la vida eterna – ¿qué es?
10. Hasta ahora hemos hablado de la fe y de la
esperanza en el Nuevo Testamento y en los comienzos del cristianismo; pero
siempre se ha tenido también claro que no sólo hablamos del pasado; toda la
reflexión concierne a la vida y a la muerte en general y, por tanto, también
tiene que ver con nosotros aquí y ahora.
No obstante, es el momento de
preguntarnos ahora de manera explícita: la fe cristiana ¿es también para
nosotros ahora una esperanza que transforma y sostiene nuestra vida? ¿Es para
nosotros « performativa », un mensaje que plasma de modo nuevo la vida misma, o
es ya sólo « información » que, mientras tanto, hemos dejado arrinconada y nos
parece superada por informaciones más recientes?
En la búsqueda de una
respuesta quisiera partir de la forma clásica del diálogo con el cual el rito
del Bautismo expresaba la acogida del recién nacido en la comunidad de los
creyentes y su renacimiento en Cristo. El sacerdote preguntaba ante todo a los
padres qué nombre habían elegido para el niño, y continuaba después con la
pregunta: « ¿Qué pedís a la Iglesia? ». Se respondía: « La fe ». Y « ¿Qué te da
la fe? ». « La vida eterna ».
Según este diálogo, los padres buscaban para el
niño la entrada en la fe, la comunión con los creyentes, porque veían en la fe
la llave para « la vida eterna ». En efecto, ayer como hoy, en el Bautismo,
cuando uno se convierte en cristiano, se trata de esto: no es sólo un acto de
socialización dentro de la comunidad ni solamente de acogida en la Iglesia. Los
padres esperan algo más para el bautizando: esperan que la fe, de la cual forma
parte el cuerpo de la Iglesia y sus sacramentos, le dé la vida, la vida eterna.
La fe es la sustancia de la esperanza. Pero entonces surge la cuestión: ¿De
verdad queremos esto: vivir eternamente?
Tal vez muchas personas rechazan hoy
la fe simplemente porque la vida eterna no les parece algo deseable. En modo
alguno quieren la vida eterna, sino la presente y, para esto, la fe en la vida
eterna les parece más bien un obstáculo.
Seguir viviendo para siempre –sin fin–
parece más una condena que un don. Ciertamente, se querría aplazar la muerte lo
más posible. Pero vivir siempre, sin un término, sólo sería a fin de cuentas
aburrido y al final insoportable.
Esto es lo que dice precisamente, por
ejemplo, el Padre de la Iglesia Ambrosio en el sermón fúnebre por su hermano
difunto Sátiro: « Es verdad que la muerte no formaba parte de nuestra
naturaleza, sino que se introdujo en ella; Dios no instituyó la muerte desde el
principio, sino que nos la dio como un remedio [...]. En efecto, la vida del
hombre, condenada por culpa del pecado a un duro trabajo y a un sufrimiento
intolerable, comenzó a ser digna de lástima: era necesario dar un fin a estos
males, de modo que la muerte restituyera lo que la vida había perdido.
La inmortalidad,
en efecto, es más una carga que un bien, si no entra en juego la gracia »[6].
Y Ambrosio ya había dicho poco antes: « No debemos deplorar la muerte, ya que
es causa de salvación »[7].
11. Sea lo que fuere lo que san Ambrosio quiso decir
exactamente con estas palabras, es cierto que la eliminación de la muerte, como
también su aplazamiento casi ilimitado, pondría a la tierra y a la humanidad en
una condición imposible y no comportaría beneficio alguno para el individuo mismo.
Obviamente, hay una contradicción en nuestra actitud, que hace referencia a un
contraste interior de nuestra propia existencia. Por un lado, no queremos
morir; los que nos aman, sobre todo, no quieren que muramos. Por otro lado, sin
embargo, tampoco deseamos seguir existiendo ilimitadamente, y tampoco la tierra
ha sido creada con esta perspectiva.
Entonces, ¿qué es realmente lo que
queremos? Esta paradoja de nuestra propia actitud suscita una pregunta más
profunda: ¿qué es realmente la « vida »? Y ¿qué significa verdaderamente «
eternidad »? Hay momentos en que de repente percibimos algo: sí, esto sería
precisamente la verdadera « vida », así debería ser. En contraste con ello, lo
que cotidianamente llamamos « vida », en verdad no lo es.
Agustín, en su
extensa carta sobre la oración dirigida a Proba, una viuda romana acomodada y
madre de tres cónsules, escribió una vez: En el fondo queremos sólo una cosa,
la « vida bienaventurada », la vida que simplemente es vida, simplemente «
felicidad ». A fin de cuentas, en la oración no pedimos otra cosa. No nos
encaminamos hacia nada más, se trata sólo de esto.
Pero después Agustín dice
también: pensándolo bien, no sabemos en absoluto lo que deseamos, lo que
quisiéramos concretamente. Desconocemos del todo esta realidad; incluso en
aquellos momentos en que nos parece tocarla con la mano no la alcanzamos
realmente. « No sabemos pedir lo que nos conviene », reconoce con una expresión
de san Pablo (Rm 8,26). Lo único que sabemos es que no es esto. Sin
embargo, en este no-saber sabemos que esta realidad tiene que existir. « Así,
pues, hay en nosotros, por decirlo de alguna manera, una sabia ignorancia (docta
ignorantia) », escribe. No sabemos lo que queremos realmente; no conocemos
esta « verdadera vida » y, sin embargo, sabemos que debe existir un algo que no
conocemos y hacia el cual nos sentimos impulsados[8].
12. Pienso que Agustín describe en este pasaje, de
modo muy preciso y siempre válido, la situación esencial del hombre, la
situación de la que provienen todas sus contradicciones y sus esperanzas.
De
algún modo deseamos la vida misma, la verdadera, la que no se vea afectada ni
siquiera por la muerte; pero, al mismo tiempo, no conocemos eso hacia lo que
nos sentimos impulsados. No podemos dejar de tender a ello y, sin embargo,
sabemos que todo lo que podemos experimentar o realizar no es lo que deseamos.
Esta « realidad » desconocida es la verdadera « esperanza » que nos empuja y,
al mismo tiempo, su desconocimiento es la causa de todas las desesperaciones,
así como también de todos los impulsos positivos o destructivos hacia el mundo
auténtico y el auténtico hombre.
La expresión « vida eterna » trata de dar un
nombre a esta desconocida realidad conocida. Es por necesidad una expresión
insuficiente que crea confusión. En efecto, « eterno » suscita en nosotros la
idea de lo interminable, y eso nos da miedo; « vida » nos hace pensar en la
vida que conocemos, que amamos y que no queremos perder, pero que a la vez es
con frecuencia más fatiga que satisfacción, de modo que, mientras por un lado
la deseamos, por otro no la queremos.
Podemos solamente tratar de salir con
nuestro pensamiento de la temporalidad a la que estamos sujetos y augurar de
algún modo que la eternidad no sea un continuo sucederse de días del
calendario, sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad
nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Sería el momento del sumergirse
en el océano del amor infinito, en el cual el tempo –el antes y el después– ya
no existe. Podemos únicamente tratar de pensar que este momento es la vida en
sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez
que estamos desbordados simplemente por la alegría. En el Evangelio de Juan,
Jesús lo expresa así: « Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie
os quitará vuestra alegría » (16,22). Tenemos que pensar en esta línea si
queremos entender el objetivo de la esperanza cristiana, qué es lo que
esperamos de la fe, de nuestro ser con Cristo[9].
¿Es individualista la esperanza
cristiana?
13. A lo largo de su historia, los cristianos han
tratado de traducir en figuras representables este saber que no sabe,
recurriendo a imágenes del « cielo » que siempre resultan lejanas de lo que,
precisamente por eso, sólo conocemos negativamente, a través de un
no-conocimiento.
En el curso de los siglos, todos estos intentos de
representación de la esperanza han impulsado a muchos a vivir basándose en la fe
y, como consecuencia, a abandonar sus « hyparchonta », las
sustancias materiales para su existencia. El autor de la Carta a los
Hebreos, en el capítulo 11, ha trazado una especie de historia de los que
viven en la esperanza y de su estar de camino, una historia que desde Abel
llega hasta la época del autor.
En los tiempos modernos se ha desencadenado una
crítica cada vez más dura contra este tipo de esperanza: consistiría en puro
individualismo, que habría abandonado el mundo a su miseria y se habría amparado
en una salvación eterna exclusivamente privada. Henri de Lubac, en la
introducción a su obra fundamental Catholicisme. Aspects
sociaux du dogme, ha recogido algunos testimonios característicos de esta
clase, uno de los cuales es digno de mención: « ¿He encontrado la alegría?
No... He encontrado mi alegría. Y esto es algo terriblemente diverso... La
alegría de Jesús puede ser personal. Puede pertenecer a una sola persona, y
ésta se salva. Está en paz..., ahora y por siempre, pero ella sola. Esta
soledad de la alegría no la perturba. Al contrario: ¡Ella es precisamente la
elegida! En su bienaventuranza atraviesa felizmente las batallas con una rosa
en la mano »[10].
14. A este respecto, de Lubac ha podido demostrar,
basándose en la teología de los Padres en toda su amplitud, que la salvación ha
sido considerada siempre como una realidad comunitaria. La misma Carta
a los Hebreos habla de una « ciudad » (cf. 11,10.16; 12,22; 13,14) y,
por tanto, de una salvación comunitaria.
Los Padres, coherentemente, entienden
el pecado como la destrucción de la unidad del género humano, como ruptura y
división. Babel, el lugar de la confusión de las lenguas y de la separación, se
muestra como expresión de lo que es el pecado en su raíz. Por eso, la «
redención » se presenta precisamente como el restablecimiento de la unidad en
la que nos encontramos de nuevo juntos en una unión que se refleja en la
comunidad mundial de los creyentes.
No hace falta que nos ocupemos aquí de
todos los textos en los que aparece el aspecto comunitario de la esperanza.
Sigamos con la Carta a Proba, en la cual Agustín intenta explicar
un poco esta desconocida realidad conocida que vamos buscando. El punto de
partida es simplemente la expresión « vida bienaventurada [feliz] ». Después
cita el Salmo 144 [143],15: « Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor ». Y
continúa: « Para que podamos formar parte de este pueblo y llegar [...] a vivir
con Dios eternamente, ‘‘el precepto tiene por objeto el amor, que brota de un
corazón limpio, de una buena conciencia y de una fe sincera'' (1 Tm 1,5)
»[11].
Esta vida verdadera, hacia la cual tratamos de dirigirnos siempre de nuevo,
comporta estar unidos existencialmente en un « pueblo » y sólo puede realizarse
para cada persona dentro de este « nosotros ». Precisamente por eso presupone
dejar de estar encerrados en el propio « yo », porque sólo la apertura a este
sujeto universal abre también la mirada hacia la fuente de la alegría, hacia el
amor mismo, hacia Dios.
15. Esta concepción de la « vida bienaventurada »
orientada hacia la comunidad se refiere a algo que está ciertamente más allá
del mundo presente, pero precisamente por eso tiene que ver también con la
edificación del mundo, de maneras muy diferentes según el contexto histórico y
las posibilidades que éste ofrece o excluye.
En el tiempo de Agustín, cuando la
irrupción de nuevos pueblos amenazaba la cohesión del mundo, en la cual había
una cierta garantía de derecho y de vida en una comunidad jurídica, se trataba
de fortalecer los fundamentos verdaderamente básicos de esta comunidad de vida
y de paz para poder sobrevivir en aquel mundo cambiante.
Pero intentemos
fijarnos, por poner un caso, en un momento de la Edad Media, bajo ciertos
aspectos emblemático. En la conciencia común, los monasterios aparecían como
lugares para huir del mundo (« contemptus mundi ») y eludir
así la responsabilidad con respecto al mundo buscando la salvación privada.
Bernardo de Claraval, que con su Orden reformada llevó una multitud de jóvenes
a los monasterios, tenía una visión muy diferente sobre esto. Para él, los
monjes tienen una tarea con respecto a toda la Iglesia y, por consiguiente,
también respecto al mundo. Y, con muchas imágenes, ilustra la responsabilidad
de los monjes para con todo el organismo de la Iglesia, más aún, para con la
humanidad; les aplica las palabras del Pseudo-Rufino: « El género humano
subsiste gracias a unos pocos; si ellos desaparecieran, el mundo perecería »[12].
Los contemplativos –contemplantes– han de convertirse en trabajadores
agrícolas –laborantes–, nos dice. La nobleza del trabajo, que el
cristianismo ha heredado del judaísmo, había aparecido ya en las reglas
monásticas de Agustín y Benito. Bernardo presenta de nuevo este concepto. Los
jóvenes aristócratas que acudían a sus monasterios debían someterse al trabajo
manual.
A decir verdad, Bernardo dice explícitamente que tampoco el monasterio
puede restablecer el Paraíso, pero sostiene que, como lugar de labranza
práctica y espiritual, debe preparar el nuevo Paraíso. Una parcela de bosque
silvestre se hace fértil precisamente cuando se talan los árboles de la
soberbia, se extirpa lo que crece en el alma de modo silvestre y así se prepara
el terreno en el que puede crecer pan para el cuerpo y para el alma[13].
¿Acaso no hemos tenido la oportunidad de comprobar de nuevo, precisamente en el
momento de la historia actual, que allí donde las almas se hacen salvajes no se
puede lograr ninguna estructuración positiva del mundo?
Notas a pie de página:
[6] De excessu
fratris sui Satyri, II, 47: CSEL 73, 274.
[7] Ibíd.,
II, 46: CSEL 73, 273.
[8] Cf. Ep.
130 Ad Probam 14, 25-15, 28: CSEL 44, 68-73.
[9] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n.
1025.
[10] Jean Giono, Les
vraies richesses, Paris1936, Préface, en: Henri de Lubac, Catholicisme.
Aspects sociaux du dogme, Paris 1983, p. VII.
[11] Ep. 130 Ad
Probam 13, 24: CSEL 44, 67.
[12] Sententiae,
III, 118 : CCL 6/2, 215.
[13] Cf. ibíd.,
III, 71: CCL 6/2,107-108.