TEMA 331
EXHORTACIÓN APOSTÓLICA DILEXI TE (“Te he amado”)
INTRODUCCIÓN
1-3 Introducción
CAPITULO 1.
Algunas palabras indispensables
4-5 Algunas
palabras indispensables
6-7 San Franscisco
8-12 El grito de los pobres
13-15 Prejuicios ideológicos
1. «Te he amado» (Ap 3,9),
dice el Señor a una comunidad cristiana que, a diferencia de otras, no tenía
ninguna relevancia ni recursos y estaba expuesta a la violencia y al desprecio:
«A pesar de tu debilidad […] obligaré […] a que se postren delante de ti» (Ap 3,8-9).
Este texto evoca las palabras del cántico de María: «Derribó a los poderosos de
su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a
los ricos con las manos vacías» (Lc 1,52-53).
2. La declaración de
amor del Apocalipsis remite al misterio inextinguible que el Papa Francisco ha profundizado en
la encíclica Dilexit nos sobre el amor
divino y humano del Corazón de Cristo. En ella hemos admirado el modo en el que
Jesús se identifica «con los más pequeños de la sociedad» y cómo con su amor,
entregado hasta el final, muestra la dignidad de cada ser humano, sobre todo
cuando es «más débil, miserable y sufriente». [1] Contemplar
el amor de Cristo «nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a las
carencias de los demás, nos hace fuertes para participar en su obra de
liberación, como instrumentos para la difusión de su amor». [2]
3. Por esta razón, en
continuidad con la encíclica Dilexit nos, el Papa Francisco estaba preparando,
en los últimos meses de su vida, una exhortación apostólica sobre el cuidado de
la Iglesia por los pobres y con los pobres, titulada Dilexi te,
imaginando que Cristo se dirigiera a cada uno de ellos diciendo: no tienes
poder ni fuerza, pero «yo te he amado» ( Ap 3,9). Habiendo
recibido como herencia este proyecto, me alegra hacerlo mío —añadiendo algunas
reflexiones— y proponerlo al comienzo de mi pontificado, compartiendo el deseo
de mi amado predecesor de que todos los cristianos puedan percibir la fuerte
conexión que existe entre el amor de Cristo y su llamada a acercarnos a los
pobres.
De hecho, también yo
considero necesario insistir sobre este camino de santificación, porque en el
«llamado a reconocerlo en los pobres y sufrientes se revela el mismo corazón de
Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales todo santo
intenta configurarse». [3]
CAPÍTULO PRIMERO
ALGUNAS PALABRAS
INDISPENSABLES
4. Los discípulos de
Jesús criticaron a la mujer que le había derramado un perfume muy valioso sobre
su cabeza: «¿Para qué este derroche? —decían— Se hubiera podido vender el
perfume a buen precio para repartir el dinero entre los pobres». Pero el Señor
les dijo: «A los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no me
tendrán siempre» (Mt 26,8-9.11). Aquella mujer había comprendido
que Jesús era el Mesías humilde y sufriente sobre el que debía derramar su
amor. ¡Qué consuelo ese ungüento sobre aquella cabeza que algunos días después
sería atormentada por las espinas! Era un gesto insignificante, ciertamente,
pero quien sufre sabe cuán importante es un pequeño gesto de afecto y cuánto
alivio puede causar. Jesús lo comprende y sanciona su perennidad: «Allí donde
se proclame esta Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su
memoria lo que ella hizo» (Mt 26,13). La sencillez de este gesto
revela algo grande. Ningún gesto de afecto, ni siquiera el más pequeño, será
olvidado, especialmente si está dirigido a quien vive en el dolor, en la
soledad o en la necesidad, como se encontraba el Señor en aquel momento.
5. Y es precisamente en
esta perspectiva que el afecto por el Señor se une al afecto por los pobres.
Aquel Jesús que dice: «A los pobres los tendrán siempre con ustedes» (Mt 26,11)
expresa el mismo concepto que cuando promete a los discípulos: «Yo estaré
siempre con ustedes» (Mt 28,20). Y al mismo tiempo nos vienen a la
mente aquellas palabras del Señor: «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño
de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40). No estamos en el
horizonte de la beneficencia, sino de la Revelación; el contacto con quien no
tiene poder ni grandeza es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la
historia. En los pobres Él sigue teniendo algo que decirnos.
San Francisco
6. El Papa Francisco, recordando la elección
de su nombre, contó que, después de haber sido elegido, un cardenal amigo lo
abrazó, lo besó y le dijo: «¡No te olvides de los pobres!». [4] Se
trata de la misma recomendación hecha a san Pablo por las autoridades de la
Iglesia cuando subió a Jerusalén para confirmar su misión (cf. Ga 2,1-10).
Años más tarde, el Apóstol pudo afirmar que fue esto lo que siempre había
tratado de hacer (cf. v. 10). Y fue también la opción de san Francisco de Asís:
en el leproso fue Cristo mismo quien lo abrazó, cambiándole la vida. La figura
luminosa del Poverello nunca dejará de inspirarnos.
7. Fue él, hace ocho
siglos, quien provocó un renacimiento evangélico entre los cristianos y en la
sociedad de su tiempo. Al joven Francisco, antes rico y arrogante, le impactó
encontrarse con la realidad de los marginados. El impulso que provocó no cesa
de movilizar el ánimo de los creyentes y de muchos no creyentes, y «ha cambiado
la historia». [5] El
mismo Concilio Vaticano II, según las palabras
de san Pablo VI, se encuentra en este
camino: «la antigua historia del buen samaritano ha sido el paradigma de la
espiritualidad del Concilio». [6] Estoy
convencido de que la opción preferencial por los pobres genera una renovación
extraordinaria tanto en la Iglesia como en la sociedad, cuando somos capaces de
liberarnos de la autorreferencialidad y conseguimos escuchar su grito.
El grito de los pobres
8. A este respecto, hay
un texto de la Sagrada Escritura al que siempre es necesario volver. Se trata
de la revelación de Dios a Moisés junto a la zarza ardiente: «Yo he visto la
opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor,
provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he
bajado a librarlo […]. Ahora ve, yo te envío» ( Ex 3,7-8.10). [7] Dios
se muestra solícito hacia la necesidad de los pobres: «clamaron al Señor, y él
hizo surgir un salvador» ( Jc 3,15). Por eso, escuchando el
grito del pobre, estamos llamados a identificarnos con el corazón de Dios, que
es premuroso con las necesidades de sus hijos y especialmente de los más
necesitados. Permaneciendo, por el contrario, indiferentes a este grito, el
pobre apelaría al Señor contra nosotros y seríamos culpables de un pecado
(cf. Dt 15,9), alejándonos del corazón mismo de Dios.
9. La condición de los
pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela
constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y
económicos, y especialmente a la Iglesia. En el rostro herido de los pobres
encontramos impreso el sufrimiento de los inocentes y, por tanto, el mismo
sufrimiento de Cristo. Al mismo tiempo, deberíamos hablar quizás más
correctamente de los numerosos rostros de los pobres y de la pobreza, porque se
trata de un fenómeno variado; en efecto, existen muchas formas de pobreza:
aquella de los que no tienen medios de sustento material, la pobreza del que
está marginado socialmente y no tiene instrumentos para dar voz a su dignidad y
a sus capacidades, la pobreza moral y espiritual, la pobreza cultural, la del
que se encuentra en una condición de debilidad o fragilidad personal o social,
la pobreza del que no tiene derechos, ni espacio, ni libertad.
10. En este sentido, se
puede decir que el compromiso en favor de los pobres y con el fin de remover
las causas sociales y estructurales de la pobreza, aun siendo importante en los
últimos decenios, sigue siendo insuficiente. Esto también porque vivimos en una
sociedad que a menudo privilegia algunos criterios de orientación de la
existencia y de la política marcados por numerosas desigualdades y, por tanto,
a las viejas pobrezas de las que hemos tomado conciencia y que se intenta
contrastar, se agregan otras nuevas, en ocasiones más sutiles y peligrosas.
Desde este punto de vista, es encomiable el hecho de que las Naciones Unidas
hayan puesto la erradicación de la pobreza como uno de los objetivos del
Milenio.
11. Al compromiso
concreto por los pobres también es necesario asociar un cambio de mentalidad
que pueda incidir en la transformación cultural. En efecto, la ilusión de una
felicidad que deriva de una vida acomodada mueve a muchas personas a tener una
visión de la existencia basada en la acumulación de la riqueza y del éxito
social a toda costa, que se ha de conseguir también en detrimento de los demás
y beneficiándose de ideales sociales y sistemas políticos y económicos
injustos, que favorecen a los más fuertes. De ese modo, en un mundo donde los
pobres son cada vez más numerosos, paradójicamente, también vemos crecer
algunas élites de ricos, que viven en una burbuja muy confortable y lujosa, casi
en otro mundo respecto a la gente común. Eso significa que todavía persiste —a
veces bien enmascarada— una cultura que descarta a los demás sin advertirlo
siquiera y tolera con indiferencia que millones de personas mueran de hambre o
sobrevivan en condiciones indignas del ser humano. Hace algunos años, la foto
de un niño tendido sin vida en una playa del Mediterráneo provocó un gran
impacto y, lamentablemente, aparte de alguna emoción momentánea, hechos
similares se están volviendo cada vez más irrelevantes, reduciéndose a noticias
marginales.
12. No debemos bajar la
guardia respecto a la pobreza. Nos preocupan particularmente las graves
condiciones en las que se encuentran muchísimas personas a causa de la falta de
comida y de agua. Cada día mueren varios miles de personas por causas
vinculadas a la malnutrición. En los países ricos las cifras relativas al
número de pobres tampoco son menos preocupantes. En Europa hay cada vez más
familias que no logran llegar a fin de mes. En general, se percibe que han aumentado
las distintas manifestaciones de la pobreza. Esta ya no se configura como una
única condición homogénea, más bien se traduce en múltiples formas de
empobrecimiento económico y social, reflejando el fenómeno de las crecientes
desigualdades también en contextos generalmente acomodados. Recordemos que
«doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de exclusión,
maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores
posibilidades de defender sus derechos. Sin embargo, también entre ellas
encontramos constantemente los más admirables gestos de heroísmo cotidiano en
la defensa y el cuidado de la fragilidad de sus familias». [8] Si
bien en algunos países se observan cambios importantes, «la organización de las
sociedades en todo el mundo todavía está lejos de reflejar con claridad que las
mujeres tienen exactamente la misma dignidad e idénticos derechos que los varones.
Se afirma algo con las palabras, pero las decisiones y la realidad gritan otro
mensaje», [9] sobre
todo si pensamos en las mujeres más pobres.
Prejuicios ideológicos
13. Más allá de los
datos —que a veces son “interpretados” en modo tal de convencernos que la
situación de los pobres no es tan grave—, la realidad general es bastante
clara: «Hay reglas económicas que resultaron eficaces para el crecimiento, pero
no así para el desarrollo humano integral. Aumentó la riqueza, pero con
inequidad, y así lo que ocurre es que “nacen nuevas pobrezas”. Cuando dicen que
el mundo moderno redujo la pobreza, lo hacen midiéndola con criterios de otras
épocas no comparables con la realidad actual. Porque en otros tiempos, por
ejemplo, no tener acceso a la energía eléctrica no era considerado un signo de
pobreza ni generaba angustia. La pobreza siempre se analiza y se entiende en el
contexto de las posibilidades reales de un momento histórico concreto». [10] Sin
embargo, más allá de las situaciones específicas y contextuales, en un
documento de la Comunidad Europea, en 1984, se afirmaba que «se entiende por
personas pobres los individuos, las familias y los grupos de personas cuyos
recursos (materiales, culturales y sociales) son tan escasos que no tienen
acceso a las condiciones de vida mínimas aceptables en el Estado miembro en que
viven». [11] Pero
si reconocemos que todos los seres humanos tienen la misma dignidad,
independientemente del lugar de nacimiento, no se deben ignorar las grandes
diferencias que existen entre los países y las regiones.
14. Los pobres no están
por casualidad o por un ciego y amargo destino. Menos aún la pobreza, para la
mayor parte de ellos, es una elección. Y, sin embargo, todavía hay algunos que
se atreven a afirmarlo, mostrando ceguera y crueldad. Obviamente entre los
pobres hay también quien no quiere trabajar, quizás porque sus antepasados, que
han trabajado toda la vida, han muerto pobres. Pero hay muchos —hombres y
mujeres— que de todas maneras trabajan desde la mañana hasta la noche, a veces
recogiendo cartones o haciendo otras actividades de ese tipo, aunque este
esfuerzo sólo les sirva para sobrevivir y nunca para mejorar verdaderamente su
vida. No podemos decir que la mayor parte de los pobres lo son porque no hayan
obtenido “méritos”, según esa falsa visión de la meritocracia en la que
parecería que sólo tienen méritos aquellos que han tenido éxito en la vida.
15. También los
cristianos, en muchas ocasiones, se dejan contagiar por actitudes marcadas por
ideologías mundanas o por posicionamientos políticos y económicos que llevan a
injustas generalizaciones y a conclusiones engañosas. El hecho de que el
ejercicio de la caridad resulte despreciado o ridiculizado, como si se tratase
de la fijación de algunos y no del núcleo incandescente de la misión eclesial,
me hace pensar que siempre es necesario volver a leer el Evangelio, para no
correr el riesgo de sustituirlo con la mentalidad mundana. No es posible
olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la corriente viva de la
Iglesia que brota del Evangelio y fecunda todo momento histórico.
Notas a pie de pàgina:
[1] Francisco, Carta
enc. Dilexit nos (24 octubre 2024),
170: AAS 116 (2024), 1422.
[2] Ibíd.,
171: AAS 116 (2024), 1422-1423.
[3] Id., Exhort.
ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018),
96: AAS 110 (2018), 1137.
[4] Francisco, Encuentro con los representantes de los medios de
comunicación (16 marzo 2013): AAS 105
(2013), 381.
[5] J. Bergoglio – A.
Skorka, Sobre el cielo y la tierra, Buenos Aires 2013, 214.
[6] S. Pablo VI, Homilía
en la Santa Misa concelebrada durante la última sesión pública del Concilio
Ecuménico Vaticano II (7 diciembre 1965): AAS 58
(1966), 55-56.
[7] Cf.
Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24
noviembre 2013), 187: AAS 105 (2013),
1098.
[8] Ibíd.,
212: AAS 105 (2013), 1108.
[9] Id., Carta. enc. Fratelli tutti (3 octubre
2020), 23: AAS 112 (2020), 977.
[10] Ibíd., 21: AAS 112
(2020), 976.
[11] Consejo de las
Comunidades Europeas, Decisión (85/8/CEE) relativa a una acción comunitaria
específica de lucha contra la pobreza (19 diciembre 1984), art. 1,
par. 2: Diario Oficial de las Comunidades Europeas, N. L 2/24.
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