viernes, 18 de marzo de 2011

TEMA 31. EL DOLOR Y LA UNCION DE LOS ENFERMOS (I)

EXPOSICIÓN: (párrafos extraidos de la encíclica “Salvificis Doloris” de JUAN PABLO II)

EL SUFRIMIENTO
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El hombre sufre de modos diversos, no siempre considerados por la medicina, ni siquiera en sus más avanzadas ramificaciones. El sufrimiento es algo todavía más amplio que la enfermedad, más complejo y a la vez aún más profundamente enraizado en la humanidad misma.

Una cierta idea de este problema nos viene de la distinción entre sufrimiento físico y sufrimiento moral; el sufrimiento físico se da cuando de cualquier manera « duele el cuerpo », mientras que el sufrimiento moral es « dolor del alma ».

Dentro de cada sufrimiento experimentado por el hombre, y también en lo profundo del mundo del sufrimiento, aparece inevitablemente la pregunta: ¿por qué?. Es una pregunta acerca de la causa, la razón; y una pregunta acerca de la finalidad ¿para qué?, en definitiva, acerca del sentido.

Obviamente el dolor, sobre todo el físico, está ampliamente difundido en el mundo de los animales. Pero solamente el hombre, cuando sufre, sabe que sufre y se pregunta por qué; y sufre de manera humanamente aún más profunda, si no encuentra una respuesta satisfactoria.

Esta es una pregunta difícil, como lo es otra, muy afín, es decir, la que se refiere al mal: ¿Por qué el mal? ¿Por qué el mal en el mundo? Cuando ponemos la pregunta de esta manera, hacemos siempre, al menos en cierta medida, una pregunta también sobre el sufrimiento.



EL SENTIDO DEL SUFRIMIENTO


Y es bien sabido que en la línea de esta pregunta se llega no sólo a múltiples frustraciones y conflictos en la relación del hombre con Dios, sino que sucede incluso que se llega a la negación misma de Dios.

El sufrimiento tiene carácter de prueba. El sufrimiento debe servir para la conversión, es decir, para la reconstrucción del bien en el sujeto, que puede reconocer la misericordia divina en esta llamada a la penitencia. La penitencia tiene como finalidad superar el mal, que bajo diversas formas está latente en el hombre, y consolidar el bien tanto en uno mismo como en su relación con los demás y, sobre todo, con Dios.

Para hallar el sentido profundo del sufrimiento hay que acoger la luz de la Revelación, no sólo en cuanto expresa el orden transcendente de la justicia, sino en cuanto ilumina este orden con el Amor como fuente definitiva de todo lo que existe. El Amor es también la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Esta respuesta ha sido dada por Dios al hombre en la cruz de Jesucristo.

CRISTO Y EL SUFRIMIENTO

En su actividad mesiánica en medio de Israel, Cristo se acercó incesantemente al mundo del sufrimiento humano. «Pasó haciendo bien », y este obrar suyo se dirigía, ante todo, a los enfermos y a quienes esperaban ayuda. Curaba los enfermos, consolaba a los afligidos, alimentaba a los hambrientos, liberaba a los hombres de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas disminuciones físicas; tres veces devolvió la vida a los muertos. Era sensible a todo sufrimiento humano, tanto al del cuerpo como al del alma.

Cristo va hacia su pasión y muerte con toda la conciencia de la misión que ha de realizar de este modo. Precisamente por medio de este sufrimiento suyo hace posible « que eI hombre no muera, sino que tenga la vida eterna ». Precisamente por medio de su cruz debe tocar las raíces del mal, plantadas en la historia del hombre y en las almas humanas. Precisamente por medio de su cruz debe cumplir la obra de la salvación. Esta obra, en el designio del amor eterno, tiene un carácter redentor.


Cristo sufre voluntariamente y sufre inocentemente. Cristo da la respuesta al interrogante sobre el sufrimiento y sobre el sentido del mismo, no sólo con sus enseñanzas, es decir, con la Buena Nueva, sino ante todo con su propio sufrimiento, el cual está integrado de una manera orgánica e indisoluble con las enseñanzas de la Buena Nueva. Esta es la palabra última y sintetica de esta enseñanza: « la doctrina de la Cruz », como dirá un día San Pablo.

El sufrimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo. La cruz de Cristo se ha convertido en una fuente de la que brotan ríos de agua viva. En ella debemos plantearnos también el interrogante sobre el sentido del sufrimiento, y leer hasta el final la respuesta a tal interrogante.

LA CRUZ NOS HACE PARTÍCIPES DE LA REDENCIÓN

El Redentor ha sufrido en vez del hombre y por el hombre. Todo hombre tiene su participación en la redención. Cada uno está llamado también a participar en ese sufrimiento mediante el cual se ha llevado a cabo la redención. Está llamado a participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido.


Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo. La cruz de Cristo arroja de modo muy penetrante luz salvífica sobre la vida del hombre y, concretamente, sobre su sufrimiento, porque mediante la fe lo alcanza junto con la resurrección: el misterio de la pasión está incluido en el misterio pascual.

El sufrimiento, en efecto, es siempre una prueba —a veces una prueba bastante dura—, a la que es sometida la humanidad. En el sufrimiento está como contenida una particular llamada a la virtud, que el hombre debe ejercitar por su parte. Esta es la virtud de la perseverancia al soportar lo que molesta y hace daño.

Haciendo esto, el hombre hace brotar la esperanza, que mantiene en él la convicción de que el sufrimiento no prevalecerá sobre él, no lo privará de su propia dignidad unida a la conciencia del sentido de la vida.

Y así, este sentido se manifiesta junto con la acción del amor de Dios, que es el don supremo del Espíritu Santo. A medida que participa de este amor, el hombre se encuentra hasta el fondo en el sufrimiento: reencuentra « el alma », que le parecía haber « perdido » a causa del sufrimiento.
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Ante el hermano o la hermana que sufren, Cristo abre y despliega gradualmente los horizontes del Reino de Dios, de un mundo convertido al Creador, de un mundo liberado del pecado, que se está edificando sobre el poder salvífico del amor. Y, de una forma lenta pero eficaz, Cristo introduce en este mundo, en este Reino del Padre al hombre que sufre, en cierto modo a través de lo íntimo de su sufrimiento.

Cristo, mediante su propio sufrimiento salvífico, se encuentra muy dentro de todo sufrimiento humano, y puede actuar desde el interior del mismo con el poder de su Espíritu de Verdad, de su Espíritu Consolador.

Se puede sin embargo decir que casi siempre cada uno entra en el sufrimiento con una protesta típicamente humana y con la pregunta del « por qué ». Cristo no responde directamente ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento.
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El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo. A medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espiritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento. Entonces el hombre encuentra en su sufrimiento la paz interior e incluso la alegría espiritual.
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PARA REFLEXIONAR:
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¿Qué sentido doy a mi sufrimiento?....
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¿Y al sufrimiento de los que tengo a mi lado?.....
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¿Tomo mi cruz como una prueba?...
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¿Uno mi cruz al sufrimiento redentor de Cristo?.....

Os invito a participar con vuestras reflexiones, vivencias o testimonios que seguro nos enriquecerán a todos
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jueves, 3 de marzo de 2011

TEMA 30. EL PERDON Y EL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN (II)

EXPOSICIÓN: (Catecismo 1425-1470)

LA CONVERSIÓN

Jesús llama a la conversión: "Se ha cumplido el tiempo, y está cerca el Reino de Dios, convertíos y creed en la buena nueva". Por la fe en la Buena Nueva y por el bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.

La llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos después del bautismo. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida, porque el bautismo no ha suprimido la fragilidad la debilidad humana, ni la inclinación al pecado. Llevamos la vida nueva "en vasos de barro".

DIOS NOS ASISTE CON SU GRACIA

En esta tarea, no estamos solos, nos asiste la gracia de Dios y su misericordia que atrae a los corazones afligidos y les ayuda a ponerse en camino y volver a la casa del Padre. La segunda conversión, además de ser un acto personal, también tiene una dimensión comunitaria. El Señor llama a su Iglesia a la conversión: "En la Iglesia hay el agua y las lágrimas: el agua del bautismo y las lágrimas de la penitencia" (San Ambrosio).

EL PROCESO DEL PERDÓN

Un camino que requiere de nuestra voluntad, del uso de nuestra libertad ... y de la misericordia de Dios. Siguiendo la parábola del hijo pródigo: (L 15, 11-31)

- El pecado del hijo pequeño: "Malversó su patrimonio en una vida de desenfreno". Libertad ilusoria, abandono de la casa paterna, miseria extrema, humillación profunda ....

- El examen de conciencia: Reflexionando se dijo a sí mismo ...... reflexión sobre los bienes perdidos .. - El arrepentimiento: "ya no merezco llamarme hijo tuyo "....

- El propósito: "Me pondré en camino adonde está mi padre" (el camino de retorno) - La petición de perdón: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti ...."

- La reconciliación: su padre lo vio venir ... se le echó al cuello y le besó .. Festejémoslo con un banquete ....


SOLO DIOS PUEDE PERDONAR LOS PECADOS

Porque Jesús es el Hijo de Dios afirma de sí mismo: "El hijo del Hombre tiene potestad en la tierra de perdonar los pecados" (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: "tus pecados te son perdonados" ( Lc 7,48).

CRISTO HA CONFIADO A LA IGLESIA EL PERDÓN Y LA RECONCILIACIÓN

Cristo ha confiado a su Iglesia que sea el signo y el instrumento del perdón y la reconciliación que Él ha ganado con el precio de su Sangre y le ha confiado el ejercicio del poder de absolución a través del ministerio apostólico.

El apóstol es enviado "en nombre de Cristo" y "es Dios mismo" quien, a través de él, exhorta y suplica: "reconciliaos con Dios". "Te daré las llaves del Reino de los cielos, y lo que ates en la tierra será atado en el cielo, y lo que desates en la tierra será desatado en el cielo" (Mt 16,19).

Al igual que Jesús perdona los pecados y reintegra a los pecadores al Pueblo de Dios, el Señor da a los apóstoles la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios.

EL SACRAMENTO DEL PERDÓN

Cristo ha instituido el sacramento de la penitencia para todos los miembros pecadores de su Iglesia, sobre todo para los que, después del Bautismo han caído en pecado grave y así han perdido la gracia bautismal y han herido la comunión eclesial.

Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como "la segunda tabla de salvación después del naufragio que es la pérdida de la gracia". Ofrece la posibilidad de convertirse y de reencontrar la gracia de la justificación.

FORMAS DEL SACRAMENTO

A lo largo de los siglos, la forma concreta en la que se ha ejercido este poder recibido del Señor ha variado mucho. En los primeros siglos, la reconciliación de los que habían cometido pecados graves estaba ligada a una disciplina muy rigurosa y una penitencia pública que podía durar años.

En el siglo VII, inspirada en la tradición monástica de Oriente se introdujo la práctica privada de la penitencia. Desde entonces se realiza el sacramento de una manera más secreta entre penitente y sacerdote. Al tiempo que abre la posibilidad de la reiteración y se abra el camino de una frecuentación regular de este sacramento.
ESTRUCTURA DEL SACRAMENTO

Por la parte del penitente que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo intervienen los siguientes elementos:

- La contrición. Es un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no pecar nunca más y nos dispone a obtener el perdón en el sacramento de la reconciliación. Conviene preparar la recepción del sacramento con un examen de conciencia hecho a la luz de la palabra de Dios.

- La confesión de los pecados. Incluso desde un punto de vista humano la confesión de los pecados nos libera y facilita la reconciliación con los demás. La persona mira cara a cara sus pecados y los confiesa al sacerdote enumerando todos los pecados de que tenga conciencia, sin esconder nada venciendo la vergüenza. Es Dios que nos perdona!. El mandamiento de la Iglesia es que al menos una vez al año se confiesen los pecados (por pascua).

- La satisfacción. Muchos pecados causan perjuicio al prójimo, hay que hacer lo posible para repararlo. (robos, calumnias, injusticias). Además para recobrar la salud espiritual debilitada por el pecado, el pecador debe expiar sus culpas. Esta satisfacción se llama penitencia. El confesor impone una penitencia teniendo en cuenta la situación personal del pecador, puede ser una ofrenda, una oración, una obra de misericordia, un servicio al prójimo, un sacrificio, incluso la aceptación de la Cruz que debemos llevar.

Por la otra parte, la acción de Dios por la intervención de la Iglesia. La Iglesia, por medio del obispo y sus sacerdotes, da en nombre de Jesucristo el perdón de los pecados y fija la modalidad de la satisfacción, ora también por el pecador y hace penitencia con él.

Dada la delicadeza y la dignidad de este ministerio y el respeto debido a las personas, la Iglesia declara que todo sacerdote que oyen confesiones está obligado a guardar un secreto absoluto en cuanto a los pecados que los penitentes le han confesado; se llama "el secreto de confesión ".

EFECTOS DEL SACRAMENTO

El sacramento de la penitencia nos restablece en la gracia de Dios y nos une a Él en una suprema amistad. Aquellos que reciben este sacramento con el corazón contrito y una buena disposición religiosa reciben como fruto la paz interior, la tranquilidad de conciencia, acompañadas de un gran consuelo espiritual.

El sacramento de la reconciliación restituye la dignidad y los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más preciado de los cuales es la amistad de Dios. Es una verdadera "resurrección espiritual".

PARA REFLEXIONAR:

El sacramento de la penitencia es un buen termómetro de la vida espiritual. Ayuda en el combate espiritual, da fuerzas y hace avanzar en el camino de la salvación .... ¿Lo frecuentamos ?....
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Os invito a participar con vuestros comentarios, vivencias o pensamientos que os haya sugerido el tema.
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viernes, 18 de febrero de 2011

TEMA 29. EL PECADO (I)

EXPOSICIÓN
(Catecismo de la Iglesia Católica puntos del 385 al 421 y de 1846 al 1876)

EL MAL
Dios es infinitamente bueno y todas sus obras son buenas. Pero nadie se escapa de la experiencia del sufrimiento, de los males de la naturaleza y sobre todo, de la cuestión del mal moral.

El pecado está presente en la historia de la humanidad: sería inútil querer ignorar o dar otros nombres a esta realidad oscura. Sólo desde la perspectiva del "vínculo profundo del hombre con Dios" se puede tratar de comprender que es el pecado. Sin esta relación no se puede desenmascarar la verdadera identidad del mal del pecado como rechazo y oposición frontal del hombre hacia Dios.

En su Revelación, en el Génesis, Dios da luz sobre la realidad del pecado, y más particularmente del pecado de los orígenes. Pero es en el progreso de la revelación, a la luz de la muerte y Resurrección de Jesús, donde se aclara la realidad del pecado. Hay que reconocer a Cristo como la fuente de la gracia para reconocer a Adán como la fuente del pecado.

EL DIABLO

El pecado de desobediencia de los primeros padres tiene detrás a una voz seductora opuesta a Dios, la del ángel caído, el diablo, Satanás. Estas criaturas celestiales haciendo uso de su libre elección rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y a su Reino.

El carácter irrevocable de esta elección no puede conseguir el perdón a pesar de la infinita misericordia de Dios.

En la historia de la humanidad Satanás busca enfrentar al hombre contra Dios, actúa por odio contra Dios y su Reino en Jesucristo, pero sin embargo su poder no es infinito. No puede impedir la edificación del Reino de Dios, aunque su actuación causa daños terribles de naturaleza espiritual.

La permisión divina de la actividad diabólica es un gran misterio, pero sabemos que Dios colabora en todo para el bien de aquellos que le aman. (Rm 8,28)



EL PRIMER PECADO DEL HOMBRE

El hombre tentado por el diablo deja morir en su corazón la confianza hacia el Creador y abusando de su libertad desobedece el mandato de Dios. Todo pecado, después de eso, será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad.

"Si comes el fruto del árbol del bien y el mal, serás como Dios". En este pecado, el hombre se prefirió a si mismo y despreció a Dios: hizo la elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias de su estado de criatura y en definitiva contra su propio bien.

Creado en estado de santidad, las consecuencias dramáticas del pecado son que Adán y Eva pierden inmediatamente la gracia de la santidad original, se rompe la armonía del hombre con la creación visible que se hace extranjera y hostil.

A causa del hombre, la creación es sometida a la servidumbre de la corrupción y finalmente, como consecuencia explícitamente anunciada, entró la muerte en la historia de la humanidad.


CONSECUENCIAS DEL PECADO DE ADÁN PARA LA HUMANIDAD

Todos los hombres se encuentran implicados en el pecado de Adán. Por la desobediencia de un solo hombre, la multitud fue constituida pecadora (Rm 5,19).

A la universalidad del pecado y de la muerte, San Pablo opone la universalidad de la salvación por Cristo. "Feliz la culpa que mereció un Redentor tan grande".

La Iglesia ha enseñado desde siempre que la miseria inmensa que abruma a los hombres y su inclinación al mal y a la muerte tienen relación con el pecado de Adán que nos ha transmitido y con el que todos nacemos. Por eso la Iglesia administra el bautismo para el perdón de los pecados incluso a los recién nacidos.

Por el pecado original la naturaleza humana ha sido privada de la santidad y la justicia originales. El bautismo, que nos da la gracia de Cristo, borra el pecado original y vuelve a decantar al hombre hacia Dios. Pero las consecuencias del pecado persisten en la naturaleza humana, debilitada e inclinada al mal, y llaman al hombre a la lucha espiritual.

DIOS NO ABANDONA AL HOMBRE EN EL DOMINIO DE LA MUERTE

Tras la caída, Dios no abandona al hombre. Al contrario lo llama y le anuncia de modo misterioso la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída.

Dios anuncia a su pueblo la venida de un nuevo Adán, el cual, por su obediencia hasta la muerte y muerte de cruz, repara con creces la desobediencia de Adán. "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia".

DEFINICIÓN DEL PECADO

El pecado es un acto personal. El pecado es una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna, es una falta de amor verdadero hacia Dios y hacia el prójimo a causa de una adhesión perversa a ciertos bienes.

El pecado es una ofensa a Dios, es amor a uno mismo hasta el desprecio de Dios. Es una desobediencia, una rebelión contra Dios. Con esta exultación orgullosa de uno mismo, el pecado se opone diametralmente a la obediencia de Jesús que lleva a cabo la salvación.

En la pasión, Cristo vence al pecado que se le enfrenta con su violencia múltiple: incredulidad, odio asesino, rechazo y mofa por parte de los dirigentes y del pueblo, cobardía de Pilato, crueldad de los soldados, traición de Judas, negación de Pedro y abandono de los discípulos. Pero en aquella hora de las tinieblas, el sacrificio de Cristo se convierte secretamente en fuente inagotable de donde brota el perdón de nuestros pecados.

LOS PECADOS

Larga y variada es la lista de los pecados, y pueden ser definidos por las virtudes que contrarían (humildad, generosidad, castidad, paciencia, templanza, caridad y diligencia), o directamente por los mandamientos de la Ley de Dios que incumplen.

San Gregorio Magno indica que hay siete pecados capitales que son: la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza. Se llaman capitales porque engendran otros pecados.

San Pablo en la carta a los Gálatas opone a los frutos del Espíritu las obras de la carne: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, magia, enemistades, discordias, celos, indignaciones, disputas, disensiones, divisiones, envidias, embriaguez, orgías y otras cosas similares. "Os prevengo que quienes cometen tales cosas no heredarán el Reino de Dios".

EL PECADO MORTAL

El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre con una infracción grave de la Ley de Dios; desvía al hombre de Dios, prefiriendo un bien inferior. El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana, al igual que el amor. Si no es rescatado con el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la condenación eterna.

Para que un pecado sea mortal se deben cumplir al mismo tiempo tres condiciones: que la materia sea grave (contra los 10 mandamientos), que se cometa con plena conciencia y con propósito deliberado. El pecado por malicia, por elección deliberada del mal es el más grave.

Los pecados, aunque no sean mortales, debilitan la caridad: revelan una afección desordenada a los bienes creados, impiden la progresión del alma en el ejercicio de las virtudes y la práctica del bien moral.

PARA REFLEXIONAR:

Siendo el pecado un acto personal, se puede cooperar en los pecados de otros. El pecado hace que los hombres sean cómplices unos de otros y que reinen entre ellos la concupiscencia, la violencia y la injusticia.

Los pecados provocan situaciones sociales e instituciones contrarias a la Bondad divina. "Las estructuras de pecado" son la expresión y el efecto de los pecados personales. Inducen a las víctimas a cometer el mal individualmente, pero son un "pecado social".

Os invito a participar con vuestros comentarios, vivencias o pensamientos que os haya sugerido el tema.

viernes, 4 de febrero de 2011

TEMA 28. LA EUCARISTIA

EXPOSICIÓN:

EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA

En la última cena Jesús estableció el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y su Sangre, con el que había de perpetuar por los siglos el sacrificio de la Cruz, hasta su regreso, dejando así a la Iglesia el memorial de su muerte y de su resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete Pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura.

Tener parte en el pan y en el cáliz, es entrar en comunión personal con Cristo que él mismo se da a nosotros.

Mientras comían, Jesús tomó un pan y, después de dar gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: "Tomad, comed, esto es mi cuerpo." Después tomó una copa y, habiendo dado gracias, se la dio diciendo: "Bebed todos, porque esto es mi sangre. Sangre de la alianza, que es derramada a vuestro favor para el perdón de los pecados. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que lo beba de nuevo con vosotros, en el Reino de mi Padre. Haced esto en conmemoración mía".



LA SANTA EUCARISTÍA CORONA LA INICIACIÓN CRISTIANA

Los que han sido elevados a la dignidad del sacerdocio real por el Bautismo y más profundamente configurados a Cristo por la Confirmación participan con toda la comunidad, por medio de la Eucaristía, en el mismo sacrificio del Señor.

La Eucaristía es la fuente y cima de todos los demás sacramentos. En efecto, éstos nos proporcionan el beneficio de la salvación, mientras que la Eucaristía nos da al Señor mismo, fuente de nuestra salvación. Por la Eucaristía, Cristo se hace presente la Iglesia y se nos da como alimento.

LOS NOMBRES QUE RECIBE ESTE SACRAMENTO

EUCARISTÍA
Celebrar al Señor por el bien que ha hecho dándonos la salvación es un acto de agradecimiento. Hacer "eucaristía" significa "dar gracias", decir "gracias". EL corazón lleno de agradecimiento se alegra de recibir el don y reconoce al donante. Damos gracias al Padre por la creación y aún damos más gracias por su Hijo, que nos ha hecho pasar del pecado a la gracia, de la muerte a la resurrección.

BANQUETE DEL SEÑOR
Haciendo referencia al momento en que Jesús lo instituyó. Anticipación del banquete de boda celestial.

FRACCIÓN DEL PAN
Haciendo referencia al rito propio de las comidas judías que usó Jesús. Los discípulos de Emaús reconocen el resucitado en la fracción del pan.

MEMORIAL
De la pasión y resurrección del Señor.

COMUNIÓN
Porque por medio de este sacramento nos unimos a Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y su Sangre para formar un solo cuerpo.

ASAMBLEA EUCARISTICA
Porque la Eucaristía se celebra en la asamblea de fieles, expresión visible de la Iglesia.

SANTA MISA
La celebración termina con el envío de los fieles (missio) para que cumplan la voluntad de Dios en la vida de cada día.


LA CELEBRACIÓN LITÚRGICA DE LA EUCARISTÍA

Fieles al mandato del Señor: "haced esto en memoria mía", los cristianos se reúnen el primer día de la semana para celebrar la cena del Señor.

La participación Eucaristía del domingo es la expresión más importante de la fe y de la comunión con Cristo muerto y resucitado.

La reunión de las primeras comunidades cristianas para "la fracción del pan" se ha perpetuado en el tiempo, de manera que hoy la Iglesia celebra en todas partes con la misma estructura fundamental que se desarrolla en dos grandes momentos que forman una unidad básica :

- La liturgia de la Palabra, con las lecturas, la homilía y la oración universal.
- La liturgia eucarística, con la presentación del pan y del vino, la acción de gracias consacratoria y la comunión.

LA DINÁMICA DE LA CELEBRACIÓN RITO DE APERTURA.

Señal de la cruz. Saludo del sacerdote. Reconocimiento de pueblo pecador perdonado: Señor ten piedad!. Himno de alabanza: ¡Gloria a Dios en el cielo!

PROCLAMACIÓN DE LA PALABRA.

Habla el Señor. Primera lectura, casi siempre del antiguo testamento . Himno de los salmos. Segunda lectura, sobre la predicación de los apóstoles. Tercera lectura del Evangelio. Homilía y oración universal.

LITURGIA EUCARÍSTICA.

Presentación de las ofrendas y oración de ofrecimiento. Plegaria Eucarística. Invocación del Espíritu extendiendo sus manos sobre el pan y el vino. Relato de la institución. Consagración.

Oración de la asamblea (Anunciamos tu muerte, proclamamos ..). Oraciones de intercesión. Acción de gracias. Padrenuestro.

COMULGAR A CRISTO.

Todos aquellos fieles con las disposiciones debidas, se acercan a comulgar.

DESPEDIDA DE LA ASAMBLEA.

Se termina la celebración con la bendición y la despedida que es una verdadera misión. Enviados al mundo llevando en el corazón la paz de Cristo. "¡Podéis ir en paz!"



DISPOSICIÓN DEBIDA PARA COMULGAR

El que es consciente de un pecado grave debe recibir el sacramento de la reconciliación antes de acercarse a la comunión. "Señor no soy digno de que entre en mi casa ....".

Ayuno prescrito antes de ir a comulgar (no comer una hora antes). Actitud corporal adecuada (gestos, vestido) que refleja el respeto, la solemnidad y la alegría del momento.

La Iglesia recomienda vivamente a los fieles que reciban la santa Eucaristía los domingos y días de fiesta, o más a menudo aún, incluso cada día. Considera pecado grave no participar por desidia los domingos y festivos en la Misa, y pide que al menos una vez al año se debe recibir la Eucaristía, si es posible en el tiempo Pascual y debidamente preparados por el sacramento de la reconciliación.

LOS FRUTOS DE LA COMUNIÓN

La comunión acrecienta nuestra unión con Cristo, alimenta nuestra vida espiritual, aumenta y renueva la vida de la gracia. La comunión nos separa del pecado y fortalece la caridad. Nos une a los miembros de la Iglesia y nos compromete a favor de los pobres.

EL CULTO A LA EUCARISTÍA

La Iglesia tributa el culto debido al sacramento de la Eucaristía no sólo durante la Misa, sino también fuera de la celebración: conservando con el mayor respeto las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren solemnemente. En el sagrario, en la exposición del santísimo y llevándolas en procesión.

PARA REFLEXIONAR:

De celebración en celebración, anunciando el misterio pascual de Jesús "hasta que Él venga" (1 Co 11,26) el pueblo de Dios peregrina en la tierra avanzando "por la puerta estrecha de la Cruz" hacia el banquete celestial, cuando todos los elegidos se sentarán a la mesa del Reino.

¿Formo parte de la barca de Pedro ?....

¿Celebro el domingo ?....

¿Doy culto a la Eucaristía? …

Os invito a participar con vuestros comentarios y vivencias que seguro nos enriqueceran a todos!

viernes, 21 de enero de 2011

TEMA 27. LA GRACIA Y LAS VIRTUDES (2). LA CARIDAD

EXPOSICIÓN (Del Catecismo 1822-1829)

LA CARIDAD

Es la virtud teologal por la que amamos a Dios por él mismo sobre todas las cosas, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por el amor de Dios: "Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?" Él le dijo: "¿Qué hay escrito en la Ley?" "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente y al prójimo como a ti mismo”. Él le dijo:"Has respondido bien; haz esto y vivirás".(L. 10, 25-37)

UN MANDAMIENTO NUEVO

Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo, amando a los suyos "hasta el extremo" manifiesta el amor que ha recibido del Padre: "Como el Padre me amó, así os he amado yo, perseverad en mi amor (Jn 15 , 9) "" Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado "(Jn 15,12)

HIMNO DEL AMOR (San Pablo 1 ª Corintios 13, 1-13)

Si yo tuviera el don de hablar lenguas ..... Y si tuviera el don de profecía ..... Y si distribuyera todos mis bienes en alimentos para los pobres .... si no tengo amor, no me sirve de nada. El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es pretencioso ni orgulloso; no es insolente ni egoísta, no se irrita ni es vengativo; no se alegra de la injusticia, sino que se complace en la verdad; todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca decae.

Nuestro conocimiento es imperfecto .... por ahora subsisten estas tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande es el amor.

LA CARIDAD IMPULSA EL EJERCICIO DE TODAS LAS VIRTUDES

El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la Caridad. La caridad asegura y purifica nuestra potencia humana de amar. La eleva a la perfección natural del amor divino: "Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de sentimientos tiernos, de benignidad, de humildad, de serenidad, de paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguien tiene alguna queja contra otro, como el Señor os perdonó, haced así también vosotros. Y, como culminación de todo esto, ceñíos del amor, que es el vínculo de la perfección. "(San Pablo. Colosenses 3, 12-14)

FRUTOS DE LA CARIDAD

La práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios. Por los méritos de Jesucristo el cristiano ya no se encuentra ante Dios como un esclavo, con miedo servil, sino como un hijo que corresponde al amor "de aquel que ha amado primero" (1Jn 4,19). Los frutos de la caridad son el gozo, la paz y la misericordia, exige la práctica del bien y la corrección fraterna, es benevolente; desvela la reciprocidad y se mantiene desinteresada y liberal, es amistad y comunión.

“DEUS CARITAS EST”. DIOS ES CARIDAD.
(Los siguiente párrafos son un extracto de la encíclica de Benedicto XVI "Deus caritas est")

LA NATURALEZA DEL AMOR: EROS Y AGAPE

Por EROS se entiende aquel amor que nace entre el hombre y la mujer, que no nace del pensamiento o de la voluntad, sino que en cierto sentido se impone al ser humano. Es atracción, un estado de arrebato, que ansía estar con el amado, deseo de poseerlo en cuerpo y alma. Estoy con el amado porque me hace feliz.

Por AGAPÉ se entiende aquella experiencia de amor que llega al descubrimiento del otro, superando el carácter más egoísta del EROS. Ahora el amor se entiende como ocuparse del otro y preocuparse del otro. Ya no se busca a uno mismo, sumergirse en la embriaguez de la felicidad, sino que quiere el bien del amado. Es capaz de renunciar al propio egoísmo y está dispuesto al sacrificio por la persona amada. La justa unidad entre EROS y AGAPÉ es la realidad del amor.

Así el momento del AGAPÉ se inserta en el del EROS inicial. El amor no puede dar únicamente y siempre, también debe ser correspondido, es necesario recibir amor. Quien quiere dar amor, también lo debe recibir como un don.

DIOS ES EROS Y AGAPE

Dios se revela al hombre por medio del pueblo de Israel y le indica que es él el único Dios, creador de todo lo que existe y creador del hombre. Todo lo ha hecho por amor y ha creado al hombre por que le ama.

El Dios revelado al pueblo de Israel es un Dios que ama personalmente. Y nos ama con esta dualidad de Eros y Agapé. Dios ama apasionadamente al hombre, le ama con un amor gratuito que a la vez también es un amor que perdona y está dispuesto al sacrificio. Dios que escoge y ama al pueblo de Israel sufre su desamor y su infidelidad.

JESUCRISTO, EL AMOR DE DIOS ENCARNADO

La novedad del Nuevo Testamento es la actuación imprevisible y, en cierto sentido inaudita de Dios. Jesucristo es el amor de Dios encarnado. En Jesucristo el propio Dios sale a buscar a la oveja perdida: la humanidad doliente y extraviada. Por la pasión de Jesucristo Dios se pone contra sí mismo, le entrega para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical.

AMAR A DIOS Y EL PRÓJIMO

El Señor nos ha amado primero, por su amor se ha revelado en Jesucristo y nos ha dejado su Espíritu y su Iglesia. Dios sigue viniendo al encuentro del hombre a través de la Palabra, los sacramentos y especialmente de la Eucaristía. El hombre puede corresponder a ese amor de Dios a través de estos medios y especialmente amando al prójimo. La historia de amor entre Dios y el hombre consiste en la comunión entre pensamiento y sentimiento. Desde el sentimiento de que Dios está dentro de mí, mi pensamiento y mi voluntad tienden a coincidir cada vez más con la voluntad de Dios.

El amor es un proceso que siempre está en camino, nunca se da por completado, se transforma en el curso de la vida y va madurando. Conforme va creciendo, nos "abandonamos" en Dios que es la causa de nuestra alegría. En esta comunión con Dios es posible el amor al prójimo en el sentido que Jesucristo explica en la parábola del buen samaritano.

Desde el encuentro íntimo con Dios aprendo a mirar a otro no con mis ojos y mis sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible ante Dios. El servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y al amor inmenso con que me quiere.

PARA REFLEXIONAR:

¿En nuestras relaciones de amor, vivimos el amor también como agapé?

¿Vivimos esta intimidad con Dios?. ¿Le amamos?

¿Amo al prójimo? ¿a mi familia? ... ¿a los amigos?.... ¿a los compañeros de trabajo ?..... ¿a los vecinos?.... ¿a los hermanos en la fe?....

¿Busco una caridad "anónima" o quiero implicarme?......

sábado, 8 de enero de 2011

TEMA 26. LA GRACIA Y LAS VIRTUDES (I). LA FE Y LA ESPERANZA

EXPOSICIÓN:

LA GRACIA

La gracia es el favor o el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios, hijos adoptivos, participantes de la naturaleza divina y de la vida eterna.

La libre iniciativa de Dios reclama la respuesta libre del hombre. Dios ha creado al hombre a su imagen y le ha otorgado, junto con la libertad, el don de poder conocer y amar. Sólo libremente entra el alma en la comunión del amor.

La gracia nos introduce en la intimidad de vida trinitaria: Por el bautismo el cristiano participa de la gracia de Cristo que lo hace hijo adoptivo y le permite decir a Dios "Padre", recibiendo el Espíritu Santo que le infunde la caridad.

La gracia del Espíritu Santo tiene el poder de "justificarnos", es decir, de lavarnos nuestros pecados y nos reconcilia con Dios, purifica nuestro corazón y le infunde la fe, la esperanza y la caridad.




LA FE (catecismo de la Iglesia Católica 153-168)

La fe es una virtud infundida por Dios en el alma de los fieles para hacerles capaces de actuar como hijos suyos y merecedores de la vida eterna.

Por la fe creemos en Dios y en todo lo que él nos ha dicho y revelado por Jesucristo y su Iglesia asistida por el Espíritu Santo. Es el asentimiento libre a toda verdad revelada, una adhesión personal. Creer sólo es posible por la gracia, pero no deja de ser un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre adherirse a las verdades por Dios reveladas.

En la fe, la inteligencia y la voluntad del hombre colaboran con la gracia divina: "Creer es un acto del entendimiento que se adhiere a la verdad divina bajo el imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia "(Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica 2-2).

La fe es un camino, el grano de mostaza crece y se hace un arbusto grande, así por la fe el creyente desea conocer mejor y trata de comprender mejor las verdades reveladas. La gracia de la fe abre "los ojos del corazón" para llegar a una comprensión más viva de los contenidos de la Revelación. "Creo para entender y entiendo para creer mejor" (San Agustín).




San Pablo a los Efesios (1,18)

Por eso, también yo, desde que he oído hablar de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor hacia todos los creyentes, no paro de dar gracias por vosotros, recordando en cuenta en mis oraciones, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre glorioso, os dé el don de un espíritu de sabiduría que os revele el pleno conocimiento de él, a fin de que, iluminados interiormente, podáis comprender a qué esperanza os ha llamado, qué riqueza de gloria ofrece su herencia entre los santos, y como de incomparable es su potencia hacia nosotros, los creyentes, operando con esa fuerza poderosa que desplegó en Cristo, cuando le resucitó de entre muertos y le hizo sentarse a su derecha en el cielo.
Todo lo sometió bajo sus pies, y constituyó en el jefe supremo de la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud de aquel que llena por completo el universo.

La respuesta de la fe que el hombre da a Dios es un acto libre y voluntario. Nadie puede ser forzado a abrazar la fe en contra de su voluntad. Cristo invitó a la fe ya la conversión, no forzó. Dio testimonio de la verdad pero no quiso imponerla por la fuerza a los que se oponían.

La fe es un acto personal pero nadie cree para él solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo. La fe la ha recibido de los demás y la ha de transmitir a los demás. Nuestro amor a Jesús y a los demás hombres nos empuja a hablar de nuestra fe a los demás.

LA ESPERANZA

Es la virtud por la que deseamos el Reino y la vida eterna como nuestra felicidad, poniendo la confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos en el auxilio de la gracia del Espíritu Santo. La esperanza responde a la aspiración de felicidad puesta por Dios en el corazón del hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades humanas, las purifica para ordenarlas al Reino de los Cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desamparo; ensancha el corazón con la espera de la felicidad eterna.

El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la bienaventuranza de la caridad. La esperanza es el ancla del alma, que nos da seguridad y firmeza y que nos protege en el "combate de la salvación". Jesús por las bienaventuranzas eleva nuestra esperanza en el Cielo. Por los méritos de su pasión, Dios nos guarda en "la esperanza que no engaña". En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, que perseverará hasta el fin, y conseguirá la joya del cielo por las buenas obras hechas con la gracia de Cristo.




PARA REFLEXIONAR: (párrafos extraídos de la encíclica Spes Salvi de Benedicto XVI)

A lo largo de su existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según los períodos de su vida. A veces puede parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que no necesita de ninguna otra. En la juventud puede ser la esperanza del amor grande y satisfactorio; la esperanza de cierta posición en la profesión, de uno u otro éxito determinante para el resto de su vida.

Sin embargo, cuando estas esperanzas se cumplen, se ve claramente que esto, en realidad, no lo era todo. Es claro que el hombre necesita una esperanza que vaya más allá. Es evidente que sólo puede contentarse con algo infinito, algo que será siempre más de lo que nunca podrá alcanzar.

Tal vez muchas personas rechazan hoy la fe simplemente porque la vida eterna no les parece algo deseable. De ninguna manera quieren la vida eterna, sino la presente y, por ello, la fe en la vida eterna les parece más bien un obstáculo.

Por un lado, no queremos morir, los que nos aman, sobre todo, no quieren que muramos. Por otro lado, tampoco podemos seguir existiendo ilimitadamente, y tampoco la tierra ha sido creada con esta perspectiva. Entonces, ¿qué es realmente lo que queremos? Esta paradoja de nuestra propia actitud suscita una pregunta más profunda: ¿qué es realmente la «vida»? ¿Y qué significa verdaderamente «eternidad»?.

En este sentido, es verdad que quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida (cf. Ef 2,12).

La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando «hasta el extremo», «hasta el total cumplimiento» ( cf. Jn 13, 1; 19,30).

Quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente «vida». Empieza a intuir qué quiere decir la palabra esperanza que hemos encontrado en el rito del Bautismo: de la fe se espera la «vida eterna», la vida verdadera que, totalmente y sin amenazas, es sencillamente vida en toda su plenitud.

Jesús que dijo de sí mismo que había venido para que nosotros tengamos la vida y la tengamos en plenitud, en abundancia (cf. Jn 10,10), nos explicó también qué significa «vida»: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo>>.

viernes, 10 de diciembre de 2010

TEMA 25. LOS SACRAMENTOS DE LA INICIACIÓN CRISTIANA. BAUTISMO Y CONFIRMACIÓN.

EXPOSICIÓN:

BAUTISMO DE JESÚS (Mt 3, 1-17) (Mc 1, 7-8)

Por aquellos días se presentó Juan Bautista, que predicaba en el desierto de Judea. Decía: "Convertíos, que el Reino de los Cielos está cerca."

Acudían a él gentes de Jerusalén, de toda la Judea y de todo el valle del Jordán, y los bautizaba en el río Jordán mientras confesaban sus pecados.

Y predicaba así: "Viene detrás de mí el que es más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatarle la correa de las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con el Espíritu Santo”.

Entonces Jesús fue de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan se oponía diciendo: "Soy yo que necesito ser bautizado por ti, y tú ¿vienes a mí?".

Jesús le respondió: "Deja que ahora sea así, conviene que cumplamos todo lo que Dios quiere".

Entonces le dejó. Y Jesús, una vez bautizado, salió del agua enseguida, el cielo se abrió y vio cómo el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y venía sobre él. Y se oyó una voz del cielo que decía: "Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco."


QUIEN CREA Y SEA BAUTIZADO, SE SALVARÁ (Mc 16, 15-16)

Finalmente se manifestó a los once cuando estaban en la mesa, y los reprendió por su incredulidad y su empeño en no creer a quienes lo habían visto resucitado, y les dijo: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, será salvo, pero el que no crea, será condenado”.

DIÁLOGO DE JESÚS CON NICODEMO (Jn 3, 5)

"Te lo aseguro: si uno no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios".

LOS SACRAMENTOS (Libro de la fe. Obispos de Bélgica. Pags.74)

La palabra latina "sacramentum" significa "juramento solemne de fidelidad por medio de un signo auténtico".

Por eso decimos que Jesucristo es el sacramento por excelencia que realiza el encuentro entre Dios y los hombres. Por su parte, la Iglesia es el sacramento de la presencia de Cristo entre los hombres. En la Iglesia, cada sacramento es una palabra y un gesto de salvación.

El Señor nos hace renacer a la vida, por el bautismo, nos confirma y nos perdona los pecados, nos reconcilia; une a los esposos, reúne a su pueblo en la misma mesa y se nos da en alimento; hace revivir a los enfermos y da pastores a su pueblo.

Los sacramentos son la obra del Espíritu Santo: gracias a él podemos encontrar al Señor a través de las palabras y los gestos sacramentales por los cuales él mismo realiza la salvación y nos da una nueva existencia.

PARA REFLEXIONAR:

EL BAUTISMO

Recibir el bautismo es un acto de humildad y de verdad. Los que iban al Jordán para que Juan los bautizara, se reconocían hombres pecadores y reconocían que la justicia no les podía venir de sus propios méritos.

Juan bautizaba con agua en vistas a un cambio profundo de las mentalidades. ¿Qué debemos hacer? .. el que tenga dos túnicas que reparta con el que no tiene ....

Jesús se hace bautizar para hacerse solidario con toda la humanidad. Así confiesa que es un hombre verdadero. De este acto de humildad nace la verdad de Cristo.

El Espíritu Santo baja sobre Jesús, y es proclamando por el Padre como el Hijo amado, el Ungido con el Espíritu, profeta y siervo de Dios. "El que viene detrás de mí os bautizará con el fuego del Espíritu Santo" dice Juan (Mt 3,11).

Por el bautismo, Jesús nos da su Espíritu que nos hace hijos adoptivos del Padre. El fuego del espíritu "quema" el mal en nosotros y nos libra del pecado original. Del bautismo nace un hombre nuevo, un hombre salvado. Convertido en hijo adoptivo del Padre por el bautismo, el cristiano entra en la Iglesia, recibe la dignidad de laico, es decir, se convierte en miembro del Pueblo de Dios, miembro del Cuerpo de Cristo, piedra viva de la Iglesia y templo del Espíritu Santo.

El hombre "viejo" herido por el pecado vivía solo. El hombre "nuevo", liberado del pecado, forma un cuerpo con sus hermanos dentro de la comunidad cristiana.

El bautismo se llama "baño de regeneración", porque la inmersión en el agua nos hace tener parte en la muerte de Cristo y la salida del agua nos hace participar en su resurrección. El agua purifica y simboliza la vida. El bautismo es la Pascua del Cristiano.

LA CONFIRMACIÓN

Desde el bautismo, el cristiano recibe el Espíritu Santo que es origen de su vida nueva. Pero hay un progreso en la manifestación de Dios y en la comunicación de su Espíritu.

La mañana de Pentecostés el Espíritu Santo llena de coraje y de dinamismo misionero a la Iglesia apostólica, para que lleve su testimonio de fe por toda la tierra y más allá de todos los tiempos.

Así se puede decir que si la Pascua del Señor es de alguna manera el bautismo de la Iglesia, Pentecostés es la confirmación. La Pascua del cristiano es su bautismo y la confirmación le renueva el don de Pentecostés.

Este don del Espíritu inserta plenamente al bautizado en la Iglesia misionera y le impulsa a participar de la misión de proclamar la buena nueva.

El bautismo y la confirmación, junto con el sacramento del orden, son cada uno de ellos un "rito de consagración" que confiere la misión de Cristo. Para poder cumplirla, Dios confiere una "fuerza permanente". Es por ello que estos sacramentos dejan una "huella". Sólo se pueden recibir una sola vez.



EL RITO DEL BAUTISMO Y DE LA CONFIRMACIÓN

Del rito del bautismo forman parte la palabra, el agua y la luz. Antes de recibir el bautismo, junto con la asamblea, el catecúmen o los padres del niño proclaman la renuncia al mal y hacen la profesión de fe.

El ministro del sacramento, normalmente sacerdote, hace la efusión del agua en la cabeza del bautizado y pronuncia las palabras del bautizo. Se unge con el aceite, que simboliza el Espíritu, se lleva una prenda blanca, que simboliza la vida nueva, se enciende una vela que simboliza la luz de Cristo que el Señor nos da.

En el caso de un niño, padres y padrinos toman la responsabilidad de educar en la fe al nuevo cristiano.

En el sacramento de la confirmación, reservada su administración al obispo, se vuelve a proclamar la renuncia al mal y se hace la profesión de fe. El obispo impone las manos sobre la cabeza del confirmado, lo que significa en conjunto “toma de posesión, investidura y bendición”. Y finalmente, se hace la unción con aceite que simboliza el Espíritu Santo. Con la unción y la palabra que le acompaña el confirmado recibe el "sello" del Espíritu.

La confirmación sella la alianza del bautismo que nos hace hijos de Dios, por los méritos de Jesucristo.

¿Soy consciente de la dignidad que me confieren el bautismo y la confirmación ?....

liberado del mal, regenerado como hijo de Dios, miembro de Cristo, incorporado en su Iglesia y partícipe de su misión ..

(Los párrafos anteriores están recogidos del "libro de la fe" de los obispos belgas, y también del Catecismo de la Iglesia puntos 1210 a 1300).