TEMA 342 MAGNIFICA HUMANITAS (17-32)
CAPÍTULO
PRIMERO (1)
UN PENSAMIENTO DINÁMICO FIEL AL EVANGELIO (17-18)
Una
Iglesia en camino en la historia de la humanidad (19-22)
La
sabiduría de la Palabra y el diálogo con las ciencias humanas (23-24)
La
Doctrina social como discernimiento comunitario (25-27)
El
desarrollo del Magisterio social desde León XIII hasta hoy (28)
Los
primeros pasos de la Doctrina social de la Iglesia (29-32)
UN PENSAMIENTO DINÁMICO
FIEL AL EVANGELIO
17. En este primer capítulo mi intención es
recorrer, de manera sintética, el camino a través del cual la Doctrina social
de la Iglesia ha ido tomando forma en el Magisterio reciente de los Papas y
del Concilio
Vaticano II, para poner de relieve su carácter dinámico. En cada época, de
hecho, las res novae instan a esta enseñanza a medirse con las
preguntas de la historia a la luz de la Verdad revelada.
Por eso, también la IA debe entenderse no como un apéndice
temático, o como una emergencia que hay que gestionar, sino como una
transformación que interpela desde dentro las categorías de la Doctrina social
y exige un mayor desarrollo de la misma, en fidelidad al Evangelio.
18. Sin embargo, este itinerario no sería
realmente comprensible si, antes de detenernos en la contribución de cada uno
de los Pontífices y en los documentos más relevantes, no aclaráramos algunas
convicciones fundamentales sobre la forma en que la Iglesia habita la historia
y se relaciona con el mundo. Sin esta aclaración, la Doctrina social correría
el riesgo de parecer una injerencia indebida en cuestiones temporales o un
código ético externo que se aplica arbitrariamente.
En realidad, surge de una Iglesia que camina con la
humanidad, reconoce la autonomía de las realidades terrenas y la distinción
entre comunidad eclesial y comunidad política y, precisamente por eso, aspira a
servir al bien común.
Una
Iglesia en camino en la historia de la humanidad
19. La Iglesia, presente en el mundo como
signo de unidad para toda la familia humana, reconoce en los interrogantes y
los desafíos de la época actual el ámbito en el cual ejercer su vocación a la
escucha, al diálogo y al servicio, dejándose interpelar por todo lo que
concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy. Este
entrelazamiento de vida con los pueblos le hace comprender cada vez más que su
misión tiene un alcance histórico e implica una responsabilidad respecto a la
forma en que se tejen las relaciones sociales.
Por ello no puede considerarse ajena a las dinámicas que
configuran el rostro de la sociedad. Más bien, participa con compromiso en los
caminos a través de los cuales la sociedad misma crece y se organiza, y ofrece
su contribución al logro de una convivencia más justa y fraterna. El Papa
Francisco recordaba con fuerza esta dimensión histórica de la misión
eclesial, señalando que «nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la
intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y
nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad
civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los
ciudadanos». [9]
20. La llamada y el compromiso de caminar con
la humanidad en lo concreto de la historia llevan a la Iglesia a reconocer que
las realidades terrenas poseen una consistencia y un orden propio. El Concilio
Vaticano II expresó con especial precisión este principio en la
Constitución pastoral Gaudium
et spes, cuyo 60° aniversario celebramos con grato recuerdo el pasado 7
de diciembre de 2025: «Si por autonomía de la realidad se quiere decir que las
cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, […] es
absolutamente legítima esta exigencia de autonomía». [10]Este énfasis pone de manifiesto que la
creación lleva impresa una bondad originaria que la mirada humana debe
custodiar, cultivar y hacer madurar.
En este horizonte, la Iglesia se ofrece como una presencia
que ayuda a leer en profundidad la realidad, sosteniendo con humilde firmeza
aquellas decisiones que promueven la dignidad de cada persona, la cohesión de
las comunidades y el bien de todos. Así, se sitúa a la par del mundo sin
imponerse sobre él, para que en cada acontecimiento humano pueda germinar la
promesa de justicia y paz que el Espíritu Santo sigue suscitando en el corazón
de la humanidad.
21. Al reconocer que Dios acompaña la
libertad de los seres humanos en el desarrollo de la historia, el Concilio
Vaticano II afirmaba la distinción entre comunidad eclesial y
comunidad política, subrayando que cada una de ellas debe actuar con la más
plena autonomía. La presencia de la Iglesia en el mundo se expresa así también
en su relación con la sociedad civil y con las instituciones públicas.
Al dialogar con ellas, la Iglesia reconoce el valor de las
realidades sociales y políticas y respeta su propia responsabilidad, apoyando
todo lo que protege la vida de las personas y fortalece los cimientos del
tejido social. No pretende asumir las funciones que competen al Estado; por el
contrario, valora su servicio al bien común y reconoce con convicción la
responsabilidad que las instituciones civiles ejercen en la sociedad.
Al mismo tiempo, la misión que se le ha confiado la lleva a
no permanecer distante de los sufrimientos concretos de los hombres y mujeres
de nuestro tiempo. Su cercanía no nace de la intención de suplir a las
instituciones, ni mucho menos de una crítica implícita a su labor, sino de la
caridad evangélica que la impulsa a acercarse a las heridas de la humanidad en
los momentos en que estas se manifiestan con mayor gravedad. Cuando interviene,
lo hace imitando al buen samaritano, con discreción y cercanía, consciente de
que lo que surge de una necesidad inmediata no puede convertirse en norma, ni
sustituir las responsabilidades institucionales propias de la comunidad civil.
22. A partir de este doble reconocimiento —la
autonomía de las realidades terrenas y la distinción de competencias entre la
comunidad eclesial y la política— se comprende mejor la orientación que
el Concilio
Vaticano II ha dado a la Iglesia en su relación con el mundo. Gaudium
et spes recuerda que «es propio de todo el Pueblo de Dios, pero
principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar, discernir e
interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro
tiempo y valorarlas a la luz de la Palabra de Dios, a fin de que la Verdad
revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma más
adecuada». [11]
Escuchar los “diferentes lenguajes” no es una mera atención
sociológica, sino que implica un discernimiento espiritual en el que, con la
ayuda del Espíritu, el Pueblo de Dios reconoce en las transformaciones
culturales y sociales tanto los signos de la presencia de Cristo, que viene y
guía la historia hacia su plenitud, como aquellas desviaciones que oscurecen su
rostro.
Así, la Verdad revelada no se modifica en su núcleo
esencial, sino que se explicita y se asume como criterio vivo para orientar
elecciones concretas, inspirar caminos de conversión personal y comunitaria,
promover reformas de las estructuras y apoyar nuevas formas de testimonio
evangélico en la vida pública. La historia es, por tanto, uno de los lugares en
los que la Iglesia se deja instruir por el Espíritu sobre el alcance
humanizador del Evangelio y aprende a adaptar su enseñanza al servicio de la
dignidad de cada persona y del bien de los pueblos.
La
sabiduría de la Palabra y el diálogo con las ciencias humanas
23.La Iglesia considera compañeros de camino
a todos aquellos que buscan sinceramente «la verdad, la bondad y la belleza»,
considerándolos «preciosos aliados» [12] en la defensa de la dignidad de
cada persona y en la custodia de la creación. Asumiendo el estilo pastoral
del Concilio
Vaticano II, que invita a escuchar, discernir e interpretar los signos de
los tiempos, la Iglesia, iluminada por la sabiduría de la Palabra, no teme el
encuentro con el saber humano.
La Palabra de Dios
ofrece criterios fiables para orientar los caminos de la justicia y abrir vías
de reconciliación y paz entre los seres humanos. Cuando se trata de aplicar
estos criterios a las complejas situaciones de nuestro tiempo, resulta esencial
la contribución de la filosofía y de las ciencias humanas y sociales, que
ayudan a comprender y analizar más a fondo las dinámicas culturales, económicas
y políticas. San
Juan Pablo II recordaba que la Iglesia acoge la aportación de las
ciencias sociales «para sacar indicaciones concretas que le ayuden a desempeñar
su misión de Magisterio». [13]
El diálogo con esos conocimientos no resta fuerza al
Evangelio; al contrario, permite identificar con mayor claridad lo que
realmente promueve la vida de las personas y las comunidades. El Papa
Francisco, en consonancia con esta perspectiva, subrayaba que, en muchas
cuestiones específicas, la Iglesia no pretende ofrecer «una palabra
definitiva», [14] pero reconoce la importancia de
prestar atención a la investigación científica y de fomentar un diálogo serio y
leal entre los académicos, aceptando la diversidad de opiniones.
24. Alimentada por este diálogo fecundo entre
el Evangelio y los conocimientos humanos, la Iglesia ha profundizado
progresivamente en su Doctrina social, madurando con el tiempo un patrimonio de
sabiduría dotado de una coherencia teológica y antropológica arraigada en la
visión cristiana de la persona.
Precisamente porque nace de la fe y de su comprensión de la
realidad, este patrimonio no se traduce en un repertorio de soluciones técnicas
ni en un modelo económico o político que se oponga a otros: tiene una categoría
propia, [15] la de los principios que orientan
la lectura de los acontecimientos y sustentan una interpretación evangélica de
los procesos históricos y de las decisiones que estos implican.
De ahí surge la función propia de la Doctrina social, que no
pretende sustituir las responsabilidades de la política y de las instituciones,
sino que se ofrece como apoyo al discernimiento común, ayudando a reconocer y
promover lo que contribuye a la dignidad de las personas, a la vitalidad de las
comunidades y al bien de todos.
La
Doctrina social como discernimiento comunitario
25. La comprensión de la verdad como un don
que hay que compartir y no como una posesión que hay que reclamar, libera a la
Iglesia de la tentación de añorar formas de presencia basadas en el
poder. San
Juan Pablo II invitaba a mirar con sinceridad hacia aquellos tiempos
en los que se cedió a «métodos de intolerancia e incluso de violencia en el
servicio a la verdad», [16] para reencontrar el camino
evangélico del anuncio apacible y de la verdad que no se impone.
En la misma línea, he reiterado que la Iglesia «no quiere
levantar la bandera de la posesión de la verdad», [17] porque la verdad no es un
territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir. Esta misma
perspectiva la resumió el Papa
Francisco en sus famosas palabras, según las cuales «el tiempo es
superior al espacio»: [18] lo importante no es, ante todo,
ocupar puestos de poder o controlar bastiones culturales, sino iniciar procesos
de bien y dejar que maduren; así, la verdad del Evangelio no se impone desde lo
alto, sino que crece con el tiempo, en el entretejido concreto de las vidas,
las comunidades y las culturas.
Es una verdad que no teme a la diversidad, sino que la acoge
y la ordena; que no elimina los conflictos, sino que los transfigura; que
recompone lo que la historia tiende a dispersar. De ahí también la imagen del
poliedro, una figura de muchas caras donde se refleja, desde diferentes
ángulos, la misma verdad del Evangelio. [19]
26. Esta actitud de apertura a la verdad,
única y a la vez multifacética, expresa en lo más profundo la catolicidad de la
Iglesia, que abarca a toda la familia humana y, al mismo tiempo, vive inmersa
en las condiciones concretas de los pueblos y las culturas. El Concilio
Vaticano II recuerda que, precisamente en virtud de esta catolicidad,
«cada una de las partes colabora con sus dones propios con las restantes partes
y con toda la Iglesia», [20] y que, de este modo, tanto en su
conjunto como en cada comunidad individual, crece gracias a un intercambio
recíproco y a un esfuerzo mutuo hacia una comunión cada vez más plena.
De ello se desprende que el Pueblo de Dios no sólo está
compuesto por muchos pueblos, sino que en su interior está tejido de funciones,
vocaciones, culturas y tradiciones diversas, llamadas a apoyarse y enriquecerse
mutuamente. En esta perspectiva, san Pablo
VI reconocía que, dada la gran variedad de situaciones históricas, no
es realista pensar que la Doctrina social pueda «pronunciar una palabra
única», [21] una respuesta exclusiva y válida
para todos los contextos; por eso invitaba a cada comunidad cristiana a leer
con lucidez y responsabilidad la realidad de su propio país. La tensión fecunda
entre la universalidad de la misión y el arraigo local forma parte íntima de la
vida de la Iglesia: ella lleva en su aliento el horizonte del mundo entero,
pero asume las preguntas de cada contexto como el lugar real en el que el
Evangelio cobra vida.
27. A la luz de lo dicho hasta ahora, la Doctrina social de la Iglesia se muestra en su faceta
más auténtica: no es un manual de principios y normas que hay que aplicar, sino
un camino de discernimiento comunitario. Nace del encuentro entre la verdad
eterna del Evangelio y las preguntas de la historia, se deja interpelar por los
signos de los tiempos; se nutre de la contribución de las ciencias, las
culturas y las experiencias humanas.
Por eso, cuando la dignidad de los hermanos se ve
desfigurada, cuando la política no responde a los dramas de la humanidad,
cuando la economía se vuelve contra la persona o la ciencia traspasa los
límites de su método, [22] la Iglesia —junto con las demás
confesiones cristianas y los creyentes de otras religiones— debe hacer oír su
voz no para dominar, sino para servir a la comunión. Entendida así, la Doctrina
social se convierte en una teología de la comunión en la historia; un lugar en
el que la Palabra, hecha carne, sigue convirtiéndose en diálogo, memoria y
profecía.
El
desarrollo del Magisterio social desde León XIII hasta hoy
28. Tras haber recordado la forma en que la
Iglesia se sitúa en la historia y entabla diálogo con el mundo, deseo ahora
detenerme en el desarrollo de la Doctrina social en el Magisterio, que, desde
el siglo XIX hasta nuestros días, ha acompañado las grandes transformaciones
sociales. Evidentemente, no podré dar cuenta de toda la riqueza de esta
enseñanza, cuyos principios fundamentales se presentan en el Compendio
de la doctrina social de la Iglesia y se profundizan aún más en el
Magisterio reciente. Tampoco podré retomar de manera sistemática lo que se ha
elaborado en las Encíclicas de mis últimos venerados Predecesores, en
particular en Laudato
si’ y en Fratelli
tutti.
Sin embargo, quiero recordar algunas líneas esenciales, para
mostrar que lo que escribo se coloca en continuidad con esta tradición y, al
mismo tiempo, para destacar cómo en ella el núcleo estable de las verdades
reveladas sobre la persona y la convivencia humana se entrelaza con una
capacidad siempre renovada de escuchar las situaciones históricas y de dejarse
interpelar por las preguntas que surgen del presente. Recorreré, por tanto,
algunas etapas decisivas de este desarrollo, comenzando por la etapa inaugurada
por la Encíclica Rerum
novarum.
Los
primeros pasos de la Doctrina social de la Iglesia
29. Lo que hoy llamamos “Doctrina social de
la Iglesia” no surge de improviso en la era contemporánea, sino que recoge y
organiza una larga tradición de reflexión eclesial sobre la vida social, que
hunde sus raíces en la Sagrada Escritura, en los Padres de la Iglesia y en las
elaboraciones teológicas y jurídicas de la Edad Media y la Edad Moderna.
La expresión “Doctrina social de la Iglesia” fue empleada
por primera vez por Pío XII en
1950, [23] pero
el contenido que encierra, entendido como un corpus orgánico de enseñanzas
sociales, comenzó a perfilarse con la Encíclica Rerum novarum de León XIII. Ante los “nuevos asuntos” de su tiempo —el conflicto
entre el capital y el trabajo, la cuestión obrera, las transformaciones
económicas y sociales—, León XIII no se limitó a constatar el malestar, sino que asumió esas
situaciones como ámbito de la misión pastoral de la Iglesia, las sometió a un
discernimiento riguroso e iluminó sus causas y las posibles vías de salida a la
luz del Evangelio y de una visión integral de la persona, creada a imagen de
Dios.
San
Juan Pablo II vio en esta forma de proceder un «paradigma
permanente» [24] de la Doctrina social: una praxis
ejemplar mediante la cual la Iglesia, ante las transformaciones históricas,
ejerce su derecho y deber de examinar las realidades sociales, pronunciarse
sobre ellas e indicar caminos hacia una solución justa. De este modo, los
contenidos perennes de la fe y de la antigua sabiduría eclesial se articulan en
una doctrina viva que, permaneciendo fiel al Evangelio, crece en el diálogo con
los “nuevos asuntos” de cada época.
30. La Encíclica Rerum
novarum de León
XIII constituye un hito en la evolución del Magisterio social. El
documento sitúa en el centro de su reflexión la dignidad del trabajo y del
trabajador, afirma el derecho a un salario justo para uno mismo y para la
propia familia, reconoce en las personas un valor esencial que prevalece sobre
el capital y el beneficio, defiende la propiedad privada junto con su
indispensable función social, aprecia las asociaciones de trabajadores y
propone formas de colaboración entre los diversos componentes de la sociedad como
alternativa a la lógica de la “lucha de clases”.
No sorprende, por tanto, que Pío XI la haya
definido como la « Magna Charta» [25] de la acción social de los
cristianos: en Rerum
novarum, la sabiduría ancestral de la Iglesia sobre la persona y la
vida en sociedad adquiere una nueva forma, capaz de enfrentarse a la era
industrial y de ofrecer el primer gran marco sistemático de esa Doctrina social
que las décadas siguientes desarrollarían aún más.
Aunque muchas de las condiciones históricas descritas
por León
XIII han cambiado, al menos dos de sus principios siguen siendo de
gran actualidad: la primacía del trabajo humano sobre cualquier lógica
puramente productiva o financiera, con la consiguiente atención a las personas
y a las familias más expuestas a la explotación, y el vínculo indisoluble entre
el anuncio evangélico y la búsqueda de un orden social más justo. Así, Rerum
novarum sigue recordándonos que no hay auténtica evangelización
que no toque también las estructuras de la convivencia humana.
31. La
Encíclica Quadragesimo anno de Pío XI,
publicada en 1931 con motivo del 40° aniversario de Rerum novarum y
en pleno apogeo de la gran crisis económica mundial, da un paso más en el
desarrollo del Magisterio social. No se limita a retomar la “cuestión obrera”,
sino que amplía su mirada a la configuración general del orden económico y
político. Denuncia la concentración del poder económico en manos de unos pocos;
critica tanto la competencia sin límites como aquellos proyectos colectivistas
que anulan la libertad y la responsabilidad de las personas; recuerda con
fuerza el derecho de asociación de los trabajadores y reitera la exigencia de
que el salario sea proporcional no sólo al rendimiento, sino a las necesidades
del trabajador y de su familia.
En este marco, formula de manera sistemática el principio de
subsidiariedad, destinado a convertirse en uno de los referentes fijos de la
Doctrina social, según el cual lo que puede ser realizado por las personas, las
familias, los organismos intermedios y las comunidades locales no debe ser
absorbido por instancias superiores.
Junto a estas contribuciones, Pío XI recuerda
con claridad la función social de la propiedad y, con diversas intervenciones
de su Magisterio —desde las Encíclicas Non
abbiamo bisogno y Mit brennender Sorge hasta
la Divini
Redemptoris—, denuncia los totalitarismos que atropellan la dignidad de
la persona, sofocan la vida social, exaltan al Estado por encima de su justo
valor y adoptan la categoría discriminatoria de la raza. Para nuestra época
siguen siendo particularmente actuales al menos tres intuiciones de su
enseñanza social: la conciencia de que las injusticias no se refieren sólo a
los comportamientos individuales, sino también a las estructuras económicas e
institucionales; el valor del principio de subsidiariedad, que invita a fortalecer
el tejido asociativo y comunitario, evitando nuevas concentraciones de poder; y
el vínculo entre la dignidad del trabajo, la justa remuneración y la
posibilidad real para las familias de llevar una vida humana digna.
32. En el contexto dramático de la Segunda
Guerra Mundial y de los años de la reconstrucción, el Magisterio de Pío XII ofrece
una contribución significativa al desarrollo de la Doctrina social, sobre todo
a través de los Mensajes radiofónicos navideños, en los que esboza las líneas
generales de un orden internacional basado en el reconocimiento de la dignidad
humana, la justicia y la paz. En esas ocasiones, el Papa propone un diálogo con
la sociedad a partir de una exigente referencia al derecho natural, entendido
como un conjunto de principios objetivos que preceden a los intereses de los
individuos y de los estados y que deben regular la vida interna de las naciones
y sus relaciones recíprocas.
Pío
XII atribuye además un papel decisivo a las asociaciones
profesionales, a las uniones de trabajadores y a los diversos cuerpos
intermedios de la vida económica y social, reconociendo en estas formas
organizadas de la sociedad un baluarte esencial para el equilibrio civil y para
la tutela del bien común. Él sostiene la necesidad de un estado de derecho
sólido para prevenir los abusos de poder y reconoce en la democracia un
instrumento adecuado para favorecer el ejercicio correcto de la autoridad. Al
mismo tiempo, advierte contra toda pretensión de fundar el derecho en el
interés o en la fuerza, recordando que un orden internacional regulado por el
beneficio de los más fuertes expone a los pueblos más débiles a la opresión y
socava de raíz la confianza entre las naciones.
Por último, identifica en los profundos desequilibrios
económicos entre los países uno de los factores que alimentan los
conflictos. [26] En nuestra época, marcada por
nuevas formas de poder global y por desigualdades crecientes, siguen siendo
especialmente significativos tres principios: la exigencia de que el derecho
prevalezca sobre el interés, la conciencia de que las disparidades económicas
son terreno fértil para las tensiones y la violencia, y el valor de un tejido
asociativo capaz de mediar entre el individuo y el Estado. Estos siguen
ofreciendo a la Doctrina social criterios importantes para interpretar las
dinámicas de la globalización y para promover un orden internacional más justo
y pacífico.
-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
[9] Francisco,
Exhort. ap. Evangelii
gaudium (24 noviembre 2013), 183: AAS 105 (2013),
1097.
[10] Conc.
Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium
et spes, 36: AAS 58 (1966), 1054; cf. id., Decr. Apostolicam
actuositatem, 7: AAS 58 (1966), 843-844.
[11] Conc.
Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium
et spes, 44: AAS 58 (1966), 1065.
[12] Francisco,
Exhort. ap. Evangelii
gaudium (24 noviembre 2013), 257: AAS 105 (2013),
1123.
[13] S.
Juan Pablo II, Carta ap. en forma de “Motu proprio” Socialium
scientiarum (1 enero 1994): AAS 86 (1994), 209.
[14] Francisco,
Carta enc. Laudato
si’ (24 mayo 2015), 61: AAS 107 (2015),
871.
[15] Cf.
S. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo
rei socialis (30 diciembre 1987), 41: AAS 80
(1988), 570-572.
[16] Id.,
Carta ap. Tertio
millennio adveniente (10 noviembre 1994), 35: AAS 87
(1995), 27.
[17] Discurso
a la Fundación Centesimus Annus Pro Pontifice (17 mayo
2025): AAS 117 (2025), 696.
[18] Francisco,
Exhort. ap. Evangelii
gaudium (24 noviembre 2013), 222: AAS 105 (2013),
1111.
[19] Cf. ibíd.,
236: AAS 105 (2013), 1115; id., Carta enc. Fratelli
tutti (3 octubre 2020), 215: AAS 112
(2020), 1045-1046.
[20] Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen
gentium, 13: AAS 57 (1965), 17.
[21] S.
Pablo VI, Carta ap. Octogesima
adveniens (14 mayo 1971), 4: AAS 63
(1971), 403.
[22] Cf.
Francisco, Exhort. ap. Evangelii
gaudium (24 noviembre 2013), 243: AAS 105 (2013),
1118.
[23] Cf.
Pío XII, Exhort. ap. Menti
Nostrae (23 septiembre 1950): AAS 42 (1950),
657-702.
[24] S.
Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus
annus (1 mayo 1991), 5: AAS 83 (1991), 799.
[25] Pío
XI, Carta enc. Quadragesimo
anno (15 mayo 1931), 39: AAS 23 (1931), 189; cf.
Pío XII, Radiomensaje
en el 50° aniversario de la “Rerum novarum”: AAS 33
(1941), 198.
[26] Cf. id., Discurso
al Sacro Colegio de Cardenales y a la Prelatura Romana (24
diciembre 1940): AAS 33 (1941), 13.
No hay comentarios:
Publicar un comentario