1Los siete sacramentos que la Iglesia ha
reconocido instituidos por el Salvador, 2como
signos sensibles para comunicar a la humanidad el misterio redentor de Cristo, 3tienen eficacia ex opere operato gracias a la fuerza del Espíritu Santo que actúa mediante el ministro, dispensan la
vida divina de la gracia cuando se reciben en la fe y comunión
de la Iglesia, a la que dan consistencia y estructuran por los caracteres sacramentales.
1.
el septenario sacramental
1.1
Fijación del septenario
sacramental
1.2
Institución de los sacramentos por Cristo
2.
los sacramentos
como signos sensibles
del misterio de Cristo
2.1
Naturaleza de los sacramentos
2.2
Estructura de los sacramentos
3.
la eficacia de los sacramenTos
3.1
Sentido de la eficacia ex opere operato
3.2
Doble efecto de los sacramentos: gracia y carácter
sacramental
3.3
Fe, gracia y sacramentos
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CEC 1113-1134; Compendio
224-232; CIC 840-848
Concilio de Trento, Decreto sobre
los sacramentos (3.3.1547) DS 1600-1613 S.Th.
III, qq.60-65 [62;64]
1.EL SEPTENARIO SACRAMENTAL
1.1 1.1 Fijación del septenario
sacramental
En la noción
general de sacramento hay dos aspectos
que siempre deben estar presentes: el aspecto de signo y el hacer
presente ese don de Dios,
es decir, su eficacia.
Consiguientemente el sacramento es signo eficaz del don de Dios. Esta noción amplia de sacramento puede
aplicarse a Cristo: pues en su naturaleza humana se manifiesta a los hombres,
y a la vez Él es el Verbo. No sólo envía a la realidad invisible que significa,
sino que contiene esa misma realidad. De ahí
el uso de misterio, que aparece en la Escritura referido a Cristo:
(Mc 4,11; Col 1,25-27; Ef 3,3).
Sin embargo ya en las epístolas paulinas
aparece que el misterio de Cristo tiene una dimensión eclesial. Cristo es la cabeza
del cuerpo, de la Iglesia (Col l,18; Ef 3,8-10). Cristo no actúa separadamente de la Iglesia
en la que se manifiesta y se
da. Es cierto que la Iglesia no se identifica del todo con Cristo, igual que un sacramento no se identifica del todo con la realidad
que significa, pero eso no elimina la eficacia de la Iglesia para comunicar a
los hombres la vida divina que trae Cristo.
En el NT aparece la íntima relación
entre determinados ritos y signos y la fe, en
concreto en Jn 3 (bautismo). Lo mismo podríamos decir de la Eucaristía, que tiene que ver con la salvación
y con la comunidad cristiana. Se trata de ritos exteriores pero que tienen un efecto interior determinante para la salvación. El término sacramentum procede del griego mysterion, que en san Pablo suele
referirse al designio
escondido en Dios, pero ya en Clemente
y en Orígenes pasó a significar el conjunto de verdades y
prácticas cristianas. Cada vez se acentúa más que estos sacramentos actúan en fuerza
de Cristo y de su cruz.
Un momento determinante en la evolución del
término y de su significado lo tenemos
en san Agustín. Este autor, en controversia con los donatistas tuvo que precisar que el autor de los sacramentos es
Cristo, de manera que su eficacia no depende
de la santidad del ministro. Los donatistas subrayaban la relación entre el sacramento y la Iglesia, de manera que
sólo en la Iglesia verdadera se podían administrar los sacramentos; si alguien había sido un traditor
o se había
separado de la Iglesia, en él ya no estaba
el Espíritu Santo, y por ello no podría administrar los sacramentos.
Esta perspectiva parecía
sostener que el ministro comunicaba la gracia que poseía en la Iglesia; se puede advertir que había problemas tanto de tipo eclesiológico (cualquier pecado excluye
de la Iglesia y no cabe el perdón de determinados pecados) y sacramentales, pues no tenían claro que quien actúa realmente en los sacramentos es Cristo. San Agustín recordó este papel esencial
de Cristo como auctor de los sacramentos, aunque reconocía a la vez que sólo tenían
eficacia
plena en la Iglesia, pues si alguien se separaba de la Iglesia, se separaba del amor de Cristo, y por ello no podía
recibir el fruto pleno de los sacramentos.
La doctrina sacramental de san Agustín se podría
presentar en cuatro afirmaciones:
a) San Agustín designa sacramentum a todos los signos sagrados,
es decir, realidades visibles que por institución divina conducen al espíritu hacia una rea lidad invisible.
b) Estos signos significan a Cristo, el único salvador;
incluso los sacramentos de la Antigua
Alianza le preanunciaban. c) Los sacramentos no sólo significan la salvación del que los recibe, sino que la producen. d) Esta eficacia tiene que ver con la Palabra.
Sobre este punto hay que hacer precisiones, pues algunos, como Calvino, lo recondujeron al sentido de que eran algo así como
predicaciones en acto, de modo que se perdía la eficacia propiamente sacramen tal. Esto es incompatible con el pensamiento de san Agustín,
pues él mismo reconocía
la eficacia de estos sacramentos aún fuera de la Iglesia verdadera. San Agustín
aplicó esta noción
de sacramento expresamente al Bautismo, la Eucaristía, y al rito por el que se constituye a alguien dispensator verbi et sacramentorum es decir, el orden.
La primera escolástica medieval, de los
siglos XI-XII profundizó en todas estas cuestiones
y se construyó el tratado
de los sacramentos en general,
a partir, sobre todo, de las afirmaciones de san Agustín
sobre el Bautismo.
Asimismo se fijó el septenario sacramental, ya con claridad en Pedro Lombardo, distinguiendo del amplio conjunto de signos que empleaba la Iglesia,
siete, de particular trascendencia y eficacia, que denomina propiamente
sacramentos. Los concilios de Lyon II (DS 860) y de Florencia (DS 1310) lo formularon de manera autorizada. También en esta época se desarrolla la teoría del hilemorfismo
sacramental, es decir la composición forma/materia, que respondía, en terminología Aristotélica, a la antigua
distinción verbum-elementum.
El gran momento
de crisis de los sacramentos se dio a partir de la Reforma
de Lutero. Su noción de justificación
como una relación entre Dios y la criatura excluía
cualquier mediación de tipo sacramental, y a lo más se consideraba la cena y el bautismo como predicaciones
realizadas con signos, pero olvidando cualquier
tipo de eficacia en ese signo. En el fondo se olvidaba la misma actuación de Cristo en cuanto hombre,
y toda la estructura sacramental de la salvación
quedaba preterida en aras de un cierto gnosticismo escriturístico.
Conviene recordar que para Lutero
y Calvino Cristo
nos salvó en cuanto que padeció la pena
que merecían los pecadores, es decir, se dio una sustitución penal, no una satisfacción vicaria; en esta última explicación Cristo nos salva en la medida que ofrece, activamente, algo al Padre, de modo que su humanidad
causa realmente nuestra
salvación. En un planteamiento protestante parecía que nada del ámbito creado podía ser útil para llegar
a Dios: no es una casualidad que los mismos
que rechazaron la analogía rechazaran
la estructura sacramental de la salvación; evidentemente
se trata de cuestiones distintas, pero en ambos temas se esconde el
rechazo de la bondad de la creación
y de su relación con Dios.
El Concilio de Trento
recordó el septenario sacramental y los elementos esenciales de los sacramentos,
especialmente su eficacia, distinción de los signos de la antigua
Ley y papel de los ministros. En la actualidad uno de los principales problemas es haber olvidado precisamente
ese aspecto de eficacia y causalidad de
los sacramentos, considerándolos como una simple manifestación de una comunicación de Dios que ya está ahí.
1.1 1.2 Institución de los sacramentos por Cristo
Sólo Cristo pudo instituir
los sacramentos, en cuanto que en ellos se hace presente su muerte
y Resurrección que nos salva.
En el periodo de su predicación se describen diversas acciones simbólicas como
bautizar, tocar e imponer las
manos, ungir con barro, lavar los pies, o la última cena. El concepto de institución no quiere decir que Cristo
haya determinados todos y cada uno de los
detalles (Doc 92,19).
Sin embargo es necesario
conservar aquello que ha instituido el Señor, porque el sacramento no es una evocación general
de grandes momentos o de realidades esenciales del ser humano (como puede ser la comida,
o la purificación), sino un signo concreto, del mismo modo que
Cristo no es una
persona humana en la que Dios está especialmente presente, sino el Verbo eterno de Dios, que se ha encarnado en esta humanidad concreta e individual, la de Cristo.
Por ello,
para que este signo posea la eficacia que Cristo ha querido debe emplearse tal como lo instituyó;
e.c. la Eucaristía no puede celebrarse con la
comida típica de un lugar determinado, porque no es la evocación del comer ante Dios, sino con el pan y el vino, tal como hizo Cristo, en la última
cena y como sacrificio de la Nueva
Alianza.
La Iglesia
conservando tales signos y bajo la guía del Espíritu Santo ha comprendido cuáles
de estas acciones
estaban arraigadas en la voluntad
del Señor y respondían a la esencia de su misión. De este modo, en el amplio campo de los
sacramenta o signos sagrados, ha
distinguido los siete esenciales que se remontan
al mismo Señor y tienen una eficacia particular. De hecho conocemos y conservamos otros signos establecidos por Cristo, como el lavatorio de los pies, a los que no se les ha reconocido eficacia sacramental.
El
momento relativamente tardío de la fijación autorizada de este septenario simplemente indica que antes no se habían producido negaciones importantes de algunos de estos signos
y por ello no hacía falta definirlos como tales. La Iglesia, dotada por el Espíritu Santo, ha podido
intervenir en precisar algunos elementos que
no son esenciales, pero lo que se denomina la sustancia de los sacramentos dependen
de Cristo. En este caso debemos hacer referencia a la importancia de la Tradición apostólica, y a que se trata de realidades que pertenecían a la práctica
y costumbre de la Iglesia, de manera que no todas aparecen
con claridad en las primeras fuentes.
2. 2 LOS SACRAMENTOS COMO SIGNOS SENSIBLES
DEL MISTERIO DE CRISTO
2.1 2.1 Naturaleza de los sacramentos
Lo
característico de los sacramentos es que son signos del misterio redentor en acción, consiguientemente: a) son
signos; b) son signos convencionales; c) son signos prácticos; d) son signos de la salvación actualmente realizada por Cristo
en el que los recibe.
Es
importante señalar que los sacramentos no son meros símbolos que evoquen cierta
realidad universal que se pueda
aplicar a la salvación: e.c. el bautismo no es un mero símbolo general
de la purificación por el agua, sino que son signos
determinados por su misma estructura conforme a la voluntad de
Cristo para significar y causar una realidad de gracia concreta.
El
catecismo ofrece la siguiente definición de sacramento: «Los sacramentos son signos eficaces de la gracia,
instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia, por los cuales nos es dispensada la vida divina. Los ritos
visibles bajo los cuales los sacramentos son celebrados
significan y realizan las gracias propias de cada sacramento. Dan fruto en quienes los reciben con las disposiciones
requeridas» CEC 1131.
Al mismo tiempo, en cuanto que los sacramentos hacen presente la acción redentora de Cristo son una acción
de culto y de glorificación a Dios, pues la salvación del hombre se apoya en el sacrificio de Cristo, que es el acto de culto a Dios del que participa
la Iglesia.
2.2 2.2 Estructura de los sacramentos
Se suele
hablar respecto a los sacramentos de una composición entre materia y forma: materia es la realidad corporal
que queda santificada por las palabras sacramentales (la forma). Es evidente que no se trata de una
composición física, sino de una
composición intencional, en su ser de signo, es decir, una composición
en orden a significar. Para entender esto mejor debemos recordar que los sacramentos, con excepción de la Eucaristía, que contiene al autor de los
sacramentos son acciones, no cosas, es decir, significan en cuanto que están realizando algo.
La parte denominada materia
de por sí posee una multitud de significados (podemos pensar en el agua), pero la
forma, es decir, las palabras, concretan esa amplitud en un significado determinado querido por Cristo. Por ese motivo, si no se mantiene la materia concreta
que ha querido Cristo, según
nos transmite la Iglesia, no se da el sacramento. El mismo contexto litúrgico
de los sacramentos ayuda a precisar todo esto, aunque
los elementos esenciales, que nunca pueden faltar, son la materia
y la forma.
Se suele
distinguir en todo sacramento el aspecto de sacramentum
tantum (realidad exterior), sacramentum et res (termino intermedio,
interno y estable de la significación sacramental) y la res tantum (gracia comunicada). El sacramentum
tantum conlleva los ritos esenciales sin los cuales
no sería un sacramento válido, aunque en la celebración de la Iglesia
los signos esenciales se rodean de otros que los explicitan y sirven para comunicarlos mejor.