martes, 20 de febrero de 2024

TEMA 290. TRATADO DE LA VERDADERA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN. TERCERA PARTE (2). LA PERFECTA CONSAGRACIÓN A JESUCRISTO. PUNTOS (135-151)

 

TERCERA PARTE

LA PERFECTA CONSAGRACIÓN A JESUCRISTO

 MOTIVOS EN FAVOR DE ESTA DEVOCIÓN (1)

 

ESTA DEVOCIÓN NOS CONSAGRA TOTALMENTE AL SERVICIO DE DIOS (135-138)

ESTA DEVOCIÓN HACE QUE IMITEMOS EL EJEMPLO DE JESUCRISTO (139-143)

ESTA DEVOCIÓN NOS ALCANZA LA PROTECCIÓN MATERNAL DE MARÍA (144-150)

ESTA DEVOCIÓN ES UN MEDIO EXCELENTE PARA PROCURAR LA MAYOR GLORIA DE DIOS (151)

 

 CAPÍTULO II

 MOTIVOS EN FAVOR DE ESTA DEVOCIÓN

 1. ESTA DEVOCIÓN NOS CONSAGRA TOTALMENTE AL SERVICIO DE DIOS

 135 Primer motivo que nos manifiesta la excelencia de la consagración de sí mismo a Jesucristo por manos de María. No se puede concebir ocupación más noble en este mundo que la de servir a Dios. El último de los servidores de Dios es más rico, poderoso y noble que todos los reyes y emperadores si éstos no sirven a Dios. ¿Cuál no será entonces la riqueza, poder, dignidad del auténtico y perfecto servidor de Dios, que se consagra enteramente, sin reserva y en cuanto le es posible, a su servicio? (96) .

 Tal viene a ser, en efecto, el esclavo fiel y amoroso de Jesucristo en María, consagrado totalmente, por manos de la Santísima Virgen, a ese Rey de reyes, sin reservarse nada para sí mismo. Ni todo el oro del mundo ni las bellezas del cielo alcanzan para pagarlo.

 

136 Las demás congregaciones, asociaciones y cofradías erigidas en honor de Nuestro Señor y de su Madre santísima, y que tan grandes bienes producen en la cristiandad, no obligan a entregarlo todo sin reserva. Prescriben, ciertamente, a sus asociados algunas prácticas para que cumplan los compromisos adquiridos, pero les dejan libres las demás acciones y el resto del tiempo. Esta devoción, en cambio, exige entregar a Jesús y a María todos los pensamientos, palabras, acciones y sufrimientos y todos los momentos de la vida. De quien ha optado por ella se podrá, pues, decir, con toda verdad, que cuanto hace –vele o duerma, coma o beba, realice acciones importantes u ordinarias– pertenece a Jesús y a María gracias a la consagración que ha hecho, a no ser que la haya retractado expresamente. ¡Qué consuelo!

 

137 Además –como ya he dicho (97) – no hay práctica que nos libere más fácilmente de cierto resabio de amor propio que se desliza imperceptiblemente en las mejores acciones. Esta gracia insigne la concede Nuestro Señor en reconocimiento por el acto heroico y desinteresado de entregarle, por las manos de su santísima Madre, todo el valor de las buenas acciones. Si ya en este mundo da el céntuplo a los que por su amor dejan los bienes exteriores, temporales y perecederos (ver Mt 19,29), ¿qué no dará a quienes sacrifican aun los bienes interiores y espirituales?

 

138 Jesús, nuestro mejor amigo, se entregó a nosotros sin reserva, en cuerpo y alma, con sus virtudes, gracias y méritos. “Me ganó totalmente entregándose todo”, dice San Bernardo. ¿No será, pues, un deber de justicia y gratitud darle todo lo que podemos? El fue el primero en mostrarse generoso con nosotros; seámoslo con El –lo exige la gratitud–, y El se manifestará aún más generoso durante nuestra vida, en la muerte y por la eternidad: Eres generoso con el generoso (ver Sal 18 [17],26).

 

2. ESTA DEVOCIÓN HACE QUE IMITEMOS EL EJEMPLO DE JESUCRISTO

 139 Segundo motivo que nos demuestra que es en sí justo y ventajoso para el cristiano el consagrase totalmente a la Santísima Virgen mediante esta práctica a fin de pertenecer más perfectamente a Jesucristo.

 Este buen Maestro no desdeñó encerrarse en el seno de la Santísima Virgen como prisionero y esclavo de amor, ni de vivir sometido y obediente a Ella durante treinta años. Ante esto –lo repito– se anonada la razón humana, si reflexiona seriamente en la conducta de la Sabiduría encarnada, que no quiso –aunque hubiera podido hacerlo– entregarse directamente a los hombres, sino que prefirió comunicarse a ellos por medio de la Santísima Virgen; ni quiso venir al mundo a la edad de varón perfecto, independiente de los demás, sino como niño pequeño y débil, necesitado de los cuidados y asistencia de su santísima Madre.

 Esta Sabiduría infinita, inmensamente deseosa de glorificar a Dios, su Padre, y salvar a los hombres, no encontró medio más perfecto y rápido para realizar sus anhelos que someterse en todo a la Santísima Virgen, no sólo durante los ocho, diez o quince primeros años de su vida -como los demás niños-, sino durante treinta años. Y durante este tiempo de sumisión y dependencia glorificó más al Padre que si hubiera empleado estos años en hacer milagros, predicar por toda la tierra y convertir a todos los hombres.

 !Que si no, hubiera hecho esto! ¡Oh! ¡Cuán altamente glorifica a Dios quien, a ejemplo de Jesucristo, se somete a María!

 Teniendo, pues, ante los ojos ejemplo tan claro y universalmente reconocido, ¿seremos tan insensatos que esperemos hallar medio más perfecto y rápido para glorificar a Dios que no sea el someternos a María, a imitación de su Hijo?

 

140 En prueba de la dependencia en que debemos vivir respecto a la Santísima Virgen, recuerda cuanto hemos dicho (98) al aducir el ejemplo que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo nos ofrecen de dicha dependencia.

 El Padre no dio ni da su Hijo sino por medio de María, no se forma hijos adoptivos ni comunica sus gracias sino por Ella. Dios Hijo se hizo hombre para todos solamente por medio de María, no se forma ni nace cada día en las almas sino por Ella en unión con el Espíritu Santo, ni comunica sus méritos y virtudes sino por Ella. El Espíritu Santo no formó a Jesucristo sino por María y sólo por Ella (99) forma a los miembros de su Cuerpo místico y reparte sus dones y virtudes. Después de tantos y tan apremiantes ejemplos de la Santísima Trinidad, ¿podremos, acaso –a no ser que estemos completamente ciegos–, prescindir de María, no consagrarnos ni someternos a Ella para ir a Dios y sacrificarnos a El?

 

141 Veamos ahora algunos pasajes de los Padres, que he seleccionado para probar lo que acabo de afirmar:

 “Dos hijos tiene María: un Hombre-Dios y un hombre-hombre. Del primero es madre corporal; del segundo, madre espiritual” (100) .

 “La voluntad de Dios es que todo lo tengamos por María. Debemos reconocer que la esperanza, gracia y dones que tenemos dimanan de Ella” (101) .

 “Ella distribuye todos los dones y virtudes del Espíritu Santo a quien quiere, cuando quiere, como quiere y en la medida que Ella quiere” (102) .

 “Dios lo entregó todo a María, para que lo recibieras por medio de Ella, pues tú eras indigno de recibirlo directamente de El” (103) .

 

142 Viendo Dios que somos indignos de recibir sus gracias inmediatamente de sus manos -dice San Bernardo- las da a María, para que por Ella recibamos cuanto nos quiere dar. Añadamos que Dios cifra su gloria en recibir, de manos de María, el tributo de gratitud, respeto y amor que le debemos por sus beneficios.

 Es, pues, muy justo imitar la conducta de Dios, “para que -añade el mismo San Bernardo- la gracia vuelva a su autor por el mismo canal por donde vino a nosotros”.

 Esto es lo que hacemos con nuestra devoción: ofrecemos y consagramos a la Santísima Virgen cuanto somos y tenemos, a fin de que Nuestro Señor reciba por su mediación la gloria y el reconocimiento que le debemos, y nos reconocemos indignos e incapaces de acercarnos por nosotros mismos a su infinita Majestad. Por ello acudimos a la intercesión de la Santísima Virgen.

 

143 Esta práctica constituye, además, un ejercicio de profunda humildad, virtud que Dios prefiere a todas las otras. Quien se ensalza rebaja a Dios; quien se humilla lo glorifica. Dios se enfrenta a los arrogantes, pero concede gracia a los humildes (Sant 4,6). Si te humillas creyéndote indigno de presentarte y acercarte a Él, Dios se abaja y desciende para venir a ti, complacerse en ti y elevarte, aun a pesar tuyo. Pero si te acercas a Él atrevidamente, sin mediador, Él se aleja de ti y no podrás alcanzarlo.

 ¡Oh! ¡Cuánto ama Él la humildad de corazón! Y a esta humildad precisamente nos conduce la práctica de esta devoción. Que nos enseña a no acercarnos jamás a Nuestro Señor por nosotros mismos –por amable y misericordioso que Él sea–, sino a servirnos siempre de la intercesión de la Santísima Virgen, para presentarnos ante Dios, hablarle y acercarnos a Él, ofrecerle algo o unirnos y consagrarnos a Él.

 

 3. ESTA DEVOCIÓN NOS ALCANZA LA PROTECCIÓN MATERNAL DE MARÍA

 1. María se da a su esclavo

 144 Tercer motivo. La Santísima Virgen es Madre de dulzura y misericordia, y jamás se deja vencer en amor y generosidad. Viendo que te has entregado totalmente a Ella para honrarla y servirla y te has despojado de cuanto más amas para adornarla, se entrega también a ti plenamente y en forma inefable. Hace que te abismes en el piélago de sus gracias, te adorna con sus méritos, te apoya con su poder, te ilumina con su luz, te inflama con su amor, te comunica sus virtudes: su humildad, su fe, su pureza, etc.; se constituye tu fiadora, tu suplemento y tu todo ante Jesús. Por último, dado que como consagrado perteneces totalmente a María, también Ella te pertenece en plenitud. De suerte que, en cuanto perfecto servidor e hijo de María, puedes repetir lo que dijo de sí mismo el evangelista San Juan: El discípulo la tuvo en su casa (Jn 19,27) (104) como su único bien.

 

145 Este comportamiento, observado con fidelidad, produce en tu alma gran desconfianza, desprecio y aborrecimiento de ti mismo, y a la vez, inmensa confianza y total entrega en manos de la Santísima Virgen, tu bondadosa Señora.

 Como consagrado a Ella, no te apoyarás ya en tus propias disposiciones, intenciones, méritos, virtudes y buenas obras. En efecto, lo has sacrificado todo a Jesucristo, por medio de esta Madre bondadosa. Por ello, ya no te queda otro tesoro -y éste ya es tuyo- en donde estén todos tus bienes que María.

 Esto te llevará a acercarte a Nuestro Señor sin temor servil ni escrúpulos y rogarle con toda confianza, y te hará participar en los sentimientos del piadoso y sabio abad Ruperto, quien, aludiendo a la victoria de Jacob sobre un ángel (ver Gén 32,23-33), dirige a la Santísima Virgen estas hermosas palabras: “¡Oh María, princesa mía y Madre inmaculada del Hombre-Dios, Jesucristo!, deseo luchar con este Hombre que es el Verbo de Dios, armado no con mis méritos, sino con los tuyos”.

 ¡Oh! ¡Qué poderosos y fuertes somos ante Jesucristo cuando estamos armados con los méritos e intercesión de la digna Madre de Dios, quien -según palabras de San Agustínvenció amorosamente al Todopoderoso!

 

2. María purifica nuestras buenas obras, las embellece y hace aceptables a su Hijo divino

 146 Por esta devoción entregamos a Nuestro Señor, por manos de su Madre santísima, todas nuestras buenas obras. Esta bondadosa señora las purifica, embellece, presenta a Jesucristo y hace que su Hijo las acepte.

 1. Las purifica de toda mancha de egoísmo y del apego aun imperceptible que se desliza insensiblemente en las mejores acciones. Tan pronto como llegan a sus manos purísimas y fecundas, esas manos -jamás estériles ni ociosas y que purifican todo cuanto tocan- limpian en lo que le ofrecemos todo lo que tenga de impuro o imperfecto.

 

147 2. Las embellece, adornándolas con sus méritos y virtudes. Pensemos en un labrador cuya única riqueza fuera una manzana y que deseara granjearse la simpatía y benevolencia del rey. ¿Qué haría? - Acudir a la reina y presentarle la manzana para que ella la ofrezca al soberano. La reina acepta el modesto regalo, coloca la manzana en una grande y hermosa bandeja de oro y la presenta al rey en nombre del labrador. En esta forma, la manzana, de suyo indigna de ser presentada al soberano, se convierte en un obsequio digno de su Majestad gracias a la bandeja de oro y a la persona que la entrega (105) .

 

148 3. María presenta esas buenas obras a Jesucristo, no reserva para sí nada de lo que se le ofrece; todo lo presenta fielmente a Jesucristo. Si la alabas y glorificas, inmediatamente Ella alaba y glorifica a Jesús. Si la ensalzas y bendices, Ella –como cuando Santa Isabel la alabó– entona su cántico: Proclama mi alma la grandeza del Señor (Lc 1,46) (106) .

 

149 4. Por insignificante y pobre que sea para Jesucristo, Rey de reyes y Santo de los santos, el don que le presentas, María hace que El acepte tus buenas obras. Pero quien por su cuenta y apoyado en su propia destreza y habilidad lleva algo a Jesucristo, debe recordar que El examina el obsequio, y muchas veces lo rechaza por hallarlo manchado de egoísmo, lo mismo que en otro tiempo rechazó los sacrificios de los judíos por estar llenos de voluntad propia (ver Heb 10,5-7).

 Pero si, al presentar algo a Jesús, lo ofreces por las manos puras y virginales de su Madre amadísima, lo coges por el lado flaco –si me permites la expresión–. Él no mirará tanto el don que le ofreces cuanto a su bondadosa Madre que se lo presenta, ni considerará tanto la procedencia del don cuanto a aquella que se lo ofrece.

 Del mismo modo, María –jamás rechazada y siempre recibida por su Hijo– hace que su Majestad acepte con agrado cuanto le ofrezcas, grande o pequeño; basta que María lo presente para que Jesús lo acepte y se complazca en el obsequio. El gran consejo que San Bernardo daba a aquellos que dirigía a la perfección era éste: “Si quieres ofrecer algo a Dios, procura presentarlo por las manos agradabilísimas y dignísimas de María, si no quieres ser rechazado” (107) .

 

150 ¿No es esto, lo que la misma naturaleza inspira a los pequeños respecto a los grandes, como hemos visto? (108)  ¿Por qué no habría de enseñarnos la gracia a observar la misma conducta para con Dios, infinitamente superior a nosotros y ante quien somos menos que átomos? Tanto más teniendo como tenemos una abogada tan poderosa, que jamás ha sido desairada; tan inteligente, que conoce todos los secretos para conquistar el corazón de Dios; tan buena y caritativa, que no rechaza a nadie por pequeño o malvado que sea.

 Más adelante expondré la historia de Jacob y Rebeca, la figura verdadera de lo que voy diciendo (109) .

 

4. ESTA DEVOCIÓN ES UN MEDIO EXCELENTE PARA PROCURAR LA MAYOR GLORIA DE DIOS

 151 Cuarto motivo. Esta devoción, fielmente practicada, es un medio excelente para enderezar el valor de nuestras buenas obras para la mayor gloria de Dios. Casi nadie obra con esta noble finalidad -a pesar de que a ello estemos obligados-, sea porque no sabemos dónde está la mayor gloria de Dios, sea porque no la buscamos.

 Ahora bien, dado que la Santísima Virgen, a quien cedemos el valor y mérito de nuestras buenas obras, conoce perfectamente donde está la mayor gloria de Dios y todo su actuar es procurarla, el perfecto servidor de esta amable Señora, que se ha consagrado totalmente a Ella como hemos dicho, puede afirmar resueltamente que el valor de todas sus acciones, pensamientos y palabras se ordena a la mayor gloria de Dios, a no ser que haya revocado expresamente su ofrenda.

 ¿Será posible hallar algo más consolador para una persona que ama a Dios con amor puro y desinteresado y aprecia la gloria e intereses de Dios más que los suyos propios?

 

Notas a pie de página:

96 Ver LG 36: servir por Cristo y como Cristo es reinar.

97 Ver VD 110.

98 Ver VD 14-39.

99 Ver LG 62; MC 17

100 CONRADO DE SAJONIA.

101 SAN BERNARDO..

102 SAN BERNARDINO..

103 SAN BERNARDO

104 VD 179.

105 Ver SM 37.

106 Ver VD 225.

107 Ver SM 37; VD 142.

108 Ver VD 147.

109 Ver VD 183.212.

 

lunes, 5 de febrero de 2024

TEMA 289. TRATADO DE LA VERDADERA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN. TERCERA PARTE (1). LA PERFECTA CONSAGRACIÓN A JESUCRISTO. PUNTOS (120-134)

 

TERCERA PARTE

LA PERFECTA CONSAGRACIÓN A JESUCRISTO

 CONTENIDOS ESENCIALES DE LA CONSAGRACIÓN (120)

1. CONSAGRACIÓN PERFECTA Y TOTAL (121-125)

2. PERFECTA RENOVACIÓN DE LAS PROMESAS BAUTISMALES (126-130)

3. RESPUESTA A ALGUNAS OBJECIONES (131-134)

 

 LA PERFECTA CONSAGRACIÓN A JESUCRISTO (88)

 CAPÍTULO I

 120 La plenitud de nuestra perfección consiste en asemejarnos, vivir unidos y consagrados a Jesucristo (89) . Por consiguiente, la más perfecta de todas las devociones es, sin duda alguna, la que nos asemeja, une y consagra más perfectamente a Jesucristo. Ahora bien, María es la creatura más semejante a Jesucristo. Por consiguiente, la devoción que mejor nos consagra y hace semejantes a Nuestro Señor es la devoción a su santísima Madre. Y cuanto más te consagres a María, tanto más te unirás a Jesucristo.

 La perfecta consagración a Jesucristo es, por lo mismo, una perfecta y total consagración de sí mismo a la Santísima Virgen. Esta es la devoción que yo enseño, y que consiste -en otras palabras- en una perfecta renovación de los votos y promesas bautismales (90) .

 

1. CONSAGRACIÓN PERFECTA Y TOTAL

 121 Consiste, pues, esta devoción, en una entrega total a la Santísima Virgen, para pertenecer, por medio de Ella, totalmente a Jesucristo. Hay que entregarle:

1. el cuerpo con todos sus sentidos y miembros;

2. el alma con todas sus facultades;

3. los bienes exteriores -llamados de fortuna- presentes y futuros;

4. los bienes interiores y espirituales, o sea, los méritos, virtudes y buenas obras pasadas, presentes y futuras.

 En dos palabras: cuanto tenemos, o podamos tener en el futuro, en el orden de la naturaleza, de la gracia y de la gloria, sin reserva alguna –ni de un céntimo, ni de un cabello, ni de la menor obra buena–, y esto por toda la eternidad, y sin esperar por nuestra ofrenda y servicio más recompensa que el honor de pertenecer a Jesucristo por María y en María, aunque esta amable Señora no fuera -como siempre lo es– la más generosa y agradecida de las creaturas.

 

122 Conviene advertir que en las buenas obras que hacemos hay un doble valor: la satisfacción y el mérito, o sea, el valor satisfactorio o impetratorio y el valor meritorio.

 El valor satisfactorio o impetratorio de una buena obra es la misma obra buena en cuanto satisface por la pena debida por el pecado u obtiene alguna nueva gracia. En cambio, el valor meritorio o mérito es la misma obra buena, en cuanto merece la gracia y la gloria eterna.

 Ahora bien, en esta consagración de nosotros mismos a la Santísima Virgen le entregamos todo el valor satisfactorio, impetratorio y meritorio. Es decir, las satisfacciones y méritos de todas nuestras buenas obras. Le entregamos nuestros méritos, gracias y virtudes, no para que los comunique a otros -porque nuestros méritos, gracias y virtudes, estrictamente hablando, son incomunicables; únicamente Jesucristo, haciéndose fiador nuestro ante el Padre, ha podido comunicarnos sus méritos-, sino para que nos los conserve, aumente y embellezca, como veremos más adelante (91) . Le entregamos nuestras satisfacciones para que las comunique a quien mejor le plazca y para mayor gloria de Dios.

 

123 De donde se deduce que:

 1. por esta devoción entregas a Jesucristo, de la manera más perfecta –puesto que lo entregas por manos de María–, todo cuanto le puedes dar y mucho más que por las demás devociones, por las cuales le entregas solamente parte de tu tiempo, de tus buenas obras, satisfacciones y mortificaciones.

 Por esta consagración le entregas y consagras todo, hasta el derecho de disponer de tus bienes interiores y satisfacciones que cada día puedes ganar por tus buenas obras, lo cual no se hace ni siquiera en las órdenes o institutos religiosos. En éstos se dan a Dios los bienes de fortuna por el voto de pobreza, los bienes del cuerpo por el voto de castidad; la propia voluntad, por el voto de obediencia, y algunas veces la libertad corporal, por el voto de clausura. Pero no se entrega a Dios la libertad o el derecho de disponer de las buenas obras, ni se despoja uno, cuanto es posible, de lo más precioso y caro que posee el cristiano, a saber: los méritos y satisfacciones.

 

124  2. Una persona que se consagra y entrega voluntariamente a Jesucristo por medio de María, no puede ya disponer del valor de ninguna de sus buenas obras; todo lo bueno que padece, piensa, dice y hace pertenece a María, quien puede disponer de ello según la voluntad y mayor gloria de su Hijo.

 Esta entrega, sin embargo, no perjudica en nada a las obligaciones del estado presente o futuro en que se encuentre la persona; por ejemplo, los compromisos de un sacerdote, que, por su oficio u otro motivo cualquiera, debe aplicar el valor satisfactorio e impetratorio de la Santa Misa a un particular. Porque no se hace esta consagración sino según el orden establecido por Dios y los deberes del propio estado.

 

125 3. Esta devoción nos consagra, al mismo tiempo, a la Santísima Virgen y a Jesucristo. A la Santísima Virgen, como al medio perfecto escogido por Jesucristo para unirse a nosotros, y a nosotros con Él. A Nuestro Señor, como a nuestra meta final, a quien debemos todo lo que somos, ya que es nuestro Dios y Redentor.

 

2. PERFECTA RENOVACIÓN DE LAS PROMESAS BAUTISMALES

 

126 He dicho que esta devoción puede muy bien definirse como una perfecta renovación de las promesas del Santo Bautismo.

 De hecho, antes del Bautismo, todo cristiano era esclavo del demonio, a quien pertenecía. Por su propia boca o las de sus padrinos, renunció en el Bautismo a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y eligió a Jesucristo como a su Dueño y Señor, para depender de El en calidad de esclavo de amor. Es precisamente lo que hacemos por la presente devoción: renunciar –la fórmula de consagración lo dice expresamente– al demonio, al mundo, al pecado y a nosotros mismos y consagrarnos totalmente a Jesucristo por manos de María. Pero hacemos algo más: en el Bautismo hablamos ordinariamente por boca de otros –los padrinos– y nos consagramos a Jesucristo por procurador. Mientras que en esta devoción nos consagramos por nosotros mismos, voluntariamente y con conocimiento de causa.

 En el Santo Bautismo no nos consagramos explícitamente por manos de María ni entregamos a Jesucristo el valor de nuestras buenas acciones. Y después de él quedamos completamente libres para aplicar dicho valor a quien queramos o conservarlo para nosotros. Por esta devoción, en cambio, nos consagramos expresamente a Nuestro Señor por manos de María y le entregamos el valor de todas nuestras buenas acciones.

 

127 “Los hombres hacen voto en el Bautismo –dice Santo Tomás– de renunciar al diablo y a sus pompas”. Y “este voto –había dicho San Agustín– es el mayor y más indispensable”. Lo mismo afirman los canonistas: “El voto principal es el que hacemos en el Bautismo”. Sin embargo, ¿quién cumple este voto tan importante? ¿Quién observa con fidelidad las promesas del Santo Bautismo? ¿No traicionan casi todos los cristianos la fe prometida a Jesucristo en el Bautismo? ¿De dónde proviene este desconcierto universal? ¿No es, acaso, del olvido en que se vive de las promesas y compromisos del Santo Bautismo y de que casi nadie ratifica por sí mismo el contrato de alianza hecho con Dios por sus padrinos?

 

128 Es tan cierto esto, que el concilio de Sens, convocado por orden de Ludovico Pío para poner remedio a los desórdenes de los cristianos, juzgó que la causa principal de tanta corrupción de las costumbres provenía del olvido e ignorancia en que vivían las gentes acerca de los compromisos del Santo Bautismo, y no encontró remedio más eficaz para combatir tamaño mal que excitar a los cristianos a renovar las promesas y votos bautismales (92) .

 

129 Por su parte, el Catecismo del concilio de Trento, fiel intérprete de las intenciones de este santo concilio, exhorta a los párrocos a hacer lo mismo y a acostumbrar al pueblo fiel a recordar y creer que los cristianos han sido consagrados a Jesucristo, Señor y Redentor nuestro. Estas son sus palabras: “El párroco exhortará al pueblo fiel para hacerle comprender que nosotros, más que cualquier hombre, debemos ofrecernos y consagrarnos eternamente como esclavos a Nuestro Señor y Redentor” (93) .

 

130 Ahora bien, si los concilios, los Padres y la misma experiencia nos demuestran que el mejor remedio contra los desórdenes de los cristianos es hacerles recordar las obligaciones del Bautismo y renovar las promesas que en él hicieron, ¿no será acaso razonable hacerlo ahora de manera perfecta mediante esta devoción y consagración a Nuestro Señor por medio de su amantísima Madre? (94) . Digo de “manera perfecta” porque para consagrarnos a Jesucristo utilizamos el más perfecto de todos los medios, que es la Santísima Virgen.

 

3. RESPUESTA A ALGUNAS OBJECIONES

 131 Alguien puede objetar que esta devoción es nueva o sin importancia. No es nueva: los concilios, los Padres y muchos autores antiguos y modernos hablan de dicha consagración a Jesucristo o renovación de las promesas del PAPA PABLO VI invitaba a “dar al hecho de haber recibido el Santo Bautismo toda su importancia” (Ver Ecclesiam suam, 6-8-1964). La liturgia de la Vigilia Pascual nos ofrece también una fórmula concreta de renovación de las promesas bautismales. Lo característico de Montfort es la referencia a la Madre de Jesús y de la Iglesia y su ubicación en la historia de la salvación. Santo Bautismo como de una práctica antigua aconsejada por ellos a todos los cristianos. No es de poca importancia, puesto que la fuente principal de todos los desórdenes, y, por consiguiente, de la condenación de los cristianos, procede del olvido e indiferencia respecto de esta práctica.

 

132 Pudiera alguno decir que esta devoción nos imposibilita para socorrer a las almas de nuestros parientes, amigos y bienhechores, dado que nos hace entregar a Nuestro Señor, por manos de la Santísima Virgen, el valor de todas nuestras buenas obras, oraciones, mortificaciones y limosnas.

 Le respondo:

 Primero, que no es creíble que nuestros amigos, parientes y bienhechores salgan perjudicados porque nos entreguemos y consagremos sin reserva al servicio de Nuestro Señor y su santísima Madre. Suponerlo sería menoscabar el poder y bondad de Jesús y de María, quienes sabrán ayudar a nuestros parientes, amigos y bienhechores sea con nuestra módica renta espiritual, sea con otros medios.

 Segundo, que esta devoción no impide orar por los demás –vivos o difuntos–, aunque la aplicación de nuestras buenas obras dependa de la voluntad de la Santísima Virgen. Al contrario, nos llevará a rogar con mayor confianza. Sucede como a la persona rica que hubiera cedido todos sus bienes a un gran príncipe para honrarlo más: ella rogaría con mayor confianza a este príncipe que dé una limosna a un amigo suyo que se la pide. El príncipe hasta se sentiría feliz de encontrar la oportunidad de manifestar su gratitud a quien se ha despojado de todo para honrarlo y se ha empobrecido para enriquecerlo. Lo mismo cabe decir de Nuestro Señor y de la Santísima Virgen, que jamás se dejarán vencer en gratitud (95) .

 

133 Otro objetará tal vez: “Si doy a la Santísima Virgen todo el valor de mis acciones para que lo aplique a quien Ella quiera, ¡quizá tenga yo que padecer largo tiempo en el purgatorio!”

 Esta objeción proviene del amor propio y de la ignorancia que tenemos respecto a la generosidad divina y la de la Santísima Virgen. Y se destruye por sí sola. ¿Es posible, acaso, que una persona ferviente y generosa que vela con mayor empeño por los intereses de Dios que por los propios, da a Dios sin reserva cuanto posee -de suerte que ya no puede dar más: Non plus ultra-, tiene como única aspiración la gloria de Dios y el reinado de Jesucristo por medio de su santísima Madre y se sacrifica totalmente para alcanzar este fin..., será posible -repito- que persona tan noble y generosa sea más castigada en la otra vida por haber sido en ésta más generosa y desinteresada que las otras? ¡Nada de esto! El Señor y su Madre santísima -lo veremos en seguida- se mostrarán generosísimos en este mundo y en el otro, en el orden de la naturaleza, de la gracia y de la gloria, precisamente con esta persona.

 

134 Conviene ver ahora –con la mayor brevedad– los motivos que hablan en favor de esta devoción, los admirables efectos que produce en las almas fieles y sus principales prácticas.

 

Notas a pie de página:

 88 Con grandes letras escribió el autor este título. Algunos lo han creído tan importante que han querido darlo a toda la obra en lugar del de Tratado de la Verdadera Devoción.

89 Ver VD 61-62.

90 La consagración que el P. DE MONTFORT propone como pertenencia total a Jesús por María es una perfecta renovación de la consagración bautismal (VD 126ss). 427

91 Ver VD 146ss.

92 En el No. 48 de la RMat, el PAPA JUAN PABLO II presenta a SAN LUIS DE MONTFORT como Testigo y Maestro de espiritualidad mariana por la renovación y vivencia en su consagración de las promesas bautismales. Es nota recibida de la tradición de la “Escuela francesa de espiritualidad”. EL PAPA CLEMENTE XI (junio 6 de 1706) había confirmado esta línea de apostolado monfortiano y dado al P. DE MONTFORT el título de «Misionero apostólico». La fórmula “clásica” de consagración que el P. DE MONTFORT nos propone (ver ASE 225) y las de sus “contratos de alianza” insisten en ello (ver Obras BAC 451, 623-626).

93 Ver VD 12.

94 El PAPA PÍO XII, al celebrar los 25 años de las apariciones de Fátima consagró el mundo entero al Corazón Inmaculado de María (1942). Varias naciones lo hicieron siguiendo su ejemplo. PABLO VI renovó más de una vez esa consagración (Nov. 21 /64) e invitó a todos los cristianos a renovarla (ver Signum Magnum, 13-5-1967; con ocasión del cincuentenario de Fátima). Y JUAN PABLO II renueva constantemente la consagración total a María y la repite en todos sus viajes misioneros.

 95 Ver VD 171. 433 

 

martes, 23 de enero de 2024

TEMA 288. TRATADO DE LA VERDADERA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN. SEGUNDA PARTE (3). EL CULTO DE MARIA EN LA IGLESIA. PUNTOS (90-119)

 SEGUNDA PARTE (3)

EL CULTO DE MARÍA EN LA IGLESIA

 

DEFORMACIONES DEL CULTO A MARÍA (90-104)

LA VERDADERA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN (105-119)

 

CAPÍTULO II

 DEFORMACIONES DEL CULTO A MARÍA

 

90 Presupuestas las cinco verdades anteriores, es preciso, ahora más que nunca, hacer una buena elección de la verdadera devoción a la Santísima Virgen. En efecto, hoy más que nunca, nos encontramos con falsas devociones que fácilmente podrían tomarse por verdaderas. El demonio, como falso acuñador de moneda y engañador astuto y experimentado, ha embaucado y hecho caer a muchas almas por medio de falsas devociones a la Santísima Virgen, y cada día utiliza su experiencia diabólica para perder a muchas otras, entreteniéndolas y adormeciéndolas en el pecado so pretexto de algunas oraciones mal recitadas y de algunas prácticas exteriores inspiradas por él.

 Como un falsificador de moneda no falsifica ordinariamente sino el oro y la plata, y muy rara vez los otros metales, porque no valen la pena, así el espíritu maligno no falsifica las otras devociones tanto como las de Jesús y María -la devoción a la sagrada comunión y la devoción a la Santísima Virgen-, porque son, entre las devociones, lo que el oro y la plata entre los metales.

 

91 Es por ello importantísimo: 1. conocer las falsas devociones, para evitarlas, y la verdadera, para abrazarla; 2. conocer cuál es, entre las diferentes formas de devoción verdadera a la Santísima Virgen, la más perfecta, la más agradable a María, la más gloriosa para Dios y la más eficaz para nuestra santificación, a fin de optar por ella.

 

92 Hay, a mi parecer, siete clases de falsos devotos y falsas devociones a la Santísima Virgen, a saber:

1. los devotos críticos;

2. los devotos escrupulosos;

3. los devotos exteriores;

4. los devotos presuntuosos;

5. los devotos inconstantes;

6. los devotos hipócritas;

7. los devotos interesados.

 

1. LOS DEVOTOS CRÍTICOS

 93 Los devotos críticos son, por lo común, sabios orgullosos, engreídos y pagados de sí mismos, que en el fondo tienen alguna devoción a la Santísima Virgen, pero critican casi todas las formas de piedad con que las gentes sencillas honran ingenua y santamente a esta buena Madre sólo porque no se acomodan a su fantasía. Ponen en duda todos los milagros e historias referidas por autores fidedignos o tomadas de las crónicas de las órdenes religiosas que atestiguan la misericordia y el poder de la Santísima Virgen. Se irritan al ver a las gentes sencillas y humildes arrodilladas –para rogar a Dios– ante un altar o imagen de María o en la esquina de una calle (74) .

 Llegan hasta acusarlas de idolatría como si adoraran la madera o la piedra. En cuanto a ellos –así dicen–, ¡no les gustan tales devociones exteriores ni son tan cándidos como para creer a tantos cuentos e historietas como corren acerca de la Santísima Virgen! Si se les recuerdan las admirables alabanzas que los Santos Padres tributan a María, responden que hablaban como oradores, en forma hiperbólica, o dan una falsa explicación de sus palabras.

 Esta clase de falsos devotos y gente orgullosa y mundana es mucho de temer; hace un daño incalculable a la devoción a la Santísima Virgen, alejando de ella definitivamente a los pueblos so pretexto de desterrar abusos.

 

2. LOS DEVOTOS ESCRUPULOSOS

 94 Los devotos escrupulosos son personas que temen deshonrar al Hijo al honrar a la Madre, rebajar al uno al honrar a la otra. No pueden tolerar que se tributen a la Santísima Virgen las justísimas alabanzas que le prodigan los Santos Padres. Toleran penosamente que haya más personas arrodilladas ante un altar de María que delante del Santísimo Sacramento, ¡como si esto fuera contrario a aquello o si los que oran a la Santísima Virgen no orasen a Jesucristo por medio de Ella! No quieren que se hable con tanta frecuencia de la Madre de Dios ni que los fieles acudan a Ella tantas veces.

Oigamos algunas de sus expresiones más frecuentes: “¿De qué sirven tantos rosarios? ¿Tantas congregaciones y devociones exteriores a la Santísima Virgen? ¡Cuánta ignorancia en tales prácticas! ¡Esto es poner en ridículo nuestra religión! ¡Hábleme, más bien, de los devotos de Jesucristo (frecuentemente lo nombran sin descubrirse, lo digo entre paréntesis). ¡Hay que recurrir a Jesucristo: El es nuestro único mediador! Hay que predicar a Jesucristo: ¡esto sí es sólido!” (75) .

 Y lo que dicen es verdad en cierto sentido. Pero la aplicación que hacen de ello para combatir la devoción a la Santísima Virgen es muy peligrosa, es un lazo sutil del espíritu maligno so pretexto de un bien mayor. Porque nunca se honra tanto a Jesucristo como cuando se honra a la Santísima Virgen. Efectivamente, si se la honra, es para honrar más perfectamente a Jesucristo; pues, si vamos a Ella, es para encontrar el camino que nos lleva a la meta, que es Jesucristo.

 

95 La Iglesia, con el Espíritu Santo, bendice primero a la Santísima Virgen y después a Jesucristo: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre, Jesús. Y esto no porque la Virgen María sea mayor que Jesucristo o igual a El -lo cual sería intolerable herejía-, sino porque para bendecir más perfectamente a Jesucristo hay que bendecir primero a María (76) . Digamos, pues, con todos los verdaderos devotos de la Santísima Virgen y contra sus falsos devotos escrupulosos: María, bendita tú entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús (Lc 1,42).

 

3. LOS DEVOTOS EXTERIORES

 96 Los devotos exteriores son personas que cifran toda su devoción a María en prácticas externas. Sólo gustan de lo exterior de esta devoción, porque carecen de espíritu interior. Rezan muchos rosarios, pero atropelladamente. Oyen muchas misas, pero sin atención. Se inscriben en todas las cofradías marianas, pero sin enmendar su vida, sin vencer sus pasiones, sin imitar las virtudes de la Santísima Virgen. Sólo gustan de lo sensible de la devoción, no buscan lo sólido. De suerte que, si no experimentan algo sensible en sus prácticas piadosas, creen que no hacen nada, se desalientan y lo abandonan todo o lo hacen por rutina.

 El mundo está lleno de esta clase de devotos exteriores. No hay gente que más critique a las personas de oración, que se empeñan en lo interior como lo esencial, aunque sin menospreciar la modestia exterior, que acompaña siempre a la devoción verdadera.

 

4. LOS DEVOTOS PRESUNTUOSOS

 97 Los devotos presuntuosos son pecadores aletargados en sus pasiones o amigos de lo mundano. Bajo el hermoso nombre de cristianos y devotos de la Santísima Virgen esconden el orgullo, la avaricia, la lujuria, la embriaguez, el perjurio, la maledicencia o la injusticia, etc.; duermen pacíficamente en sus costumbres perversas, sin hacerse mucha violencia para corregirse, confiados en que son devotos de la Santísima Virgen; se prometen a sí mismos que Dios les perdonará, que no morirán sin confesión ni se condenarán, porque rezan el rosario, ayunan los sábados, pertenecen a la Cofradía del Santo Rosario, a la del escapulario u otras congregaciones, llevan el hábito o la cadenilla de la Santísima Virgen, etc.(77) .

 Cuando se les dice que su devoción no es sino ilusión diabólica y perniciosa presunción, capaz de llevarlos a la ruina, se resisten a creerlo. Responden que Dios es bondad y misericordia; que no nos ha creado para la perdición; que no hay hombre que no peque; que no morirán sin confesión; que basta un buen “¡Señor, pequé!” (ver 2Sam 12,13) a la hora de la muerte. Y añaden que son devotos de la Santísima Virgen, que llevan el escapulario; que todos los días rezan puntual y humildemente siete padrenuestros y avemarías en su honor y algunas veces el rosario o el oficio de la Santísima Virgen; que ayunan, etc.

 Para confirmar sus palabras y enceguecerse aún más, alegan algunos hechos verdaderos o falsos -poco importa- que han oído o leído, en los que se asegura que personas muertas en pecado mortal y sin confesión, gracias a que durante su vida habían rezado algunas oraciones o ejercitado algunas prácticas de devoción en honor de la Virgen, resucitaron para confesarse, o su alma permaneció milagrosamente en el cuerpo hasta que lograron confesarse, o a la hora de la muerte obtuvieron de Dios, por la misericordia de la Santísima Virgen, el perdón y la salvación. ¡Ellos esperan correr la misma suerte!

 

98 Nada en el cristianismo es tan perjudicial a las gentes como esta presunción diabólica. Porque ¿cómo puede alguien decir con verdad que ama y honra a la Santísima Virgen mientras con sus pecados hiere, traspasa, crucifica y ultraja despiadadamente a Jesucristo, su Hijo? Si María se obligara a salvar por su misericordia a esta clase de personas, ¡autorizaría el pecado y ayudaría a crucificar a su Hijo! Y esto, ¿quién osaría siquiera pensarlo?

 

99 Protesto que abusar así de la devoción a la Santísima Virgen –devoción que, después de la que se tiene a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento, es la más santa y sólida de todas– constituye un horrible sacrilegio: el mayor y menos digno de perdón después de la comunión sacrílega.

 Confieso que para ser verdadero devoto de la Santísima Virgen no es absolutamente necesario que seas tan santo, que llegues a evitar todo pecado, aunque esto sería lo más deseable. Pero es preciso al menos (¡nota bien lo que digo!):

 1. mantenerte sinceramente resuelto a evitar, por lo menos, todo pecado mortal, que ultraja tanto a la Madre como al Hijo;

2. violentarte para evitar el pecado;

3. inscribirte en las cofradías, rezar los cinco o los quince misterios del rosario u otras oraciones, ayunar los sábados, etc.

 

100 Todas estas buenas obras son maravillosamente útiles para lograr la conversión de los pecadores por endurecidos que estén. Y si tú, lector, fueras uno de ellos, aunque ya tuvieras un pie en el abismo..., te las aconsejo, a condición de que las realices con la única intención de alcanzar de Dios –por intercesión de la Santísima Virgen– la gracia de la contrición y el perdón de tus pecados y vencer tus hábitos malos, y no para permanecer tranquilamente en estado de pecado, no obstante los remordimientos de la conciencia, el ejemplo de Jesucristo y de los santos y las máximas del santo Evangelio.

 

5. LOS DEVOTOS INCONSTANTES

101 Los devotos inconstantes son los que honran a la Santísima Virgen a intervalos y como a saltos. Ya fervorosos, ya tibios... En un momento parecen dispuestos a emprenderlo todo por su servicio, poco después ya no son los mismos. Abrazan de momento todas las devociones a la Santísima Virgen y se inscriben en todas sus cofradías, pero luego no cumplen sus normas con fidelidad. Cambian como la luna (BenS 27,12). Y María los coloca debajo de sus pies (ver Ap 12,1), junto a la media luna, porque son volubles e indignos de ser contados entre los servidores de esta Virgen fiel, que se distingue por la fidelidad y la constancia. 

 Más vale no recargarse con tantas oraciones y prácticas devotas y hacer menos, pero con amor y fidelidad, a pesar del mundo, del demonio y de la carne.

 

6. LOS DEVOTOS HIPÓCRITAS

 102 Hay todavía otros falsos devotos de la Santísima Virgen: los devotos hipócritas. Encubren sus pecados y costumbres pecaminosas bajo el manto de la Virgen fiel, a fin de pasar a los ojos de los demás por lo que no son.

 

7. LOS DEVOTOS INTERESADOS

 103 Existen, finalmente, los devotos interesados. Son aquellos que sólo acuden a la Santísima Virgen para ganar algún pleito, evitar un peligro, curar de una enfermedad o por necesidades semejantes, sin las cuales no se acordarían de Ella. Unos y otros son falsos devotos, en nada aceptos a Dios ni a su santísima Madre.

 

104 Pongamos, pues, suma atención, a fin de no pertenecer al número de los devotos críticos, que no creen en nada, pero todo lo critican; de los devotos escrupulosos, que temen ser demasiado devotos a la Santísima Virgen por respeto a Jesucristo; de los devotos exteriores, que hacen consistir toda su devoción en prácticas exteriores; de los devotos presuntuosos, que, bajo el oropel de una falsa devoción a la Santísima Virgen, viven encenagados en el pecado; de los devotos inconstantes, que –por ligereza– cambian sus prácticas de devoción o las abandonan a la menor tentación; de los devotos hipócritas, que entran en las cofradías y visten la librea de la Santísima Virgen para hacerse pasar por santos, y finalmente, de los devotos interesados, que sólo recurren a la Santísima Virgen para librarse de males corporales o alcanzar bienes de este mundo.

 

CAPÍTULO III

 LA VERDADERA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

 

105 Después de haber desenmascarado y reprobado las falsas devociones a la Santísima Virgen, conviene presentar en pocas palabras la verdadera. Esta es:

1. interior;

2. tierna;

3. santa;

4. constante;

5. desinteresada (78) .

 

1. DEVOCIÓN INTERIOR

 106 Primero, la verdadera devoción a la Santísima Virgen es interior. Es decir, procede del espíritu y del corazón, de la estima que tienes de Ella, de la alta idea que te has formado de sus grandezas y del amor que le tienes.

 

2. DEVOCIÓN TIERNA

 

107 Segundo, ella es tierna, vale decir, llena de confianza en la Santísima Virgen, como la confianza del niño en su querida madre. Esta devoción hace que recurras a la Santísima Virgen en todas tus necesidades materiales y espirituales con gran sencillez, confianza y ternura, e implores la ayuda de tu bondadosa Madre en todo tiempo, lugar y circunstancia: en las dudas, para que te esclarezca; en los extravíos, para que te convierta al buen camino; en las tentaciones, para que te sostenga; en las debilidades, para que te fortalezca; en las caídas, para que te levante; en los desalientos, para que te reanime; en los escrúpulos, para que te libre de ellos; en las cruces, afanes y contratiempos de la vida, para que te consuele. Finalmente, en todas las dificultades materiales y espirituales, María es tu recurso ordinario, sin temor de importunar a tu bondadosa Madre ni desagradar a Jesucristo.

 

3. DEVOCIÓN SANTA

 108 Tercero, la verdadera devoción a la Santísima Virgen es santa. Es decir, te lleva a evitar el pecado e imitar las virtudes de la Santísima Virgen, y en particular su humildad profunda, su fe viva, su obediencia ciega (79) , su oración continua, su mortificación universal, su pureza divina, su caridad ardiente, su paciencia heroica, su dulzura angelical y su sabiduría divina. Estas son las diez principales virtudes de la santísima Virgen.

 

 4. DEVOCIÓN CONSTANTE

 109 Cuarto, la verdadera devoción a la Santísima Virgen es constante. Te consolida en el bien y hace que no abandones fácilmente las prácticas de devoción. Te anima para que puedas oponerte a lo mundano y sus costumbres y máximas; a lo carnal y sus molestias y pasiones; al diablo y sus tentaciones. De suerte que, si eres verdaderamente devoto de la Santísima Virgen, huirán de ti la veleidad, la melancolía, los escrúpulos y la cobardía. Lo que no quiere decir que no caigas algunas veces ni experimentes cambios en tu devoción sensible. Pero, si caes, te levantarás

tendiendo la mano a tu bondadosa Madre; si pierdes el gusto y la devoción sensibles, no te acongojarás por ello. Porque el justo y fiel devoto de María vive de la fe de Jesús y de María y no de los sentimientos corporales (ver Heb 10,34) (80) .

 

 5. DEVOCIÓN DESINTERESADA

110 Quinto, por último, la verdadera devoción a la Santísima Virgen es desinteresada. Es decir, te inspirará no buscarte a ti mismo, sino sólo a Dios en su santísima Madre. El verdadero devoto de María no sirve a esta augusta Reina por espíritu de lucro o interés ni por su propio bien temporal o eterno, corporal o espiritual, sino únicamente porque Ella merece ser servida y sólo Dios en Ella. Ama a María, pero no precisamente por los favores que recibe o espera recibir de Ella, sino porque Ella es amable. Por eso la ama con la misma fidelidad en los sinsabores y sequedades que en las dulzuras y fervores sensibles. La ama lo mismo en el Calvario que en las bodas de Caná.

 ¡Ah! ¡Cuán agradable y precioso es delante de Dios y de su santísima Madre el devoto de María que no se busca a sí mismo en los servicios que le presta! Pero ¡qué pocos hay así! Para que no sea tan reducido ese número, estoy escribiendo lo que durante tantos años he enseñado en mis misiones pública y privadamente con no escaso fruto.

 

111 Muchas cosas he dicho ya de la Santísima Virgen. Muchas más tengo que decir. E infinitamente más serán las que omita, ya por ignorancia, ya por falta de talento o tiempo. Cuanto digo responde al propósito que tengo de hacer de ti un verdadero devoto de María y un auténtico discípulo de Jesucristo.

 

112 ¡Oh! ¡qué bien pagado quedaría mi esfuerzo si este humilde escrito cae en manos de una persona bien dispuesta, nacida de Dios y de María y no de linaje humano, ni por impulso de la carne ni por deseo de varón (Jn 1,13); le descubre e inspira, por gracia del Espíritu Santo, la excelencia y precio de la verdadera y sólida devoción a la Santísima Virgen que ahora voy a exponerte! ¡Si supiera que mi sangre pecadora serviría para hacer penetrar en tu corazón, lector amigo, las verdades que escribo en honor de mi amada Madre y soberana Señora, de quien soy el último de los hijos y esclavos, con mi sangre, en vez de tinta, trazaría estas líneas, pues abrigo la esperanza de hallar personas generosas que, por su fidelidad a la práctica que voy a enseñarte, resarcirán a mi amada Madre y Señora por los daños que ha sufrido a causa de mi ingratitud e infidelidad!

 

113 Hoy me siento, más que nunca, animado a creer y esperar aquello que tengo profundamente grabado en el corazón y que vengo pidiendo a Dios desde hace muchos años, a saber, que tarde o temprano la Santísima Virgen tenga más hijos, servidores y esclavos de amor (81) que nunca, y que, por este medio, Jesucristo, mi Señor, reine como nunca en los corazones.

 

114 Preveo claramente que muchas bestias rugientes llegan furiosas a destrozar con sus diabólicos dientes este humilde escrito y a aquel de quien el Espíritu Santo se ha servido para redactarlo, o sepultar, al menos, estas líneas en las tinieblas o en el silencio de un cofre a fin de que no sea publicado (82) . Atacarán, incluso, a quienes lo lean y pongan en práctica. Pero ¡qué importa! ¡Tanto mejor! ¡Esta perspectiva me anima y hace esperar un gran éxito, es decir, la formación de un gran escuadrón de aguerridos y valientes soldados de Jesús y de María, de uno y otro sexo, que combatirán al mundo, al demonio y a la naturaleza corrompida en los tiempos –como nunca peligrosos– que van a llegar!

 Entiéndelo, lector (Mt 24,15).

El que pueda con eso, que lo haga (Mt 19,12).

 

CAPÍTULO IV

 DIVERSAS PRÁCTICAS DE DEVOCIÓN A MARÍA

 1. PRÁCTICAS COMUNES

 115 La verdadera devoción a la Santísima Virgen puede expresarse interiormente de diversas maneras. He aquí, en resumen, las principales:

 1. honrarla, como a digna Madre de Dios, con culto de hiperdulía, es decir, estimarla y venerarla más que a todos los otros santos, por ser Ella la obra maestra de la gracia y la primera después de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre;

2. meditar sus virtudes, privilegios y acciones;

3. contemplar sus grandezas;

4. ofrecerle actos de amor, alabanza, acción de gracias;

5. invocarla de corazón;

6. ofrecerse y unirse a Ella;

7. realizar todas las acciones con intención de agradarla;

8. comenzar, continuar y concluir las acciones por Ella, en Ella, con Ella y para Ella, a fin de hacerlas por Jesucristo, en Jesucristo, con Jesucristo y para Jesucristo, nuestra meta definitiva.

 Más adelante explicaremos esta última práctica (83) .

 

116 La verdadera devoción a la Santísima Virgen tiene también varias prácticas exteriores. Estas son las principales:

1. inscribirse en sus cofradías y entrar en las congregaciones marianas;

2. entrar en las órdenes o institutos religiosos fundados para honrarla;

3. publicar sus alabanzas;

4. hacer en su honor limosnas, ayunos y mortificaciones espirituales y corporales.

5. llevar sus libreas, como el santo rosario, el escapulario o la cadenilla;

6. rezar atenta y modestamente el santo rosario, compuesto de quince decenas de avemarías, en honor de los quince principales misterios de Jesucristo, o la tercera parte del rosario, que son cinco decenas, en honor de los cinco misterios gozosos (anunciación, visitación, nacimiento de Jesucristo, purificación y el Niño perdido y hallado en el templo); o de los cinco misterios dolorosos (agonía de Jesús en el huerto, flagelación, coronación de espinas, subida al Calvario con la cruz a cuestas y crucifixión y muerte de Jesús); o de los cinco misterios gloriosos (resurrección de Jesucristo, ascensión del Señor, venida del Espíritu Santo, asunción y coronación de María por las tres personas de la Santísima Trinidad); o una corona de seis o siete decenas en honor de los años que, según se cree, vivió sobre la tierra la Santísima Virgen; o la coronilla de la Santísima Virgen, compuesta de tres padrenuestros y doce avemarías, en honor de su corona de doce estrellas o privilegios; o el oficio de Santa María Virgen, tan universalmente aceptado y rezado en la Iglesia; o el salterio menor de María Santísima, compuesto en honor suyo por San Buenaventura, y que inspira afectos tan tiernos y devotos que no se puede rezar sin conmoverse; o catorce padrenuestros y avemarías en honor de sus catorce alegrías; u otras oraciones, himnos y cánticos de la Iglesia, como la Salve; Madre del Redentor; Salve, Reina de los cielos o Reina de cielos –según los tiempos litúrgicos–; el himno Salve, de mares Estrella; la antífona ¡Oh gloriosa Señora!, el Magnificat, etc., u otras piadosas plegarias de que están llenos los devocionarios;

7. cantar y hacer cantar en su honor cánticos espirituales;

8. hacer en su honor cierto número de genuflexiones o reverencias, diciéndole, por ejemplo, todas las mañanas sesenta o cien veces: Dios te salve, María, Virgen fiel, para alcanzar de Dios, por mediación suya, la fidelidad a la gracia durante todo el día; y por la noche: Dios te salve, María, Madre de misericordia, para implorar de Dios, por medio de Ella, el perdón de los pecados cometidos durante el día;

9. mostrar interés por sus cofradías, adornar sus altares, coronar y embellecer sus imágenes;

10. organizar procesiones y llevar en ellas sus imágenes y llevar una consigo, como arma poderosa contra el demonio;

11. hacer pintar o grabar sus imágenes o su monograma y colocarlas en las iglesias, las casas o los dinteles de las puertas y entrada de las ciudades, de las iglesias o de las casas;

12. consagrarse a Ella en forma especial y solemne.

 

117 Existen muchas formas de verdadera devoción a la Santísima Virgen (84) inspiradas por el Espíritu Santo a las personas santas y que son muy eficaces para la santificación. Pueden leerse, en extenso, en El paraíso abierto a Filagia (85) , compuesto por el R.P. Pablo Barry, S.J., quien ha recopilado en esta obra gran número de devociones practicadas por los santos en honor de la Santísima Virgen. Estas devociones constituyen maravillosos medios de santificación, siempre que se hagan con las debidas disposiciones, es decir:

1. con la buena y recta intención de agradar a Dios sólo, unirse a Jesucristo, nuestra meta final, y edificar al prójimo;

2. con atención, sin distracciones voluntarias;

3. con devoción, sin precipitación ni negligencia;

4. con modestia y compostura corporal respetuosa y edificante

 

2. LA PRÁCTICA MÁS PERFECTA

 118 Después de todo, protesto abiertamente que -aunque he leído todos los libros que tratan de la devoción a la Santísima Virgen (86) y conversado familiarmente con las personas más santas y sabias de estos últimos tiempos- no he logrado conocer ni aprender una práctica de devoción semejante a la que voy a explicar, que te exija más sacrificios por Dios, te libre más de ti mismo y de tu egoísmo, te conserve más firme y fielmente en la gracia y la gracia en ti, te una más perfecta y fácilmente (87) a Jesucristo y sea más gloriosa para Dios, más santificadora para ti mismo y más útil al prójimo.

 

119 Dado que lo esencial de esta devoción consiste en el interior que ella debe formar, no será igualmente comprendida por todos: algunos se detendrán en lo que tiene de exterior, sin pasar de ahí: será el mayor número; otros, en número reducido, penetrarán en lo interior de la misma, pero se quedarán en el primer grado. ¿Quién subirá al segundo? ¿Quién llegará hasta el tercero? ¿Quién, finalmente, permanecerá en él habitualmente? Sólo aquel a quien el Espíritu Santo de Jesucristo revele este secreto y lo conduzca por sí mismo para hacerlo avanzar de virtud en virtud, de gracia en gracia, de luz en luz, hasta transformarlo en Jesucristo y llevarlo a la plenitud de su madurez sobre la tierra y perfección de su gloria en el cielo.

 

Notas a pie de página:

 74 MONTFORT constata y defiende legítimamente estas manifestaciones de la religiosidad popular que son una expresión de la convicción eclesial de la presencia de María en el peregrinar actual del pueblo de Dios.

75 El culto de María jamás de opone al de su Hijo: Ella busca la gloria de Jesús y la realización del proyecto de amor que el Padre le ha encomendado en la salvación de los hombres, mientras coopera siempre con la acción del Espíritu Santo, en disponibilidad absoluta.

76 Ver VD 224-225.

77 La auténtica devoción a María lleva a la conversión y a dejarse transformar por la Palabra de Dios, bajo la fuerza del Espíritu Santo (Lc 11,28); ver LG 56; VD 108. 415

78 Ver LG 67.

79 La colaboración de María a la obra de la salvación fue de absoluta y total disponibilidad y consagración al proyecto de Dios. Ver LG 56; SM 40; VD 81.119.121.122.173-175.177.178.206...

80 Ver VD 214. 421

81 “Hijos, servidores y esclavos de amor”, son una y misma realidad.

82 Todo sucedió a la letra. El manuscrito quedó escondido a partir de la Revolución francesa (1789) hasta 1842 en que el P. RAUTUREAU lo encontró entre los libros de la Casa General de la Compañía de María.

83 Ver VD 257ss.

84 Los Padres del Concilio Vaticano II recuerdan y aprueban las devociones marianas reconocidas por la Iglesia; ver LG 66; MC, Intr.

85 El P. DE MONTFORT recuerda las condiciones con las cuales las prácticas exteriores de devoción a María se hacen santificadoras.

86 Siendo seminarista, el P. DE MONTFORT fue bibliotecario. Tuvo entonces la oportunidad de leer y sacar notas abundantes. Esos apuntes nos han quedado en un grueso Cuaderno de Notas. J.B. BLAIN, amigo del santo, testifica también su sed de lectura mariana.

87 Ver LG 60.66.