SEGUNDA
PARTE (1)
EL CULTO DE MARÍA EN LA IGLESIA
FUNDAMENTOS
TEOLÓGICOS DEL CULTO A MARÍA (1) (60)
JESUCRISTO,
FIN ÚLTIMO DEL CULTO A MARÍA (61-67)
PERTENECEMOS
A JESÚS Y A MARÍA (68-77)
CAPITULO
1
FUNDAMENTOS
TEOLÓGICOS DEL CULTO A MARÍA
60 Acabo de exponer brevemente que
la devoción a la Santísima Virgen nos es necesaria. Es preciso decir ahora en
qué consiste. Lo haré, Dios mediante, después de clarificar algunas verdades
fundamentales que iluminarán la maravillosa y sólida devoción que quiero dar a
conocer.
1. JESUCRISTO, FIN ÚLTIMO DEL CULTO A
MARÍA
61 Primera verdad. El fin último
de toda devoción debe ser Jesucristo, Salvador del mundo, verdadero Dios y
verdadero hombre (51) . De lo contrario,
tendríamos una devoción falsa y engañosa.
Jesucristo
es el alfa y la omega, el principio y el fin (Ap 1,8;21,6) de todas las cosas.
La meta de nuestro ministerio - escribe San Pablo- es construir el cuerpo de
Cristo; hasta que todos, sin excepción, alcancemos la edad ...adulta... (Ef
4,13).
Efectivamente,
sólo en Cristo habita realmente la plenitud total de la divinidad (Col 2,9) y
todas las demás plenitudes de gracia, virtud y perfección. Sólo en Cristo hemos
sido bendecidos con toda bendición del Espíritu (Ef 1,3).
Porque
El es el único Maestro que debe enseñarnos,
el
único Señor de quien debemos depender,
la
única Cabeza a la que debemos estar unidos,
el
único Modelo a quien debemos asemejarnos,
el
único Médico que debe curarnos,
el
único Pastor que debe apacentarnos,
el
único Camino que debe conducirnos,
la
única Verdad que debemos creer,
la
única Vida que debe vivificarnos
y el único Todo que en todo debe bastarnos.
Bajo el
cielo, no tenemos los hombres otro diferente de él al que debamos invocar para
salvarnos (Hech 4,12).
Dios no
nos ha dado otro fundamento de salvación, perfección y gloria que Jesucristo.
Todo edificio que no esté construido sobre esta roca firme, se apoya en arena
movediza, y se derrumbará infaliblemente tarde o temprano.
Quien
no esté unido a Cristo como el sarmiento a la vid, caerá, se secará y lo
echarán al fuego (ver Jn 15,6). En cambio, si permanecemos en Jesucristo, y
Jesucristo en nosotros, no pesa ya sobre nosotros condenación alguna: ni los
ángeles del cielo, ni los hombres de la tierra, ni los demonios del infierno,
ni creatura alguna podrá hacernos daño, porque nadie podrá separarnos de la
caridad de Dios presente en Cristo Jesús (ver Rom 8,39).
Por
Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo lo podemos todo: tributar al Padre en
la unidad del Espíritu Santo todo honor y gloria; hacernos perfectos y ser olor
de vida eterna para nuestro prójimo.
62 Por tanto, si establecemos la
sólida devoción a la Santísima Virgen, es sólo para establecer más
perfectamente la de Jesucristo y ofrecer un medio fácil y seguro para encontrar
al Señor (52) . Si la devoción a la Santísima
Virgen apartase de Jesucristo, habría que rechazarla como ilusión diabólica.
Pero - como ya lo he demostrado (53) e insistiré
en ello más adelante (54) , sucede todo lo
contrario. Esta devoción nos es necesaria para hallar perfectamente a
Jesucristo, amarlo con ternura y servirlo con fidelidad.
63 Me dirijo a ti por un momento,
amabilísimo Jesús mío, para quejarme amorosamente ante tu divina Majestad de
que la mayor parte de los cristianos, aun los más instruidos, ignoran la unión
necesaria que existe entre ti y tu Madre santísima. Tú, Señor, estás siempre
con María, y María está siempre contigo y no puede existir sin ti; de lo
contrario, dejaría de ser lo que es. María está de tal manera transformada en
ti por la gracia, que Ella ya no vive ni es nada; sólo tú, Jesús mío, vives y
reinas en Ella más perfectamente que en todos los ángeles y santos.
¡Ah!
¡Si se conociera la gloria y el amor que recibes en esta creatura admirable, se
tendrían hacia ti y hacia Ella sentimientos muy diferentes de los que ahora se
tienen! Ella se halla tan íntimamente unida a ti, que sería más fácil separar
la luz del sol, el calor del fuego; más aún, sería más fácil separar de ti a
todos los ángeles y santos que a la divina María, porque Ella te ama más
ardientemente y te glorifica con mayor perfección que todas las demás creaturas
juntas.
64 ¿No será, pues, extraño y
lamentable, amable Maestro mío, el ver la ignorancia y oscuridad de todos los
hombres respecto a tu santísima Madre? No hablo tanto de los idólatras y
paganos: no conociéndote a ti, tampoco a Ella la conocen.
Tampoco
hablo de los herejes y cismáticos: separados de ti y de tu Iglesia, no se
preocupan de ser devotos de tu Madre. Hablo, sí, de los católicos, y aun de los
doctores entre los católicos; ellos hacen profesión de enseñar a otros la
verdad, pero no te conocen ni a ti ni a tu Madre santísima sino de manera
especulativa, árida, estéril e indiferente. Estos caballeros hablan sólo rara
vez de tu santísima Madre y del culto que se le debe. Tienen miedo, según
dicen, a que se deslice algún abuso y se te haga injuria al honrarla a Ella
demasiado. Si ven u oyen a algún devoto de María hablar con frecuencia de la
devoción hacia esta Madre amantísima, con acento filial, eficaz y persuasivo,
como de un medio sólido y sin ilusiones, de un camino corto y sin peligros, de
una senda inmaculada y sin imperfecciones y de un secreto maravilloso (55) para encontrarte y amarte debidamente, gritan en
seguida contra él, esgrimiendo mil argumentos falsos para probarle que no hay
que hablar tanto de la Virgen, que hay grandes abusos en esta devoción y es
preciso dedicarse a destruirlos, que es mejor hablar de ti en vez de llevar a
las gentes a la devoción a la Santísima Virgen, a quien ya aman lo suficiente.
Si
alguna vez se les oye hablar de la devoción a tu santísima Madre, no es, sin
embargo, para fundamentarla o inculcarla, sino para destruir sus posibles
abusos. Mientras carecen de piedad y devoción tierna para contigo, porque no la
tienen para con María. Consideran el rosario, el escapulario, la corona (cinco
misterios), como devociones propias de mujercillas y personas ignorantes, que
poco importan para la salvación. De suerte que, si cae en sus manos algún
devoto de la Santísima Virgen que reza el rosario o practica alguna devoción en
su honor, no tardan en cambiarle el espíritu y el corazón, y le aconsejan que,
en lugar del rosario, rece los siete salmos penitenciales, y, en vez de la
devoción a la Santísima Virgen, le exhortan a la devoción a Jesucristo.
¡Jesús
mío amabilísimo! ¿Tienen éstos tu espíritu? ¿Te es grata su conducta? ¿Te
agrada quien, por temor a desagradarte, no se esfuerza por honrar a tu Madre?
¿Es la devoción a tu santísima Madre obstáculo a la tuya? ¿Forma Ella bando
aparte? ¿Es, por ventura, una extraña, que nada tiene que ver contigo? ¿Quien le
agrada a Ella, te desagrada a ti? Consagrarse a Ella y amarla, ¿será separarse
o alejarse de ti?
65 ¡Maestro amabilísimo! Sin
embargo, si cuanto acabo de decir fuera verdad, la mayoría de los sabios -justo
castigo de su soberbia- no se alejarían más que ahora de la devoción a tu
santísima Madre ni mostrarían para con Ella mayor indiferencia de la que ostentan.
¡Guárdame, Señor! ¡Guárdame de sus sentimientos y de su conducta! Dame
participar en los sentimientos de gratitud, estima, respeto y amor que tienes
para con tu santísima Madre, a fin de que pueda amarte y glorificarte tanto más
perfectamente cuanto más te imite y siga de cerca.
66 Y, como si no hubiera dicho
nada en honor de tu santísima Madre, concédeme la gracia de alabarla
dignamente, a pesar de todos sus enemigos -que son los tuyos-, y gritarles a
voz en cuello con todos los santos: “No espere alcanzar misericordia de Dios
quien ofenda a su Madre bendita” (56) .
67 Para alcanzar de tu
misericordia una verdadera devoción hacia tu santísima Madre y difundir esta
devoción por toda la tierra, concédeme amarte ardientemente, y acepta para ello
la súplica inflamada que te dirijo con San Agustín y tus verdaderos amigos.
Tú
eres, ¡oh Cristo!,
mi
Padre santo, mi Dios misericordioso,
mi rey
poderoso, mi buen pastor,
mi
único maestro, mi mejor ayuda,
mi
amado hermosísimo, mi pan vivo,
mi
sacerdote por la eternidad,
mi guía
hacia la patria,
mi luz
verdadera, mi dulzura santa,
mi
camino recto, mi Sabiduría preclara,
mi
humilde simplicidad, mi concordia pacífica,
mi
protección total, mi rica heredad,
mi
salvación eterna...
¡Cristo
Jesús, Señor amabilísimo!
¿Por
qué habré deseado durante la vida
algo
fuera de ti, mi Jesús y mi Dios?
¿Dónde
me hallaba cuando no pensaba en ti?
Anhelos
todos de mi corazón,
inflámense
y desbórdense desde ahora
hacia
el Señor Jesús;
corran
que mucho se han retrasado;
apresúrense
hacia la meta,
busquen
al que buscan.
¡Oh
Jesús! ¡Anatema el que no te ama!
¡Rebose
de amargura quien no te quiera!
¡Dulce
Jesús!
¡Que
todo buen corazón dispuesto a la alabanza
te ame,
se deleite en ti,
se
admire ante ti!
¡Dios
de mi corazón!
¡Herencia
mía, Cristo Jesús!
Vive,
Señor, en mi;
enciéndase
en mi pecho
la viva
llama de tu amor,
acrézcase
en incendio;
arda
siempre en el altar de mi corazón,
queme
en mis entrañas,
lo
íntimo de mi alma,
y que
en el día de mi muerte
comparezca
yo del todo perfecto en tu presencia.
Amén (57) .
He
querido transcribir esta maravillosa plegaria de San Agustín para que,
repitiéndola todos los días, pidas el amor de Jesucristo, ese amor que estamos
buscando por medio de la excelsa María.
2.
PERTENECEMOS A JESÚS Y A MARÍA
68 Segunda verdad. De lo que
Jesucristo es para nosotros, debemos concluir, con el Apóstol (1Cor 3,23;
6,19-20; 12,27), que ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que somos
totalmente suyos, como sus miembros y esclavos, comprados con el precio
infinito de toda su sangre (1Pe 1,19).
Efectivamente,
antes del Bautismo pertenecíamos al demonio como esclavos suyos. El Bautismo
nos ha convertido en verdaderos esclavos de Jesucristo (58)
, que no debemos ya vivir, trabajar ni morir sino a fin de fructificar
para este Dios-Hombre (Rom 7,4), glorificarlo en nuestro cuerpo y hacerlo
reinar en nuestra alma, porque somos su conquista, su pueblo adquirido y su
propia herencia (1Pe 2,9). Por la misma razón, el Espíritu Santo nos compara a:
1°. árboles plantados junto a la corriente de las aguas de la gracia, en el
campo de la Iglesia, que deben dar fruto en tiempo oportuno (Sal 1,3); 2°. los
sarmientos de una vid, cuya cepa es Cristo, y que deben producir sabrosas uvas
(Jn 15,5); 3°. un rebaño, cuyo pastor es Jesucristo, y que debe multiplicarse y
producir leche (Jn 10,1ss); 4°. una tierra fértil, cuyo agricultor es Dios, y
en la cual se multiplica la semilla, y produce el treinta, el sesenta, el ciento
por uno (Mt 13,3.8). Por otra parte, Jesucristo maldijo a la higuera
infructuosa (Mt 21,19) y condenó al siervo inútil, que no hizo fructificar su
talento (Mt 25,24-30).
Todo
esto nos demuestra que Jesucristo quiere recoger algún fruto de nuestras pobres
personas, a saber, nuestras buenas obras, porque éstas le pertenecen
exclusivamente: creados, mediante Cristo Jesús, para hacer el bien (Ef 2,10).
Estas palabras del Espíritu Santo demuestran que Jesucristo es el único
principio y debe ser también el único fin de nuestras buenas obras, y que
debemos servirle no sólo como asalariados, sino como esclavos de amor. Me
explico.
69 Hay, en este mundo, dos modos
de pertenecer a otro y depender de su autoridad: el simple servicio y la
esclavitud. De donde proceden los apelativos de criado y esclavo.
Por el
servicio, común entre los cristianos, uno se compromete a servir a otro durante
cierto tiempo y por determinado salario o retribución. Por la esclavitud, en
cambio, uno depende de otro enteramente, por toda la vida, y debe servir al amo
sin pretender salario ni recompensa alguna, como si fuera uno de sus animales,
sobre los que tiene derecho de vida y muerte.
70 Hay tres clases de esclavitud:
natural, forzada y voluntaria.
Todas
las creaturas son esclavas de Dios según el primer modo: Del Señor es la tierra
y cuanto la llena (Sal 24 [23],1). Conforme al segundo, lo son los demonios y
condenados. Según el tercero, los justos y los santos.
La
esclavitud voluntaria es la más perfecta y gloriosa para Dios, que escruta el
corazón (1Sam 16,7), nos lo pide para sí y se llama Dios del corazón (Sal 73
[72],26) o de la voluntad amorosa. Efectivamente, por esta esclavitud
voluntariamente asumida-, optas por Dios y por su servicio, sin que importe
todo lo demás, aunque no estuvieses obligado a ello por naturaleza.
71 Hay una diferencia total entre
criado y esclavo (59) :
1. El
criado no entrega a su patrón todo lo que es, todo lo que posee ni todo lo que
puede adquirir por sí mismo o por otro; el esclavo se entrega totalmente a su
amo, con todo lo que posee y puede adquirir, sin excepción alguna.
2. El
criado exige retribución por los servicios que presta a su patrón; el esclavo,
por el contrario, no puede exigir nada, por más asiduidad, habilidad y energía
que ponga en el trabajo.
3. El
criado puede abandonar a su patrón cuando quiera o, al menos, cuando expire el
plazo del contrato; mientras que el esclavo no tiene derecho de abandonar a su
amo cuando quiera.
4. El
patrón no tiene sobre el criado derecho alguno de vida o muerte, de modo que,
si lo matase como a uno de sus animales de carga, cometería un homicidio; el
amo, en cambio –conforme a la ley–, tiene sobre su esclavo derecho de vida y muerte,
de modo que puede venderlo a quien quiera o matarlo -perdóname la comparación-,
como haría con su propio caballo.
5. Por
último, el criado está al servicio del patrón sólo temporalmente; el esclavo lo
está para siempre.
72 Nada hay entre los hombres que
te haga pertenecer más a otro que la esclavitud. Nada hay tampoco entre los
cristianos que nos haga pertenecer más completamente a Jesucristo y a su
santísima Madre que la esclavitud aceptada voluntariamente, a ejemplo de
Jesucristo, que por nuestro amor tomó forma de esclavo (Flp 2,7), y de la
Santísima Virgen, que se proclamó servidora y esclava del Señor (Lc 1,38). El
Apóstol se honra de llamarse servidor de Jesucristo (Rom 1,38; ver 1Cor 7,22;
2Tim 2,24). Los cristianos son llamados repetidas veces en la Sagrada Escritura
servidores de Cristo. Palabra que -como hace notar acertadamente un escritor
insigne- equivalía antes a esclavo, porque entonces no se conocían servidores
como los criados de ahora, dado que los señores sólo eran servidos por esclavos
o libertos.
Para
afirmar abiertamente que somos esclavos de Jesucristo, el Catecismo del
concilio de Trento se sirve de un término que no deja lugar a dudas,
llamándonos mancipia Christi: esclavos de Cristo (60) .
73 Afirmo que debemos pertenecer a
Jesucristo y servirle no sólo como mercenarios, sino como esclavos de amor,
que, por efecto de un intenso amor, se entregan y consagran a su servicio en
calidad de esclavos por el único honor de pertenecerle. Antes del Bautismo
éramos esclavos del diablo. El Bautismo nos transformó en esclavos de
Jesucristo (Ver Rom 6,22). Es necesario, pues, que los cristianos sean esclavos
del diablo o de Jesucristo.
74 Lo que digo en términos
absolutos de Jesucristo, lo digo, proporcionalmente, de la Santísima Virgen.
Habiéndola escogido Jesucristo por compañera inseparable de su vida, muerte,
gloria y poder en el cielo y en la tierra, le otorgó, gratuitamente - respecto
de su Majestad- todos los derechos y privilegios que Él posee por naturaleza:
“Todo lo que conviene a Dios por naturaleza, conviene a María por gracia” (61) , dicen los santos. De suerte que, según ellos,
teniendo los dos el mismo querer y poder, tienen también los mismos servidores
y esclavos.
75 Podemos, pues -conforme al
parecer de los santos y de muchos varones insignes-, llamarnos y hacernos
esclavos de amor de la Santísima Virgen, a fin de serlo más perfectamente de
Jesucristo. La Virgen Santísima es el medio del cual se sirvió el Señor para
venir a nosotros. Es también el medio del cual debemos servirnos para ir a Él.
Pues María no es como las demás creaturas, que, si nos apegamos a ellas, pueden
separarnos de Dios en lugar de acercarnos a El. La tendencia más fuerte de
María es la de unirnos a Jesucristo (62) , su
Hijo, y la más viva tendencia del Hijo es que vayamos a El por medio de su
santísima Madre. Obrar así es honrarlo y agradarle, como sería honrar y agradar
a un rey el hacerse esclavo de la reina para ser mejores súbditos y esclavos
del soberano. Por esto, los Santos Padres y luego San Buenaventura dicen que la
Santísima Virgen es el camino para llegar a Nuestro Señor.
76 Más aún, si –como he dicho– la
Santísima Virgen es la Reina y Soberana del cielo y de la tierra: “Al poder de
Dios todo está sometido, incluida la Virgen; al poder de la Virgen todo está
sometido, incluido Dios”, dicen San Anselmo, San Bernardo, San Bernardino, San
Buenaventura, ¿por qué no ha de tener tantos súbditos y esclavos como creaturas
hay? Y ¿no será razonable que, entre tantos esclavos por fuerza, los haya
también de amor, que escojan libremente a María como Soberana? ¡Pues qué! ¿Han
de tener los hombres y los demonios sus esclavos voluntarios y no los ha de
tener María? ¡Y qué! ¿Un rey se siente honrado de que la reina, su consorte,
tenga esclavos sobre los cuales puede ejercer derechos de vida y muerte –en
efecto, el honor y poder del uno son el honor y poder de la otra–, y el Señor,
como el mejor de los hijos, llevará a mal que María, su Madre santísima, con
quien ha compartido todo su poder, tenga también sus esclavos? ¿Tendrá El menos
respeto y amor para con su Madre que Asuero para con Ester, y Salomón para con
Betsabé? (Est 5,2-8; 1Re 2,19) ¿Quién osará decirlo o siquiera pensarlo?
77 Pero ¿adónde me lleva la pluma?
¿Por qué detenerme a probar lo que es evidente? Si alguno no quiere que nos
llamemos esclavos de la Santísima Virgen, ¿qué más da? ¡Hacerte y llamarte
esclavo de Jesucristo es hacerte y proclamarte esclavo de la Santísima Virgen!
Porque Jesucristo es el fruto y gloria de María.
Todo
esto se realiza de modo perfecto con la devoción de que te voy a hablar.
Notas a pie de página:
51 El mensaje del P. DE MONTFORT es auténticamente cristocéntrico.
Quien quiera convencerse de ello y ver en extenso los fundamentos de su
doctrina mariana puede leer y meditar su libro “El Amor de la Sabiduría Eterna”
(ASE). La devoción mariana aparece allí (Nº 203ss) como el cuarto y más eficaz
medio para alcanzar la Sabiduría, Jesucristo. (ver también las fórmulas de
consagración, vgr. ASE 223). 393
52 Ver MC 25; LG 66.
53 Ver 24.31-33.50.
54 VD 75.83-86.120.152-168...
55 El P. DE MONTFORT gusta mucho del término “secreto” y le da
sentidos diferentes. Es: a) la excelencia y perfección de la Madre de Dios son
un secreto, sólo Dios la conoce perfectamente y sólo El puede comunicar a otros
ese conocimiento; b) el puesto y oficio de María en la obra redentora y su
fuerza para orientar hacia la vida trinitaria el peregrinar del cristiano, son
un secreto, porque no se conocen suficientemente; c) la vida mariana, que él
propone, es un poderoso medio de santidad, un secreto de santidad (ver ASE
203.211; SM 1.20.55; VD 82.119.177.211.220).
56 GUILLERMO DE PARÍS. El texto está tomado de Crasset y apuntado en
CN 130.
57 La oración está entresacada de diferentes obras de SAN AGUSTÍN.
58 “... Nosotros, los cristianos, más que ningún otro debemos
entregarnos y consagrarnos como esclavos al Redentor, Señor nuestro” (Catecismo
del Concilio de Trento, I, c.3, n. 12.
59 Montfort quiere decir que nuestra dependencia de Dios y nuestra
pertenencia a Él son absolutas
60 Ver VD 129.
61 “Los misterios de la gracia que Dios ha realizado en María no se
miden según las leyes ordinarias, sino según la omnipotencia divina” (PÍO XII).
62 VD 129