
[23] Cf. S.
Ambrosio, De officiis ministrorum I, cap. 41, 205-206: CCSL 15,
Turnhout 2000, 76-77; II, cap. 28, 140-143: CCSL 15, 148-149.
[24] Ibíd. II,
cap. 28, 140: CCSL 15, 148.
[25] Ibíd.
[26] Ibíd. II,
cap. 28, 142: CCSL 15, 148.
[27] S. Ignacio de
Antioquía, Epistula ad Smyrnaeos, 6, 2: SCh 10bis,
París 2007, 136-138.
[28] S.
Policarpo, Epistula ad Philippenses, 6, 1: SCh 10bis,
186.
[29] S. Justino, Apologia
prima, 67, 6-7: SCh 507, París 2006, 310.
[30] S. Juan
Crisóstomo, Homiliae in Matthaeum, 50, 3: PG 58,
París 1862, 508.
[31] Ibíd., 50,
4: PG 58, 509.
[32] Id., Homilia
in Epistula ad Hebraeos, 11, 3: PG 63, París 1862,
94.
[33] Id., Homilia
II De Lazaro, 6: PG 48, París 1862, 992.
[34] S. Ambrosio, De
Nabuthae, 12, 53: CSEL 32/2, Praga-Viena-Leipzig 1897,
498.
[35] S. Agustín, Enarrationes
in Psalmos, 125, 12: CSEL 95/3, Viena 2001, 181.
[36] Id., Sermo
LXXXVI, 5: CCSL 41Ab, Turnhout 2019, 411-412.
[37] Pseudoagustín, Sermo
CCCLXXXVIII, 2: PL 39, París 1862, 1700.
[38] S. Cipriano, De
mortalitate, 16: CCSL 3A, Turnhout 1976, 25.
[39] Francisco, Mensaje para la XXX
Jornada Mundial del Enfermo (10 diciembre 2021), 3: AAS 114
(2022), 51.
[40] S. Camilo de
Lelis, Reglas de la Compañía de los Ministros de los Enfermos, 27:
M. Vanti (ed.), Scritti di San Camillo de Lellis, Milán 1965, 67.
[41] Sta. Luisa de
Marillac, Carta a las Hermanas Claude Carré y Marie Gaudoin (28
noviembre 1657): E. Charpy (ed.), Sainte Louise de Marillac. Écrits,
París 1983, 576.
[42] S. Basilio
Magno, Regulae fusius tractatae, 37, 1: PG 31,
París 1857, 1009 C-D.
[43] Regula
Benedicti, 53, 15: SCh 182, París 1972, 614.
[44] S. Juan
Casiano, Collationes XIV, 10: CSEL 13, Viena
2004, 410.
[45] Benedicto
XVI, Catequesis (21 octubre
2009): L’Osservatore Romano, ed. semanal en
lengua española, 23 octubre 2009, 32.
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